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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La espiritualidad del Padrenuestro es el mejor remedio contra la tentación de traicionar a Cristo.
Homilía mcsa008a, predicada en 20090408, con 30 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, la Semana Santa es un camino o mejor, es el final del camino que emprendimos hace 40 días, cuando inició la Cuaresma. Nos hemos preparado durante todas estas semanas para que nuestros ojos estén listos, deseosos de contemplar a Jesús en el momento supremo de su pasión, de su muerte y de su gloriosa resurrección.
Y es bueno darse cuenta de que en ese camino está todo el drama del ser humano, toda la grandeza y toda la bajeza de la que es capaz el ser humano, todo aparece en la Pasión de Cristo. Encontramos amigos que son capaces de traicionar y encontramos amigos que permanecen fieles. Encontramos la traición y la lealtad. Encontramos la mentira y la verdad. Encontramos las tinieblas con toda su fuerza y encontramos la luz con todo su esplendor. Y es, precisamente, esta tensión entre bondad y maldad, entre vida y muerte, entre noche y luz, es esta tensión la que hace especialmente dramático este tiempo. Quién que conozca a Jesús, quién que ame a Jesús, ¿puede permanecer indiferente al escuchar un texto como el que hemos oído en esta noche? Este es el profeta de Nazaret, este es el Buen Pastor, este es el gran predicador, este es el Médico Divino, este es el Maestro entre maestros, este es, sobre todo, el amigo entrañable que está sentado a la mesa con sus amigos.
Y ahí, en ese recinto donde solo debería escucharse la Palabra de Dios y la Palabra del amor y de la unidad, ahí Jesús, como quien desenvuelve un terrible explosivo, hace esta declaración que hemos oído: «Uno de vosotros me va a entregar». Es el momento en que se siente que esa unidad, la unidad que formaba Cristo con sus apóstoles, está agrietada. Es el momento en el que los corazones sienten el vértigo del abismo. ¿Qué puede pasar ahora? ¿Cómo puede entrar la garra de Satanás hasta el círculo más íntimo, hasta ese lugar sacrosanto donde solo el amor de Dios debería manifestarse? ¿Hasta dónde va a llegar la pretensión del enemigo? ¿Hasta dónde es poderoso? Hasta dónde podrán las tinieblas envenenar el corazón humano que ni siquiera ahí, cerca de Cristo, al lado de Cristo y entre los discípulos de Cristo, parece que hay completa seguridad.
Podemos imaginar el impacto que esta Palabra del Señor causó entre sus apóstoles, ¿qué pudieron pensar ellos? Dice la Escritura: «Consternados se pusieron a preguntarle uno tras otro: ¿Soy yo acaso, Señor?». Indudablemente, cada uno quería asegurarse de estar del lado bueno, estar del lado de los leales y estar también fuera de sospecha. Porque la empresa que Cristo se había propuesto, la empresa que también había propuesto a sus apóstoles, era la más grande de todas, el empeño más formidable de todos los siglos. De lo que se trata, en últimas, de lo que se trata del Evangelio, en últimas, es de renovar toda la creación, llegar a todas las naciones, tener una buena noticia para todos los pobres. Es el proyecto más ambicioso, es la empresa, es el empeño más grande, y ese empeño gigantesco reclama lealtad absoluta, compromiso total. Pero, he aquí que ya el cimiento y el cimiento será ese grupo de íntimos amigos de Cristo, ya el cimiento está agrietado, ya el cimiento parece insuficiente, como un latigazo en frío se escucha la palabra del Señor: «Uno de vosotros me va a entregar».
Por supuesto, ellos intentan declararse inocentes. Ellos intentan quizás, que el resto del grupo pueda saber: yo no soy el traidor. Pero es tanta la confusión que se presenta, que ni siquiera tienen claro qué es lo que el Señor está diciendo, ni siquiera tienen claro qué puede significar eso de entregar a Cristo. Tengamos en cuenta nosotros, hermanos, que los apóstoles en ese momento no tenían la claridad que aparecerá después. Muchos de ellos, después de esa triunfante entrada en Jerusalén, lo que se imaginaban era que todo iba a ser una sucesión de triunfos, iba a ser, como se dice popularmente, coser y cantar. Ellos creían, algunos de ellos creían que el proyecto de Cristo era relativamente pequeño en el sentido de, restringido únicamente a Israel, recuperar la soberanía de Israel, y ellos sentían que iban a ser los jefes o los gobernadores en ese nuevo estado de cosas.
Pero resulta que Cristo estaba pensando en algo muchísimo más amplio, como ya dijimos, y resulta que el corazón de los apóstoles no ha entendido prácticamente nada del proyecto de Cristo. Así que, aunque parezca unido este grupo, aunque parezca que están muy unidos en torno al Maestro, ¡qué solo está este Maestro!, que solo porque su enseñanza en realidad no ha calado en ellos. En realidad, no han entendido cuál es el proyecto de Cristo. En realidad, no han comprendido cuál es el sentido de todos esos milagros. En realidad, no han captado el significado de las parábolas. En realidad, los discursos de Cristo siguen siendo un enigma para ellos. En realidad, ellos siguen pensando únicamente en tener un buen puesto en un nuevo orden político en Israel, hasta allá les llega la Imaginación.
Y en ese proyecto que a nosotros se nos antoja tan limitado, tan mezquino, en ese proyecto no podían comprender la profundidad de las palabras del Señor: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar». Ellos no podían entender lo que estaba metido en esas palabras, no podían comprender cómo con esas palabras Cristo declaraba también su propia soledad. Cristo declaraba su conciencia absoluta de lo poco que habían comprendido incluso, sus discípulos más cercanos.
Y es bueno, mis hermanos, es bueno que nos demos cuenta que los discípulos estaban en ese estado de ignorancia, en ese estado podríamos decir de estultez, no sabían de qué estaba hablando Cristo. Y cuando digo los discípulos, y cuando digo los apóstoles es todos, todos. Ninguno de ellos comprendía bien qué era lo que estaba sucediendo, ellos únicamente miraban a corto plazo y a corta distancia. Y cuando nos damos cuenta que había esta ignorancia, cuando nos damos cuenta que había esta incomprensión en los discípulos, yo creo que comprendemos un poco más la figura de Judas Iscariote, que indudablemente tiene tanto relieve en el Evangelio de hoy.
Digamos algunas cosas sobre este Judas. Había sido llamado por el Señor, había sido elegido por Jesucristo, había orado con Cristo, había escuchado muchas veces a Cristo. Había sido enviado por Cristo a predicar y había predicado seguramente con buen éxito. Había hecho milagros en el nombre de Cristo, había expulsado demonios por el poder de Cristo, este era Judas. Los Evangelios nos cuentan del feliz resultado de las misiones cuando Cristo envió a sus apóstoles. Y los Evangelios no dicen, a todos les fue bien, menos a Judas Iscariote. Los Evangelios no dicen, todos expulsaban demonios, menos Judas Iscariote. Los Evangelios no dicen, milagros abundaban en manos de los apóstoles, menos en las manos de Judas Iscariote. Judas era un discípulo como los otros, y yo creo que esta es una severa advertencia.
San Pablo nos dice en su Carta a los Romanos: «El que esté en pie, mire, no caiga». Judas predicó, hizo milagros, expulsó demonios, oyó a Cristo, estuvo cerca de Cristo y, sin embargo, traicionó a Cristo. Esta es una advertencia para nosotros, no pensemos que por el hecho de haber oído mucho de Cristo o haber oído mucho a Cristo, ya estamos finalmente vacunados. Santo Tomás de Aquino nos dice: «La perseverancia final en la fe es, estrictamente hablando, un regalo de Dios». Uno puede pasarse la vida, como Judas gastó la mayor parte de su vida de apóstol, haciendo obras buenas y predicando y haciendo milagros también. Y puede uno rajarse, agrietarse y traicionar a Jesucristo.
Y yo creo que esta advertencia es especialmente seria para nosotros, religiosos y sacerdotes, por una razón muy sencilla, Cristo, para ser atrapado, torturado y asesinado, necesitaba, para que eso se diera, se necesitaba que lo traicionara uno de su grupo. Y ¿por qué? Muy sencillo. Resulta que la mayor parte de la gente, la mayor parte del pueblo, estaba del lado de Cristo, con toda razón, por supuesto. Habían visto los milagros de sus manos, habían escuchado su predicación con autoridad. La gente sencilla, el pueblo llano, estaba todo con Jesús. Incluso los policías del templo de Jerusalén decían: «No fuimos capaces de atraparlo porque nunca nadie ha hablado como Él». Entonces, los enemigos de Cristo no podían ponerle mano a Cristo mientras Cristo estuviera así en público, porque la gente se hubiera revolucionado, se hubiera rebelado y hubiera defendido al que veían como el Mesías, si es que varias veces quisieron nombrarlo rey.
O sea que los enemigos de Cristo no podían atrapar a Cristo en público, necesitaban llegar hasta Él en privado, pero tampoco podían, si lo atrapaban en privado, simplemente desaparecerlo, porque igual eso podía desatar una revolución. Ellos tenían, por un lado, que adueñarse, tenían que atrapar a Jesús, pero necesitaban condenarlo y necesitaban condenarlo dos veces. Necesitaban condenarlo ante el tribunal de la ley judía y necesitaban condenarlo según la ley romana. Ante la ley judía, tenían que condenarlo para que el pueblo reconociera en Él, un enemigo. Y ante la ley romana tenían que condenarlo para que los romanos lo mataran, porque los romanos tenían prohibida la pena de muerte a los judíos. Es decir, los judíos no tenían el derecho de otorgar, de infligir la pena de muerte sobre sus culpables. Los enemigos de Cristo no la tenían fácil, necesitaban agarrar a Cristo en secreto, necesitaban juzgarlo ante el tribunal judío, que era el Sanedrín, y necesitaban el voto de condena del procurador romano, que era Poncio Pilatos. Esas eran las tres cosas que necesitaban.
Pero ¿cómo se hace para atrapar a Cristo sin crear una revuelta? ¿Cómo se hace para llegar a Él, si siempre está rodeado de tanta gente? Necesitamos un infiltrado, necesitamos un espía. Ellos, sin la ayuda de Judas Iscariote, no hubieran podido llegar así donde Cristo. Necesitaban un espía, necesitaban un traidor. Es decir, una persona que estuviera cerca de Cristo, pero lejos de Cristo. Cerca de Cristo para decir: ahora pueden agarrarlo, que le conociera las costumbres, los lugares, los horarios a Cristo. Y para eso tenía que estar cerca de Cristo. Pero que estuviera lejos de Cristo, en el sentido de no creerle a Cristo, estar decepcionado de Cristo o tenerle odio a Cristo. Esta es la compleja naturaleza de Judas Iscariote, tenía que estar cerca y tenía que estar lejos.
Y es aquí donde hay una advertencia muy grande, sobre todo para nosotros, los religiosos y los sacerdotes, porque nuestra misión, nuestra tarea, nos pone muy cerca de Cristo, tan cerca que incluso, lo tenemos en nuestras manos, cerca, muy cerca de Cristo. Pero, ¡cuidado! No basta estar físicamente cerca de Cristo, si el corazón del sacerdote, si el corazón del religioso no está igualmente cerca. Porque si tus manos, sacerdote, están cerca de Cristo, pero tu corazón está lejos de Cristo, tú no eres discípulo de Cristo, tú eres discípulo de Judas Iscariote. Y ¿cómo llegó Judas a apartar su corazón del de Cristo? La seducción de las cosas de este mundo y finalmente, la acción del demonio. Miremos cómo sucedió.
Judas Iscariote pertenecía al grupo de los que creían en una revuelta política, el grupo de los Zelotas, el grupo de los que querían una intervención decisiva, que se viera quién es el que manda. Judas empezó a exasperarse con la mansedumbre de Cristo, empezó a decepcionarse por la humildad de Cristo, se dio cuenta que con Cristo jamás se iba a derrotar a los romanos como él, Judas, quería. Judas quería que los romanos fueran derrotados como los macabeos habían derrotado al Imperio helénico. Es decir, a fuerza de hostigamiento, astucia y un golpe de gracia. Judas tenía un proyecto en su cabeza y había visto en Jesús el líder poderoso que haría realidad ese sueño.
Pero Jesús, Jesús gastaba demasiado tiempo con los enfermos, le gastaba demasiado tiempo a ancianos, a ciegos, Jesús perdía tiempo con leprosos y escándalo de escándalos, Jesús toma como modelo para el Reino de Dios, un niño, ¿a quien se le ocurre tomar un niño como modelo? Si el niño es débil, el niño es ignorante, el niño confía. Y Judas lo que quería era una demostración soberbia, poderosa que derrotara a los romanos. Esa era la aspiración de los zelotas. Entonces Judas se dio cuenta que, aunque había tanto poder en Jesús, ese poder estaba demasiado domesticado por la ternura, por la misericordia, por el cariño, por la compasión. El corazón de Cristo era demasiado blando para la mente de Judas, y vino esa decepción profunda, esa decepción intensa.
Él se dio cuenta, con este Jesús no voy a ninguna parte, con este Jesús jamás lo voy a lograr. Peor que eso, se dio cuenta que Jesús, con su estilo compasivo y misericordioso, cada vez aglomeraba, reunía multitudes mayores. Y Judas pensó lo que piensan todos los que quieren un cambio drástico en la sociedad, mientras la gente esté siguiendo a un líder que no piensa lo que yo pienso, ese líder es un estorbo para el verdadero cambio de la sociedad. Hay que quitar de en medio a Jesús. Ese fue el primer elemento en el corazón de Judas.
¿Cómo podemos traducir eso a nuestro tiempo? De dos maneras. Primero, que se te encienda la alerta roja cuando tu proyecto, tú lo amas tanto, que lo pones por encima del Querer Divino. Jesús nos dio una clave importante que es el Padre Nuestro, la oración que hay que hacer es: Hágase tu voluntad. Esa oración, esa súplica, Judas no la podía hacer. Él podía expulsar demonios, podía hacer milagros, podía tener muchas predicaciones, pero renunciar a su voluntad, no. Renunciar a su proyecto, no. Ahí es donde está el peligro, ¿cuál es la vacuna entonces, para que uno no vaya a repetir la misma traición de Judas? La vacuna es acostumbrarnos al Padrenuestro y entender lo que dijo Isaías: «Los planes de Dios están por encima de nuestros planes. Los proyectos de Dios están por encima de nuestros proyectos». Ese fue el primer error de Judas. Error que también nosotros podemos cometer si ponemos por delante nuestro proyecto, por delante del proyecto de Dios.
El segundo error, ¿cuál fue? Resulta que Jesús hablaba de una esperanza y hablaba de un reino. Pero Jesús vivía demasiado pobre. Parece que todos los bienes de los que Jesús hablaba, eran bienes que estaban allá lejos. Y Judas quería el reino, ya, y como lo quería ya, empezó a darse la vida del Reino de Dios en la medida que podía, sacando de la bolsa. Él era el tesorero, él era el de la plata, entonces, en vez de estar esperando ese reino de Dios que parece que no va a llegar nunca, pues yo voy disfrutando ya mi platica, voy disfrutando el hoy. Eso se llama impaciencia y eso se llama codicia y eso se llama doblez, ponle el nombre que quieras. El corazón de Judas se obsesionó por las ventajas de hoy. Yo hoy quiero experimentar lo bueno, lo delicioso, lo placentero. Hoy no quiero esperar el tiempo de Dios, quiero vivirlo hoy. Y por esa pretensión, su corazón se fue volviendo codicioso, enamorado del dinero.
Ahora junta las dos cosas, por una parte, quiere salir de Cristo, quiere deshacerse de Cristo. Por otra parte, quiere experimentar hoy, hoy las ventajas del Reino, el poder representado en el dinero, el dinero con el que se puede adquirir lo que tú quieras, deshacerme de Cristo y ganar dinero, todo fue una sola cosa. Por una parte, las autoridades necesitaban un traidor y, por otra parte, este traidor necesitaba dinero, era cosa de tiempo para que se encontraran, y ese es el evangelio de hoy. Y uno se estremece de pensar que le pusieron un precio a Cristo. ¿Cuánto vale Cristo? 30 monedas de plata, está bien, seguramente Judas empezó pidiendo más. A ver si me dan 100. -No, ¿cómo se te ocurre? 100 no te daremos, si acaso 10. -Bueno, no me den 100, denme 50. -50 nunca, 10. Negociando, negociando la vida del Hijo de Dios, y llegaron a un precio y la traición se consumó.
Hermanos, de las muchas reflexiones que podemos hacernos, terminemos con estas tres. Tres puntos muy concretos. Primero, como dijo San Felipe Neri, cualquiera de nosotros puede volver a ser Judas. San Felipe Neri oraba diciendo al Señor: «Solo tu gracia me sostiene, porque si tú me sueltas, te traiciono peor que Judas». Cualquiera de nosotros puede ser Judas, cualquiera de nosotros puede traicionar a Cristo, y la gracia de perseverar hasta el final es un regalo que tenemos que pedir, la perseverancia final en la santísima fe católica, es algo que hay que suplicar a Dios con frecuencia. Esa es la primera conclusión.
No seamos demasiado duros con este hombre cuyo destino eterno solo Dios conoce, no seamos demasiado duros, porque cualquiera de nosotros podría estar en una condición semejante, si es que no hemos traicionado ya a Cristo. Pedro también traicionó a Cristo, y en el fondo, la única diferencia entre Pedro y Judas Iscariote es que Pedro se dio la oportunidad del arrepentimiento, mientras que Judas, hasta donde alcanzamos a entender en la Escritura, se arrojó cuesta abajo por la desesperación, por la vía de la desesperación. Entonces, primer punto concreto, nada de ser demasiado duros con este Judas, cualquiera de nosotros podría estar en la misma condición. Con humildad, pidamos la perseverancia final.
Segundo punto, Judas traicionó a Cristo porque su modelo del Reino de Dios no coincidía con lo que Cristo predicaba y vivía. Conclusión para nosotros: la única manera de vacunarse uno es pedirle a Dios, enamórame de tu Reino, cumple en mí tu voluntad, haz que yo sea dócil a tu Querer, que se haga siempre lo que tú quieres, no lo que yo quiero, así yo no entienda, Señor. Enamorarnos del Padrenuestro, la espiritualidad del Padrenuestro es el mejor remedio contra la tentación de traicionar a Cristo, ese es el segundo punto.
Y el tercer punto, cuidado con la impaciencia. Judas pasó de la impaciencia a la codicia y de la codicia a vender a Cristo. Cuidado con la impaciencia, esa impaciencia con la que uno quiere experimentar ya los bienes de Dios. El tiempo de Dios es el tiempo de su providencia y es el tiempo de su sabiduría, y es el tiempo de su amor. Cuidado con la impaciencia, y cuidado con caer entonces en la codicia, queriendo vivir ya en este momento, ya en esta tierra, lo que Dios quiera ofrecernos. Hay que defenderse de esa codicia y para eso no hay mejor remedio que imitar el corazón de Cristo, el corazón que imita a Jesús, no imitará a Judas. El corazón que se enseña a ser generoso, dando de sus bienes, dando de su energía, dando de sus ideas, dando de su dinero, dando de su tiempo a los demás, ese corazón estará firmemente vacunado contra la tentación de la codicia y la impaciencia por el Reino de Dios.
Hermanos, que estas reflexiones sobre Judas nos ayuden, sobre todo, a ser mejores cristianos. No sabemos qué sucedió de él al final. Es escalofriante pensar que quizás se condenó para siempre, pero la Iglesia nunca ha definido esto oficialmente. Es decir, no sabemos si en el último hálito, si en el último momento, si en la última mirada hacia el cielo, se dice que se ahorcó, si en la última mirada al cielo alcanzó a darse cuenta de lo que estaba haciendo mal y alcanzó a clamar como Pedro y como cada uno de nosotros, una gota de misericordia. Yo estoy seguro que si en el último, último instante de su existencia, Judas logró levantar la mirada para ver también a Cristo, estoy seguro que Cristo le perdonó todo, y estoy seguro que le dijo: -Tú eres de los míos y te amo como mi discípulo y mi hermano. Ese es el final que yo desearía, pero solo Dios sabe la verdad y nosotros solo la conoceremos cuando lleguemos a la eternidad.

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