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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesucristo, Hombre perfecto, es el único que puede dar verdaderas palabras de aliento al que está abatido.
Homilía mcsa007a, predicada en 20090408, con 33 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Hermanos, este es ya el Miércoles Santo, hemos entrado de lleno en la Semana Mayor y es costumbre en esta Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, como lo es en otros sitios, tener una Eucaristía especial por los enfermos. En otras ocasiones se ha administrado el sacramento de la unción, en esta ocasión vamos a hacer una oración especial, más adelante. Pero, qué bueno es pronunciar esa palabra, qué bueno es recordar que nosotros somos destinatarios del amor de Cristo, porque si nosotros vamos al Evangelio, encontramos que Cristo, por así decirlo, tuvo sus preferidos, tuvo sus predilectos y entre ellos, indudablemente los enfermos. Los sumos sacerdotes, los escribas y letrados poco vieron a Jesús y poco conocieron de Jesús. En cambio, el pueblo pobre y humilde, los enfermos que salían a buscarle y a rogarle, esos sí que conocieron el corazón de Cristo. Esos sí que supieron de los milagros de sus manos. Esos sí que se deleitaron en la dulzura de su mirada. Esos sí que sintieron el palpitar amoroso de su corazón. Esos sí que comprendieron la profundidad de sus palabras.
Mis hermanos, los Evangelios hablan con tanta frecuencia de la cercanía entre Cristo y los enfermos, toda clase de enfermos. Y es tan frecuente esta mención que, si pudiera yo decirlo así, uno siente ganas de pertenecer a ese grupo, uno siente ganas de reconocer la propia enfermedad, si el médico va a ser Jesucristo, si Él va a ser el médico, yo quiero ser el enfermo. Si para estar cerca de Jesucristo el precio es que uno admita y reconozca su propia enfermedad, aquí voy yo de primero, reconociendo que necesito a ese médico divino y por eso en la vida cristiana ser enfermo, lejos de ser una vergüenza, es casi un título de gloria. También el apóstol San Pablo, cuando pasaba por distintas tribulaciones, decía: «Me estoy asociando a Jesucristo. Estoy uniendo mi dolor al dolor de Cristo».
Una persona que tuviera muchísimo dinero no podría decir: -Estoy juntando mi dinero con el de Cristo, una persona que tenga muchos estudios y muchos títulos y cartones no puede decir: -Estoy juntando mis títulos con los de Cristo. Una persona que tenga gran influencia social no podría decir: -Estoy juntando mis amistades con las de Cristo. En cambio, el enfermo sí tiene ese privilegio particular, tiene el privilegio singular de decir: -Yo estoy unido a Jesucristo, y aquello que yo sufro, lo sufro unido a Cristo. También San Pablo dijo esa otra frase: «Yo estoy completando lo que le falta a la Pasión de Cristo». Precisamente en la Semana Santa, el centro de nuestra atención, por así decirlo, está en los dolores de Cristo. Y son tantas las humillaciones por las que le vemos pasar, son tantas las heridas en su cuerpo, son tantos los ultrajes a su dignidad, son tantos los golpes, salivazos, azotes y luego las espinas, los clavos, la lanzada, la muerte. ¿Qué pudo faltar a la Pasión de Cristo si parece que Él lo sufrió todo? Y, sin embargo, San Pablo dice: «Yo estoy completando la Pasión de Cristo».
Así lo dijo San Pablo por los sufrimientos que le habían causado los enemigos del Evangelio, por los sufrimientos que le causaba la enfermedad y por los sufrimientos que le causaba la tentación. San Pablo era sabio, era sabio con la sabiduría del Espíritu, y reconocía que cuando uno tiene dolor, cuando uno tiene enfermedad, también tiene un tesoro. ¿No es verdad, mis hermanos, que toda nuestra salvación brota de la cruz de Cristo? ¿No es verdad, mis hermanos, que en esa Cruz el único lenguaje que existe es el lenguaje del dolor? Y si todos los tesoros están en la Cruz, y si en la Cruz lo que abunda es el dolor, pero atención, dolor unido al amor y unido a la obediencia al querer del Padre, si esos son los tesoros de Cristo, cada persona que sufre en la medida en que se une con amor, con fe y con obediencia a Cristo, es copartícipe de los tesoros que atraen la salvación sobre el mundo.
Es inmenso el tesoro que tenemos en medio del sufrimiento, pero también es verdad que nuestro sufrimiento solamente adquiere un significado por el sufrimiento de Cristo. No es que nosotros estemos en competencia, estemos compitiendo con Cristo, es simplemente que Cristo regala a algunos de sus hijos y de sus hijas el privilegio de ser extensiones de su bienaventurada Pasión.
Volvamos la mirada a las lecturas de hoy, hermanos, y reconozcamos la verdad que hay en todo esto que hasta ahora hemos meditado. La primera lectura fue tomada del profeta Isaías, se trata del tercer cántico del siervo de Yahvé. En este caso, es un texto tomado del capítulo 50 del profeta Isaías, y te doy esa referencia por si quieres meditar más abundantemente en esta palabra cuando vuelvas a tu hogar, empieza diciendo el profeta: «Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado». Qué problema, una palabra que tal vez no es familiar para nosotros, ¿qué puede querer decir esa palabra, iniciado? Bueno, debe haber otras traducciones, quizá mejores, que faciliten la comprensión del texto. Pero mientras tanto, me permito ofrecer una explicación. En el lenguaje de las religiones se llama iniciado aquel que ya no es novicio, aquel que no es nuevo, no es neófito, aquel que ya ha recibido una primera preparación, aquel que ha alcanzado, por así decirlo, una primera madurez.
En la vida religiosa, por ejemplo, se empieza el camino siendo novicio y nuestra comunidad dominicana tiene aquí en Chiquinquirá el noviciado, y ustedes han visto en varias celebraciones y van a seguir viendo a los novicios dominicos. Ellos son los que están empezando, están conociendo las costumbres, las leyes, los principios, la historia de esta comunidad nuestra, la Orden Dominicana, una comunidad que tiene ya casi 800 años de existencia. Se necesita un tiempo de preparación inicial, a esa preparación inicial a veces se le llama, iniciación, es la preparación inicial. Cuando la persona ha terminado felizmente su iniciación, entonces ya se le puede llamar un iniciado. No es una palabra frecuente, pero creo que ya comprendemos su significado.
Un modo de entender esa palabra, es decir madurez, alcanzar la madurez. Y según eso, el texto del profeta Isaías está diciendo esto: mi Señor me permite hablar con madurez para que yo pueda decirle al abatido una palabra de aliento. Y el abatido es aquel que está derribado, el que está caído por tierra, caído por causa de sus pecados, caído por causa de sus fracasos, caído por causa de sus dolores, caído tal vez por causa de su enfermedad. De modo que el texto de Isaías se aplica hermosamente bien al tema central de este Miércoles Santo en el conjunto de la semana que celebramos. Lo que nos está diciendo Isaías es que el siervo de Yahvé tiene una palabra, una palabra para darle al que está derrumbado, al que está caído, al que está destruido. Y eso significa que, si cualquiera de nosotros se siente así, si tal vez te sientes abatido, frustrado, caído, desanimado, deprimido, derrotado. Si así es como te sientes, mira lo que te dice la Escritura: «Mi Señor me ha dado, me ha concedido hablar con madurez, para saber decir al que está derrotado una palabra de aliento».
Este siervo de Yahvé, este servidor de Dios, cuyo nombre no aparece expresamente, pero nosotros sabemos a la luz del Espíritu que no se trata de otro, sino de Cristo, este Cristo nos está diciendo que Él ha recibido hablar con madurez y decirle una palabra al que está caído y sigue diciendo, es el siervo de Yahvé el que habla, «cada mañana el Señor me espabila el oído para que escuche como aquellos que se han formado, aquellos que tienen madurez». Pero lo interesante es ver en qué consiste la madurez de acuerdo con este cántico del siervo, en qué consiste ser una persona adulta, en qué consiste ser una persona formada. Porque ser iniciado es haber alcanzado la madurez o, lo que nosotros a veces llamamos, la edad adulta.
Y aquí hay un gran contraste entre la manera de pensar del mundo y la manera de pensar de la Biblia. En muchos lugares se piensa que un hombre, o mejor dicho, que un muchacho solamente es hombrecito cuando ya se ha dado su primera borrachera. Ahora sí es un hombre porque ya se emborrachó. En otros lugares se piensa que es un verdadero hombre, porque ya se puede medir a puñetazos con el que sea, ese es un hombre porque se agarra a puño limpio con el que sea. Es un hombre hecho y derecho, esa es la idea que a veces hay. Otras veces se cree, es un hombre, ¿por qué? Porque ya se ha acostado con no sé cuántas mujeres. Ese es un hombre, es un verdadero hombre. Nosotros ponemos la madurez, nosotros ponemos la adultez, nosotros llamamos adultos y formados a los hombres que son agresivos o violentos, a los que saben imponerse, a los que gritan más o a los que ya han tenido experiencia íntima con mujeres.
En cambio, el lenguaje de la Biblia es muy distinto, y es el lenguaje que en el fondo nos aproxima al Corazón de Jesús. Mira qué es lo que tiene de particular este siervo de Yahvé. Este iniciado que aparece en el capítulo 50 de Isaías: «El Señor me abrió el oído». La primera característica de la persona madura es que es capaz de escuchar y ponderar. La segunda, es capaz de sufrir. El sufrimiento no lo derriba. Esto es de inmensa importancia en la Biblia y de inmensa importancia en la vida. ¿De qué sirve que una persona sea brava para tomar trago, si al primer fracaso lo vemos por ahí derrotado, llorando, inútil para seguir adelante? ¿De qué sirve que grite mucho, si cuando no encuentra apoyo, se retrae, se reprime, se acompleja y se esconde? ¿De qué sirve que se haya acostado con no sé cuántas mujeres, si no es capaz de vencer el desprecio o la frustración, o no es capaz de defender su punto de vista? La verdadera madurez no consiste en esas cosas externas, mundanas, superficiales y engañosas, como el trago o como la violencia, o como el tener sexo. Esa no es verdadera madurez.
La verdadera madurez está en estas dos cosas, en la capacidad de escuchar y ponderar con sabiduría las cosas, eso es ser un hombre. Un verdadero hombre no es el que más grita, sino el que mejor piensa. Un verdadero hombre no es el que más se emborracha, sino el que toma las mejores decisiones. Un verdadero hombre no es el que derriba más mujeres, sino el que no se deja derribar por las dificultades. Ese es un hombre, ese es el que verdaderamente ha llegado a la edad adulta. Y esa clase de hombre, esa clase de hombre maduro, adulto, formado, ese es Jesucristo. En cuanto a su cuerpo, virgen, en cuanto a su voz, pausado, sabio, en cuanto a su oído, atento al querer del Padre y al clamor de los necesitados. Ese es Jesucristo, ese es el siervo de Yahvé, ese es el verdadero iniciado, ese es el hombre maduro, ese es el hombre perfecto.
Nos dice San Pablo en el capítulo cuarto de la Carta a los Efesios, que todos nosotros como comunidad estamos invitados a crecer en Cristo hasta la estatura del hombre perfecto. Ese es Jesucristo, el plenamente formado, el plenamente iniciado, el plenamente maduro, el que tiene la verdadera estatura y el que quiera ser hombre, que no busque ni en el prostíbulo, ni en el bar, ni en la taberna, ni en el juego, ni en la pelea, que no busque allá la madurez, que la busque en la capacidad de escucha, de juicio maduro, de resolución profunda y coherente, y que lo busque también, en esa resistencia interior cuando lleguen las dificultades. Esos son los hombres que necesitamos, esos hombres los necesita Chiquinquirá, esos hombres los necesita Colombia, esos hombres los necesita la Iglesia. Hombres que tengan esa sabiduría, que tengan ese juicio ponderado y justo, y que tengan esa capacidad de no dejarse derrotar por los tiempos duros. El modelo, por supuesto, es el hombre perfecto, Jesucristo.
Pero este Cristo no se queda con esa madurez para sí mismo. Este Cristo, que ha alcanzado esa madurez, no la retiene ávidamente como con envidia, sino que, al contrario, desde la mansedumbre y la ternura de su corazón, derrama con abundancia obras de piedad, obras de amor. Y por eso estamos seguros de que este Cristo verdaderamente le puede decir al abatido una palabra de aliento. Eso es lo que yo le quiero suplicar ahora a Cristo. Esa es la oración que vamos a hacer ahora por los enfermos. Lo que yo le voy a pedir a Jesús es eso, que Jesús, Jesús mismo, porque qué importo yo, importa Jesucristo, que Jesús mismo te regale esa palabra de aliento.
Y qué hermosa es esa expresión en sí misma, cuando Dios creó a Adán, según el relato poético del Génesis, nos dice la Biblia: «Infundió en su nariz un aliento de vida». Dios, según esa representación tan bella, sopló sobre Adán, infundió su espíritu. Y así Adán dejó de ser barro para ser un ser vivo, un ser humano. El aliento de Dios levantó a Adán a la dignidad de imagen del Altísimo. Así también, el aliento de Cristo, el aliento de su Espíritu, ese poder con que Él le habla al abatido, levanta al enfermo el aliento de Cristo con esa gracia, con esa piedad, con esa fuerza, con ese fuego del Espíritu, el aliento de Cristo toma tu corazón y lo levanta.
Y pueden suceder dos cosas. En algunos casos, Cristo realiza la curación. En otros casos, Cristo concede una sanación espiritual muy grande y una luz muy profunda para que tú descubras como él mismo te está llamando a que asocies tu vida y tu dolor, a su vida y su dolor. Es importante que sepamos que las oraciones de sanación tienen esas dos posibilidades. A veces se produce la curación de la persona, y yo lo he visto con estos ojos, que uno ora por el enfermo y el enfermo se cura. Otras veces Dios otorga sanación espiritual, que quiere decir emocional, psicológica también, y además de esa sanación, regala una luz particularísima para que tú descubras que tu dolor no es perdido, que tu sufrimiento como el de San Pablo y como el de tantos otros campeones de la fe, está llamado a asociarse al sufrimiento de Cristo.
Vamos a orar, hermanos, vamos a pedirle a Dios, nosotros somos los abatidos, vamos a pedirle a Dios una palabra de aliento. Abatidos somos porque nos sentimos deprimidos o frustrados, o porque traemos una dolencia en el cuerpo o en el alma. Abatidos somos porque nos han traicionado, porque estamos desorientados, porque los amigos que creíamos que teníamos no fueron en realidad amigos. Pues vamos a orar, vamos a orar, mis hermanos, y en este momento yo le pido a nuestro Divino Salvador. Yo le pido al Médico Divino, por la intercesión de la Santísima Virgen, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá:
Oh Jesús, tú que eres el hombre perfecto, Tú que eres el único Maduro, Tú que eres el único iniciado, Tú que eres el único que conoce y cumple perfectamente la voluntad del Padre. Oh Jesús Altísimo y bendito Señor. Oh Jesús, Cordero Inmaculado, mira con piedad a este pueblo de Chiquinquirá, mira con piedad a estos peregrinos, Señor. Mira con piedad a estas comunidades y grupos aquí congregados. Oh, Señor Jesucristo, mira con tu mirada de amor, mira con esos ojos de benevolencia, este pueblo que suplica. Oh Señor Jesucristo, desde el trono de tu cielo y desde el trono de la Cruz, oh Señor Jesucristo, desde la humildad del pesebre y desde la humildad de ese pollino en que quisiste entrar a Jerusalén, Rey nuestro y Salvador nuestro, compadécete de este pueblo. Aquí te lo presento, Señor. Un pueblo enfermo, un pueblo abatido, un pueblo que espera la bendición que solamente Tú puedes darle. Por la amorosa, por la valiosa, por la indefectible intercesión de la Reina de Colombia, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, la Bienaventurada Virgen María, por intercesión de María, por intercesión de nuestros Ángeles Custodios, por intercesión de San Miguel, San Gabriel y San Rafael, por intercesión de Santo Domingo, Santa Catalina y todos los santos de la Orden. Oh Jesús, posa tu mano sobre nuestros cuerpos enfermos.
Hermano, en este momento te vas a imaginar a Jesús que es más real que cualquier imaginación tuya, pero imagínalo, Jesús, poniendo su mano sobre la parte enferma de tu cuerpo. Si sabes con certeza que parte de tu cuerpo está enferma, acerca tu mano a esa parte de tu cuerpo. Tal vez es tu vientre, o tus piernas, o el cuello o la cabeza. Y vamos a pedir al Señor que utilice tu mano, que te bendiga. Bendice, Señor, toma también mis manos, Señor, las manos que tú ungiste hace 17 años, con el don inmerecido de la unción sacerdotal. Toma, Señor, mis manos y bendice a este pueblo. Dale a los más pequeños, dale a los más tristes, dale a los más solos una palabra de aliento. Señor, regala esa palabra de amor, regala esa palabra de consuelo, regala esa palabra de sanación. Señor, que tu pueblo se levante con gozo, que tu pueblo se levante con alegría, Señor, proclamando y cantando tus misericordias.
Bendice, Señor, a este pueblo que te ama, que hoy aborrece de todo pecado, que hoy quiere dejar atrás todas las culpas. Hoy, Señor, nos avergüenzan y nos humillan nuestras culpas pasadas. Pero aquí venimos, no alegando méritos nuestros, sino clamando únicamente: Señor, desde lo profundo de nuestras almas: Sana, sana, Señor. Sananos Señor, hay que repetir hermanos, repitamos, sánanos Señor, sánanos, sánanos por tu misericordia, Señor, sánanos por tu misericordia, Señor, sánanos, sánanos por tu misericordia, Señor.
Es importante que todos entremos en oración, hermanos, es importante que todos a una sola voz, con una sola fe y en un solo Espíritu, clamemos el poder del Espíritu Santo. La Palabra de Dios nos dice hoy que Jesucristo puede decirle al abatido una palabra de Espíritu, una palabra de aliento, una palabra que te levanta, como Dios levantó a Adán del barro y lo convirtió en un ser digno, hermoso, imagen del Altísimo. Ven, Señor, ven con el poder de tu Espíritu. Sana, Señor, a nuestros enfermos, cualquier dolencia que tengamos en nuestro cuerpo o en nuestro espíritu. Mira, Señor, nuestros cuerpos. Mira, Señor, especialmente a los más pobres, los que tal vez no tienen para pagar una consulta. Los que llevan mucho tiempo esperando el don de tu misericordia. Derrama, Señor, el don de tu Espíritu. Yo te suplico, Señor, haz de esta basílica, haz de esta casa de la Reina del Cielo un recinto de tu misericordia. Que éste sea tu consultorio, oh Médico Divino, atiende aquí a tus enfermitos. Y por la intercesión de la Reina de Chiquinquirá, nuestra Madre hermosa, Madre tuya y Madre nuestra, en el orden de la gracia, derrama, Señor, esa sanación sobre tus enfermos. Sánanos también de las dolencias espirituales, te pedimos, sánanos, Señor, de las depresiones, las melancolías, los resentimientos, el afán de venganza, la baja autoestima. Sánanos Señor de los pensamientos obsesivos, recurrentes, sánanos Señor, de cualquier poder que la tentación quiera reclamar en nuestras vidas.
Ven con poder, Señor, ven con tu poder a dar esa palabra de aliento a los más pequeños, a los más pobres. Yo te alabo, Jesucristo, porque Tú escuchas las súplicas de tus indigentes. Yo te alabo, Jesucristo, porque tú no dejas tendido por el camino al que se encuentra abatido, tu mano compasiva, oh Buen Samaritano, está siempre diligente para levantar al que sufre. Gracias, Señor, gracias Jesucristo, gracias Señor.
Yo te pido, Jesús, por última vez, te pido, acércate a todos, especialmente a los más necesitados, a los más pobres, a los más tristes y a los más endurecidos. Yo te pido, Jesús, como luego te diremos en el curso de esta Santa Misa, no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia. No merecemos, pero sí que necesitamos tu ayuda. Oh Jesús, te ruego, por tus entrañas de misericordia, te ruego y te suplico, Jesucristo, por el amor que te llevó a derramar tu sangre en la Cruz. Yo te suplico, Jesucristo, compadécete de tus enfermos, especialmente los que están sufriendo más, y los más pobres, y los más olvidados, y los más tristes, y los que de pronto se sienten más endurecidos, por ellos singularmente, te ruego, te pido que esta Semana Santa sea un huracán de conversión, Señor, que transforme de tal manera los corazones que haya Señor, una señal de esa humanidad nueva que Tú quieres construir. Bendito seas, Jesucristo.
Tengan la bondad de repetir después de mí esta sencilla oración, mis hermanos: Señor Jesucristo, hoy te damos gracias por todos los beneficios que nos has concedido en esta vida. Especialmente te damos gracias porque Tú quisiste darte a ti mismo en la cruz y en el altar. Gracias, Jesucristo. Que toda alabanza y adoración sean para ti. Con la confianza que nos inspira tu amor, y con toda la fe de nuestras almas, nos humillamos ante ti y te pedimos, cura nuestros cuerpos enfermos, cura nuestras almas enfermas, cura nuestros corazones enfermos, cura nuestras mentes enfermas. Sánanos de los recuerdos perversos, sánanos de la atracción del pecado, sánanos de la tentación, de la venganza, sánanos de la incredulidad. Otórganos tu Divino Espíritu para reconocer en nosotros la voluntad del Padre Celestial para amar de todo corazón esa voluntad, para ser felices cumpliendo esa voluntad, a imagen tuya, Jesús de Nazaret. Guíanos sobre esta tierra, y llévanos un día a la patria del cielo. Amén.
Mis hermanos, ¿ustedes creen que Jesucristo está aquí presente? Entonces que sea un aplauso vigoroso para Jesús, que reina, que vive, que es el Señor. Mis hermanos, yo no dije que era un aplauso para un cantante, o para un presidente o para un rey de esta tierra. Es un aplauso para el Hijo de Dios, es un aplauso fuerte, vigoroso en alabanza, en amor.

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