|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El bien deja en nuestra alma las contradicciones y las confusiones.
Homilía mcsa006a, predicada en 20030416, con 28 min. y 10 seg. 
Transcripción:
En la primera lectura aparece nuevamente esta figura del siervo de Yahvé, el siervo de Dios, que es como la imagen de la verdadera obediencia al plan divino. Es el elegido para traer, para realizar el plan, el designio de Dios para Israel y para las naciones. Y nosotros vemos en este siervo de Dios, en esta figura del siervo, una clave de lectura maravillosa para interpretar, para leer los acontecimientos de la Pasión.
Es muy interesante ese verbo que se utiliza en la primera lectura, eso de: no voy a quedar confundido, no quedaré defraudado, no quedaré confundido, porque este verbo hebreo se utiliza muchas veces en el Antiguo Testamento, y es la expresión de aquel momento, de aquella circunstancia que nos sobrepasa, que no podemos manejar. La confusión es la incapacidad de la mente para abordar un problema, es sentir que cualquier razón que se diga o que se dé resulta insuficiente. Y es impresionante ver en esa imagen del siervo cómo le cae encima todo, es decir, los golpes, los insultos, los ultrajes y no queda confundido.
Este es el hecho que queremos meditar un poco, porque en nuestra vida pasan cosas así y nosotros quedamos confundidos. Por ejemplo, cuando uno intenta hacer una cosa bien y le sale mal, cuando uno pone lo mejor de su parte y no logra nada, cuando uno trata de acercarse a otra persona y solo recibe rechazo, cuando los juicios que caen sobre nosotros no tienen en cuenta para nada nuestras intenciones, sino que únicamente se nos mide por la calidad de los resultados. Cuando hacemos propósitos, pero luego resultamos débiles para cumplirlos y sentimos que somos un manojo de contradicciones. En todas estas oportunidades seguramente nos sentimos confundidos, y este verbo se utiliza de varias maneras en el Antiguo Testamento.
Por ejemplo, hay una confusión que es buena. No siempre es malo confundirse, hay una confusión que es buena y es la que se siente cuando nos encontramos ante la santidad de Dios, ante la bondad de Dios, y sentimos que nuestras obras, que nuestras palabras, que nuestros propósitos rotos, que la mezquindad de nuestras metas, que todo lo que somos se queda corto y es casi ridículo ante Dios. Me confunde tu bondad, Señor, me deja humillado. Es una confusión que nos humilla y esta confusión es buena. Porque es como un quebrantamiento de nuestra mente que no soporta más ese nivel de misericordia. Hasta cierto punto nuestros pensamientos y nuestra capacidad de justificarnos forman como una represa. Y Dios sonríe y empieza a llenar a esa represa de amor y de misericordia, y nosotros seguimos justificándonos y Dios sigue dando más amor hasta que un día la represa se revienta porque uno dice: -Qué bobada tan grande estar pensando yo que soy bueno, cuando por juzgarme bueno me estoy perdiendo del juicio de Dios que me salva, mis justificaciones no dejan a Dios que me justifique. En ese momento dejamos de justificarnos, descubrimos quiénes somos, se rompe la represa y un diluvio saludable de amor nos invade seguramente con un llanto de arrepentimiento, pero también de gozo.
Entre los Padres de la Iglesia será sobre todo San Agustín, quien tenga unas palabras bellísimas de amor, de ternura para contar y para cantar esta confusión, este abajamiento, este rendimiento de nuestra mente que entrega sus armas a Dios y le dice: -No te entiendo, no sé por qué me amas tanto, no sé por qué has llegado hasta allá. La misma idea la describe Santa Catalina de Siena cuando habla de ese: Estamos trocados, Señor, yo soy el ladrón y tú eres el ajusticiado. Aquí, ¿qué pasa, por qué tanta dureza con una inocente mientras yo voy oronda y tranquila, libre de todo mal y peligro? ¿No deberían ser los males para los malos, por qué tanto mal sobre ti, que eres bueno, que eres inocente? ¿Por qué a mí no me pasa nada? Esa confusión revienta, la mente, destroza el corazón y así un corazón contrito se baña y se sumerge en la bondad de Dios. Esta confusión es buena y hay que pedirle a Dios que nos la conceda, porque es un encuentro vivo con la misericordia.
Dios quiera que, en estas celebraciones, que ya estamos a punto de vivir, que en este momento del Jueves Santo, viendo a Cristo instituir el sacramento de su amor, lavar los pies a sus discípulos, sufrir con constancia por nosotros, derramar hasta la última gota de su sangre en la Cruz. Dios quiera que todo ese despliegue de amor nos gane. El Cantar de los Cantares tiene una expresión tan linda con esto del amor. Dice, quejándose el amado o la amada, ahora no me acuerdo, dice quejándose: «Despliegas contra mí las banderas del amor», y así no hay defensa. Si me atacas, me defiendo. Pero si me amas, si me amas, me ganas. Bendita el alma que es tomada, bendita el alma que es vencida por la fuerza del amor. Esa alma sufrirá una gran confusión porque no puede entender por qué tanta gracia, pero eso mismo la va a salvar, ser vencido por el amor, es ser vencedor.
Hay otra confusión que es la confusión que sufren los adversarios. Los enemigos, los enemigos de los buenos cuando Dios hace justicia. En los Salmos, especialmente en los Salmos imprecatorios, aparecen estas expresiones: «Ellos, enemigos y adversarios, tropiezan y caen». O aquella otra expresión: «Que queden confundidos». Así se dice expresamente: «Que sean confundidos mis enemigos». Esa es una confusión que también es buena, Jesús muchas veces hizo esto con sus enemigos, con aquellos que pretendían atraparlo con preguntas capciosas y, finalmente, no hallaban qué más decirle. Este tipo de confusión es como el fracaso de los planes del malvado, y aunque no tiene toda la poesía y la belleza del primer género de confusión, porque estamos haciendo aquí un pequeño tratado sobre la confusión que espero no resulte confuso.
Este segundo tipo de confusión es cuando un plan malo, o un plan del malvado sale mal. Por ejemplo, los enemigos de Cristo sentían que ya lo tenían atrapado: -Le vamos a preguntar sobre los impuestos, ahí no tiene salida, porque si dice que hay que pagar impuesto al César, entonces quiere decir que es un enemigo de nuestro pueblo, porque no admite que somos verdaderamente pueblo independiente, hoy diríamos soberano. Y si dice que no hay que pagar impuestos, pues ya tenemos de qué acusarlo a los romanos. Tenían un plan aparentemente bien pensado, pero ese plan fracasó. El fracaso de los planes del malvado es otro tipo de confusión. Jesús le respondió con lo de la moneda, pásenme una moneda que yo la vea, ¿de quién es este rostro?, del César. Devuelvan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, ¿y los otros? Quedaron confundidos. No supieron qué más decir.
La mayoría de nosotros no nos sentimos tan malos precisamente por aquello de que andamos justificándonos y tenemos tantas explicaciones, no nos sentimos malos. Y por eso, uno puede creer que este segundo tipo de confusión no tiene que ver con uno, porque uno no tiene planes perversos. Pero eso no es tan cierto, eso no es tan cierto. Uno tiene planes que no le agradan a Dios y que no se ven tan malos porque no salen a la luz. Pero, si el corazón de uno, si los sentimientos de uno, si las opiniones de uno fueran publicadas, por ejemplo, en la cartelera de un convento, probablemente ahí aparecería que uno no es tan bueno como parece y que uno incluso es malo, en muchas cosas uno es malo, y si decimos que no tenemos pecado, hacemos a Dios mentiroso. Y por eso, es bueno que Dios le contradiga a uno de los planes, es bueno eso, y es bueno que a uno le salgan mal muchas cosas, eso es bueno. Y es bueno quedar confundidos muchas veces y sentir que a uno le fracasan algunas o muchas ideas. Eso a menudo es bueno, es buenísimo. Sirve muchísimo que a uno le fracasen los planes, sirve muchísimo que a uno no le vaya bien, y sirve muchísimo que la gente no opine gran cosa de uno.
Vamos a tratar de explicar un poco estas afirmaciones paradójicas. En primer lugar, notemos que Cristo en las bienaventuranzas dice según la versión de Lucas: «Ay de vosotros cuando todo el mundo hable bien de vosotros». En segundo lugar, notemos que las contradicciones son siempre ocasión de aprender. El que no recibe contradicciones, tampoco recibe enseñanzas. En tercer lugar, recordemos lo que dice la carta a los Hebreos: «Dios corrige a los que ama, y si no os corrigiera, señal sería de que no sois legítimos, sino bastardos», dice esta carta a los Hebreos. En cuarto lugar, notemos que las contradicciones humillan nuestra soberbia, agrietan nuestro amor propio y por eso nos disponen para actitudes que son las propias del discípulo, la humildad, el deseo de aprender, la conciencia de los propios límites y otras parecidas. En quinto lugar, las contradicciones usualmente nos preparan para recibir el designio de Dios. La persona que no tiene contradicciones ni le cambian los planes va como una locomotora en bajada, acelerándose cada vez más, creyendo que se las sabe todas, tanto, que por algo dice Santa Catalina que hay un bien inmenso en la obediencia y la obediencia realmente se experimenta cuando contradice algo de nosotros.
Nada más peligroso para el corazón que un superior que en todo nos da gusto, que todo nos aplaude, que todo sigue nuestro parecer. Son necesarias las contradicciones, porque toda alma sensata sabe que su voluntad no corresponde con la voluntad de Dios. Lo que yo quiero ahora puede ser bueno, pero seguramente no es tan bueno como lo que Dios quiere para mí. O sea que mi locomotora continuamente tiene que salirse de esta carrilera y pasarse a otra carrilera mejor, a los carriles, a los rieles de Dios. Y ¿cómo me voy a salir de mi carrilera si nadie me contradice, cómo voy a salir de mi camino si nadie me interrumpe? Necesitamos ser interrumpidos y necesitamos que nos cambien los planes.
Esto muchas veces es señal de predilección, tanto que en los Hechos de los Apóstoles leemos como muchas veces Dios les cambiaba los planes, ¿no hemos leído eso de que íbamos para tal ciudad, pero el Espíritu Santo no nos dejó? Y esa gente no es que estuviera cometiendo grandes pecados, ni que fueran tan inicuos como somos unos de los aquí presentes. Seguramente era gente muy santa y muy dócil a Dios, y precisamente por esa docilidad, el Espíritu Santo les mejoraba los planes continuamente. Una persona que no quiere que la contradigan es una persona que no quiere aprender nada. Una persona que no quiere que la contradigan, y toda contradicción supone algo de confusión, una persona que no quiere que la contradigan es una persona que no quiere que la mejoren. ¿Cómo me van a mejorar sin contradecirme, cómo me van a mejorar sin frenarme? Tienen que frenarme muchas cosas.
Y hay otro bien adicional en esto de las contradicciones y las confusiones. Y es que en la medida en que experimentamos estas contradicciones y confusiones y se hace una opinión quizá más pobre sobre nosotros, más resguardados estamos y más paz conservamos. Por lo menos así dicen los que están enamorados de la cruz, gente como San Juan de la Cruz o como Catalina de Siena, o como todos estos que verdaderamente saben de penitencia y de unión con Jesús. La persona que no recibe contradicciones y que en todo tiene éxito, está generando una expectativa cada vez mayor en los demás, cada vez mayor, que eso es lo que mata a los artistas. Un artista genera una expectativa de dar siempre gusto y de complacer cada vez más a los demás. Pero cuánto más hemos complacido a los otros, más esperan de nosotros. Y por eso, cuanto más alta la palmera, más duro el golpe para el coco. A medida que vamos generando más expectativas y que se espera más de nosotros y que ya se supone que somos lo máximo y lo último, entonces, más duramente se nos juzga, entonces más duramente se nos critica y entonces más se espera de nosotros.
Por el contrario, cuando parece que somos unos fracasados, que no hemos hecho nada, que no hemos aprendido nada, que no servimos para nada, los niveles de expectativa son menores. La paz del corazón es menor y se habita en una dulce tranquilidad, porque uno es un inútil, porque uno no sirve para nada, porque, así nos decía el Padre Pastor refiriéndose a uno de sus discípulos, que no diré cual es, porque hay que guardar la caridad fraterna, decía: -Tiene una cara de tonto muy bien administrada, pero eso le ha servido. Efectivamente, cuando una persona crea una fama de ser perspicaz, sabio, exitoso, infalible y casi inefable, cuando la persona crea esa fama, al contrario de lo que dice el refrán, ya no se puede echar a dormir, porque la expectativa que genera es cada vez mayor, y eso es lo que mata a los artistas.
Las confusiones nos liberan de todos esos males. El mismo Cristo sufrió cambios de planes, Cristo cambió varias veces sus planes. Este es un tema muy hermoso de meditación. Cristo no estaba pensando desde el principio todo lo que sucedió. Se estableció en Cafarnaúm y allá estaba predicando, hacía algunas misiones rurales por Galilea, pero luego se dio cuenta de que eso no funcionaba, entonces tuvo que cambiar de plan y empezó viaje a Jerusalén y todo aquello.
Los santos viven eso, los santos tienen que cambiar de planes. No se me olvida que el padre Salvador y Conde, el que ha escrito tanto sobre Catalina de Siena, se refiere a los fracasos, tiene un capítulo grande, gordo y jugoso sobre los fracasos de Santa Catalina de Siena. Entonces yo digo: -Si fracasó Santa Catalina, no voy a poder fracasar yo. Hay una cantidad de cosas que le salieron mal a Santa Catalina. Tenía unas vocaciones buenísimas, buenísimas, que nunca cuajaron, nunca sirvieron para nada. Quería hacer un monasterio que iba a ser un jardín perfumado, tampoco se pudo hacer. La gente dice que Catalina fue consejera de Papas. Eso es cierto, porque sí aconsejó a algunos pontífices, es decir, a dos, y le hicieron caso en algunas cosas, pero en otras no le hicieron caso. Y ella decía y decía, y no le hacían caso, y fracasó y quedó mal y por eso tenía mala fama también. Ese es el segundo tipo de confusión.
Entonces el primer tipo de confusión es cuando uno se arrepiente de los propios pecados porque se siente desbordado por la misericordia de Dios, ese es delicioso. Es un poco lacrimógeno, pero es delicioso. El segundo es cuando uno no quiere que le salgan mal las cosas, pero le salen mal. Ese es duro, pero de ese escribió el salmista cuando dijo: Me estuvo bien el sufrir, me estuvo bien la confusión, salí mal, me dieron palo, dijeron de mí lo que quisieron, pero bendito sea mi Dios, me estuvo bien el sufrir, ese es el segundo tipo de confusión.
Y hay un tercer tipo de confusión que es un poco a lo que se refiere aquí, o mejor dicho, un tercer tipo de situación, que es una confusión aparente, pero no es confusión, por ejemplo, lo que cuenta aquí el siervo de Yahvé que todo le está saliendo mal, eso es como una confusión, todo le está saliendo mal. Pero dice: «Yo no resistí ni me eché atrás». Aparentemente, hay una gran derrota ahí, aparentemente. Y aparentemente, la situación es confusa. Pero ahí, en esa aparente confusión, él dice: El Señor me ayuda. Por eso no sentía los ultrajes, por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado». Es la confusión aparente del que le están saliendo las cosas mal, del que todo lo ve destruirse. Desde luego, el que más vivió esto fue Jesús mismo. Amigos que no servían para nada y enemigos eficaces, ¿qué podía hacer el pobre Cristo con unos amigos inútiles y unos enemigos sagaces? Las cosas le estaban saliendo mal, la situación era confusa y, sin embargo, adentro, adentro está esta frase: «El Señor me ayuda. Por eso endurecía el rostro como pedernal». Es la victoria de la paz en medio de la contradicción. Es la confusión que parece, todo lo indica, tiene todas las señales y, sin embargo, adentro hay una gran paz.
Este es un don del Espíritu Santo y es sumamente necesario, sumamente necesario para poder sembrar a largo plazo. Todo el que quiera sembrar bienes en la Iglesia de Dios necesita este don del Espíritu, este. Porque todo lo que nace en la Iglesia nace en medio de muchas contradicciones, en medio de muchos problemas, en medio de muchas críticas. Una parte de esas críticas y contradicciones son para que nosotros mejoremos nuestro camino, pero otra parte no es para eso, otra parte es para que resistamos. Y aquí es donde se necesita la sabiduría del Espíritu, cuando las cosas nos salen mal, en parte es para que aprendamos a hacerlas bien y en parte es para que resistamos, aunque parezca que están saliendo mal. Esta es la gran sabiduría, saber distinguir cuando somos criticados, qué parte es porque me tienen antipatía, qué parte es porque Dios quiere corregirme y qué parte es porque necesito aprender a sostenerme en el bien, aunque nadie lo entienda. Cuando uno logra partir ese ponqué en esas tres partes, uno es un sabio y es un santo.
Le repito las tres partes del ponqué de Semana Santa, son las siguientes, cuando usted reciba insultos, burlas, indiferencias, torceduras de boca, descalificaciones, antipatía, y demás males, usted tiene que partir el ponqué en tres partes. Una parte es, una parte es simplemente, la maldad que hay en el mundo, los problemas que tienen las personas, las neuras, las envidias, todo eso existe, los egoísmos, los cayos que uno está pisando, eso es una parte, eso es una parte. Y uno tiene que saber eso, porque uno no está viviendo con ángeles, sino está viviendo, pues con los ángeles, claro, pero también con seres humanos que se sienten lastimados sus intereses y que van a protestar y van a chillar y van a decir: -Y ¿por qué a mí? Y esto no me lo había hecho nadie. Y bueno, toda la cantaleta de costumbre, esa va a ser una parte.
Luego viene otra parte, hay que tener cuidado porque en las mismas críticas que nos hacen, así nos las hagan con mala intención, a veces Dios está hablando. A veces una persona lo critica a uno con rabia, con genuino odio, odio químicamente puro, y le dice: -Lo que pasa es que usted no soporta en su infinita vanidad que se le diga nada. La persona me lo dice con odio, pero tiene razón, porque efectivamente soy un vanidoso de siete suelas. Entonces, tengo que distinguir esas dos partes, tengo que distinguir, no me lo dijeron bien ni me lo dijeron con buena intención, pero tienen razón. Dios me está educando con esto, entonces tengo que corregirme, tengo que pedirle a Dios que me ayude. Normalmente Dios le ayuda a uno, ¿cómo? Dejándole la misma persona para que le siga recordando el problema, esa es la segunda parte del ponqué.
Pero luego viene la tercera parte de esta torta de Semana Santa. La tercera parte es, también yo tengo que aprender a resistir. De pronto me están criticando por cosas que estoy haciendo bien y lo que tengo que aprender es a purificar la intención y a sostenerme haciendo lo que estoy haciendo a pesar de que, hoy por hoy no se ha entendido, hoy por hoy lo que estoy haciendo parece ridículo, exagerado, fanático, misticoide. Hoy por hoy todo eso se puede decir hoy, pero un día va a ser distinto, un día esto va a ser entendido.
Hay que saber separar esas tres partes. El mal que tienen los otros, lo que Dios me está diciendo para que me corrija y lo que Dios está permitiendo para que yo me eduque, para que yo forme y forje mi carácter y para que yo aprenda a padecer, como dice aquí el siervo de Dios. Ahí podemos resumir la verdadera victoria del sabio y del santo. Si uno logra formarse en esas tres cosas, entonces tiene la capacidad de recibir el bien, incluso cuando viene mal envuelto y de construir el bien, incluso cuando el terreno está flojo y malo. Y eso es lo que Dios quiere de nosotros, y eso es ser verdaderos siervos de Dios, como el siervo de Dios del capítulo 50 de Isaías.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|