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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No pongamos nuestra esperanza en la inteligencia.
Homilía mcsa003a, predicada en 19990331, con 39 min. y 4 seg. 
Transcripción:
La traición de Judas, que aparece con todo su misterio en el pasaje que acabamos de escuchar, presta también su servicio dentro de la revelación, dentro del conjunto de la revelación. Le pregunta Judas a los sumos sacerdotes, que eran los enemigos acérrimos de Jesucristo. Alguna vez hemos comentado por qué. Ellos, amigos del poder romano, veían en Cristo a un potencial revolucionario. Temían que los romanos intervinieran drásticamente y que, por lo tanto, ellos mismos perdieran el difícil equilibrio que, con tanta diplomacia, habían logrado. Jesús se había convertido en un personaje insoportable para los sumos sacerdotes. Y por esta razón querían quitarlo de en medio, pero no podían utilizar la violencia porque el pueblo podía dispararse en rebelión, en revuelta, y entonces no hubieran logrado lo que querían. Era necesario que Cristo apareciera como un enemigo del pueblo, y como un enemigo de los romanos. Solo de esa manera se lograría que el poder romano eliminara a Jesucristo y que el pueblo creyera que se había quitado un problema de encima y por eso, utilizan lo mejor de su inteligencia, de sus amistades, de su política y de su estrategia para ver cómo van a envolver a Jesucristo, y cómo van a presentar este paquete ante los romanos para que sean los romanos los que destruyan a Cristo, los que acaben con Él.
Nosotros sabemos el desenlace de la historia, sabemos que ese plan les funcionó. Solo faltaba una pieza y esa es la pieza que ha aparecido hoy. Solo faltaba que alguien del grupo de Jesús, traicionara al mismo Jesús. Era lo único que faltaba, solo eso. Y esa es la frase que nos encontramos al comienzo del texto que hemos escuchado: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?», pregunta Judas, una pregunta que tiene todo el cinismo, que tiene toda la dureza de aquel que ha renunciado a sus sueños y que se refugia en su propia conveniencia. Qué pregunta tan espantosa, «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». Judas, ¿qué te pueden dar que valga lo que vale Jesucristo? Si supieras lo que estás perdiendo, descubrirías que nada tiene el precio de lo que tú vas a entregar. Que treinta monedas o mil monedas no pueden ser nunca el precio de una vida humana, mucho menos el precio de esa vida, humana y divina a la vez.
«¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?», dice Judas, que era consciente de su propio lugar y de su propia capacidad, él sabía que podía obrar, él sabía que Cristo era inerme, que Cristo era traicionable. Él sabía que había fisuras, que había fragilidad, que Cristo no tenía un aparato de defensa, no contaba con un sistema de inteligencia, no tenía una CIA, ni un FBI, no tenía departamentos de investigación, ni tenía escoltas. Judas sabía que Cristo estaba sin defensa y por eso sabía que su pregunta tenía sentido para sus propósitos. Ellos se ajustaron con él en 30 monedas, y desde entonces, Judas estaba con Cristo mirando la manera de entregar a Jesucristo.
Como nos damos cuenta, mis amigos, estamos llegando a las últimas alcantarillas del corazón humano, estamos llegando a la traición en su aspecto más tenebroso, en verdad satánico. Se trata de estar con Cristo, se trata de conocer los lugares, los estilos y las maneras a Cristo para entregarlo. Y efectivamente, ese plan funcionó. Acordó con ellos 30 monedas y acordó con ellos una señal: «Aquel a quien yo bese, ese es, prendedlo» Fue astuto, fue inteligente en ver cuál era el momento. No puede ser de día, de día está predicando. Tiene que ser de noche, cuando está rezando. Que haya pocas personas, no puede ser en el templo, no puede ser en Jerusalén. Tiene que ser en las afueras, tiene que ser en uno de esos lugares que él porque era amigo, los conocía. Ese lugar se llama Getsemaní, un huerto que queda no lejos de Jerusalén. Ser traidor significa utilizar toda la información de amigo para utilizar todo el poder de enemigo.
Y ese es el fondo del corazón humano. Ese es el fondo del corazón humano. Estos son los terrenos más profundos, estos son los últimos y más repugnantes limos del corazón del ser humano herido por el pecado, convertido en instrumento de las tinieblas. Y el plan funcionó, era un plan inteligente, y la inteligencia funciona. Era un plan astuto, y la astucia funciona. Se había pactado algo y el pacto se cumplió. El resultado de todo ello, un inocente condenado, una muerte impecable.
Realmente nos espanta, porque eso no se puede llamar admiración, toda la estrategia que se realiza para darle muerte a Jesucristo de manera que todos queden inocentes. Y Él, que era el único inocente, quede como culpable. A Judas de qué se le podía acusar, recibió unas monedas en secreto, lo único que hizo fue darle un saludo y un beso al maestro. ¿De qué se le puede acusar? Es inocente. Los guardias no se pueden acusar, están obedeciendo órdenes de los sumos sacerdotes. Los sumos sacerdotes no se pueden acusar, porque ese Cristo ha blasfemado, ha dicho que es hijo de Dios y ellos tienen que defender los intereses de Dios. A Poncio Pilato no se le puede acusar, porque él está ejerciendo simplemente derecho, y como el caso que le presentaron era para la pena capital, pues entonces, es lo que hizo fue firmar la sentencia. Los que hundieron los clavos no se les puede acusar, porque ellos estaban cumpliendo órdenes. A nadie se puede acusar. Todos son inocentes y el único inocente ha quedado como culpable, y el plan ha funcionado. La inteligencia ha funcionado, la astucia se ha impuesto, la estrategia dio resultado.
Aquí hay una advertencia para nosotros, qué pavorosa es la inteligencia, qué pavorosa arma es la inteligencia, cuando detrás de ella está un corazón enfermo o amargado. Qué tontería, qué estupidez creer que la inteligencia va a cambiar el mundo. Qué tontería, qué necedad decir eso, la inteligencia es un instrumento, la razón es un instrumento, y si está al servicio de un corazón enfermo y amargado, logrará cosas como lo que logró aquí. En verdad, la inteligencia que estaba detrás, como moviendo las cuerdas de todos estos Judas, los sacerdotes, Pilatos, los que flagelaron, los que crucificaron, la inteligencia que está detrás de todos esos es la inteligencia del demonio. El demonio es inteligente, es muy inteligente, Satanás es muy astuto. Y uno podría decir que la estrategia funcionó, lo que se quería se logró, se logró. Finalmente tenemos a las armas del imperio más grande que habían conocido los siglos a órdenes de la traición de uno de los discípulos de Cristo y del odio visceral de los sumos sacerdotes. ¿Realmente esas armas, realmente ese imperio era poderoso, realmente puede llamarse poderoso, un imperio que obedece a los corazones enfermos, a los odios irracionales?
Mis amigos, primera enseñanza para este día, no nos fiemos de la inteligencia. No creamos que la gran inteligencia y que la gran astucia son las que nos van a sacar a nosotros de los problemas. No pensemos que una comprensión última del universo o una interpretación fantástica de todo lo que conocemos, es la solución para nuestros problemas. Siempre hay algo detrás de la inteligencia. La inteligencia, así se le llame la diosa, como la llamó la ilustración, la diosa razón, vaya blasfemia, la inteligencia, así se le llame diosa, es esclava, estará siempre al servicio del corazón. Qué fácil es para la inteligencia encontrar razones de aquello que ama, y en cambio, qué arduo le resulta soportar los argumentos de aquello que no ama o de aquello que detesta. No podemos poner nuestra esperanza en nuestras razones, ni en nuestra inteligencia ni en nuestra astucia.
Varios autores han dicho que el más inteligente de los discípulos de Jesucristo era Judas. Y de verdad que se necesita una inteligencia muy grande para lograr dar los pasos precisos, y los dio en el momento preciso, los pasos exactos para concretar el más terrible crimen de los siglos, y lo logró, y lo logró para desgracia suya. A Jesús no se le escapa lo que está sucediendo, y la palabra que tiene Jesús para ese hombre tan inteligente es: «Más le valdría no haber nacido».
Pero Judas no solo tiene una gran inteligencia, no solo es un maestro de astucia, es también una persona con un control de sus sentimientos, una persona con un dominio absoluto de sus opciones. No te has puesto a pensar tú, qué tipo de persona era esta. Entre el acuerdo con los sumos sacerdotes y la noche del huerto en Getsemaní, pasaron horas, seguramente días. De hecho, sabemos que fueron días, porque de acuerdo con el relato que nos ofrece San Mateo, mira lo que dice él llegó al acuerdo. Y después dice: «El primer día de los ácimos se acercaron los discípulos a preguntarle dónde preparamos la cena de Pascua». Durante ese tiempo, Judas tuvo el completo control de sus sentimientos. Él ya sabía lo que iba a hacer, pero estaba ahí con los otros. Qué artista, qué artista, qué capacidad de actor, qué dominio completo de sus facciones, de su mirada, de su sonrisa. Es un hombre que sabe dominar todo su mundo afectivo y emocional.
Nosotros sabemos algo sobre la vida de Cristo. Cristo indudablemente llevaba una vida de judío piadoso. Los judíos piadosos de la época tenían largas oraciones que nosotros conocemos por otras fuentes extra-bíblicas. Muy seguramente, Cristo rezaba con los discípulos por las mañanas. Hay oraciones muy bellas del judaísmo piadoso de la época, oraciones de alabanza a Dios. Y ahí estaba Judas junto con nosotros, alabando a Dios y preparando el momento de la muerte del Señor, alabando a Dios. Qué dominio tan completo de su mundo afectivo y emocional, qué capacidad tan grande de tener a raya todos sus sentimientos.
Yo hago una pregunta: ¿es que Judas no sabía lo que iba a pasar? Sí lo sabía. Jesucristo no fue el primer crucificado de los Romanos. De hecho, la cruz era el tormento que los romanos reservaban para los esclavos rebeldes, para los que eran peligrosos para el imperio, para la gente subversiva, los que eran insoportables para el poder, había que crucificarlos. Y precisamente, se les mataba en la cruz, es decir, se les dejaba morir a pedacitos en la cruz para que la gente viera. Los corazones de la mayor parte de los judíos estaban retorcidos de dolor porque habían visto muchas veces morir a gente ahí, y la gente duraba colgada horas y horas y horas hasta que se moría entre dolores espantosos y calambres inenarrables.
Judas sabía eso, y ¿es que Judas no sabía qué clase de gente eran esos sumos sacerdotes con los que estaba hablando? Tenía que saberlo, tenía que saberlo. Y había escuchado muchas veces a Cristo. Él sabía a quién estaba entregando y él sabía qué iba a pasar, y él sabía a quiénes estaba entregando. Él conocía esto y, sin embargo, guarda una calma absoluta. Está completamente bajo su dominio todo su universo de sentimientos. Logró hacer tan perfectamente su papel, logró hacerlo tan bien, tan perfecto, que cuando Jesús dice: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar». ¿Qué fue lo que sucedió? Acaso sucedió que todos los discípulos dijeron: Judas, ¿por qué vas a hacer eso? No, Judas había actuado tan perfectamente, lo había logrado de tal modo, tenía tal dominio de sus facciones, sentimientos y emociones que cuando Jesús hace esta pregunta, nadie sospecha de él, nadie. Ha pasado perfectamente inadvertido, lo ha logrado. Judas tiene un completo dominio de sus sentimientos. Otra cosa que parece muy deseable, muy, muy deseable. Otra cosa que, sin embargo, puede convertirse en un desastre para nosotros.
Cuántas veces hemos querido que no se nos noten los sentimientos, cuántas veces hemos querido tener un absoluto dominio de nosotros mismos, incluso para cosas relativamente pequeñas. Se supone que uno debe tener un completo dominio de sí mismo. No has oído los consejos de los psicólogos, por ejemplo, cuando una persona va a pedir un trabajo, la persona se supone que debe tener un completo dominio de sí misma, debe mostrar una gran capacidad, una completa seguridad. Usted debe ser la persona que tiene las soluciones para la empresa, la persona que la empresa necesita, pero no se presente usted como una persona que ansía el trabajo, no, usted muéstrese como una persona a la que le conviene ese trabajo, dentro de su recorrido y su ascenso. De manera que, mucha gente va a buscar su trabajo con un tinto porque no han podido desayunar, con un vaso de agua, porque no han podido almorzar, pero con una gran seguridad en sí mismos, como diciendo yo no necesito este trabajo, pero ay de que no se lo den, de hambre se mueren.
Se supone que uno tiene que tener el dominio de sí mismo para las luchas, las peleas, las guerras dentro de la pareja o dentro de la familia. Se supone que la persona debe tener un completo dominio de sus emociones y de sus sentimientos: -Hasta que lo vea aquí a mis pies, hasta que la vea aquí a mis pies. Yo tengo que soportar, tengo que soportar, soportaré. Tendrá que estallarse en un momento, y cuando él se estalle, entonces hablaré yo.
Para muchas cosas de esta tierra, tener el completo dominio de los sentimientos parece un gran ideal. Si alguien quiere buscar cuál es el patrono de los que tienen completo dominio de sus sentimientos, hoy se lo puedo decir, Judas Iscariote. Si usted busca el patrono de los que tienen completo dominio de sus sentimientos, de aquella gente que siempre sabe cómo actuar cuando se ve alegre, cuando triste, cuando disgustarse, cuando soportar. Si usted quiere saber cuál es el patrono de los que tienen corazón de pedernal, corazón de mármol, corazón de piedra y que pueden adaptar su rostro a todas las circunstancias, si usted busca el patrono de eso se llama Judas, Judas Iscariote, del cual dijo Cristo: «Más le valdría no haber nacido».
Qué distinta es la lógica de Cristo, qué distinta es la lógica de Cristo. Cristo no idolatra la inteligencia. Alguna ocasión dijo: «Te alabo, Padre, porque estas cosas Tú se las revelas a la gente sencilla y se las ocultas a los grandes cerebros y a las grandes inteligencias». Y en otra ocasión Jesucristo dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». ¿Cómo sonaron esas palabras en los oídos de Judas? Tal vez muy mal. Tal vez Judas pensó: -Gran estupidez esta, a donde se va con mansedumbres y con humildades, con toda esa sensiblería, con esas escenas de niños tiernos acariciados, con esas escenas de pecadoras llorosas, con esas escenas de leprosos jubilosos cantando alabanzas con todos esos escándalos, ¿qué se logra con todo eso? Judas tiene perfecto dominio de su corazón para desgracia suya.
A veces parece que el perfecto dominio del corazón por una idea, es la manera más segura de servir de instrumento a planes tenebrosos, como le pasó a este Judas Iscariote. Estas dos características que hemos destacado de Judas Iscariote dicen algunos teólogos que yo estimo serios, en este punto y en esta materia, dicen algunos teólogos que esas dos características, una inteligencia fantástica, sobresaliente y un dominio completo de sus sentimientos, dicen muchos teólogos que esas dos características las tendrá el anticristo. Será también una persona que sabe cuándo llorar, cuando sonreír, cuando soportar y que mientras ríe o llora según las circunstancias, está sacando adelante su plan. O sea que si necesitas otro patrón para los que son inteligentes y duros como piedra, si no te basta Judas Iscariote, ya encontrarás otro, se llama el Anticristo. Si quieres educar tu corazón en la insensibilidad, mientras cultivas tu inteligencia en las estrategias para salirte con la tuya, ya te tengo un libro que puedes leer. Léete los evangelios, pero léelos al revés y busca en el más espantoso ser del Evangelio, en Judas Iscariote, busca su modelo. Pero él dijo Cristo, mejor que no hubiera nacido, más le valdría no haber nacido.
Mis amigos, la Palabra de Dios es demasiado clara. Dice Jesucristo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar». Eso era para morirse, Judas está ahí, sabe que están hablando de él, sabe que el Maestro sabe, pero guarda la compostura, está quieto, está en su sitio, tiene el corazón amaestrado. Qué desgracia, un corazón amaestrado, qué desgracia. No sirven de nada los corazones amaestrados. Prefiero los corazones que estallan en lágrimas, prefiero los corazones que se derritan de arrepentimiento. Qué desgracia, mil veces qué desgracia, qué desgracia un corazón amaestrado. Eso era lo que tenía Judas, ese pobre corazón de este hombre estaba amaestrado. Seguramente ese corazón quería estallar en sollozos de arrepentimiento, seguramente ese corazón intentó gemir: -Perdóname, Jesús. Perdóname, perdona mis pensamientos. Perdona las estupideces que tiene mi alma. Pero Judas tenía todo bajo control. Me fastidia ese control, me parece temible ese control. ¿Para qué sirve ese control? Judas sabía lo que quería hacer. ¿De qué sirve saber lo que uno quiere si no es lo que Dios quiere, de qué sirve? No sirve de nada.
Y va preguntando cada uno: «¿Soy yo acaso, Señor?». Responde Jesús, que es tan discreto siempre. Jesús, que intenta hasta el último momento que el otro obre de otra manera, Jesús no denuncia al amigo, no denuncia al amigo, que ahora es enemigo. Jesús, por no desairar a Judas delante de unos hombres sin armas, se expone a ser el mismo traicionado y entregado a los soldados repletos de armas, de azotes, de clavos y espinas. Prefiero el corazón de Jesucristo, prefiero el corazón fiel hasta el extremo. Prefiero el corazón que es capaz de sentir, prefiero el corazón de Cristo que incluso, en ese momento teme dejar mal al que ha sido amigo y al que ha sido discípulo, por no dejarlo mal busca el signo más discreto un trozo de pan untado.
Pregunta Judas: «¿Soy yo acaso, Maestro?». La respuesta de Cristo es categórica, así es. ¿Cómo puede soportar este corazón eso, cómo puede sentirse descubierto ante la verdad y, sin embargo, salir a consumar el negocio? ¿Cómo puedo yo, cómo puedo yo hacerle propaganda a la gente que tiene resistencia, que es coherente con sus proyectos, que mantiene todo bajo control, que logra siempre sus metas? Estupidez de estupideces. ¿Para qué sirve eso si no era el plan de Dios, para qué sirve eso? ¿Para qué sirve tener tanta resistencia y un dominio completo de todos los músculos, empezando por el músculo del corazón? ¿De qué sirve eso?, si eso va a estar al servicio de matar a un inocente, como fue en este caso.
La escuela de Jesucristo es distinta a mis amigos, la escuela de Jesucristo es distinta, ojalá lo aprendamos pronto. La escuela de Jesucristo es distinta. Y por eso hay que pedirle a Dios, hay que pedirle a Dios nuestro Señor que nos conceda dolor, que nos conceda un corazón, que sienta un corazón que pueda arrepentirse, un corazón que pueda ir a acurrucarse en la llaga del costado de Cristo. Claro que sentir dolor no es agradable. Claro, sentir dolor no es agradable. Pero si tú acurrucas, si tú acunas, si tú arrullas tu dolor en las llagas de Jesucristo y le dices a Él: -Misericordia. Misericordia, ayúdame, otra es la historia.
El problema de Judas es que él ya no creía en Jesucristo y por eso él no podía permitir que su corazón sintiera. Porque si ese corazón hubiera sentido algo, Judas hubiera tenido que renunciar a su plan, hubiera tenido que renunciar a su propósito, hubiera tenido que renunciar a su historia. No podía permitirse un solo sentimiento. Los corazones, así, son instrumentos útiles y dóciles en manos de las tinieblas, y si vamos a hablar claro en manos de Satanás, son instrumentos útiles y dóciles en manos del demonio. Pero eso, no hay alternativa en esto.
Hay que pedirle a Dios un corazón que sienta. Pero hay que pedirle, junto con esos sentimientos, el primero de los sentimientos que nos puede salvar es la dulce y amorosa confianza en el amor de Él. El que no tenga ese amor, el que haya perdido ese amor, el que no tenga esa fe, no puede permitirse sentir, se desesperaría, como Judas. El que no tenga ese amor lo puede sentir. Pero si hay una luz mira, si hay, aunque sea una cerilla, una cerilla decente, si hay, aunque sea una lucecita de ese tamaño, aunque sea así, aunque sea solo eso, con esa sola luz que tú tengas de fe en Jesucristo, con esa sola luz, dile: -Yo quiero creer en ti, yo quiero apoyarme en ti. Yo quiero acurrucar en ti, quiero meter en ti mi historia, mi dolor, mi problema. Porque si no te apresuras a entrar en el hospital de Jesucristo, tu dolor, sacarás una conclusión espantosa. No debes sentir. Y apenas digas, no debo sentir, y apenas se te despierte la inteligencia, ya irás tras las huellas del Iscariote. Ya tendrás como patrono a aquel del que dijo Jesucristo, mejor que no hubieras nacido. Son las palabras más duras, tal vez del Evangelio. Más le valdría no haber nacido. Pero ni aún esas palabras, ni siquiera ese campanazo gigantesco que haría estremecer galaxias y constelaciones, ni siquiera eso pudo sacudir suficientemente el corazón de este hombre.
Yo prefiero los corazones que vivan anegados en llanto, que vivan anegados de arrepentimiento, con confianza en Dios, claro, con confianza en Dios, prefiero corazones así. Prefiero corazones que en estos días santos se arrepientan, como tengo yo también que arrepentirme. Prefiero gente que sienta dolor, prefiero gente que pueda humillarse ante Dios y decirle: -Sí, me equivoqué y de ti vendrá mi salvación. Lo que ha sido mi vida hasta ahora no es lo que tú querías, pero quiero conocer de tu plan, enséñame tú, Señor, enséñame Tú, instrúyeme, instrúyeme en la senda de tus mandatos.
El ejemplo que nos presenta aquí la Escritura, ese ejemplo nos invita a orar, nos invita a convertirnos, nos invita a dolernos de nuestros pecados, nos invita a admirar el tamaño del amor de Jesucristo, y nos invita también a retirarle nuestra admiración a tantos ídolos que hemos tenido. Si tú tenías admiración por el héroe de corazón de piedra, de pedernal, al que nada le importa, el que siempre se sale con la suya. Voy a decir un nombre de mi época, el Rambo. Si ese es tu ídolo, te cuento que adelantito de Rambo, unos pasos más adelante hay otro. Si supiera detrás de quien ha estado caminando, si uno supiera que hay detrás de esos ídolos espantosos que cautivan los corazones de los muchachos hoy. Si uno supiera detrás de quién van esas bandas de rock satánico, si uno se le abrieran los ojos y viera el monte que va delante. Uno diría: -Que estúpido soy ¿qué hago yo atrás de esa gente? Si uno supiera qué negocios se mueven detrás de los vicios que uno sigue acariciando, uno diría: jamás y cortaría con ellos.
Por eso la gracia que yo le pido a Dios en esta Eucaristía es que nos abra los ojos, que sepamos detrás de quién vamos con esas durezas, con esas astucias, con esas inteligencias, que nos muestre Dios al servicio de quién está la inteligencia. Tal vez, la humanidad ha tenido pocas inteligencias tan agudas y pocos corazones tan sumamente bien domesticados como el de Judas. Como una pobre bestia, el corazón de Judas está plenamente concentrado para no sentir, para solo cumplir órdenes. Hay que pedirle a Dios, hay que suplicarle que nos libre de esos corazones. Hay que suplicarle que nos libre de esos corazones, un corazón así mandará a la muerte a centenares de millones de personas, que mueran, que se acaben, mi imperio tiene que crecer, que mueran, que se acaben. Esos son los corazones que no tienen entrañas. Esos son los corazones que construyen los grandes imperios en esta tierra. Que mueran todos, y quedo yo, esos corazones se tienen que acabar.
Hay que pedirle a Dios nuestro Señor que nos dé corazones distintos, y hay que retirarle la admiración a las personas, retirarle la admiración a las personas que son insensibles. Por favor, pasa por ese test a tus ídolos. ¿Cuáles son tus ídolos?, son científicos, son filósofos, son artistas, son cantantes. Toda la gente a la que tú admiras pasa por el test de la compasión y el corazón de Cristo, toda esa gente, a ver cuáles de ellos resisten. Y si ellos no resisten, ya tú sabes quién va adelante de ellos, Judas, y ya tú sabes quién va adelante de Judas, ya tú lo sabes, porque el Evangelio de San Juan dice: «Detrás del trozo de pan entró en el Satanás». Ya tú sabes detrás de quién iba Judas. No es mi deseo, yo digo siempre, no es mi deseo que se haya condenado ni asaltada, no es mi deseo. Pero no puedo negar las evidencias de la Escritura, ni puedo negar todo lo que la Escritura nos enseña con la traición de Judas.
Por eso, una conclusión que tenemos que sacar, y esta es la última enseñanza que quería compartir con ustedes es, jamás admiraré, jamás le daré una pizca de admiración al que no tiene amor de Dios en su alma, al que no tiene ternura y compasión en su corazón por los más pobres, por los más pequeños. Es un gran político, es un gran filósofo, es un gran científico. Perdone, una pregunta: un enfermo, un embrión, un anciano en sus dolores. ¿Qué vale para ese señor? Nada. No, no tiene mi admiración, no tiene mi admiración. Si ese hombre no tiene compasión por un embrión humano, por algo tan pequeño y tan frágil. Si ese señor no tiene compasión por un anciano enfermo. Si ese señor no tiene compasión por un pobre, si no tiene compasión, no lo sigo, porque yo sé detrás de quién va ese señor. Yo sé que él va detrás de un patrón que se llama Judas Iscariote, del cual dijo Cristo, más le valdría no haber nacido. Yo no quiero entrar en la tribu. Yo no quiero que me pongan una nariguera, ir detrás del que tengo que escuchar esa palabra de Cristo, más le valdría no haber nacido. Yo no quiero entrar en ese pueblo, no es ese mi pueblo, no es esa mi tribu. Yo no quiero entrar ahí.
Propósito, propósito para el día de hoy: Jamás, jamás, nunca más volveré a admirar a alguien. Si no tiene amor de Dios en su corazón, si no tiene compasión y misericordia en su alma, si no tiene de eso. Ah, yo sé que detrás, detrás de Judas, está caminando ese tal. Y yo no quiero ir detrás de Judas, porque yo también sé detrás de quien iba Judas. Nosotros le vamos a quitar toda nuestra admiración a ese tipo de poderes, a ese tipo de fuerzas, a ese tipo de líderes, esos líderes que tienen una gran resistencia. Ustedes saben, tienen que saber. Esos líderes están preparando la llegada del Anticristo. ¿Cuándo será? No tengo ni idea. Esos líderes, esos que no tienen nada de compasión, esos que cambian seres humanos por cifras, esos que le ponen precio a las vidas humanas. Esos, esos no son mis ídolos, no son, no son, no los admiro, no los quiero.
Mi Señor es Jesucristo, mi estilo es Jesucristo, mi manera es la de Jesucristo. Yo quiero que sea así con todas las fuerzas de mi alma, y quiero que todos ustedes, mis amigos y hermanos, tengan también así, toda su admiración y todo su amor para Jesucristo y para todos los que aman a Dios, al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, y tienen compasión por los más pequeños. Para todos aquellos que sufren, para todos aquellos que tienen corazones capaces de llorar y de sonreír, bienaventurados esos corazones. Mira, estamos casi al final del Evangelio de Mateo, ya es el capítulo 26, no te parece escuchar en el fondo la voz de Cristo que dice, bienaventurados los que lloran. Claro, ahora lo entendemos. Bienaventurados los que sufren. Claro, esos tienen corazón. Bienaventurados los que trabajan por la paz, bienaventurados los perseguidos. Razón tiene nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Al final del Evangelio se vuelven a escuchar las bienaventuranzas, bienaventurados ellos.
Pero al final del Evangelio también hay una malaventuranza: «¡Ay del que va a entregar al Hijo del hombre! Más le valdría no haber nacido». Así que no hay que llamar bienaventurados a los que tienen ese amor de Dios y esa compasión con llanto en su corazón. Así también hay que considerar desdichados a los que carecen de tales sentimientos. Que Dios en su misericordia, les permita reconocer el señorío de Jesucristo. La inteligencia, qué inteligencia, puede servir para muchas cosas, para muchas, demasiadas, la astucia, la estrategia, él logra siempre sus metas. Entonces es un ser tenebroso, se me parece mucho a Judas. Tienen completo dominio de sí mismo, es infalible en las negociaciones, logra siempre lo que se propone. Nunca ha perdido un paso. Seguidores del Iscariote, seguidores del Iscariote, no me interesan.
Me interesa el reinado de Jesucristo, prefiero gente que se duela, gente que se compadezca, gente que pueda apreciar la sonrisa del niño y el lamento del anciano. Que Dios nuestro Señor, caiga sobre nosotros un espíritu nuevo. Que reconozca el corazón de Jesucristo y que lo haga habitar en nosotros. Amén.

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