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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La bondad, el amor, la misericordia de Cristo frente a la iniquidad del hombre.
Homilía mcsa001a, predicada en 19960403, con 16 min. y 28 seg. 
Transcripción:
Las lecturas que hemos escuchado, ponen ante nuestros ojos y nuestro corazón, el misterio del bien de Dios, el misterio de la generosidad humana, pero también el misterio de la iniquidad. En verdad, si lo pensamos detenidamente, estamos rodeados del misterio del bien y del misterio del mal. De modo que uno puede preguntarse, por qué tanto bien y por qué tanto mal. Esas preguntas están como personificadas en Jesús y en Judas. ¿Por qué tanto bien, por qué tanta paciencia, por qué tanta misericordia, por qué tanta mansedumbre? Todo esto, podemos preguntarle a Jesús, viéndole agotado, extenuado, en su labor de hacer el bien, hasta llegar a la muerte y muerte de cruz.
Por qué tanta dureza, en cambio, podemos preguntarle a Judas, ¿no llegaron a ti los ecos de la misericordia divina, no se te pegó nada de la dulzura, de la piedad, de la generosidad, de la paciencia, de la ternura de Jesucristo, nada de eso llegó a impregnar tu corazón?
Pero también, podríamos preguntar ¿para qué, para qué Jesús, de qué te sirve tu bondad? La pregunta casi blasfema, sin embargo, rasga hasta herir las entrañas del corazón humano que a veces no encuentra razones para ser bueno. ¿De qué sirve, Señor, ser tan bueno si finalmente, si en el último momento, también la traición visitó tu alma? Pero igual podríamos preguntarle al traidor: ¿De qué sirve tu maldad, qué has conseguido con tu dureza, hay algún provecho de tu traición?
Rodeados por el misterio del bien y el misterio del mal, sumergidos en ese doble océano de la bondad y de la maldad, los seres humanos nos desconcertamos preguntando por qué y para qué. ¿Sirve el bien, sirve el mal, para qué sirve ser bueno, qué provecho trae la maldad? Es el tiempo también de preguntarnos ¿cómo pudo alguien desengañarse de Cristo? Cuando los discípulos de Juan Bautista se acercaron a nuestro Señor para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o hay que esperar a otro?» Jesús dio por respuesta simplemente, el testimonio de lo que estaba sucediendo, ahí mismo, los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan. Y bienaventurado, dice, el que no se escandalice de mí. Escandalizar, escandalizarse es un verbo que en griego indica la acción de tropezar con un obstáculo, particularmente con una piedra. Jesús, efectivamente, se convierte en tropiezo, piedra de escándalo para Judas. Bienaventurado, ha dicho el Señor, bienaventurado el que no se escandalice de mí.
Pero Judas se ha escandalizado de Cristo, no ha encontrado en Él ese puente, ese mediador, ese Redentor, sino un obstáculo. Y el mismo Judas, al que vemos hoy haciendo pactos con los enemigos de Cristo para encontrar un camino de traición, ese mismo Judas lo veremos dentro de poco, desesperado de su propia situación y arrepentido, confundido, donde ellos a decirles: «He pecado, entregando a la muerte de un inocente». Y su dinero, y esa bolsa de dinero que fue precio de sangre estará de nuevo en sus manos, esta vez en una especie de desesperado intento de contener el curso de los acontecimientos que, como una inundación, como un río furioso y desbordado, y van tomando consecuencias que Judas ya no podía soportar. Conocemos también la respuesta de los sumos sacerdotes: «A nosotros qué nos importa». Judas entonces, arroja las monedas que han sido precio del Cordero de Dios y va a suicidarse. Judas se escandalizó con Cristo, Judas tropezó con Cristo. ¿Por qué, por qué puede suceder algo así?
Un santo amable, simpático, lleno de amor de Dios y lleno de alegría, San Felipe Neri, solía decir en su oración: «Guárdame, Señor, cuídame Dios, porque si no puedo traicionarte peor que Judas». Efectivamente, estas lecturas que hemos escuchado y particularmente este Evangelio, no son simplemente para que nosotros ahora nos escandalicemos de Judas o nos escandalicemos de que Él se haya escandalizado con Cristo. Así como es verdad que no hay un Cristo, no hay en la naturaleza humana de Cristo nada distinto de nuestro ser y de nuestra naturaleza, así también hay que decir que no hay en nosotros nada distinto de lo que hay en Judas. En cierto sentido incluso, podemos decir que somos más parecidos a este Judas que a este Jesús, porque Jesús tiene todo en común con nosotros menos el pecado. En cambio, nosotros tenemos todos, todo en común con Judas, incluso el pecado.
Por eso tenemos que volver a nuestra pregunta ¿qué fue lo que hizo que Judas se escandalizara, cómo pudo Él tropezar con Cristo, si precisamente Cristo estaba para que el ser humano pudiera vencer el tropiezo con el pecado, si precisamente Cristo Jesús es ese camino que Dios ha abierto para que nosotros saliéramos de la cárcel, para que nosotros rompiéramos la muralla del pecado. Cómo es posible que alguien tropiece con Cristo, si Cristo es la victoria sobre la barrera, si Cristo es la puerta, ha dicho Él, si Él es el camino, si en él Dios nos ha abierto los tesoros de su salvación. Cómo puede uno tropezarse con alguien que está abierto, cómo puede uno detenerse en alguien que es precisamente la puerta, cómo puede uno renegar de alguien que es el sí de Dios, cómo se le puede decir no al sí de Dios. Y esto, repito, no es una pura pregunta de teoría, ni es una especie de juicio extemporáneo contra Judas. Es una pregunta por nuestra propia iniquidad, es una pregunta por nuestros propios noes, es una invitación a meditar y a reconocer que en nosotros y más allá de nosotros existe el misterio de la iniquidad.
Pero, ¿cómo sucedió aquello, cómo fue aquello, cómo fue que Judas se escandalizó con el Señor? En eso hay varias teorías, hay quienes afirman que se trató básicamente y simplemente de un desengaño político. Judas sería el partidario o uno de los partidarios de una revuelta armada, violenta contra los romanos. Hay dudas entre los estudiosos sobre qué tanta fuerza podrían tener estos movimientos de corte guerrillero en tiempos de Jesús, el nombre genérico que se les da es el de zelotes o zelotas. En ambos casos indica los celosos, celosos de la ley, celosos de la Alianza, celosos del Reino, celosos de la independencia. Y a alguno de los discípulos, no Judas, a quien siempre se le llama el Iscariote, a alguno de los discípulos se le llama el celoso, pero no es claro, no es completamente claro que este movimiento zelote o zelota tuviera tanta fuerza en tiempo de Jesús.
Sea de ello lo que fuere, hay algunos que afirman que Judas precisamente pertenecía a este movimiento, que deseaba un cambio político revolucionario, que estaba enamorado de un mesianismo efectivo, directo, certero, en contra del imperio, y que, al ver las señales mesiánicas de Jesús, había pensado en su corazón, había acariciado en su corazón la perspectiva de que este líder, este Mesías, iba a restaurar, en su independencia, a Israel.
Cuando Jesús va dando esas muestras de mansedumbre que tantos corazones han convertido a lo largo de la historia, pues, Judas se fue decepcionando de Jesús, porque fue viendo que en vez de un general lo que había era un pastor, y en vez de un vengador lo que había era un redentor. Recordemos, por ejemplo, aquella escena en la sinagoga en Nazaret, cuando Jesús toma las palabras del profeta Isaías y dice que ha venido a liberar a los cautivos, a dar la libertad a los oprimidos. Pero el profeta Isaías dice, a renglón seguido, y a traer el tiempo de la venganza para Israel, y Jesús no leyó esas palabras. Jesús leyó solo las palabras de gracia, solo las palabras que hablaban de misericordia. Esta especie de cobardía de Cristo, esta especie de mansedumbre de Cristo, indudablemente desilusionó no solo a Judas, sino a todos los que querían un tipo de cambio de ese género.
Hay otra explicación posible, Judas tenía la administración económica en ese pequeño grupo, es sobre todo el evangelista Juan el que destaca este hecho. Cuando aquella escena en la casa de Betania del perfume costosísimo derramado a los pies de Cristo, nos dice el evangelista, es Judas, sobre todo, quien murmura, si hubiera podido vender ese dinero, vender ese perfume y dar el dinero a los pobres. Pero anota el evangelista, no es que le importaran los pobres, sino que como él llevaba la bolsa, iba cargando lo que echaban en ella. Parece que en Judas había esa codicia, esa codicia que si no es el principal móvil de la traición, quizás si sea de los principales móviles, de la dureza del alma. Si realmente Judas tenía ese corazón endurecido por la codicia, si ese era el corazón de Judas, pues no podía ser discípulo de aquel maestro que dijo que uno no puede servir a dos señores, a Dios y al dinero. Y efectivamente, Judas, llegó el momento en el que tuvo que escoger entre estos dos señores.
Pero ahí no termina la explicación, la explicación última del misterio de la iniquidad en Judas es un odio que es mayor que toda fuerza humana. Es verdad que los sumos sacerdotes y los enemigos de Cristo buscaban caminos para deshacerse del Señor, para deshacerse con relativa limpieza, sin ensuciarse mucho las manos, y para ello necesitaban eso, un traidor. Pero más allá de estos sumos sacerdotes y más allá del mismo Judas, nos dice el evangelista Juan: «Después de que Judas comió el pan, el demonio entró en él». La última explicación del odio contra Cristo es que el mismo Judas, y con toda seguridad los demás personajes, sin saberlo, se han convertido en siervos, o como dice Jesús, más gráficamente, en hijos, se han convertido en hijos y siervos del espíritu de las tinieblas, del mismo demonio.
Por algo dirá Cristo que Él ha venido para liberarnos del príncipe de este mundo. Pidamos eso en esta Pascua, sintamos la libertad que Él nos trae y roguémosle, roguémosle que nunca nos vayamos a escandalizar de Él, porque Él es el Señor, el Mediador. A Él la gloria por los siglos. Amén.

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