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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La resurrección de Lázaro es anticipación de la Resurrección de Cristo. El amor de Dios espera y reclama de nosotros un amor sin límites, un amor que no lleva cuentas.
Homilía lsan026a, predicada en 20250414, con 7 min. y 20 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy, hermanos, está tomado del capítulo número doce de San Juan. Conviene aquí recordar que en el capítulo once se cuenta la resurrección de Lázaro y hay una continuidad entre ese capítulo once y este capítulo doce. No solamente porque Lázaro nuevamente está en escena, por así decirlo, sino sobre todo porque la victoria de Cristo que fue arrancarle de las garras de la muerte esa presa, es decir, arrancarle a Lázaro de las garras de la muerte, ese acontecimiento nos está hablando del poder de Dios, nos está hablando del amor de Dios y está de alguna manera anticipando la victoria misma de Cristo, que también va a escapar de las garras de la muerte con la gran diferencia de que Lázaro volvió a esta vida. Mientras que la resurrección de Cristo no es un retorno a esta vida, sino una victoria definitiva sobre la muerte en todas sus expresiones.
O sea que la resurrección de Lázaro es una anticipación de la resurrección de Cristo y el poder de Dios que se manifestó en la resurrección de Lázaro. Es el poder que de una manera infinitamente más esplendorosa, más perfecta, va a brillar en la resurrección de Cristo nuestro Señor. Esa es la relación que hay entre estos dos capítulos.
Pero ahora encontramos, en esta escena, encontramos que se derrama un perfume carísimo, costosísimo sobre la cabeza de Cristo. Y esto causa extrañeza en algunas personas y muy particularmente en uno de los apóstoles, Judas Iscariote. Aquí hay otra enseñanza para nosotros. La primera enseñanza, ya dijimos, es el paralelo entre la resurrección de Lázaro y la posterior resurrección de Cristo. Pero ahora tenemos otra enseñanza aquí, y es una enseñanza que tiene que ver con los cálculos y tiene que ver con las cuentas.
Rápidamente Judas Iscariote hace cuentas y dice si hubiera podido vender ese perfume por unos trescientos denarios y de ahí se hubiera podido hacer una gran obra para los pobres. Para que nos hagamos una idea, un denario era típicamente el salario que se le daba a un obrero por su trabajo diario. Es decir, es dinero, realmente es dinero. Y si hablamos de trescientos denarios, pues eso es más o menos el sueldo de un año. Es decir, tú imagínate cuánto dinero gana una persona en un año y eso era lo que valía ese perfume. Y todo ese perfume fue derramado sobre la cabeza y el cuerpo de Cristo. Y entonces parece un gran desperdicio.
Pero ahí es donde viene esta segunda enseñanza. La enseñanza sobre el cálculo, sobre los cálculos, las cuentas. Es muy interesante lo que dice el apóstol San Pablo en la Primera carta a los Corintios capítulo trece, porque precisamente una de las características del amor, como lo presenta Pablo en ese lugar de la primera carta a los Corintios, una de las características es que el amor no lleva cuentas. Y esto es muy propio del amor que viene de Dios, porque el amor que lleva cuentas es el amor que está calculando una inversión. ¿Cuánta atención le debo dar a esta persona para lograr lo que yo quiero? ¿A quién debo invitar para que me invite después? ¿En dónde debo invertir mi tiempo para que realmente merezca la pena? Eso es lo propio, lo propio del amor que se rige por las leyes de este mundo. Es el amor de transacción. Ese es el amor que lleva cuentas.
La manera como nosotros hemos sido amados por Dios, no es así. Es un amor sobreabundante. Como decía una vez el Papa Francisco, más dispuesto está Dios a perdonar que nosotros a pecar. Es un amor sobreabundante cuando se trata de perdonar. Es un amor sobreabundante cuando se trata de su providencia. Es un amor sobreabundante, cuando se trata de ternura y de detalles. Frente a ese amor sobreabundante, llama la atención el pensamiento mezquino, calculador, del que mide cuánto merece Dios. No, ese perfume es muy caro, muy caro para el Mesías. El Mesías no merece que se le dé todo un año de trabajo. Es demasiado dinero.
Fíjate en la comparación entre la sobreabundancia de Dios y la mezquindad de nuestra respuesta. Porque yo te invito a que en esta Semana Santa que estamos empezando, nosotros nos dejemos contagiar de la sobreabundancia divina, para decir te doy todo Señor, para decir no tengo un límite para ti, para decir lo que tú necesites Señor, para decirle todo mi amor, todo mi tiempo. Lo que dice el primer mandamiento de la ley de Dios. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Eso no significa otra cosa, sino respóndele al Señor en la clave en la que Él te habla. Respóndele a su amor con amor, respóndele a su generosidad, con la infinita generosidad con la que Él te ha tratado.
Quedémonos entonces con esas dos enseñanzas. Primera, la resurrección de Lázaro como una anticipación de la resurrección de Cristo. Y segundo, el amor inmenso que Dios nos ha tenido y que espera y reclama de nosotros, un amor sin límites, un amor que no lleva cuentas, un amor que le dice al Señor, quiero ser un espejo. Y así como tú me has dado, así quisiera también yo darte. Amén.

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