Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Servir a Dios implica seguir su modo de vencer el mal: no es acabar de destruir sino empezar a reconstruir.

Homilía lsan013a, predicada en 20140414, con 9 min. y 47 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. La liturgia de estos días de Semana Santa tiene su centro en la persona de Jesucristo. La primera lectura de hoy, como la de mañana y la de pasado mañana, toma textos del profeta Isaías de los llamados Cánticos del Siervo. La razón por la que se toman estos textos es porque nos dan como un perfil de la persona de Jesús. Puede decirse que son un retrato del alma de Cristo.

En ese sentido, la reflexión, la meditación sobre los Cánticos del Siervo, es de mucho provecho en estos días. A veces se da mucha importancia al aspecto exterior de la pasión y al sufrimiento exterior de Cristo. Ese sufrimiento es evidente y visible por los azotes, por las espinas, por los insultos. Pero si nos acercamos a la Pasión de Cristo, no es en primer lugar, por ese interés exterior que podría ser incluso morboso de ver tanta sangre, lo que de verdad nos interesa de la Pasión de Cristo, es aquello que está aconteciendo en el corazón del Señor. El propósito y motivo que Él tiene. El drama no tan evidente pero increíblemente intenso que se libra en el corazón, en el interior de nuestro Salvador.

Por eso recomiendo como lectura espiritual para estos días, tomar esos textos y repasarlos varias veces. Se les llama Cánticos del Siervo. Observemos que la palabra siervo está en una relación complementaria con la palabra Señor. No hay siervo, sino hay Señor. Pero tampoco hay Señor si no hay siervo. Es decir, que al recorrer las características y dimensiones del Siervo de Dios, estamos también recorriendo las características y dimensiones del Señorío de Dios.

Puede decirse que al descubrir qué significa servir a Dios, descubrimos también cómo es el Señorío de Dios. Y en este sentido, los Cánticos del Siervo tienen una enorme importancia de cara al Evangelio, porque no hay duda de que el mensaje central del Evangelio es el reinado de Dios. Y si de lo que se trata en el Evangelio es de hablar del Reino de Dios, es decir, presentar a Dios como rey y por lo tanto como Señor. Interesa muchísimo saber cuáles son los súbditos de ese reino, cuáles son los siervos de ese señor.

Creo que existe la tendencia a cosificar el Reino de Dios, volverlo una serie de características o de leyes abstractas, o de modos de vida, o de reglas de convivencia en una sociedad. También es una cosificación del Reino, el pretender que sucede aquí o allá. Y de esa tentación nos pone en guardia Jesús, cuando dice que así no es el Reino de Dios. Lo que interesa en el Reino de Dios es más bien lo que sucede en las personas según la expresión del mismo Cristo. El Reino no está aquí ni allá, está entre ustedes.

Lo que sucede en la gente, es decir Dios reina si hay quien le sirva. Dios reina si hay quien le escuche y le acate. Dios reina si hay quien acoja con amor y con obediencia su voluntad. Si eso no existe, las leyes más sabias solo sirven para ridículo. Las costumbres más razonables se convierten en letra muerta y las propuestas teóricas más interesantes son simplemente una burla. Así que al reflexionar sobre el Reino de Dios, interesa muchísimo ver qué es ser Siervo de Dios.

De esto estaban tan convencidos los primeros cristianos que, según varios autores, el primer título cristológico en el Nuevo Testamento es el de Siervo. A Jesús se le llama el Siervo. El santo Siervo, con lo cual se está indicando que Él es el primero en el que acontece el Reino de Dios. Él es el que hace acontecer el Reino. Él es el que muestra lo que significa cumplir la voluntad del Padre, y Él es el que desde su propia persona irradia esa manera de servir y de amar.

Un último elemento que quiero destacar, que es propio del cántico que se ha proclamado hoy, es cómo este Siervo, según el retrato de Isaías, no se impone según los recursos tradicionales de la fuerza y de la propaganda. No gritará, no voceará. No es la fuerza. No es la agresión, no es la imposición que aplasta la voluntad de otros. Ni tampoco es la seducción inteligente, la seducción astuta que echa en la red a unos cuantos para considerarlos súbditos.

Lo propio del siervo de Dios es, en cambio, una actitud de servicio y de reconstrucción. No apaga el mechón humeante, no termina de romper la caña que está fracturada. El verdadero Siervo de Dios está atento a rescatar lo rescatable, no a hundir lo hundible. Y en este sentido, creo que hay una gran lección, porque a veces la tendencia nuestra, sobre todo cuando queremos servir al Señor. Va por el lado de lo drástico y entonces rompemos. Acabamos de romper la caña que está fracturada.

El verdadero Siervo de Dios reconoce lo rescatable y a partir de una actitud de misericordia, comunica vida, trae nueva vida. Este es el verdadero servicio que Dios espera al iniciar estos días santos, especialmente a quienes hacen su retiro en esta semana. Fijémonos en estas actitudes. Confrontemos nuestra vida con ellas y pidamos al Señor la conversión sincera del corazón para ser verdaderos siervos.

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