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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El perfume de María de Betania es señal de cómo un mismo amor une la ofrenda de Cristo y la del cristiano.
Homilía lsan012a, predicada en 20140414, con 5 min. y 52 seg. 
Transcripción:
En otras ocasiones, reflexionando sobre las lecturas correspondientes al Lunes Santo, nos hemos detenido en la primera lectura, es decir, el texto tomado del profeta Isaías, que es el primero de los cánticos del siervo. Es que en el libro de Isaías hay unas cuatro preciosas piezas poéticas que se llaman Cánticos del siervo. Y la Iglesia ha querido que en la Semana Santa siempre escuchemos esas expresiones de fe y de amor, expresiones poéticas y proféticas que finalmente miran hacia Jesús. Los Cánticos del siervo los tenemos el Lunes, el Martes, el Miércoles y también el Viernes Santo.
En este año vamos a guiar nuestra meditación por los Evangelios. Vamos a tomar entonces para hoy Lunes Santo, el texto que se nos propone, que es tomado del capítulo doce del Evangelio según San Juan. La escena indudablemente está en nuestra memoria. Jesús está en casa de sus amigos, en casa de Marta, María y Lázaro. Está Él y están sus discípulos. Y una escena inesperada se presenta. Una de los dueños de casa, María de Betania, toma un perfume costosísimo en una cantidad además descomunal. Se nos habla de una libra. Toma esa cantidad de perfume y con ese perfume se acerca a los pies de Cristo. Es un gesto muy extraño. La casa se llena del olor de este perfume que impregna el cuerpo de Cristo, y ella se une a esa manifestación de afecto de un modo más intenso, porque se acerca a esos pies y porque su propio rostro y su cabello quedan también llenos de ese perfume.
La escena resulta incomprensible para los que están ahí, y especialmente incomprensible para Judas. Por qué este desperdicio, ese perfume costoso, se hubiera podido vender y dar el dinero a los pobres, dice. Pero el mismo evangelista comenta que en realidad a Judas no le interesaban los pobres. Judas era el que servía de tesorero, diríamos en nuestro lenguaje. Era el que llevaba el dinero de ese pequeño grupo de Jesús y los discípulos. Y se ve que indudablemente era un ladrón, porque sacaba de ahí para su propio provecho o para sus propios gustos, o para manejarlo a su antojo.
¿Qué podemos aprender de esta escena? Solo quiero detenerme en un detalle. El perfume es indudablemente un lazo que une el amor que ofrece esta mujer y la acogida, la misericordiosa y preciosa acogida que Cristo le da. Ese perfume es un lazo que une la humilde ofrenda de un corazón que quiere darse y la inmensa ofrenda de un corazón que se entrega primero por nosotros, el Corazón de Cristo. Y que para entregarse nos recibe. Es decir, en esta escena se junta la santidad con esa pequeñez, la grandeza con esa humildad.
Podemos decir que ese perfume, esa unción, porque en la mentalidad hebrea la unción siempre es perfumada, esa unción viene a poner en sintonía esos amores, el amor con que Cristo se entrega y el amor con que sus discípulos se unen a Él. La unción lo hace posible. Esa unción la hemos recibido también nosotros. Esa unción se llama el Espíritu Santo de Dios. Y si nosotros nos dejamos llevar por ese impulso del Espíritu, también llegaremos a los pies de Cristo. Y también con humildad y con llanto cubriremos de devoción y de besos la humanidad de nuestro Salvador.
Y también nosotros experimentaremos que la humildad y la pequeñez nuestra no son despreciadas, sino acogidas por la humanidad de Jesús, y que un mismo lazo de amor nos une a Él. Pidamos al Señor que esto se haga realidad en nosotros, especialmente en estos días santos. Que nuestro amor no nos parezca pequeño cuando se une al gran amor de Cristo y que su amor no nos parezca imposible cuando se une al amor nuestro.

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