Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El verdadero servicio a Dios se caracteriza por una vida ungida y sellada por la compasión.

Homilía lsan010a, predicada en 20120402, con 17 min. y 35 seg.

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Transcripción:

Como hemos dicho en la introducción, en la Semana Santa encontramos cuatro textos que son tomados del profeta Isaías. Cuatro textos que se les suele llamar cánticos, Cánticos del Siervo de Yahvé. Esta palabra o esta expresión Siervo de Yahvé, está indicando como un perfil lo que podríamos llamar el ideal del servicio a Dios.

¿Qué significa ser un verdadero servidor de Dios? Podemos decir que Isaías nos da su respuesta en estos cuatro textos que se encuentran en el capítulo cuarenta y dos. Luego en el capítulo cuarenta y nueve, luego en el capítulo cincuenta y finalmente en los capítulos cincuenta y dos y cincuenta y tres. ¿Por qué es tan importante esto del Siervo de Yahvé o del servicio a Dios? Porque cuando Dios hizo pacto con su pueblo en la alianza de Moisés, los términos de la alianza fueron exactamente esos.

Dios va a ser Señor para su pueblo, y el pueblo va a ser el siervo de Dios. Lo que quiero decir es que la palabra complementaria a la palabra Señor es la palabra siervo. Si nosotros llamamos a Dios nuestro Señor, es porque nos reconocemos sus siervos. Son palabras que se complementan, así como marido y mujer, así como padre e hijo. El que es padre es porque tiene un hijo, y ese hijo tiene un padre. El esposo tiene a su esposa y la esposa tiene al esposo. Lo mismo aquí. El Señor se llama Señor porque tiene sus siervos, y nosotros somos siervos del Señor, porque lo reconocemos a Él como Señor.

Entonces, la primera idea es esa si queremos que la palabra Señor tenga un significado real, es porque nosotros queremos reconocernos siervos suyos. Pero vemos que el pueblo no cumplió con esa vocación, no cumplió con los términos de esa Alianza. El Señor fue fiel a su Alianza, pero el pueblo no fue verdadero siervo de ese Señor. El pueblo fue infiel a su vocación. Podemos imaginar una alianza como un puente. Un puente que va entre dos orillas. Pero el puente no puede existir si una de las dos orillas falla. Y eso fue exactamente lo que sucedió. El puente, el camino ha quedado roto porque el pueblo ha fallado. El Señor sí ha sido Señor de su pueblo. Pero el pueblo no ha sido siervo de ese Señor. Entonces, cuando Isaías nos habla del siervo de Yahvé, está diciendo cuál es la verdadera vocación del pueblo. Qué es lo que el pueblo tiene que ser para ser verdaderamente siervo de ese señor y para poder llamarlo Señor.

Fíjate con las otras parejas de palabras que he mencionado lo que sucede. Si, por ejemplo, un hombre está casado. Entonces ahí hay una relación de esposo y esposa. Pero si ese esposo no es fiel a su vocación de esposo, sino que es un hombre infiel y adúltero, entonces la palabra esposo se convierte en una burla porque ese hombre no ha sido un verdadero esposo. Pensemos en la palabra padre o en la pareja, padre e hijo, y vamos a suponer que hay un hombre que engendró a un bebé, pero luego desapareció. Nunca reconoció a ese niño, nunca hizo nada por él. En este caso, en la pareja, padre e hijo. Ese papá no fue verdadero papá. Y si luego le decimos a ese niño cuando ha crecido, ahí está tu papá. Seguramente lo que va a decir ese hombre es que yo no conozco a ese señor ni me interesa. Él no ha sido mi padre. Porque él siente que la palabra padre se convierte en una ofensa porque no ha sido verdadero padre.

Lo mismo nos sucede a nosotros. Nuestra vocación es ser siervos de Dios. Pero si hemos sido siervos desobedientes, si hemos sido siervos rebeldes, entonces nosotros nos convertimos en una burla. Somos objeto de burla y motivo de burla. Por esa razón, en otro texto el profeta Ezequiel dice, por causa de ustedes mi nombre es ofendido entre las naciones. Refiriéndose precisamente a eso, cuando el pueblo no vive su vocación, cuando el pueblo no es fiel como verdadero siervo de Dios, entonces el pueblo se convierte en ocasión de burla y en ocasión de que sea menospreciado y ridiculizado el nombre de Dios.

Y vemos que eso es lo que sucede muchas veces también en nuestra época. Resulta que cuando leemos las noticias y encontramos cosas trágicas, cosas ridículas o cosas vergonzosas, tenemos que preguntarnos ¿quiénes son los que han hecho eso? Y lamentablemente tenemos que decir con mucha vergüenza, ese que se robó esa plata es un bautizado, ese corrupto que no sirvió al pueblo que lo eligió es un bautizado. Ese militar abusivo es un bautizado. Ese sacerdote que no vivió su vocación, es bautizado. Y esto hace que el nombre de Dios sea ridiculizado, porque llevamos en nosotros el hermoso derecho y el hermoso deber de hacer amar el nombre de Dios. Pero cuando vivimos de una manera indigna, lo que estamos haciendo es que el nombre de Dios sea ridiculizado en vez de glorificado. Y eso es lo que sucede muchas veces.

Por eso nos interesan muchísimo estos textos de Isaías, porque estos son textos para recuperar nuestra vocación como pueblo de Dios, para que el nombre de Dios no sea más ofendido, para que el nombre de Dios no sea ridiculizado, para que nuestra Iglesia no sea objeto de burla. Para eso necesitamos encontrar nuestra vocación en estos textos del Siervo de Yahvé. ¿Y cómo es el Siervo de Yahvé? Ya sabemos por que esto es tan importante, porque esta es nuestra vocación, porque esta es la vocación de la Iglesia, porque esto es lo que le va a dar verdadera belleza y verdadera eficacia al pueblo de Dios en su vida y misión.

Este es mi Siervo, a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. Estas palabras tienen que sonarte familiares. Son las mismas del Bautismo de Cristo. Yo he puesto mi Espíritu sobre Él para que lleve el derecho a las naciones. Elección, don del Espíritu. Este lenguaje es muy familiar para un cristiano. Y luego dice. No gritará, no levantará la voz, no romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Qué buena traducción, porque es fácil de entender.

¿Qué se está contando aquí? ¿Cuáles son las primeras características que aparecen del Siervo de Dios? Eso que tú estás llamado a hacer lo mismo que yo. Somos llamados a ser siervos de Dios. Lo primero que se dice aquí es que servir a Dios no es un asunto de imponerle a los demás nuestras ideas, nuestro credo o nuestra fe. Antes ha dicho llevará el derecho a las naciones, pero no a la manera de los imperios de este mundo. Porque los imperios de este mundo, sean antiguos o recientes, llevan sus costumbres y llevan sus leyes a los demás, pero las imponen, aplastan a los pequeños, imponiéndoles su voluntad. Ese no es servir a Dios. Ese no es el modelo. Si, hay que llevar el derecho y la justicia a las naciones. Pero el camino es diferente. El camino es con la Unción del Espíritu. En Él dice Dios, en Él he puesto mi Espíritu.

Nosotros tenemos que propagar la Buena noticia, tenemos que propagar el modelo que Dios nos ha mostrado. Pero la manera no es por la fuerza. La manera es primero con la Unción del Espíritu y segundo con algo que es conmovedor. Con esa mezcla de ternura y misericordia. Para qué puede servir una caña que está quebrada o para qué puede servir una mecha que humea. Parece que ya no sirven de nada. Y la tentación es cuando vemos algo débil, simplemente terminar de romperlo. Pero he aquí lo que se dice del Siervo de Dios. El verdadero servidor toma eso poquito que hay, ese pequeñito resto que queda. Toma eso en el nombre del Señor. Toma eso pequeño y poco. Y lo toma en consideración y lo bendice y lo multiplica y lo fortalece.

Entonces, lejos del lenguaje de los poderosos y de los arrogantes, lejos del lenguaje de los imperios de todos los tiempos. El verdadero servidor de Dios tiene como única fortaleza la Unción del Espíritu Santo. Y desde esa Unción, y desde una compasión muy profunda, sabe descubrir el paso de Dios. Ese poco de Dios que tiene todo corazón y ahí, desde ese poquito, sabe trabajar y sabe dar amor y sabe construir. Nosotros, en cambio, muchas veces me parece que condenamos rápidamente a las personas. Qué fácil es oír que en una familia se dice fulano de tal es la oveja negra, como quien dice, es un caso perdido. Tal sacerdote, caso perdido, ya ese no se convierte. Miramos y con facilidad condenamos, y cada condena que nosotros lanzamos sobre una persona es exactamente lo opuesto de lo que dice aquí.

Lo que nos dice la Escritura es que nosotros, en vez de estar condenando el mal que encontremos, debemos estar protegiendo, custodiando y cultivando el bien que encontremos, así sea muy poquito. No más condenas, no más hundir con nuestras palabras y con nuestros juicios a los demás. Ese poquito de bien, como esta vela que ya casi está humeando, pero ahí le queda. Pues esa vela que es pequeña, en vez de decir esta vela ya no sirvió para nada, ese poquito que tiene, cuídalo, cultívalo. Desde la ternura, desde la compasión, desde el poder del Espíritu, vamos extendiendo la mente de Dios y el plan de Dios a los demás.

¿Quién vivió esto en plenitud? Jesucristo. Jesucristo tomó esos cinco panes y con ellos hizo un banquete para una multitud. Jesucristo tomó ese poquito de fe que tenía un papá ¿te acuerdas? el papá que tenía un hijo que era poseso y el papá le gritó a Cristo y le dijo yo sí creo, pero ayuda mi poca fe. Y Jesús le ayudó esa poquita fe que él tenía. Jesús es el que rescata el mechón humeante y le restaura el fuego vivo. Jesús es el que restaura esa fe agotada, fracturada y le da nueva fortaleza. Jesús es el que puede tomar esas historias nuestras donde nosotros ya decimos punto final. Y Cristo dice no es punto final, es punto y coma, porque aquí sigo yo todavía escribiendo.

Yo sé que entre los aquí presentes y quienes están recibiendo estas palabras hay muchos así. Hay muchos que dicen ya esto se acabó, ya sólo queda el tiempo pasado. Antes las cosas eran buenas. Y Dios nos está diciendo no pongas tan rápido el punto final. Yo todavía tengo mucho que decir. Que Dios nos regale la Unción poderosa de su Espíritu.

Solo hemos tomado dos o tres versículos. Mira cuánta riqueza tiene la Escritura. Nos tardaríamos demasiado si fuéramos a mirar todo el primer cántico. Tú lo tienes en el capítulo cuarenta y ocho, versículos del uno al siete de Isaías. Tómalo. Toma ese texto y empieza a mirar el retrato de lo que significa servir a Dios para que cuando tú, un día cantes, Jesús es mi Señor, o para cuando tú digas el Señor, tú igual puedas decir porque yo soy su siervo, porque yo estoy verdaderamente a su servicio. Eso es darle honra, honor y gloria al nombre de Dios.

Vamos a seguir nuestra celebración pidiéndole a Dios que nosotros seamos verdaderos siervos. Ya sabes lo que hemos aprendido hoy, llenos de la Unción del Espíritu, fieles transmisores de la voluntad de Dios, pero no por la fuerza, no por la agresividad tampoco con desesperanza, llenos de esa misericordia que renueva todas las cosas para llevar la salvación del Señor hasta el confín de la tierra. Amén.

Preparamos ahora el pan y el vino. Les invito a ustedes y a quienes nos están escuchando por Radio Betania, a que traigan para este altar sus intenciones. ¿Sabe lo que vamos a traer hoy aquí al altar? Esas historias donde tú ya has puesto punto final. Ahí donde tú dices ya esto no da más, ya esto se acabó, ya no funcionó. Ya lo único que queda es allá en tiempos antiguos, allá en el pasado. Y el Señor te está diciendo No apagues la mecha humeante, no digas punto, di punto y coma. Porque aquí sigo yo y aquí sigue mi poder.

Y como decía nuestra amiga de Siena, fíjense que casi terminó la homilía sin mencionarla. Se llama esta capilla de Santa Catalina de Siena y no es por la radio, es por la fraternidad. Santa Catalina. Amén. Pues como dice nuestra amiga y patrona, Santa Catalina de Siena. Ni Dios es menos Dios, ni el sol es menos sol. El mismo sol que alumbró a un Francisco, a un Domingo, a un Maximiliano María Kolbe, a un Martín de Porres. Ese mismo sol nos ilumina a nosotros. Y el mismo Dios que hizo maravillas en ellos, quiere hacerlas en nosotros. No digas punto, di punto y coma, porque Dios sigue escribiendo su Evangelio de amor y de gracia.

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