Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El nivel de detalle del Evangelio de San Juan nos permite descubrir que hay que entregar lo mejor de nuestra vida a Cristo para que El llene nuestra alma con su dulce aroma. ¿Qué aroma dejamos al pasar por la vida de una persona?

Homilía lsan007a, predicada en 20100329, con 22 min. y 26 seg.

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Transcripción:

Queridos amigos. El Evangelio según San Juan tiene una característica interesantísima. Por una parte, es el Evangelio que se eleva más, por eso se compara con un águila, se eleva más en el lenguaje hasta llegar a decir frases como ésta: Cristo es la palabra del Padre, Cristo es la vida verdadera, Cristo es la luz que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre. Esas grandes afirmaciones sobre Cristo, sobre Dios, pueden incluso parecer un poco abstractas. Pueden parecer demasiado elevadas. Pero como una especie de complemento. El Evangelio de Juan también nos ofrece una serie de detalles que solo los puede dar la persona que estuvo allí.

Déjeme darle algunos ejemplos. Cuando estaba un hombre tendido, un paralítico que llevaba treinta y ocho años sin poder andar, estaba tendido al lado de una piscina que se supone tenía como poderes el agua de esa piscina y cuando se movía el agua. La creencia popular era que un ángel de Dios estaba pasando ahí, y la creencia popular era que la primera persona que se lograra meter al agua se curaba. Y este hombre, pues imagínese en qué situación quedaba necesitando un milagro que no podía conseguir, porque para conseguirlo tenía que no necesitarlo. Si este se hubiera podido mover ágilmente hacia la piscina, pues entonces no hubiera estado paralítico. Eso se parece al chiste que dicen sobre los bancos. Los bancos sólo le prestan dinero a uno cuando ya comprueban que uno no necesita el dinero. O sea que tiene bastante. Así pasaba con ese milagro. Pero el hecho es que esa historia de ese milagro solo la tiene San Juan.

Y San Juan, dice este dato que había cinco puertas, cinco pórticos que daban a esa piscina. El número cinco no es un número común entre los judíos para nada. Así que es una afirmación muy extraña. Es un detalle que una persona no se arriesgaría a decir si no hubiera estado ahí. Pues resulta que excavaciones arqueológicas de hace unas décadas. Pero en todo caso en el siglo veinte, no hace mucho, encontraron la piscina de los cinco pórticos. Quizás era una piscina de factura pagana o romana. Entonces ya ves cómo San Juan a la vez nos cuenta lo más sublime sobre Cristo, pero también nos cuenta los detalles que son propios de un testigo ocular. Le voy a contar otro ejemplo. Hay un solo milagro en los evangelios que es contado por los cuatro, por los cuatro evangelistas. Es el milagro de la multiplicación de los panes. Es el único milagro que lo cuentan los cuatro evangelios. Y todos dicen que Cristo multiplicó panes.

Pero San Juan es el único que dice que cuando la gente se sentó en el lugar había mucha hierba en ese lugar. De nuevo, este es un dato que pertenece a esa clase de detalles de la persona que vivió lo que allí sucedía. Esos detalles tienen un valor revelatorio en la medida en que nos permiten acceder al corazón de una persona que muchísimos años después de sucedidos los hechos, todavía recordaba con frescura ese tipo de cosas. Algo así como cuando una pareja de enamorados se pone a recordar cómo se conocieron y entonces dicen te acuerdas que la primera pieza que bailamos en esa fiesta fue tal o cual, la que sea. Y se acuerdan del título de una canción, veinte años, cuarenta años después. O se acuerdan qué marca era el primer chocolate que este hombre le regaló a su enamorada. Son los detalles que hablan, por una parte de un amor y por otra parte, de una experiencia directa, real.

Cuando la Última Cena resulta que eso no está claro. A qué hora será la última Cena. Eso podía celebrarse a distintos momentos. Se suponía que era alrededor del atardecer, pero podía suceder en distintos momentos. De nuevo, es San Juan el único que nos da este pequeño detalle, que cuando entraron a la cena, cuando entraron para cenar, pues no sabemos qué hora del día era. Pero en el momento en el que sale Judas Iscariote. Por supuesto, tiene que abrirse la puerta y cuando se abre la puerta y sale Judas, dice Juan ya había caído la noche. Es el detalle de una persona que estuvo ahí. Lo más probable en ese caso, es que hubiera quedado grabado en el recuerdo de San Juan que cuando ellos entraron para la cena. Por supuesto, ya el día iba decayendo, pero había luz. En cambio, en el momento en el que Judas sale a consumar su traición, ya era noche cerrada y eso le impactó a él. Como la obra del príncipe de las tinieblas va a consumarse cuando las tinieblas ya envuelven a Jerusalén. Una vez más, estamos ante el detalle de una persona que estuvo allí.

El realismo de San Juan es una cosa maravillosa y es algo que nos habla también del amor que impregnó el corazón de este gran santo. Además, esto es muy notable, porque resulta que San Juan, según todos los estudiosos que se llaman los exégetas, los estudiosos de la Biblia, según todos estos estudiosos, San Juan escribió su evangelio cerca de cincuenta. Y algunos dicen que hasta sesenta años después. San Juan vivió hasta avanzadisima edad llegó cerca o pasó de los cien años de edad. Vivió muchísimo. Y San Juan escribió su evangelio realmente hacia el final de su vida, después del año noventa de nuestra era. Eso es lo que dicen los exégetas. San Juan tuvo discípulos, se estableció en la ciudad de Éfeso, donde por cierto, se encuentra el lugar donde sepultaron a la Sepultaron a la Virgen. Hay un lugar. Ese será historia para otro día. Dónde está el sepulcro. Dónde se supone que reposó el Cuerpo de Nuestra Señora. Porque ustedes recuerdan que Jesús en la cruz le dijo a Juan que cuidara de ella. De María. Esto se establecieron en la ciudad de Éfeso, en la región que en esa época se llamaba Asia Menor y que hoy corresponde a Turquía. En todo caso, allá en Éfeso se estableció San Juan y allá en Éfeso, San Juan tuvo muchos discípulos, entre ellos otro que vivió también hasta muy avanzada edad, que se llamó San Policarpo.

La palabra Policarpo quiere decir mucho fruto. Policarpo es el que da mucho fruto. Aquí en Colombia tenemos esa prócer que se llama Policarpa. Pues sería literalmente la que da mucho fruto. Haciendo alusión a aquella frase de Jesús donde dice: Yo los he destinado a que ustedes vayan y den mucho fruto, un fruto que permanezca. Entonces, llamarse uno Policarpo quiere decir: Yo soy uno de los que Jesús ha enviado para que sea testigo y realizador de las obras del Padre. Entonces San Juan tuvo muchos discípulos, y entre los discípulos, uno muy santo, Policarpo, que murió mártir. Y Policarpo tuvo otro discípulo también santo, que algunos dicen que murió mártir, que se llamó Ireneo. Y resulta que en los escritos de San Ireneo, Ireneo cuenta lo siguiente: Yo le oí a Policarpo que le había oído a San Juan tal o cual cosa. Es impresionante esa frase que la dice una o dos veces, San Ireneo. Porque nos indica lo que nosotros los católicos llamamos la sucesión apostólica. Es decir, que la fe de los apóstoles no cayó en el vacío, sino que fue transmitida por testigos reales, y que hay una cadena ininterrumpida de testigos que llega hasta nuestros días.

El evangelio de hoy también es de San Juan. Ustedes habrán percibido el detalle de San Juan. Los detalles son dos. Primero, ¿Cuánto valía ese perfume? Ese perfume valía muchísimo dinero. Le voy a decir cuánto valía ese perfume en plata de hoy. Sucede que un denario era el sueldo que se le daba a un jornalero pobre. Podríamos decir que era el sueldo diario en lo que llamamos el salario mínimo, era el salario mínimo diario. Entonces trescientos denarios equivale más o menos a diez meses de salario mínimo. Eso es bastante platica. Mírese como se mire. Ese perfume en dinero de hoy. Pues parece que estaba como cerca de cuatro y tantos millones de pesos. Como unos cinco millones de pesos. Tal vez algo así como unos dos mil quinientos. Dos mil seiscientos dólares. Valía cinco millones de pesos ese perfume. Y esta mujer agarra ese perfume. El perfume valía muchísimo. Pero además sabemos por otro evangelista que el perfume estaba vertido en una piedra, que la piedra misma era muy fina. Alabastro. Y esta mujer hace semejante desperdicio. Un perfume que vale cinco millones de pesos. Judas Iscariote se agarra la cabeza a dos manos y dice ¿Pero qué es esto? Esto que llaman San Juan. Se acuerda de cuánto valía el perfume.

Porque San Juan, como buen enamorado de las cosas de Dios, recuerda esa clase de detalles. ¿Cuánto valía el perfume? La cara que hizo Judas Iscariote. Juan se acuerda también de otro detalle que es interesante y que es mucho más poético o místico, según se mire. La casa se llenó de la fragancia del perfume. Este es otro dato que también es hermoso. Este dato solo lo da San Juan. La casa se llenó de la fragancia del perfume. O sea, imagínate cuánto perfume hay que derramar en un lugar para que se llene toda una casa. Por supuesto, siendo un perfume, en esencia, pues eso sucede perfectamente. La casa se llenó del perfume, toda la casa quedó oliendo a Jesús. Toda la casa quedó oliendo a la entrega de Jesús.

Porque Jesús inmediatamente relaciona ese perfume con su sepultura. Jesús dice lo siguiente. Déjala. Le dice a Judas Iscariote. Ella tenía guardado este perfume para el día de mi sepultura. O sea que ese perfume, por virtud de la Palabra de Cristo, se convierte en el aroma del sacrificio de Cristo, se convierte en la atmósfera repleta de su amor, se convierte en el incienso vivo de su sacrificio. Ese perfume es el olor mismo de Jesucristo que llena toda la casa. Y aquí es donde entran los padres de la Iglesia a relacionar este hecho histórico, como vemos, a relacionarlo desde una perspectiva alegórica y mística. Porque entonces la casa, la casa, puede ser el alma humana que ha sido comparada con una casa. Jesús, por ejemplo, dijo que cuando el demonio tiene poder sobre una persona, es como un hombre fuerte que considera seguras las posesiones de su casa. Y ahí Cristo compara al alma con una casa. Pues bien, esa casa que es tu alma, tiene que llenarse del incienso de Jesús, del perfume de Jesús, del buen olor de Cristo, qué diría San Pablo. Pero observa, se llenó toda la casa. Toda tu vida tiene que ser colmada por el perfume de Cristo. Y toda tu vida es toda tu vida, tu dinero. cierto, es parte de tu vida, tu dinero, tu dinero tiene que ser colmado de la presencia de Cristo, tus proyectos.

Tú tienes proyectos, ¿cierto? Tienes ilusiones, sueños. Tienen que estar llenos del olor de Cristo. Tus afectos, por supuesto, los amores que tienes, las amistades que tienes. ¿A qué huelen? Apestan, tal vez no puede ser así si eres cristiano. Y cuando digo cristiano entiendo cristiano católico, porque los otros se llaman evangélicos o protestantes o lo que sea. Si tú eres cristiano, sea cristiano católico, se supone que tus afectos tienen que estar llenos del perfume de Cristo. La casa tiene que oler a Cristo. No puede haber rincones apestosos en tu vida, no puede haber escondidos, no puede haber pedazos ocultos a la influencia benéfica del amor de Cristo, de la luz de Cristo, del perfume de Cristo. Todo tiene que tener la dulzura, la dulzura sublime del perfume más costoso, porque hasta donde yo entiendo, no había en esta época ningún perfume más costoso que el perfume de nardo. Era lo máximo, de lo máximo en lo fino, en lo elegante. Y esta mujer tomó el mejor de sus perfumes, como entregando lo mejor de su amor, lo cual en sí mismo es otro mensaje. Dale a Jesús lo más sublime, lo más puro, lo más entrañable de tu amor.

Eso es lo que a mí me gusta, por ejemplo, de este grupo de novicios que tenemos aquí y que, por ejemplo, esta noche nos acompañan varios de ellos, son bastante jóvenes. Esa puede ser una buena noticia, una gran noticia. Claro que es hermoso servir a Cristo a todas las edades, pero qué hermoso servir a Cristo entregándole la flor purísima de la juventud, pero que se vea a Jesucristo en esos jóvenes. Que se note que Jesucristo, por quien están entregando lo más puro, lo más vigoroso, lo más precioso de su vida. Así como esta mujer. Imaginémonos la escena así como esta mujer saca de su escaparate, de su armario. Quién sabe qué cajita tendría por ahí. Pobrecita, pobrecita, con el perfume de cinco millones, ¿no? cuando ella saca de su tesoro el perfume más costoso porque no se atreve, porque no le parece que a Jesús se le pueda dar menos. A Jesús no le puedo dar menos. Para Jesús tiene que ser lo mejor, lo mejor para él, solo lo mejor. Tomó el perfume más costoso. No le importó, mi señor, solo se merece lo mejor, le dio lo mejor de su amor. Y Cristo acepta ese sacrificio de ella y lo convierte en aroma de su propio sacrificio. El sacrificio de esta mujer se vuelve uno solo con el sacrificio de Cristo que está por suceder. A ti no te parece que eso es muy parecido a la Eucaristía.

También en la Eucaristía nosotros traemos ante el altar todos nuestros sacrificios chiquitos y grandes, nuestras angustias, nuestras cuitas, nuestro deseo de ser mejores. Y todo eso lo entregamos con sublime amor y Jesús lo une a su único, eterno y perfecto sacrificio, y un solo aroma llena toda la casa. Y por supuesto que la otra comparación es que la casa es la Iglesia. La Iglesia tiene que oler a Jesucristo y eso hay veces que no está sucediendo, porque cuando aparecen esos espantosos pecados que a todos nos avergüenzan, especialmente a nosotros los sacerdotes, tenemos que bajar la frente con humildad, pedirle misericordia a Dios, porque esos pecados huelen a alcantarilla, huelen a podredumbre, huelen a egoísmo, huelen a suciedad. Es tarea de todos nosotros, hermanos, que la Iglesia huela a Jesucristo, que la familia cristiana tenga el aroma de Jesús, que los sacerdotes tengamos el estilo, la manera, la sonrisa, el corazón de Jesucristo. Que las personas, especialmente las más vulnerables, las más débiles, las más necesitadas, se puedan acercar al sacerdote sin temor, de que el sacerdote vaya a causarles ni el más mínimo daño, porque es un enviado de Jesucristo y tiene el aroma de Jesucristo.

A San Juan le quedó profundamente grabado en el corazón eso toda la casa huele a Jesús, toda la casa huele a Jesucristo. Y este Jesús así ungido, se prepara para su propio sacrificio. Es lo que estamos recordando en esta Semana Santa. Mis hermanos, sigamos también nosotros los pasos de Jesús. Sigamos con amor, con admiración, con obediencia, con fe. Sigamos los pasos de Cristo con gratitud total, con alabanza a su misericordia, de modo que Él también pueda impregnarnos de ese mismo amor, y que nosotros, por donde pasemos, dejemos solamente el recuerdo de esa bondad. Última pregunta que hago. ¿Qué vas dejando tú a tu paso? El apóstol San Pedro resumió la vida de Jesucristo en el Capítulo Décimo de los Hechos de los Apóstoles. Dijo Cristo pasó haciendo el bien. Podemos decir que el aroma que dejó Jesús por donde pasaba era el aroma de Dios, era el aroma de la bondad. Eso fue lo que dejó Jesús. Tú que vas dejando a tu paso. Yo que voy dejando. No sé tú, en el caso mío, una de las cosas por las que yo le pido misericordia al Señor es porque creo que muchas veces me he quedado espantosamente corto en mi vocación de religioso, de dominico y de sacerdote. Yo creo que he sido bastante mediocre en muchas cosas, por no decir otra palabra más grave que Jesús.

A todos nos dé conversión y que nosotros, interpelados por el ejemplo de Cristo, dejemos el aroma de Cristo. De ahora en adelante, Él sabrá acoger con piedad a las personas, incluso a las que hayamos podido lastimar. Él encontrará caminos de providencia para sanar también a esas personas. Lo nuestro tendrá que ser la humildad, la penitencia, la oración, la obediencia y un amor que en algo se parezca al suyo. El único amor que traspasa el umbral de la muerte. Porque en el cielo huele a nardo.

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