Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En la Semana Santa debemos abrir nuestros ojos y nuestro corazón para mirar a Jesucristo.

Homilía lsan005a, predicada en 20090406, con 22 min. y 14 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos. El comienzo del evangelio de hoy le da un tono particular a este día. Se trata como de una cuenta regresiva. Nos ha dicho el texto seis días antes de la Pascua Y ustedes y yo, mis hermanos, sabemos que esa Pascua era precisamente aquella en la que Cristo iba a entregar su vida. Esa era la Pascua en que el Cordero de Dios iba a derramar su sangre redentora para que cada uno de nosotros pudiera reclamar una porción de esa sangre y pudiera decir: He sido limpiado por el amor, he sido limpiado por la misericordia del Unigénito del Padre. Seis días antes de la Pascua, y también para nosotros estamos en una condición de tiempo parecida. Hoy es Lunes Santo y en unos pocos días también nosotros celebraremos sacramentalmente la Pascua.

Lo menos que se espera de nosotros es que acompañemos el ritmo galopante del corazón de Cristo, que mira con estremecimiento, que mira con terror, que mira con dolor, pero que también mira con amor, y si puedo decirlo con esperanza, esa Pascua. Porque esa Pascua fue la razón de todo su ministerio. Para llegar a esa Pascua vino él a esta tierra. Así, por lo menos lo cuenta el Evangelio según San Juan. En un momento Cristo se sacude de temor pensando en lo que le viene encima y dice: ¿Padre, qué voy a decir? Líbrame de esta hora. Y él mismo se responde. Pero si para esta hora ¡he venido! Es decir que estamos llegando a esos momentos, a esas horas, a ese evento culminante en el cual se va a revelar toda la misericordia del Padre, en el cual va a quedar expuesta también toda la miseria de nuestros corazones.

Ese evento central es ahora fundamental en que el enemigo perverso va a ser expuesto, juzgado y expulsado fuera. Yo espero, mis hermanos, que nosotros, que estamos hoy aquí en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, y también todos aquellos que sigan esta transmisión por las ondas de la radio o a través de Internet. Quiero, quiero esperar, quiero, quiero imaginar que todos nosotros verdaderamente estamos acompañando a Jesús en estos días para que la Pascua de él sea también nuestra Pascua. Mi consigna es: Tanto amor no se puede perder. Esa sangre no puede haber sido derramada en vano. La Iglesia, que es Madre y que es maestra, precisamente quiere que nosotros aprovechemos estos días. Sabemos que lo más grande está reservado para el jueves, el viernes, el sábado Santo.

Pero eso no significa que estos primeros días de la Semana Mayor carezcan de importancia. Yo digo que estos tres días, lunes, martes y miércoles Santos son los días de la gran catequesis. Son los días en que la Iglesia nos dibuja el corazón de Jesucristo. Nos muestra quién es ese que luego en la Cena y en el Calvario va a entregarse completamente por nuestra salvación. Y por eso estos tres días, lunes, martes y miércoles no carecen de importancia, sino que son los que nos van a dar los ojos para reconocer a este Jesús, para reconocer qué está viviendo Él.

El corazón entero de Jesucristo está siendo retratado a través de las lecturas que oímos en estos tres días, y por eso me alegro con ustedes que estemos aquí en este lugar, escuchando estas lecturas. ¿Qué utiliza la Iglesia? ¿Cuál es su instrumento o herramienta para ayudarnos a conocer el corazón de Cristo? Por supuesto, la fuente está en la Palabra divina. En este caso es la palabra solemne, poética, profunda, inagotable, del profeta Isaías. Sucede, mis hermanos, que a partir del Capítulo Cuarenta y dos del libro del profeta Isaías, hay una serie de textos que los estudiosos de la Biblia llaman los cánticos del siervo. Y esos textos son los que estamos oyendo como primera lectura, el lunes, el martes y el miércoles Santo.

Hoy empezamos entonces con el primer cántico del siervo. ¿Y qué quiere decir esto del cántico? Cántico es una expresión que alude a la densidad poética que tiene la palabra de Isaías, pero se llaman del siervo, porque en cada uno de estos pasajes bellísimos hay un protagonista. Volvamos a escuchar el principio de la primera lectura: Mirad a mi siervo, a quien sostengo. Y luego viene toda una descripción de lo que ese siervo ha recibido, ha aprendido lo que él se pregunta. La respuesta que le da a Dios el sufrimiento por el que tiene que pasar, la fecundidad que tiene también ese sufrimiento. Pero Isaías no nos dice quién es ese siervo. Simplemente es el cántico del siervo de Yahvé y lo llamamos el siervo de Yahvé. Lo llamamos el siervo del Señor, porque la palabra siervo o servidor está ahí, en el texto mismo.

Por ejemplo, en el Capítulo Cuarenta y dos, versículo de Isaías: Mirad a mi siervo. Pero no sabemos cuál es ese siervo. Si luego vamos al Martes Santo, entonces encontramos el Capítulo Cuarenta y nueve de Isaías y es el segundo cántico del siervo. Esta vez es él mismo el que va a hablar. Esa va a ser la primera lectura de mañana. Entonces no la prediquemos en este momento y en el Miércoles Santo nos movemos al Capítulo Cincuenta de Isaías, donde nuevamente el siervo habla de su propio camino, de lo que ha aprendido sirviendo a Dios. Y nosotros nos preguntamos ¿Quién es este siervo? ¿Quién es este servidor? Pues si lo miramos bien, siervo es todo aquel que tiene un señor. Y si nosotros consideramos a Dios como nuestro Señor, entonces estos cánticos del siervo son el espejo del alma cristiana. Lo que aquí se describe, aunque es a veces difícil de entender, no es otra cosa sino el retrato de lo que significa pronunciar esta palabra Dios es mi Señor. O dicho de otro modo, estos cánticos del capítulo cuarenta y dos, el capítulo cuarenta y nueve y el capítulo cincuenta de Isaías nos enseñan qué significa servir a Dios y qué significa decir Dios es mi Señor.

Pero los cánticos no son tres, sino cuatro. Hay tres que están en los Capítulos cuarenta y dos, cuarenta y nueve y cincuenta. Y hay otro cuarto cántico y ese cuarto cántico que es el más largo, el más descriptivo, el más emotivo, el más profundo, ese que es la joya preciosa del libro entero de Isaías, queda reservado para el día Viernes Santo. De modo que al empezar esta semana es importante que veamos esa línea de oro que va desde el comienzo hasta el final Los cánticos del siervo para el lunes, martes y miércoles, luego la cena del Señor y luego el cuarto cántico del siervo que vamos a oír el Viernes Santo. Ese cántico se encuentra en los Capítulos cincuenta y dos y cincuenta y tres de Isaías. Esa exhortación que hace el profeta al comienzo del texto de hoy vale para nosotros. Mirad a mi siervo. Los cristianos, los primeros cristianos, aquellas primeras comunidades que estaban, por decirlo así, viviendo la lozanía, la frescura y toda la potencia de la resurrección de Cristo. Necesitaban palabras para tratar de describir todo lo que Cristo significaba, todo lo que Cristo era. Esos primeros cristianos, de un modo muy natural, acudieron a los textos de lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento.

Ellos en esa época no tenían lo que nosotros tenemos hoy, el Nuevo Testamento. Eso todavía no estaba escrito. Lo que ellos tenían era la vivencia increíble, la vivencia poderosa del poder del Espíritu, precisamente, y del poder del Corazón de Cristo, que había llegado hasta el extremo de la cruz y que se había manifestado después en las apariciones del Resucitado. Eso era lo que ellos tenían entonces. Ellos no llamaban a esto el Antiguo Testamento. Ellos consideraban estos textos y así los llamaban la Escritura simplemente. Valiéndose de la Escritura, es decir, valiéndose de lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento. Ellos empezaron a descubrir quién era este Cristo que había caminado al lado de ellos, que había manifestado tanto amor, que había tenido palabras tan sublimes, y que había llegado hasta el extremo del servicio. Servicio obediente a Dios y servicio caritativo a nosotros en la cruz. Esos cristianos, cuando volvieron a este texto de Isaías, sintieron, descubrieron, iluminados por el Espíritu Santo, que el verdadero rostro de este siervo, cuyo nombre no se dice en Isaías.

El verdadero rostro es el rostro del Nazareno, es Jesús de Nazaret. Nadie ha servido como Jesús. No hay siervo como Jesús. Nadie puede decir: He servido a Dios con toda mi alma, con todo mi ser. Nadie ha cumplido el primer mandamiento de la ley de Dios con tanta intensidad, con tanta belleza y con tanta perfección como lo vivió el Nazareno cuando peregrinó sobre esta tierra. Entonces ellos vieron que estos cánticos del siervo había que aplicarlos a Jesucristo. Por supuesto, tienen otras aplicaciones. Se puede aplicar también al pueblo judío, se puede aplicar a la Iglesia, se puede aplicar a los pobres que sufren en esta tierra y cada uno de nosotros lo puede aplicar también a sí mismo, en tanto en cuanto quiere servir verdaderamente a Dios y llamarlo Señor. Pero indudablemente la aplicación más perfecta fue la que hicieron esos primeros cristianos.

Y por eso, para nosotros, que compartimos esa misma fe, la exhortación de Isaías es un llamado a contemplar a Cristo. Yo qué puedo decirles, hermanos, desde este púlpito de la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá. ¿Cuál puede ser mi mensaje? Cuál puede ser mi palabra, hermanos, sino lo mismo que nos dijo Isaías. ¿Para qué es la Semana Santa? Mirad a mi siervo, mirad a Jesús. ¿Para qué nos reunimos? ¿Para qué hacemos procesiones, para qué hacemos rosarios? ¿Para qué esas largas liturgias que a veces no comprendemos completamente? ¿Para qué es todo esto? Para mirar a Jesús. ¿Para qué celebramos la Eucaristía? ¿Para qué partimos el pan? Para mirar a Jesús. ¿Para qué levantamos con orgullo la cruz? ¿Para qué predicamos de la cruz de Cristo? ¿Para qué lo hacemos? Para mirar a Jesús. Porque Isaías nos manda Mirad a mi siervo. Y eso es exactamente lo que nosotros hacemos en Semana Santa. Y eso es lo que debe ser nuestra vida cristiana mirar a Jesús. Porque existe el riesgo grande de olvidarse de Jesús.

Por algo San Pablo le dijo a uno de sus discípulos la misma palabra que yo debo repetir hoy Acuérdate de Jesucristo, acuérdate de Jesucristo, que vive resucitado de entre los muertos. Cuando estés triste, mira al siervo de Dios, te dice Isaías. Acuérdate de Jesucristo, te dice San Pablo. Tuviste un gran éxito, has hecho una carrera admirable, te has graduado, tienes muchos estudios, sientes que has conquistado el mundo y que estás en la cima del éxito. Acuérdate de Jesús, acuérdate de Jesús cuando todo te salga bien. Acuérdate de Jesús cuando estés en la cima del éxito, para que esa cumbre en la que te encuentras no sea la cumbre de tu condenación. Y para que a todo ese éxito no le siga el fracaso de ser esclavo de los peores vicios y pecados. Acuérdate de Jesucristo, te dice San Pablo. Mira al siervo de Dios, te dice Isaías. Y luego Isaías le va dando nombres a este siervo, a aquel que nosotros reconocemos como Cristo. Mirad a mi siervo, a quien sostengo.

No hay aquí un eco, mis hermanos de la palabra del evangelista San Marcos. Allí donde Cristo dice a sus apóstoles que se suponía que eran sus amigos entrañables. Ustedes me van a abandonar todos, pero no me voy a quedar solo porque el Padre está conmigo. No es eso lo mismo que está diciendo aquí Isaías. Que el único que podía sostener a Jesucristo era precisamente el Padre. Y eso es lo grande de Jesucristo, que como era sostenido únicamente por el Padre, nada le debía a los poderes de esta tierra. Independiente era de todas las pretensiones de todos los ídolos, de todos los imperios de este mundo. Ya puedes guardarte tu dinero, tus influencias, tus armas, tus alaridos, tus razones. Nada tendrá poder sobre Cristo, porque a este Cristo lo sostiene el Padre, y como a Cristo lo sostiene el Padre celestial. Cristo no necesita ser sostenido ni por intrigas, ni por influencias, ni por una gran cantidad de dinero, ni por una gran cantidad de armas. Esta es la solemne y serena actitud que tiene Cristo precisamente cuando llegan a prenderlo en el Jardín de Getsemaní, cuando allí llegan a apresarlo. Él se sostiene únicamente en el Padre. Ni siquiera reclama la protección de doce legiones de ángeles que gozosos hubieran acudido a salvarle. Él se apoya únicamente en el Padre. Y cuando todos los apóstoles huyen, cuando unos tienen miedo y otros son víctimas de la ira, Cristo permanece, porque Cristo está sostenido por el Padre.

Y dice el texto de Isaías: Sobre él, he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. Esta es la mansedumbre de Cristo. Pero esta es también la compasión de Cristo, mansedumbre que hace que Él no se imponga por la fuerza ni por la violencia, sino únicamente seduciendo nuestros corazones con su ternura y su manera de servir. Pero esta también es la descripción del poder que tiene Jesucristo. Porque aquél que es capaz de tocar el corazón y aquel que tiene poder en el corazón humano, ese sí que tiene poder. Los que se sostienen en sus armas no pueden dormir tranquilos porque a toda arma le gana otra arma. Los que se sostienen en su dinero no deberían dormir tranquilos, porque si te protege un ejército de guardaespaldas, aquel que les dé más dinero tendrá poder sobre ti. Lo único que verdaderamente tiene poder sobre el corazón humano, lo único que verdaderamente permanece, lo único que puede crear un imperio indestructible, es aquello que Cristo realiza. Y eso significa. Y eso es amar hasta el extremo. Ese es el amor que la unción del Espíritu y su fe en Jesucristo. Y ese es el amor que ha llegado hasta nosotros, que nos ha seducido, que nos ha conquistado, que nos ha atrapado. Nosotros estamos atrapados en el regazo de Cristo. Estamos atrapados en el corazón de Cristo. Estamos envueltos en los lazos de su amor.

Mejor se aplica a nosotros que al pueblo de Israel. Aquello que dijo Oseas: con lazos de amor te he te ha traído, mis hermanos. Necesitaríamos muchísimo tiempo para hacer una meditación siquiera juiciosa y completa de este cántico del Siervo. Yo solamente puedo invitarlos a que en el tiempo libre que acaso tengan estos días, no dejen de ir a Isaías, no dejen de ir a estas descripciones, a estas pinturas del Corazón de Cristo. No está mal que utilicemos el arte para predicar y por ejemplo, aquí en Chiquinquirá, algunos de estos pasos son realmente hermosos artísticamente hablando. Pero si este arte fue creado por virtud y esfuerzo de manos humanas, permítanme que yo sugiera y que yo ponga por delante y que yo ponga más alto, el corazón de Cristo, como está pintado en estas palabras que no hay pintor, mis hermanos, no lo hay. No hay pintor que pueda dibujar un Sagrado Corazón, como está dibujado aquí en el cántico del siervo de Isaías. No hay pintor que lo logre, no hay escultor que lo pueda hacer.

Que nosotros, como pueblo cristiano, abramos ampliamente nuestros oídos y nuestro corazón para recibir esta palabra del profeta y abramos bien los ojos para cumplir el mandato que nos dio. Mirad a mi siervo. ¿Para qué hemos venido aquí? ¿Para qué celebramos la Semana Santa? ¿Para qué nos confesamos y comulgamos? Para mirar a Jesús. ¿Y por qué es tan importante aprender a mirar a Jesús? Porque en el cielo nada distinto y nada mejor vamos a hacer.

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