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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Siervo de Dios

Homilía lsan001a, predicada en 19990329, con 6 min. y 18 seg.

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Transcripción:

El pueblo de Israel en tiempos de terrible tribulación, recibió la luz del Espíritu Santo para ver, aunque fuera entre sombras, cuál era la salvación que Dios iba a traer. Y uno de los miembros de este pueblo, a quien llamamos Isaías, habló de un siervo. El siervo del Señor es como la figura de aquel que cumple la voluntad salvadora de Dios. Un siervo que ya no tiene las características de un aguerrido campeón, sino más bien de un ungido. Su fuerza ya no está en aquello que le da confianza a los corazones humanos, sino en aquello que le abre la puerta al poder de Dios, es decir, la unción de su Espíritu.

Por eso estas lecturas sobre el siervo de Yahvé, sobre el servidor de Yahvé, que están en el profeta Isaías, son maravillosas para que nosotros descubramos cuál es el perfil de la persona que cumple la voluntad de Dios. ¿Qué significa cumplir la voluntad de Dios? Son anticipaciones maravillosas de lo que va a realizar Jesucristo en el Evangelio. Son una cátedra preciosa del Corazón de Jesús. Está como retratado el corazón de Jesucristo en esos textos. Por citar un detalle. Miremos hoy, por ejemplo, esa mezcla de fortaleza y de ternura. Es difícil para nosotros combinar estas dos virtudes. Para nosotros ser fuerte, ser drástico significa también ser duro. Por lo contrario, ser tierno, ser compasivo significa muchas veces ser complaciente y no ser firme. Pero este siervo de Dios tiene firmeza y tiene misericordia. Es radical y sin embargo compasivo.

Saber unir estas cualidades o estas virtudes distintas no es fácil para nosotros, pero sí es fácil para el Espíritu de Dios, que es suave como aceite, que penetra y es fuerte, como una unción que nos empuja, que nos mueve, que nos transforma. ¿En qué se ve la fortaleza de este servidor de Dios? En muchas cosas de las que hemos escuchado hoy, se ven que es aquel que va a traer el derecho a las naciones. No es poca misión está enderezar una nación y es cosa de héroes traer el derecho a las naciones. Solo Dios puede hacerlo. Pero este que va a traer el derecho, no gritará, no clamará, no voceará por las calles. Su estrategia es otra, su poder es otro. No está su poder en la muchedumbre congregada. No está su poder en el favor o en la popularidad. No está su poder en la convicción de una oratoria. No está su poder en el apoyo de los poderosos que rigen los pueblos. Su poder está en otra parte y, sin embargo, traerá el derecho a las decisiones. Es así de fuerte. Y sin embargo, sabe mirar como con cariño, la caña cascada, el pábilo vacilante. Sabe mirarlo como con cariño. No extingue al pequeño. Tiene ojos para el pequeño. Tiene corazón para el más necesitado. Tiene un alma capaz de compadecerse y de ver a aquel que flaquea.

No tiene la presunción de los fortachones, no tiene la fanfarronería de los victoriosos como los conocemos en esta tierra, aunque él tiene la victoria, aunque quede el derecho a las naciones. Su victoria es tan grande que abarca, en primer lugar y sobre todo a los más pequeños, aunque él tiene compasión de aquel que está quebrado. Fíjate lo que nos dice la Escritura sobre él: Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará. Él no se quiebra, pero sabe mirar al que está quebrado, quebrantado. Él no vacila, pero sabe entender al que vacila. No es esta una imagen maravillosa de Jesucristo, que es él mismo sin pecado y sin embargo compasivo con todos nosotros los pecadores. Este maravilloso retrato de Jesucristo. Esta descripción del corazón de Jesucristo es, en primer lugar, para que sepamos qué calidad y qué belleza de Salvador nos ha dado Dios, para que se lo agradezcamos. Para que recibamos la salvación que Él nos da. Para que nos sintamos al mismo tiempo fortalecidos y cuestionados por esta revelación preciosa que nos trae el Hijo de Dios.

Pero en segundo lugar, después de recibir esa salvación, también es para que la misma unción que obró en Cristo obre en nosotros, y también nosotros llevando una vida inmaculada. Cuando no hemos tenido hasta ahora, yo creo que ande una vida recta, una vida inmaculada. Sepamos hacer que la pureza de nuestra vida, el canal de la misericordia y de la compasión de Dios para con nuestros hermanos, así nos lo conceda Cristo, en quien Dios Padre nos ha concedido todas las cosas. Amén.

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