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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Cuaresma es el tiempo para estar con Jesús en el desierto.
Homilía kmce006a, predicada en 20100217, con 23 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, este es el Miércoles de Ceniza, el comienzo solemne del tiempo de Cuaresma. Nos proponemos santificar este tiempo en unión con Cristo, que durante cuarenta días en el desierto se dedicó a la oración, al silencio, a la penitencia. Así como el pueblo de Israel peregrinó por cuarenta años, Cristo por cuarenta días en el desierto, pero el pueblo de Israel en el desierto conoció su propia infidelidad. En el desierto, los israelitas se rebelaron contra Dios, dudaron de Dios, fueron resistentes a su Palabra. En cambio, en el desierto, Nuestro Señor Jesucristo venció al demonio, venció la tentación, se mantuvo fiel al camino que Dios, su Padre, le había mostrado.
Nuestra Cuaresma, nuestros cuarenta días tienen que escoger entre esos dos caminos. Si vamos a seguir el camino de los israelitas en tiempos antiguos, o si vamos a seguir el camino de Jesús, y por supuesto, nuestra Madre, la Iglesia nos invita a que la Cuaresma la vivamos con Jesús. Y este es, hermanos, el primer pensamiento que quiero que quede grabado en nuestros corazones: la Cuaresma es tiempo para estar con Jesús, estar con Jesús en el desierto.
Miremos la enseñanza, miremos el mensaje que nos dejan las lecturas de hoy. El primer texto fue tomado del profeta Joel. Es un llamado, como una trompeta, un llamado vigoroso. Es una invitación a detenerse, a recapacitar, a preguntarnos delante de Dios qué es lo que estamos haciendo. Es una invitación general a que el pueblo se vuelva hacia Dios, una invitación al arrepentimiento. Pero hay algo tan interesante en esta lectura, algo que con la ayuda del Espíritu Santo, deseo reflexionar junto con ustedes. En la traducción que hemos escuchado dice así: Convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso y se arrepiente de las amenazas. Quizá se arrepienta y nos deje todavía su bendición.
¿Lo notas? A nosotros se nos llama a arrepentimiento y se habla también del arrepentimiento de Dios. Quizá Dios se arrepienta y nos deje todavía la bendición. Esta es una de las expresiones más paradójicas de la Biblia. ¿Cómo así que el arrepentimiento de Dios? Resulta que esta expresión la encontramos en varios lugares, por ejemplo, en el Libro de los Números, hay algo muy interesante. Resulta que el pueblo se había rebelado contra Dios por enésima vez, porque era un pueblo resistente, obstinado, de dura cerviz, como muchas veces somos nosotros. El pueblo se había rebelado, y entonces Dios habla con Moisés y le dice: -Voy a destruir este pueblo, voy a acabar con esta gente. Y entonces Moisés ora, y esa oración de Moisés es bellísima, porque Moisés le dice a Dios: -No los acabes, no los destruyas así. Y esta escena sucede en el desierto. En el desierto, donde salió a relucir toda la rebeldía de los israelitas. Y cuando aparece ese repugnante espectáculo de esa rebeldía y ese orgullo del pueblo, entonces Dios dice: -Pues voy a acabar con esta gente. Y Moisés le dice: -No los acabes, no hagas eso, Señor. Mira, si tú los destruyes, los egipcios van a pensar «los sacó de aquí para matarlos en el desierto». No mates a este pueblo, no destruyas tu propia gloria. No les hagas eso, no los destruyas.
Entonces Moisés se pone a orar y en esa oración de intercesión de Moisés, al final termina Dios diciendo: -Bueno, entonces no los voy a destruir.
Es una manera tan extraña de hablar, porque sabemos que Dios en sí mismo nunca cambia. Sabemos que Dios es inmutable. Dios es eterno. Pero resulta que en ese pasaje tan hermoso del Libro de los Números nos muestra la Biblia a un Dios que se está arrepintiendo. Y en ese mismo espíritu está la primera lectura de hoy, donde el profeta Joel nos dice a nosotros: -Arrepiéntanse, ustedes, arrepiéntanse. Arrepiéntanse para que Dios también se arrepienta.
¿Cómo debemos entender esta expresión del arrepentimiento de Dios y qué significa en realidad? Una persona con una profunda experiencia de oración, una persona que en ciertos momentos uno podría comparar con alguien como Moisés por la fuerza de su intercesión, una intercesión por todo el pueblo, una intercesión universal, una intercesión de todo corazón. Una persona que en cierto momento se puede comparar a Moisés en ese aspecto, por su manera de orar por el pueblo de Dios, es una santa mujer del siglo catorce: Catalina de Siena, se llama ella. Una virgen seglar, una consagrada, que tuvo una experiencia muy profunda de oración. Y ella oraba por toda la Iglesia. Y los historiadores atribuyen a Santa Catalina de Siena una saludable influencia sobre el Papa de aquella época, sobre todo para que la sede del sucesor de Pedro, la sede del Papa, volviera a donde tenía que estar, a la ciudad de Roma. Catalina realmente amaba a la Iglesia con todo su corazón y vivía en intercesión. En ese sentido, me atrevo yo a compararla con la oración de Moisés.
Bueno, esta mujer de tanta oración descubrió una cosa muy hermosa: sobre Dios, nada tiene poder, nada, porque obviamente Dios es el Omnipotente. Sobre Dios nada tiene poder, salvo una cosa: la misericordia del mismo Dios. Y entonces, en una obra muy mística y profunda que tiene ella que se llama: El diálogo de Santa Catalina de Siena, el Padre Celestial le da la explicación de qué es lo que sucede en el Libro de los Números. El Padre Celestial, Dios Padre, le explica a Santa Catalina qué es lo que pasó en esa ocasión allá con Moisés y qué es lo que Él quiere que suceda de acuerdo con este texto del capítulo segundo del profeta Joel. Entonces Dios dice lo siguiente a Santa Catalina: -Soy yo mismo quien infunde en vosotros un espíritu de oración. Soy yo mismo quien infunde en vosotros un amor invencible. Soy yo mismo quien infunde en vosotros ese Espíritu que luego tiene poder sobre mi decisión.
Es decir, que no es exactamente que Moisés tuviera poder sobre Dios, sino que Dios le inspiraba a Moisés esa oración que luego iba a transformar el curso de los acontecimientos. Todavía podemos entender mejor esto si pensamos en las dos palabras: justicia y misericordia. La palabra justicia es lo que corresponde, lo que tiene que ser. La definición clásica de justicia dada por el antiguo romano Ulpiano es: darle a cada quien lo suyo. La justicia se encuentra en el orden de la razón. La justicia se encuentra en el orden de la lógica y la justicia en ese sentido viene de Dios. El orden de la justicia reclama que cuando una persona ha cometido una ofensa, tiene que pagarla. Y si esa ofensa tiene consecuencias inmensas, el castigo tiene que ser inmenso. Y si esa ofensa se ha cometido contra el único, verdadero, eterno e infinito Dios, la culpa, el castigo tendría que ser inmenso, interminable, infinito. Debemos comprender, hermanos, y esto también lo enseña Santa Catalina y Santo Tomás y todos los grandes santos, debemos comprender que la pena propia, la pena justa para el pecado, es la muerte y la muerte eterna. Debemos comprender, que en el orden de la justicia, que es un orden querido por Dios, y que es un orden que tiene su raíz en el Logos mismo de Dios, en la lógica de Dios, la consecuencia lógica, la consecuencia racional estricta del pecado, es la muerte, y la muerte eterna es lo único que se puede esperar del pecado.
Pero resulta que, además del orden de la lógica, en Dios existe otro orden, que es el orden de la misericordia. Y ¿cómo es eso de que Dios es al mismo tiempo justo y misericordioso? No hay contradicción entre una cosa y la otra. Pues antes de mirar esa pregunta, descubramos algo, ¿qué es lo que hace el orden de la misericordia? El orden de la misericordia derrama sobre nosotros la acción nueva, la acción renovadora de Dios, es decir, lo que hace la misericordia en nosotros, no es simplemente mirarnos con lástima, el orden de la misericordia no es la mirada lastimera o lastimada o lastimosa de Dios sobre nosotros. El orden de la misericordia, en el fondo, consiste en la acción renovadora de su amor que nos transforma por dentro y que así nos hace nuevamente dignos, nos hace nuevamente hábiles, nos hace nuevamente capaces de recibir su acción.
Por creación, nosotros fuimos hechos, como dicen los santos Padres, capaces de Dios. Pero el pecado arruinó esa capacidad nuestra para acoger la Palabra, el amor y la obediencia a Dios. Entonces, lo que hace la misericordia no es simplemente mirarnos con pesar, sino transformarnos. La misericordia es acción transformadora que levanta la criatura caída. Por eso no hay contradicción entre la justicia y la misericordia, porque la misericordia no consiste en que Dios simplemente diga: -Usted se merece el castigo, pero entonces no lo voy a castigar.
Eso sería una contradicción de la justicia. Lo que en realidad sucede es más bello, es más grande. Lo que en realidad sucede es: usted se merece el castigo, pero ahora yo lo voy a transformar a usted para que ya no se merezca ese castigo. El orden de la misericordia es el orden de la nueva criatura. El orden de la misericordia es el comienzo de un nuevo ser que es nuevamente reflejo del amor, reflejo de la sabiduría del Padre. La misericordia es transformante, y porque la misericordia nos renueva, nos transforma. Por eso no contradice el orden de la justicia, pero indudablemente lo supera.
Entonces, cuando Dios le dice a Moisés: -Voy a acabar con esa gente, está hablando según el orden de la justicia. Pero al mismo tiempo Dios está infundiendo en Moisés el espíritu de intercesión que el mismo Dios hará eficaz para derramar su misericordia sobre el pueblo. Es decir, ambas justicia y misericordia tienen su fuente en Dios y ambas se complementan de modo que nosotros entendamos por el orden de la justicia cuál es el castigo que merecemos y nosotros entendamos por el orden de la misericordia cuál es la gracia a la que estamos llamados.
Entonces, ¿qué significa finalmente eso de que Dios se arrepienta? Simplemente significa que además del orden de la justicia, en esta tierra brilla el orden de la compasión y de la misericordia divina. Nosotros en la Cuaresma estamos llamados a caminar en esas dos autopistas, las voy a llamar, en esas dos sendas. La Cuaresma hay que vivirla en esa doble clave: ¿qué es lo que yo me merecería delante de Dios y qué es lo que Dios me ha dado? Cuando uno se pregunta: ¿qué es lo que yo me merecería? Eso se llama el orden de la justicia. Pero entonces despunta el orden nuevo, esa lógica inexplicable, bellísima, perfumada de la compasión. Y entonces uno dice: -Lo que yo me merecería sería esto. Pero lo que Dios ha querido darme es esto.
Esos dos caminos de la Cuaresma se juntan al final. La Cuaresma termina en la Semana Santa. Y ¿qué es lo que sucede en la Semana Santa? que se juntan la justicia y la misericordia. ¿Dónde se juntan? no son, entonces, como los dos rieles de una carrilera que van uno al lado del otro, pero que jamás se encuentran. La justicia y la misericordia sí se encuentran, se encuentran en la Cruz, en la cruz de Cristo, mis hermanos, que es el término de la Cuaresma. Cuando lleguemos a ese Viernes Santo, cuando veamos a nuestro Señor Jesucristo con sus brazos extendidos en la Cruz, ahí está la justicia, porque ahí se está pagando el precio por todos los pecados del mundo. La eficaz intercesión, la ofrenda infinitamente valiosa de la sangre del Hijo de Dios, satisface el orden de la justicia. Pero esa misma intercesión y el hecho de que fue mandato y designio de Dios Padre que su Hijo padeciera por nosotros, es el orden de la misericordia.
Entonces, cuando uno mira las llagas de Cristo, y vamos a tener tantas imágenes de Cristo en su pasión por estos días de Cuaresma y Semana Santa, cuando uno mira las llagas de Cristo, tiene que mirar ahí las dos cosas, ¿cómo se miran? cada una de las llagas de Cristo nos está diciendo: esto es lo que yo me merecería. Y por otra parte, esto es lo que Dios me ha dado. Esa es la sangre de Cristo. Ese es el valor de la sangre de Cristo. Sangre de Cristo, que me muestra al mismo tiempo lo terrible de mi pecado y lo maravilloso del amor de Dios. Ves ¿cómo se juntan en la sangre? en la sangre de Jesús se juntan la justicia, porque ahí está lo que yo me merecería y la misericordia, porque ahí está lo que Dios ha querido regalarme. Así que tenemos que caminar por esos dos rieles. Comprender qué es lo que verdaderamente nos mereceríamos delante de Dios y luego agradecer lo que Él nos ha querido dar.
Tengamos en cuenta, mis hermanos, que así como Moisés se dejó llevar como lira del Espíritu Santo, como instrumento vivo del Espíritu Santo, se dejó llevar Moisés y así atrajo el orden nuevo de la misericordia que tenía su origen en Dios, así también nosotros podemos ser intercesores. Nos dice el texto del profeta Joel, nos dice: -Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor y digan «Perdona, Señor, a tu pueblo, no entregues tu heredad al oprobio».
Con esas palabras el profeta Joel está invitando a los sacerdotes de aquella época a que sean como Moisés, es decir, que disponiendo su corazón como liras, como instrumentos vivos del Espíritu, atraigan la misericordia divina. Pues esa tarea nos corresponde a los que aquí estamos, mis hermanos novicios aquí presentes, con su oración, atrayendo la misericordia divina. Mi hermano, el padre Néstor Reinaldo Rojas, con su oración pidiéndole a Dios: misericordia. A mí me corresponde también.
Pero además del sacerdocio ministerial, todos nosotros, hermanos, participamos del sacerdocio bautismal. Cada uno de nosotros ha sido elevado a la altísima dignidad del sacerdocio en Cristo Jesús. El sacerdocio bautismal, que no es otra cosa sino la ofrenda de toda la vida, con sus dolores, con sus dificultades, con sus tropiezos y contratiempos. Por eso la Cuaresma nos invita no solo a los novicios, a los religiosos, a los sacerdotes, nos invita a todos a tomar esta actitud. Que sea este el tiempo para que tú te vuelvas Moisés, para que tú le clames a Dios: misericordia. Para que todos le roguemos a Dios: el regalo de la misericordia, para nuestros campos resecos. Misericordia para nuestra Colombia desangrada. Misericordia para los niños con hambre y para los niños abusados. Misericordia para los que sufren en soledad en los hospitales o en las cárceles. Misericordia para los discapacitados que muchas veces son castigados con el aislamiento por parte de la propia familia.
Nosotros tenemos que clamar misericordia para los jóvenes, para que ellos descubran cómo la etapa más hermosa de su vida sólo alcanzará su verdadera belleza en Cristo. Tenemos que pedir, tenemos que clamar misericordia al Señor por aquellos matrimonios que están a punto de romperse, dejando después una estela de dolor y de heridas en los niños. Tenemos que suplicar al Señor: misericordia por los sacerdotes que no viven su vocación, que están en contradicción con lo que un día prometieron para que ellos se renueven en el Espíritu del Señor. Este tiempo de Cuaresma nos invita a todos a clamar, nos invita a ser Moisés, nos invita a suplicar, pero sobre todo nos invita a acoger primero la Palabra de Dios.
Hermanos, siguiendo las palabras de Cristo en el Evangelio, iniciemos este santo tiempo de Cuaresma pidiendo al Señor que esos tres ejercicios cuaresmales: la oración, el ayuno y la limosna, hagan su obra interior en nosotros y podamos ser verdaderos intercesores, atrayendo lluvia de bendición para la tierra y para toda la Santa Iglesia. Amén.

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