Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La humildad, la oración y la penitencia.

Homilía kmce005a, predicada en 20030305, con 26 min. y 13 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, apoyémonos en las lecturas que acabamos de escuchar para buscar las virtudes de la Cuaresma. Todo tiempo litúrgico tiene sus propias virtudes. Por ejemplo, la Pascua abunda en alabanzas, en gratitud. El Adviento abunda en esperanza, en vigilancia. ¿Cuáles son las virtudes propias de la Cuaresma y por qué son necesarias a nosotros?

Lo primero que aparece, y es lo que significa esa ceniza que utilizamos, es la humildad. Como hemos comentado en otra oportunidad, humildad viene de humus en latín, que significa tierra, la ceniza, que es como tierra quemada. Ceniza que ponemos sobre nuestras cabezas imitando un gesto que aparece muchas veces en el Antiguo Testamento. Es una señal de humildad. Y esa es la primera virtud que aparece hoy.

En segundo lugar, la Cuaresma nos invita al conocimiento de nosotros mismos, como nos ha dicho Jesús en el Evangelio, de lo que se trata es de dejar de vivir frente a los demás, dejar de vivir creando una apariencia, dejar de vivir creando un sueño, una ilusión, un castillo al que luego nos mudamos. La Cuaresma es tiempo de sinceridad, es tiempo de interioridad, es tiempo de conocernos a nosotros mismos.

En tercer lugar, la Cuaresma tiene otra virtud: la penitencia. La misma ceniza, pero sobre todo el ayuno o algunos otros sacrificios, nos invitan a una actitud de penitencia porque no podemos quedarnos en prácticas externas. Jesús nos dice que no se trata de que el ayuno lo note la gente, es una actitud interior y esa actitud se llama penitencia. Es una virtud la penitencia. Hacer penitencia es una virtud. Humildad, sinceridad, penitencia. Desde luego, también la oración. La oración es también una virtud y quien carece de oración realmente le falta la luz más grande, la luz más importante para dar una ruta a su vida.

Hablemos un poco de por qué son importantes estas virtudes. Pero antes observemos una cosa, quien alaba la humildad, quien alaba el conocimiento de sí mismo, quien alaba la penitencia, son virtudes que tienen muy poca popularidad y sin embargo, son tremendamente necesarias. En el mundo de hoy, ser humilde resulta casi un estorbo. Porque, el que es muy humilde no se concentra en sus metas o no hace crecer su autoestima, o le falta vigor o le falta ambición. Nos han vendido tanto la imagen del hombre ambicioso que produce resultados y de la mujer ambiciosa que alcanza todas sus metas que uno casi no puede imaginarse cómo ese hombre ambicioso puede ser un hombre humilde. La humildad sería un estorbo. Y algo parecido diríamos del conocimiento de nosotros mismos. Qué tal una persona que fuera a pedir trabajo y le preguntaran: -Bueno, ¿qué sabe hacer? -Bueno, yo me conozco. -Pues váyase para otra parte o yo no sé. ¿De qué nos sirve aquí que usted se conozca? Eso tal vez le servirá a usted o a su religión. -Yo me conozco.

Bonita la cualidad. Y sin embargo, si fuéramos más inteligentes en los procesos de selección de personal, escogeríamos más fácilmente a las personas que supieran conocerse, porque solo la persona que puede conocerse alcanza a ser dueña de sí misma. Solo serás dueño de ti si te conoces. Se necesita el conocimiento.

Y luego la virtud de la penitencia, esa sí que es más extraña. En un mundo donde el mercado se mueve al ritmo de los placeres, al ritmo del deleite, al ritmo del disfrute y en el que la comodidad, la rapidez, la eficiencia y el placer son ley, ¿qué tal la penitencia? Pero no nos asustemos, hermanos, de ver que hay esta contradicción entre las virtudes de la Cuaresma y el mundo de hoy. No nos asustemos. Más bien consideremos que, precisamente porque tiene la Cuaresma virtudes contrarias a las de nuestro mundo, por eso puede hacer algo, por eso puede traer una diferencia, por eso puede hacer un cambio en nuestro mundo, por eso. Precisamente porque tiene lo que el mundo no tiene. Y por eso estas virtudes, hermanos, estamos llamados llamados a vivirlas, no solamente para nosotros mismos, sino a vivirlas con toda su fuerza de transformación familiar, empresarial, social y política. La humildad, el conocimiento de nosotros mismos, la penitencia y la oración no son virtudes privadas, aunque se practican principalmente en nuestro corazón, en nuestra interioridad. Son virtudes con una capacidad de transformación social, una capacidad de transformación del mundo, que nosotros tenemos que desplegar, tenemos que descubrir y tenemos que aprovechar.

Por ejemplo, la humildad. Al parecer la humildad es un estorbo, como ya dijimos, pero en realidad la humildad es una fuerza muy grande, porque la humildad nos permite escuchar las voces que la soberbia nunca deja oír. La persona soberbia no escucha. La persona orgullosa no quiere quien le contradiga. La persona autosuficiente se pierde de los mejores consejos. Vivir en la humildad es darle la oportunidad a la vida de regalarnos los mejores consejos, las mejores voces y las más grandes verdades. De ninguna manera riñen un verdadero liderazgo y una verdadera humildad. Todo lo contrario. El que quiera ser líder para un momento puede ser un fanfarrón y puede ser un orgulloso. Pero el que quiera marcar, el que quiera dejar su impronta, el que quiera cambiar el rumbo de una empresa, de un país o del mundo, jamás lo hará si no es humilde. Solo los humildes escuchan las voces profundas, porque las voces profundas no están en las cumbres, sino en la base. Es la base, mis hermanos, es la base, es la gente sencilla, es la gente que no tiene pretensiones, la que primero detecta los problemas, la que se da cuenta de los engaños y la que intuye por dónde deberían ir las soluciones. Suele considerarse entre los trabajos humildes el transporte público, por lo menos en nuestro país. Pues hable usted con un conductor. Yo lo hago con muchísima frecuencia en taxis intermunicipales o locales. Hable usted con un conductor y usted descubrirá qué está sintiendo, qué está viviendo un país y qué es lo que seguramente va a suceder. El verdaderamente humilde tiene oídos de gran alcance. Ya por algo decía Cervantes en el Quijote: Si a los reyes y príncipes llegaran las verdades cuales son, otros tiempos correrían.

Pero el primer problema que tienen los reyes y príncipes, los grandes gobernadores y presidentes, los grandes jefes y gerentes, es que no tienen oídos sino para su círculo, un círculo que ya aprendió a repetirle sus propios estribillos. El grave problema, ya se trate de la Iglesia, de un consejo de Provincia, de un Consejo Diocesano, de una Curia, o ya se trate de la sociedad civil, el grave problema del gobernante es que pierde la capacidad de escuchar. Hubo un hombre en la Biblia que pidió humildad y la pidió con estas palabras: -Dame, Señor, un corazón que sepa escuchar. Ese fue Salomón. Y así suplicó el don de la sabiduría, y por eso ha pasado como el rey más esplendoroso, el rey más grande, en cierto sentido, de todo el tiempo de Israel y de Judá. O sea que la humildad tiene una fuerza de transformación. El humilde tiene a dónde oír, el humilde tiene adónde escuchar, y por eso puede descubrir las tendencias profundas.

Le preguntaban a este premio Nobel de Economía de hace unos años McFadden, le preguntaban sobre el origen de sus intuiciones y él lo atribuía al trato con la gente sencilla y a los ratos de soledad. El conocimiento de sí mismo. El gran Nobel de Economía se va a una especie de retiro espiritual, aunque él es agnóstico, pero se va un tiempo de soledad y trata de escrutar, trata de digerir, trata de pensar a fondo ese mundo atiborrado de cifras y de información.

Ya estamos en la segunda. El conocimiento de nosotros mismos. Ninguno de nosotros le alcanzaría la vida para pasearse por las páginas de Internet que existen hoy. Si tú pasaras por todas y cada una de las páginas de Internet que existen hoy, solo un segundo por página, te morirías antes de terminar. Es decir que, la avalancha de información que nos ofrece Internet, por ejemplo, ya es indigerible. En una sociedad donde hay tantísima información, ¿quiénes serán los líderes? No los que estén más informados, sino los que estén más formados. La información es lo que el mundo me ofrece. La formación es lo que yo acepto y construyo dentro de mí. Y solo en el conocimiento de ti mismo puedes arreglar los estantes de tu mente y tu corazón para situar toda la información pertinente.

Un verdadero líder es alguien que se conoce. Es alguien que tiene las piezas, las ideas, los ingredientes de su mente perfectamente organizados. Y es eso lo maravilloso de un verdadero líder y es lo que le da una coherencia. Yo creo que el líder más grande que ha tenido nuestro tiempo es el Papa Juan Pablo II. El Papa Juan Pablo inició su pontificado en octubre de 1978. Octubre del setenta y ocho. A fecha de hoy vamos para veinticinco años. Y el Papa Juan Pablo es una mente supremamente organizada. Es impresionante leer en los discursos, en las catequesis, en las encíclicas, hasta en un breve saludo a los peregrinos, el hombre es siempre el mismo. Él no nos estaba diciendo hace veinte años una historia y hace quince años la cambió y hace ocho años la cambió. Y el año pasado la volvió a reformar y ahora como que la va a cambiar. Es maravillosamente coherente porque es un hombre que tiene su estantería interior, la estantería de su corazón y de su mente tan organizada. Es un hombre que tiene organización. Es un hombre que se conoce y se posee. Es maravilloso conocer a una persona así.

Es tan feo hacer comparaciones, pero si usted compara los discursos de George Bush cuando era gobernador de Texas, cuando era empresario del petróleo, cuando es presidente de Estados Unidos. Si usted compara lo que se dice cada seis meses, cada ocho meses o cada año, usted encuentra que hay una multiplicación de George Bush. Hay una multiplicación. Nadie duda de que es un líder, bueno o malo, cada uno dirá, es un líder. Pero, ¿qué quedará de ese líder de aquí a unos años? ¿qué pensaremos de ese líder de aquí a unos años? Hermanos, el conocimiento de nosotros mismos es una de las cualidades indispensables para producir un verdadero resultado.

Pero no solo en el ámbito político, no solo en el ámbito macro, también en lo pequeño, en lo cotidiano y en lo doméstico, mencionemos sólo un ejemplo: una mamá. Una mamá encontrará que su bebé es la criatura más hermosa, más linda, más dulce y más manipuladora. Todo bebé viene con una carga de manipulación fantástica y el proceso de educación de los hijos desde que son pequeñitos, es un proceso tan arduo porque supone conocer qué tanto es verdadera necesidad del niño y qué tanto es manipulación hacia mí. Los niños manipulan demasiado y no he hablado de las niñas. Se necesita, para educar a los niños, hay que conocerse. Lo que está diciendo es ¿qué? es verdad lo que está diciendo o me está manipulando. Solo quien conoce muy bien los propios afectos, las propias emociones y las propias reacciones, es capaz de ser un buen educador o ser un buen profesor. Es decir, que los grandes líderes y los mejores padres de familia los vamos a encontrar en gente que habrá practicado esta virtud propia de la Cuaresma: el conocimiento de nosotros mismos.

Bueno, ustedes dirán que ahora ¿qué voy a decir con respecto a la penitencia? ¿cuál es el valor de la penitencia? Muchísimo. Planteemoslo en términos escandalosos. Quiero que sepan que, de acuerdo con estudios teológicos serios, ese ser, esa criatura humana que tratará de dominar a todos los pueblos y que se llama el Anticristo, va a ser un gran penitente, ¿sabían eso? Es decir que la penitencia está relacionada con el poder.

Ya les comenté en otra ocasión que había leído un libro de un señor Robert Greene que se llama «Las 48 leyes del poder» y que es una recopilación de todas las estrategias, muchas de ellas francamente tramposas y asquerosas. Todas las estrategias que se han utilizado en el mundo para lograr poder, poder económico, poder político, poder, poder, ¿cómo lograr poder? Y una de las virtudes que dice Robert Greene es que el que quiera verdaderamente alcanzar poder, tiene que tener completamente a raya, tiene que tener bajo gran dominio sus tendencias, sus instintos, sus placeres, sus gustos. Efectivamente, una persona que sea víctima de un vicio, es una persona manejable. Y eso lo sabemos muy bien, por ejemplo, por los drogadictos, que son casos tan visibles. Un drogadicto es la persona más manejable del mundo, como la historia de la zanahoria y el caballo. A dónde va la zanahoria, va el caballo. Es fácil manipular a un drogadicto, tan fácil como gobernar a un caballo con una zanahoria. Si tus apetitos te ganan, si tus apetitos te pueden, ahí hay una brecha peligrosa por donde puedes ser manipulado.

Y ¿qué es la penitencia? La penitencia es aquel ejercicio por el que aprendemos a ser dueños de nosotros de manera que no nos gobiernen nuestros apetitos, deleites o placeres, sino que gobiernen nuestros grandes propósitos, nuestra ruta. Para que nuestra ruta se haga una realidad, necesitamos dominarnos. Y esto lo sabe todo el que no se ha dominado. El que ha carecido de dominio, que creo que seamos casi todos, en mayor o menor grado, los que hemos carecido de dominio, sabemos que esto es así. Se puede perder muchísimo en muy poco tiempo. En una borrachera se puede perder un puesto. En un rato de pasión, se puede perder la paz para casi el resto de la vida. Es decir, el dominio de nuestras propias tendencias y placeres es indispensable si queremos crecer. Indispensable.

Los temperamentos que son demasiado blandos consigo mismos se parecen a la gelatina. Son agradables, tienen buen aroma, tienen delicioso sabor, pero jamás se hará nada alto con una gelatina. Todavía no conocemos torres de gelatina. No se pueden hacer. No se puede levantar la gelatina. La gelatina se aplasta. Y el que vive como la gelatina, el que es blando y dulce consigo mismo, como la gelatina, se aplasta como la gelatina. Para levantar una torre, ¿qué necesitamos? Necesitamos un poco de dureza. Y San Pablo habla de esa dureza, dice: -Yo también hago penitencia. Y da esta descripción: -Yo ejerzo el pugilato y doy golpes, pero no al vacío, sino que someto mi cuerpo, dice San Pablo. Con lo cual está indicando que se necesita un poco de dureza. ¿Cuánta dureza? Dependerá de cada temperamento, del estado de vida, de la salud, incluso, como le dijo Dios a Santa Catalina de Siena. Pero, que se necesita dureza, se necesita dureza. Y todo el que quiera educarse en algo necesita un poco de dureza, es decir, necesita aprender a decirse -no. ¿Por qué hemos dejado buenos proyectos que teníamos en la vida? Cuánta gente se ha propuesto: -Tengo que aprender inglés. Tengo que aprender a tocar guitarra. Tengo que aprender a bailar. Tengo que aprender a.

Pero todo aprendizaje requiere constancia. Toda constancia requiere sobreponerse cuando no se me dé la gana, porque a uno no todas las veces se le da la gana. Usted hoy quiere aprender inglés y hoy se le da la gana, pero dentro de dos semanas ya no se le da la gana. Pero si usted va a suspender cada vez que se le dé la gana, nunca aprenderá inglés. De manera que se necesita un poco de dureza. Y ese es el ejercicio de la penitencia. Es un ejercicio de dureza desde las cosas más sencillas como es el alimento o como es el sueño, hasta cosas mucho más consecuentes, como por ejemplo aprender a disimular los pecados de otras personas. Hay gente que no puede ver un defecto de alguien sin salir a contárselo a otra persona. Finalmente, pues terminan diciéndole al portero del edificio si porque no hubo nadie más. Todos los teléfonos de las amigas estaban ocupados, entonces se baja donde el portero y le cuenta: -Mire, figúrese que encontré que fulano estaba haciendo tal cosa. -Eh, Sí, sumercé. Claro.

Esa es una intemperancia. Claro, Es muy fácil ver cuando una persona no se domina en asuntos de licor o en asuntos de sexo, o en asuntos de cigarrillo o de droga. Pero nadie piense que esos son los únicos vicios. La pereza es una intemperancia. La inconstancia es una manera de ser intemperante. La búsqueda de la comodidad a todo trance, esa también es una intemperancia. Y también hay intemperancia en los sentidos o en el uso de la palabra, como la que ya dijimos de la gente que no puede guardar un secreto, no puede. El libro, tal vez el de los Proverbios, se burla y dice, es que parece que si guardo un secreto, parece que se va a explotar. Es que ¿a quién le dijo? ¿a quién le dijo? Esto sucede a todos. Debo aclarar. Sucede a hombres y mujeres. Ustedes pensaban que hablaba solo de las mujeres. No señor. Esto sucede a todos, hombres y mujeres.

Bueno, así conocemos, mis queridos hermanos y hermanas, porque ahora todo el mundo habla así, en masculino y en femenino: -Los invitamos a una reunión de superioras y superiores. Después me imagino que será superior y superiora, superiorito y superior.

Bueno, hermanas y hermanos, les invito a que vivamos las virtudes de la Cuaresma. Son virtudes que van a cambiar nuestra vida, pero son virtudes que harán de nosotros verdaderos líderes. Un líder verdadero no es un ostentoso. El líder que es ostentoso es el hazmerreír. No hay nada más deprimente que entrar a una de esas empresas donde el jefe cree que es el último genio y se pasea como un pavo real. Y cada vez que cierra la puerta, la gente se ríe y se burla de él. Y dicen: -Sí, sí, sí. Buenas. ¿Cómo le va doctor? Por favor. Siga, siga, siga. Ya se fue.

Ser ostentoso, mis queridos amigos, es doble pecado. En primer lugar, porque supone vanidad y en segundo lugar, porque invita a los otros a pecar. El ostentoso no solo peca él, sino que invita a los otros a que pequen burlándose de él. Encontrar a una persona que se cree gran cosa es pecado. Eso obliga a que la gente murmure. Es lo mismo que si una persona va vestida impúdicamente, no solo está pecando ella, sino que está invitando al pecado. Entonces, cuando entra uno de esos pavos reales, no solo está pecando él, sino que está invitando a pecar a toda la empresa: -Ay se cree la gran cosa. Ya pasó, ahí pasó, ahí pasó. Ya, ya entró. Ya, ya entró. Ya, ya se fue.

En cambio, qué hermoso es el liderazgo de un humilde, esa persona que es sencilla, esa persona que se hace valer porque realmente tiene las ideas, porque realmente sabe el rumbo, porque realmente conoce el cuento. Qué lindo estar en una empresa, por ejemplo, donde hay una persona que está al frente y tiene esas cualidades. Eso sí es bonito. Una persona que vale, una persona que se siente, que lleva el timón y lo lleva bien y sabe por dónde lo lleva y se le ve que no está ni mendigando aplausos ni buscando plata. Está queriendo hacer las cosas bien. Qué alegría tener un líder de esos. Y lo mismo podemos decir del conocimiento de nosotros mismos. Y lo mismo podemos decir de esa virtud de la penitencia. Estas tres virtudes de la Cuaresma son maravillosas para cambiar nuestra vida y son maravillosas para crear verdaderos líderes. Porque si de algo necesita el mundo de hoy es: verdaderos líderes.

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