Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Cuaresma es el tiempo del ejercicio para el espíritu.

Homilía kmce004a, predicada en 20010228, con 26 min. y 28 seg.

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Transcripción:

Podemos decir, hermanos míos, que las lecturas de este día nos presentan algo así como el panorama de la Cuaresma. Es como cuando uno va a visitar una región, y desde una montaña o desde un mirador se asoma y contempla esa región, ese campo, ese valle o ese desierto a donde se dirige. El miércoles de ceniza es como ese montículo, como ese mirador. Y desde aquí podemos contemplar el camino de la Cuaresma. Los grandes temas de la Cuaresma están en las lecturas de hoy. Yo, pidiendo el auxilio del Espíritu Santo, quiero entresacar estas ideas principales para que nosotros vayamos preparados al combate espiritual. Porque eso fue lo que dijo, eso fue lo que pedimos en la oración del comienzo. Allí le rogábamos a Dios que nos diera espíritu de conversión para ayudarnos al combate cristiano contra las fuerzas del mal.

La Cuaresma es ese tiempo en el que tomamos conciencia de que la vida es combate. Y en vez de declararnos vencidos, en vez de creernos vencedores, que son las dos grandes ilusiones de la vida espiritual, entramos en el combate. Por eso, en efecto, lo primero que hay que hacer es dejar las ilusiones y las desilusiones son, creerse uno ya vencido o creer uno que ya ha vencido. Tú no eres ni un vencido ni un vencedor. Por el momento, y mientras estemos en esta tierra, estamos en combate. Eres militante. Así se llama ciertamente a la Iglesia mientras se encuentra en esta tierra. Es la Iglesia militante. Hablamos también de la Iglesia que está en la purificación. La Iglesia que purga esas culpas a través del dolor de amor en el purgatorio. Y hablamos también de la Iglesia triunfante, aquella que ha alcanzado ya la meta que ha llegado al puerto. Nosotros somos la iglesia militante y el tiempo de Cuaresma es tiempo para tomar conciencia de que esa es nuestra situación. No somos vencidos, no somos unos vencidos. Hemos recibido muchas heridas, nos han tomado por descuido, hemos descuidado nuestros entrenamientos también nosotros, y por eso llevamos cicatrices. Llevamos también tal vez heridas abiertas, pero no somos vencidos. Mientras te quede en la vida tiempo suficiente para tomar una sola decisión, todavía no eres un vencido. Porque la última decisión de tu vida puede ser decirle sí a Jesucristo. De manera que no importa cuántas cosas hayan sucedido en tu existencia mientras todavía tengas tiempo. El tiempo es el primero de los regalos que Dios concede a los seres que vivimos en esta tierra. Mientras todavía tengas tiempo, eres iglesia militante y todavía no estás vencido. Todavía puedes decirle al Señor: quiero ser tuyo.

Como humildemente oraba un muchacho cargado de problemas, de pecados, de resentimientos, en un grupo de oración se puso de pie para sorpresa de los que estábamos ahí y con una humildad ejemplar le decía a Dios: yo no puedo decir que te quiero, pero sí puedo decir, tengo que decir que yo quiero quererte. Quisiera quererte, quiero amarte con todas las fuerzas de mi alma. No te amo así, pero quisiera amarte así. Ese muchacho había tomado conciencia de que no era un vencido porque todavía podía tomar esa decisión. Mientras haya un palpitar en tu corazón, mientras las manecillas del reloj se muevan, para ti, no eres un vencido, ni debes llamar vencido a nadie, por más que parezca que ha perdido la razón, por más que parezca enemigo de Cristo y de la Iglesia. No llamemos vencido a nadie.

Pero evitemos la otra ilusión, tampoco somos vencedores. San Pablo nos advierte en la carta a los Romanos: El que esté en pie, tenga cuidado, no vaya a caer. No somos todavía vencedores. No debemos declararnos vencedores. La primera carta de Juan, en efecto, nos dice en algún sitio: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. Y mientras el pecado conserve algún poder en nosotros, quiere decir que no nos podemos declarar vencedores. Además, solo Dios sabe lo que puede salir de una pequeña obra o de un pequeño pecado. Así como con pequeñas obras puede embellecerse el alma y enamorarse de Dios, así también, con pequeños pero repetidos pecados, también puede agrietarse la fe, y en el momento decisivo, un zarpazo de Satanás puede derrumbar el edificio. Por eso, mientras haya pecado, así parezca leve en nuestras vidas, no nos declaremos vencedores, porque eso sería presunción. Eso sería bajar la guardia. Eso sería soberbia. Y esta es la antesala del peor de los desastres. No somos ni vencidos ni vencedores. Somos combatientes y por eso necesitamos tomar las armas del Espíritu. ¿Cuándo? Siempre.

Pero la Iglesia, para reciclar nuestras fuerzas para reentrenar a su gente, tiene este tiempo de Cuaresma. Ayer, un jefe de seguridad, en otro tiempo militar en servicio, hoy es jefe de una compañía de seguridad, nos hablaba en el convento sobre cómo se trabaja la seguridad en lugares de alto riesgo. Y decía él: nuestros empleados que tienen que velar por la vida, por la integridad física y por la integridad de los bienes de nuestros clientes. Nuestros empleados no son entrenados de una vez para siempre. Nosotros les damos un entrenamiento inicial, pero cada seis meses nos los llevamos a no sé qué lugar a un cuartel que tienen no sé dónde. Y allá es otra vez trote y otra vez a punto. Disparo, otra vez polígono. Otra vez suba y persiga. O yo no sé cómo se entrenará a uno de esos vigilantes que tienen que cuidar gente con bastante dinero para pagar esos servicios. El hecho es que estos vigilantes no son entrenados de una vez para siempre. Hay que volverlos otra vez. Una vez más. Venga usted para su cuartel. Suspenda sus actividades. No piense que está muy bien. -No, yo no necesito eso. -Demuéstrelo. Demuéstrelo. Vamos de nuevo al cuartel. Vamos de nuevo. A ver. Apunte. Dispare. Ha bajado. Ha bajado. Usted estaba mejor. Entrene de nuevo. Si eso se hace para las cosas de esta tierra, eso también lo necesita la Iglesia.

Y la iglesia tiene ese entrenamiento que dura cuarenta días, porque también Jesucristo entró a ese gimnasio maravilloso del desierto y allí se ejercitó en la oración, en el ayuno y en la lucha contra el demonio. Nosotros entramos al gimnasio. Este es el gimnasio del Espíritu que se llama el desierto, que se llama la Cuaresma. Una vez al año entramos al gimnasio y ahí nos probamos a ver cómo anda la causa. A ver, auméntele un poco el ritmo a la oración. -No, no soporto. -Quiere decir que usted está demasiado fuera de forma, hermano. Usted tiene que recuperar, tiene que recuperar su ritmo. A ver, al ritmo, al ritmo, hasta que se recupere el estado que usted tenía en otro momento.

Esa es la Cuaresma. Es el tiempo del ejercicio para el espíritu. Es el tiempo para recobrar lo que tal vez hemos perdido. Es el tiempo para concientizarse de una cantidad de cosas que tal vez no habíamos querido ver, porque a uno le pasa el tiempo y uno cree que está muy bien y nos puede suceder lo de aquellos vigilantes cuando no van a esos reentrenamientos, un día se les entra el ladrón y el ladrón corre más rápido que los tres vigilantes y se cargó con todo. Y entonces, hermanito, a pagar del propio bolsillo, porque esa es la legislación que hay al respecto. Usted estaba fuera de forma. Usted había perdido su estado físico y estaba fuera de forma. Este es el tiempo entonces, para dedicarnos a ese entrenamiento. Cuando uno entra a un gimnasio, yo no he entrado, cuando uno entra a un gimnasio, hay distintas máquinas. Parecen máquinas de tortura. Unas máquinas, por ejemplo, son para bajar la barriga y otras máquinas son para subir la cola. Otras máquinas son para fortalecer los brazos, otras para las piernas. Así sucesivamente. Hay distintos lugares de acuerdo con las necesidades de las personas.

Así también, la Cuaresma tiene como distintos ejercicios. Los ejercicios de la Cuaresma aparecieron en el Evangelio de hoy. El primer ejercicio se llama la limosna, la generosidad, la misericordia, dar de nosotros mismos. Bien sabemos que el mensaje de la Biblia se resume en amor. Amor a Dios, amor al prójimo. Por lo tanto, el primer test que hay que hacer es ¿cómo vamos de amor? Eso es lo primero que hay que hacer. Esto es como un médico que va a ponerte en un plan de entrenamiento y entonces dice: A ver cómo estamos de triglicéridos, cómo estamos de colesterol del malo. Y así sucesivamente. Aquí también lo primero que hay que medir es el amor. ¿Cómo estamos de amor? ¿Cómo anda tu generosidad? Ando mal, estoy como mal, estoy colgado. Bueno, entonces hay que ejercitarse en eso. Ejercitarse. Esa es la palabra limosna. Pero recuerde que la limosna no es dar de lo que sobra. La limosna es sacar propiamente de lo nuestro. ¿Qué de lo tuyo? No solo cosas. Qué de tu tiempo, de tus conocimientos, de tu sabiduría, de tu alegría, de tu familia y también de tus cosas. ¿Qué de eso está saliendo de ti para darlo a otros? Entre al entrenamiento: uno, dos, uno, dos. Hasta que aprenda a que sí puede dar. Sí podía, ¿no? Bueno, ya mejoró por ese lado. Ese es el ejercicio de la limosna. El ejercicio de dar, no es el ejercicio de negociar. Recuerde que nosotros siempre insistimos en la diferencia entre negociar y dar. Negociar es cuando yo presupongo que voy a tener una retribución, por ejemplo, entre la familia. Se supone que, si yo quiero a mi hijo, mi hijo me quiere a mí. Si yo quiero a mi esposa, mi esposa me quiere a mí. Si yo quiero a mi mamá, mi mamá me mima, mi mamá me ama y ahí queda todo en familia. Esto es distinto. Es el ejercicio de dar, dar al desconocido, dar al enemigo, dar sobre todo al que no puede darme. Ese es el ejercicio. Y en ese ejercicio podemos entrar todos. Todos. La chequera tal vez la maneja papá, pero tu tiempo, querido muchacho, lo manejas tú. Tu tiempo es solo para ti mismo. Sí, yo vivo para mí, no pienso sino en mí. Estás muy mal. Tu cuerpo es hermoso, pero tu alma repugna. Tienes que entrar en gimnasio. A ver: uno, dos. uno, dos. Hasta que aprendas a dar. No puede pasar esta Cuaresma sin que tú des, aprendas a dar. Ese es el taller número uno de la Cuaresma.

El taller número dos, es cuando Cristo dice: cuando recéis. Es el taller de la oración. Evidentemente, nuestra relación con Dios está regida sobre todo por la oración. Nos hacemos muchos propósitos de oración. Quisiéramos orar mucho más, pero también somos muy descuidados. Necesitamos mejorar en nuestro taller de oración. Vamos a ponernos en la tarea de la oración. Vamos a orar. No es decir que vamos, sino vamos a orar y entramos en oración. Mejoramos nuestra oración, nos hacemos más conscientes de las palabras. Cristo nos da una pista: no estés mirando las opiniones de las personas. Mira adentro de ti. Entra en ti. Busca a Dios profundamente dentro de ti, es decir, que tu alma sea sincera. Desnuda tu alma ante Dios. Dile: este soy. Esta es mi realidad. Esto es lo que yo de veras soy. No soy más que esto. Tampoco soy menos que esto. Busca la verdad en esa voz de tu conciencia y desde esa verdad, utiliza cada palabra con su peso específico para que verdaderamente haya oración en ti. Ese es el segundo ejercicio.

Vamos a orar. ¿Qué oraciones son especialmente útiles en este tiempo? Nos va a ayudar como cosa nueva, además de la Santa Misa, además de la oración personal, nos van a ayudar dos cosas: una lectura más seguida de la Sagrada Escritura y una práctica muy saludable de la Iglesia que se llama el Viacrucis, el camino de la Cruz. Vamos a tomar como propósito rezar el Viacrucis. Vamos sobre todo los viernes. Pero si en otros días también está bien, vamos a tomar esos viernes y a unirnos, aunque sea de una manera breve, no es una oración muy larga, ciertamente, ahí nos vamos encontrando con Cristo, con su dolor, con su pasión y leer. Leer la Palabra de Dios, ¿qué conviene leer? leer sobre todo los Evangelios, como siempre y especialmente la parte que corresponde a la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. En general, las lecturas que aparecen para estos días en la Misa son bellísimas. Son dardos incendiados de amor que van directo al pecho. Esas lecturas más meditadas, más leídas, más apropiadas, le van a dar mayor sinceridad y mayor profundidad a tu oración para que recupere el ritmo, porque seguramente estás bajo en oración.

La tercera práctica, el tercer ejercicio, es el ayuno. Es necesario hacer ayuno de alimentos y es necesario hacer ayuno de cosas que nos gustan y es necesario hacer ayuno de malas costumbres. Son tres ayunos distintos, pero los tres se necesitan. Hay que hacer ayuno de alimentos. De acuerdo con la salud que cada uno tenga, de acuerdo con su estado de vida, de acuerdo con sus obligaciones. Necesitamos hacer ayuno. ¿Por qué es necesario meternos con los alimentos? ¿Por qué tiene que haber algún ayuno de alimentos? Por una razón muy sencilla, porque nuestras fuerzas, nuestro vigor, proviene básicamente de los alimentos. Por esa razón. Y eso no lo reemplaza nada. Mis fuerzas no vienen ni de la televisión que de pronto me guste mucho, ni del cine que de pronto me encante, ni del cigarrillo que me está envenenando. Mis fuerzas vienen del alimento y es parte de la espiritualidad del ayuno, que yo toque lo que tiene que ver con mis alimentos y que yo sienta, que yo experimente en mi propia carne, eso solo se da con ayuno de alimentos, que yo experimente en mi propia carne, lo que significa una fuerza disminuida. Esa disciplina del ayuno tiene un fruto maravilloso, como lo dicen varias oraciones de la Iglesia. Por ejemplo, la oración que vamos a decir hoy antes de la consagración, mire lo que dice: con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones.

Después del ejercicio del ayuno, aprendemos a apreciar más todo lo que Dios ha hecho por nuestra salud y por nuestra comida. Sigo diciendo con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a dominar nuestro afán de suficiencia. Cuando uno experimenta el ayuno, aunque sea en grado menor, porque no puede hacerlo de otra manera, se le va quitando un poquito la suficiencia, precisamente el sentirnos disminuidos. Es, más o menos, el mismo efecto que trae la enfermedad. Una persona que nunca se ha enfermado y que nunca ha ayunado, tiene una cierta suficiencia. Por razones obvias, siempre se siente fuerte. Hay que sentir el impacto de la enfermedad, hay que sentir el impacto del ayuno para sentir también que se le acaban a uno las fuerzas. Esa sabiduría que da el ayuno de alimentos no la da otra cosa. Por eso, aunque yo sé que, en muchas iglesias, en muchos lugares, se dice que eso ya pasó de moda, eso no ha pasado de moda. Hay que hacer ayuno de alimentos y el que pueda en buena salud hacer un ayuno relativamente riguroso, es decir, sin úlcera, sin que se le dañe la digestión, sin que dure una semana en urgencias, hágalo. El que pueda hacer un buen ayuno, hágalo, que esa es una gracia. Así como existe la gracia de la obediencia, la gracia de la castidad, existe la gracia del ayuno. Y esa gracia no la tiene todo el mundo. Si usted puede ayunar sin enfermarse y sin salir a darse de trompadas con todo el mundo, porque hay gente que ayuna, pero se le daña el genio, eso tampoco sirve. Y hay otros que ayunan, pero ayunan con el proyecto panzada, es decir, terminado el ayuno propuesto, entonces, ahora sí, recuperemos. Ese ayuno tampoco es. Esa persona que ayuna sin panzada posterior, la persona que ayuna sin mal genio, la persona que ayuna con alegría, la persona que ayuna, como dice Cristo, como perfumando su rostro y su cabeza. La persona que puede ayunar así estrictamente, hágalo y ofrezca su ayuno por el perdón de sus pecados, por la conversión de la Iglesia y por las almas del purgatorio.

Por eso hay que hacer ayuno de alimentos. Todos tenemos que hacerlo, así sea la cosa más pequeña, pero hay que hacerlo y funciona. Hay que hacer ayuno de alimentos, así sea pequeñito, hay que hacerlo. Y muchas personas tienen testimonios bellísimos de lo que se logra con el ayuno. Por algo Cristo mencionó en algún caso de un exorcismo que se necesitaba ayuno para ese caso. De manera que, ayuno de alimentos hay que hacerlo. ¿Cuándo se hace ese ayuno? La Iglesia nos pide: hoy precisamente miércoles de ceniza, los viernes de Cuaresma y particularmente, especialísimamente, el Viernes Santo.

Hay que hacer ese ayuno. También existe el ayuno de cosas que nos gustan, ya no solo ayuno de alimentos, sino de cosas que nos gustan. Esto también nos ayuda, ¿a qué? A disciplinarnos, a ponernos ciertos límites. Es que si uno no ha hecho más en la vida que tenderse como una marrana delante de un televisor a decirle al televisor: evangelíceme. Dígame ¿cómo es que tengo que ser? Si uno no ha hecho más en la vida que oír música, pasar lo bueno y disfrutar con los amigos y ver televisión, pues es una persona de generosidad cero, es una persona de solidaridad cero, es una persona inútil para la sociedad y doblemente inútil para el Evangelio de Cristo. Uno necesita ponerse cierta disciplina. Uno empieza a ser adulto no cuando grita más fuerte, sino cuando empieza a decirse no. La característica de un niño es que al niño todos los no, todos los noes se los tienen que decir los papás o los profesores o los policías. Alguien afuera, a un niño, el no siempre se lo tiene que decir otra persona. El adulto, en cambio, es el que es dueño de sí mismo y aprende a decirse no y no espera ni necesita que se lo diga otra persona.

De manera que la Cuaresma es profundamente formativa en ese sentido. Corregir costumbres, moderar nuestros gustos, la manera cómo gastamos el dinero, como gastamos el tiempo, como nos distraemos, realmente es muchísimo lo que se puede hacer a través de ese ayuno de cosas. Pero el ayuno más importante, que fue lo que nos habló la primera lectura del profeta Joel, el ayuno más importante es la resolución de evitar el pecado La verdadera resolución, la sincera resolución de evitar el pecado. Ese es el ayuno, sobre todo ese, es el que quiere Dios.

Bueno, mis amigos, esta es como una introducción a la Cuaresma. San Pablo nos dijo una palabra que es muy elocuente y yo quiero terminar con esa palabra. San Pablo nos dijo en su lectura, en su texto a los Corintios: Somos embajadores de Cristo. Dios es el que por medio de nosotros os exhorta. Os pedimos por Cristo, dejaos reconciliar con Dios. Esta es la oferta de la Cuaresma. Te lo pido por Cristo. Déjate reconciliar con Dios. Empieza a vivir una existencia reconciliada con Dios, enamorada de Dios, trenzada en Dios. Para eso fuiste creado, para eso vas a vivir con mucho provecho esta Cuaresma. Al final ya nos está saludando, ya desde este día nos está saludando la cruz gloriosa de Cristo. Ya desde este día ya se puede ver hacia dónde vamos. Y en esa cruz de nuestro Señor encontramos la manifestación máxima de amor, la posibilidad del perdón total y el comienzo de ese gozo que solo Dios puede conceder.

Sigamos, pues, nuestra celebración. Vamos a bendecir la ceniza en este momento y vamos a pedirle a Dios que desde el principio nos oriente hacia la generosidad de Jesucristo y hacia esa gloria de resurrección. No somos cristianos de Viernes Santo, como se decía, somos cristianos de domingo de Pascua. Queremos llegar hasta esa alegría, sabemos que el camino se llama conversión.

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