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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Solo con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo podemos vencer la concupiscencia y al demonio, pues las fuerzas humanas no bastan para alcanzar la verdadera libertad.
Homilía k053020a, predicada en 20250409, con 7 min. y 5 seg. 
Transcripción:
En el Evangelio de hoy hay una frase que es tan sencilla en su enunciado como profunda en su contenido. Dice Cristo: «Si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres». Esta frase de nuestro Señor va precedida por otra en la que Él enseña a sus adversarios, porque de hecho está rodeado de gente hostil, en la que Él enseña que el que comete pecado es esclavo del pecado. O sea que la libertad de la que está hablando Cristo en la frase que nos interesa es la libertad con respecto al pecado, es la libertad que experimentamos cuando se rompen las cadenas del pecado.
Así que volvamos a la frase: «Si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres». El adverbio que él utiliza verdaderamente libres, pues nos está indicando que hay libertades que son falsas, que son aparentes. Y yo creo que hay que empezar a explicar esa frase precisamente aclarando el tema de las falsas formas de libertad. Por ejemplo, uno puede creer que es libre porque hace lo que se le da la gana, es uno de los grandes malentendidos en nuestra época. Yo soy libre porque yo hago lo que yo quiero.
Como ya lo hemos explicado muchas veces, esta es una trampa, porque el que dice yo hago lo que se me da la gana, seguramente no se da cuenta de quién o quiénes le manejan las ganas. Y hoy hay toda una ciencia para manejar las ganas, corresponde más o menos a lo que llamamos marketing. El marketing es el manejo científico de las ganas y tú juras que eres libre, pero te están moviendo como un títere, te están moviendo los hilos, te están moviendo las ganas, eso no es verdadera libertad. Otra persona puede creer que es libre porque deja un camino, deja un extremo y se va al otro extremo.
Así, por ejemplo, uno conoce personas que, en términos de política, pasan de la extrema izquierda a la extrema derecha, de un totalitarismo pasan a otro. O en la Iglesia también pasa, gente que llevaba una vida muy superficial, muy alejada de toda práctica religiosa y después tienen una conversión y eso está muy bien que tengan una conversión, pero entonces se van a un extremo de rigorismo y de condenar todo lo que no sea la forma de religiosidad que ahora les convence. Y ese juego de los extremos no es libertad.
Así que es clave el adverbio que utiliza Cristo: «Si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres». Sobre todo, porque ese verdaderamente también se puede interpretar, y creo que es la mejor interpretación, se puede interpretar como ser libres en la verdad. Precisamente, la libertad que trae Cristo en nuestra vida es la libertad en la verdad. En una frase muy famosa del Concilio Vaticano II, una frase que le fascinaba a San Juan Pablo II, Cristo, dice El Concilio, revela el hombre al hombre.
La verdad de lo humano aparece en Cristo y, por consiguiente, esa verdad de lo humano, esa verdad de lo que somos los seres humanos, es el espacio donde podemos empezar a descubrir nuestra auténtica libertad. Por ejemplo, descubrir la verdad de lo humano es descubrir cuál es nuestro auténtico bien, cuál es nuestro auténtico peligro, cuál es nuestro verdadero destino, en dónde está nuestra genuina felicidad. Esas son las verdades que Cristo ha venido a traernos, y por eso solamente Él, llevándonos al terreno de la verdad, nos lleva también al terreno de la auténtica libertad.
Otra manera de ver esta frase, y es la última aproximación que quiero ofrecerles, es por el hecho de que no puede haber una auténtica libertad si no se eliminan las causas más profundas de la esclavitud. Y esas causas más profundas de la esclavitud que ya vimos que es la esclavitud del pecado, esas causas son las que tienen que ver con la fascinación del pecado en nosotros. Pues para vencer ese pecado, para vencer esa fascinación del pecado, necesitamos ser profundamente sanados de los daños que nos dejó el pecado original.
Esa tristísima inclinación hacia el mal que tenemos y que se llama concupiscencia y se llama también el atractivo del pecado, el fomes peccati se dice en latín. Necesitamos que esa raíz podrida que tenemos ahí, esa especie de fascinación, esa especie de cosquilla que nos lleva con atractivo hacia lo que es malo, hacia lo que es rebelde, hacia lo que es perverso, pero que, sin embargo, parece tan placentero. Eso tiene que ser vencido. Y las fuerzas humanas, enseña la teología, no dan para esa victoria.
Por eso necesitamos que un victorioso general como es Cristo, y así aparece en el Apocalipsis, necesitamos que un rey, un auténtico rey de reyes venza sobre esas raíces y venza sobre el demonio. Y entonces, solamente entonces, seremos verdaderamente libres. Pues que esta sea la Cuaresma en la que se completa esa obra de libertad en nosotros. Amén.

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