Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Frente a las armas de la idolatría,una fe en su pureza, que nos permite en la prueba emerger liberados de nuestras ataduras.

Homilía k053005a, predicada en 20100324, con 11 min. y 3 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, meditemos juntos unos minutos en la primera lectura de hoy que tiene tanto para enseñarnos. Esa primera lectura tomada del libro de Daniel, nos presenta lo que podemos llamar la esencia de la idolatría, la esencia de la fe y la esencia de la salvación. Es un relato impresionante que tiene crueldad y que tiene victoria, y en ese relato hay todas estas enseñanzas y seguramente muchas más.

Interesante lo que sucedía. Un rey caldeo llamado Nabucodonosor vive en una tierra pagana, pertenece en una cultura con muchos dioses, y él quiere agregar su propio ser, su propio cuerpo, su propia vida, al número de los dioses. En medio de su locura o de sus pretensiones, se le ha ocurrido hacer una estatua de oro. Y ahora quiere convencer a todos que tienen que adorar esa estatua, de modo que se declara a sí mismo un dios, un dios más en el número, ya bastante grande, de dioses que tenían los caldeos.

Pero resulta que hay tres israelitas con el nombre de Sidrac, uno, Misac, otro, y Abdénago, otro. Y estos israelitas no obedecen la orden del rey. El rey claramente quiere llevarlos a la idolatría, y ellos se mantienen firmes en la fe. Es entonces una contienda, lo que vamos a ver, o lo que hemos visto en esa lectura es una contienda. ¿Cuáles son las armas de cada contendor? Las armas del promotor de la idolatría son las siguientes. La estatua es impresionante porque está forrada en oro. La algarabía que se hace es impresionante, atontadora. Todos esos instrumentos, címbalos, tubas, trompetas, laúdes tenían que hacer un escándalo mayúsculo.

Y eso se supone que tenía que recordar a la gente que hay que adorar la estatua, pero también era una manera de causar un impacto. Es algo grandioso lo que es el oro con su resplandor para los ojos, eso es este escándalo espantoso para los oídos. En ambos casos, se trata de crear temor, pero se trata de un temor completamente artificial, el temor fabricado por manos humanas. En tercer lugar, la tercera herramienta de la idolatría es la orden del rey: El que no adore la estatua será arrojado a un horno encendido.

Esas son las armas de la idolatría. Causar en nosotros un gran impacto, deslumbrarnos, atontarnos y asustarnos. Las dos armas de la idolatría son fundamentalmente seducirnos y asustarnos, la seducción y el miedo. Escritores muy elocuentes de nuestra Iglesia Católica, como San Juan de la Cruz, han hablado de esta doble estrategia de la idolatría y de todo aquello que quiere competir con Dios. Resulta que la seducción la compara San Juan de la Cruz con las flores que se encuentran en el camino y que le hacen a uno olvidar que uno es un caminante y que hay que seguir hasta la meta, que es Dios.

Y el miedo, lo representa San Juan de la Cruz con la imagen de las fieras, los animales que amenazan en cualquier recodo del camino y que hacen que uno diga mejor me devuelvo, mejor retrocedo. Entonces, San Juan de la Cruz viene a darnos la misma enseñanza que aparece en este texto con otras palabras, las seducciones y el terror, otros llaman a eso garrote y zanahoria, otros llaman a eso las flores y las fieras. Y con esas estrategias, con las seducciones que nos atontan y adormecen y con el miedo que nos paraliza y nos invita a retroceder, la idolatría pretende frenar nuestro camino hacia Dios. Esas son las armas de la idolatría.

Miremos ahora cómo se defienden estos tres muchachos, porque eran unos muchachos, eran muy jóvenes. Sidrac, Misac y Abdénago se defienden con su fe y su defensa consiste en dos cosas muy sencillas. La primera, la frase: Dios puede librarnos, es una confesión de la grandeza de Dios, una confesión de su poder incalculable. La grandeza de la fe está en la grandeza de la confianza.

Por eso, dijo el Señor Jesucristo a Santa María Margarita Alacoque, la religiosa que tuvo las apariciones que llamamos del Sagrado Corazón. Le decía a Jesús a esta religiosa: Si tú quieres agradarme, confía en mí. Si tú quieres agradarme más, confía más y si tú quieres agradarme infinitamente, confía infinitamente.

La primera fuerza de la fe está en que uno no se limita a los propios recursos, sino que uno pone su esperanza en el Dios que se ha mostrado a favor nuestro. Pero la segunda parte de la fe de ellos es la más interesante. Permítanme que escuchemos de nuevo la frase que dicen. Ellos dicen lo siguiente: «El Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido». Esa es la primera parte, pero sigue: «Y aunque no lo haga, conste, Majestad, que no veneramos a tus dioses». De nuevo, aquí nos sirve la enseñanza de ese gran doctor de la Iglesia, San Juan de la Cruz.

La primera parte es lo que San Juan de la Cruz llama la purificación de los sentidos, es decir, el pasar por el horno, pasar por la prueba, pero salir de esa prueba, ser liberado de esa prueba. Lo segundo es, aunque todo fracasara, aunque yo no viera el brote de una sola semilla, mi esperanza sigue puesta en Dios, porque Él es mi Señor, pase lo que pase. Esto es lo que se llama la fe en su pureza, esta es la fe que ha llegado a ser como diamante. Esta es la fe que ha pasado por lo que San Juan de la Cruz llama la noche oscura del alma.

La primera es noche de los sentidos, la segunda es la noche oscura del alma. Esa noche oscura es como un trayecto en la vida en el cual la persona siente que no está logrando nada y que, al contrario, está perdiendo terreno. Pero, sin embargo, se mantiene unido a Dios, no porque logre algo de Dios, sino porque su esperanza y su amor están demasiado firmes en él. Un testigo reciente de esta victoria en la noche oscura del alma, es esta gran mujer, la beata Teresa de Calcuta.

Descubrimientos recientes muestran que ella, en la parte final de su vida, pasó por una espantosa purificación. Una noche oscura en la cual su fe se volvió como diamante. Recibió ayuda de sacerdotes, muchos de ellos con gran instrucción y seguramente gran santidad. Tuvo que recibir oración fuerte de protección contra los ataques del demonio, fue sostenida por la oración de otras religiosas y sacerdotes y salió victoriosa. Entonces, ya vemos que la fe inicialmente es arrojarse en las manos del Dios en el que nos apoyamos y creemos.

Y luego, hacer esta consideración, aunque yo no viera nada, de todas maneras, sigo unido a Dios, sigo pegado a Él. Esa es la victoria de la noche oscura del alma en el lenguaje de San Juan de la Cruz. Y lo más hermoso es lo que sucede después, estos muchachos, como el rey se siente desautorizado, manda que los amarren. Esta era sobre todo una medida de precaución, porque al ser arrojados al horno, una persona, aunque tenga quemaduras gravísimas, podría intentar correr, salir por sus propios medios. Por eso los amarran, para que no puedan ni siquiera intentar correr, sino que sean asados vivos, los amarran.

Y lo más hermoso es que el fuego que tenía que destruirlos a ellos, destruye esas amarras y por eso ellos pueden caminar libremente. Y creo que esta es una gran noticia, a través de las pruebas, a través de las purificaciones, somos liberados de nuestras ataduras. Es decir, no solamente emergemos victoriosos, sino que emergemos mucho más libres. La persona que ha pasado por la prueba, la persona que ha superado la prueba, tiene una libertad muchísimo mayor, tiene un amor más intenso, tiene una alegría más firme. Por algo Jesucristo dice: «Yo les voy a dar una paz que nadie les podrá quitar». Es la paz de aquel que ha pasado por todo género de pruebas.

Mis hermanos, vamos llegando al final de este tiempo de Cuaresma, que estas enseñanzas sobre la fe, sobre la idolatría y sobre la victoria de Dios nos animen a terminar de la mejor manera la Cuaresma, a terminarla cargados de amor, cargados de confianza y dispuestos a decirle a Dios lo que decía una religiosa de clausura, amiga mía: Váyame bien o váyame mal, el Señor es mi Señor. Esa es la fe. Y cada uno puede hacer suya esa frase: Váyame bien o váyame mal, el Señor, y solamente Él, es mi Señor. Amén.

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