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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ser verdaderamente discípulo de Jesús es abrazar la Cruz.
Homilía k053001a, predicada en 19990324, con 8 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Ningún evangelista lleva tan adelante estas discusiones entre Jesús y sus contemporáneos, como lo hace San Juan. Todos nos dan testimonio de las controversias de Cristo con las autoridades de su tiempo, pero el género de diálogo es en San Juan más profundo, si lo queremos decir así, más teológico. Lo que a uno más le extraña de este pasaje que acabamos de escuchar es que la discusión que llega a volverse prácticamente grosera, violenta, la tiene Jesucristo con judíos.
Pero atención, ¿cuáles judíos? Dijo Jesús: A los judíos que habían creído en él. Esa es la parte más sorprendente de este texto, que esta discusión sobre la libertad, sobre la verdad y sobre el Padre, porque son los tres temas que se han tratado, la verdad, la libertad y el Padre, esa discusión que se vuelve, finalmente, un alegato espantoso, esa discusión la tiene Cristo con gente que había creído en él. Esas palabritas, esas anotaciones que trae el Evangelio, son las que uno no debe dejar perder, porque en ellas hay sugerencias que el Espíritu Santo hace, muchas veces para señalar cosas en nuestra propia vida.
Yo pienso que esta es la guerra verbal más fuerte de todos los evangelios, hasta llegar prácticamente al insulto, como hemos oído ahí. Muchos autores creen que cuando los judíos dijeron: No somos hijos de prostitutas, estaban implícitamente insultando incluso a nuestro Señor. Y esa discusión, la más violenta, la tiene Cristo con gente que había creído en él. Ahora, este pasaje, este pasaje, pues, es continuación de lo que veníamos leyendo en los días pasados de esta misma semana. Estamos en el capítulo octavo de San Juan.
Y en este capítulo octavo, lo último que decía Cristo en la lectura del día de ayer era: «Cuando levantéis al Hijo del Hombre, sabréis que yo soy. Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él», termina diciendo el versículo 30 de ese capítulo octavo. «Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos. Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». De manera que Jesús había dicho que tenía que ser levantado para manifestar la gloria del Padre, y en ese momento muchos creyeron en él.
Luego dice Cristo: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis de verdad discípulos míos», ya eso no les gustó. El disgusto de ellos empieza ahí: «Seréis de verdad, discípulos míos, si os mantenéis en mi Palabra». Probablemente ellos estaban esperando una especie de felicitación. Nosotros hemos creído en ti. Bien, muy bien eso. Pero Jesús no les dice muy bien eso, sino les dice en qué consiste ser discípulo de Él. Y entonces, a éstos que estaban empezando a creer, ya no les gustó que les hablara así.
Somos linaje de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie, ahí empieza la discusión, ¿cómo dices tú que vamos a ser libres? Entonces, les habla del pecado. Nuestro padre es Abraham. Si fuerais hijos de Abraham, les dice Cristo. Y ellos insisten: Tenemos un solo Padre, Dios. Qué aplicación digo que podemos encontrar para nosotros. El problema está en que nosotros queremos ser discípulos de Cristo a nuestra manera. Y Jesús dice: La manera de ser discípulos es permanecer en mis palabras, permanecer en la enseñanza de Él. Este verbo permanecer lo utiliza mucho y de manera casi exclusiva, San Juan.
Permanecer en la Palabra ¿qué es? Es creer hasta el fondo. «Si ustedes se mantienen en mi Palabra, serán de verdad discípulos míos». Es decir, ser discípulo mío es creer en mí hasta el fondo, hasta las últimas consecuencias. Ese género de deseo aparece ilustrado en la primera lectura cuando aquellos jóvenes le dicen al rey Nabucodonosor: Mire, aunque Dios no nos libre, no le vamos a hacer caso a usted, no vamos a idolatrar su estatua. Eso es ser discípulo, aunque Dios no me libre, aunque todo me fracase, aunque nada me funcione, seguiré siendo discípulo de Dios.
Eso es permanecer en la Palabra de Dios. El discípulo que solo quiere estar cuando llega el momento de la gloria o de la felicitación, ese discípulo no es verdadero discípulo. En el fondo, sigue siendo esclavo y no es libre. Jesús les había dicho: «Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy». Ellos, entendiendo ese levantar al Hijo del Hombre, quién sabe qué entendían, pero para ellos era como un momento glorioso. Cuando levantéis al Hijo del Hombre, en ese momento es que hay que creer hasta el fondo para ser libre.
La Palabra de Cristo hace que ellos descubran o, mejor dicho, la Palabra de Cristo quiere que ellos descubran que no creen hasta el fondo, que no han aceptado hasta el fondo el mensaje del Señor. En resumen, la enseñanza para nosotros es que ser discípulo de Cristo es creer con todas las consecuencias. Y la mejor ilustración para creer con todas las consecuencias nos la ha ofrecido la lectura de Daniel. Creer con todas las consecuencias es: Voy a creer, aunque todo me hable en contra. Qué frase tan impresionante la de estos muchachos.
Aunque Dios no me librará, no voy a ser idólatra, lo seguiré amando. Aunque Dios me entregara al oprobio, a la persecución, a la cruz, yo seguiré siendo discípulo y yo no voy a ser idólatra. Ser verdaderamente discípulo, entonces, es abrazar la cruz. Porque ¿qué es la cruz de Cristo? La cruz de Cristo es precisamente como el horno de fuego para estos muchachos. ¿Qué es lo que hace Cristo en la cruz? Aunque Dios no me librara, no lo libró de ese cáliz. Aunque Dios no me librara, sigo en su camino.
Nosotros, como discípulos del Señor, hemos de pedir eso, permanecer en su Palabra, creer hasta el fondo. De manera que, aunque todo hablara en contra, aunque nada nos apoyara, nosotros permaneciéramos en ese amor a Dios sobre todas las cosas.

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