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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús es el Hijo único de Dios, Él es nuestro Señor, esa es la grandeza de Cristo que venció a la muerte y que salió de la última de las prisiones a donde quisieron recluirlo, el sepulcro.
Homilía k052012a, predicada en 20180320, con 5 min. y 2 seg. 
Transcripción:
Sabemos bien, mis hermanos, que la Cuaresma mira hacia la Pascua y sabemos bien que el centro de la Pascua es el gran acontecimiento de la resurrección del Señor. Teniendo esto claro, conviene que nos deleitemos en la victoria de la resurrección, aunque no haya llegado todavía la Pascua. Así como los israelitas en el desierto ya saboreaban la leche y miel que un día tendrían que recibir en la tierra prometida, así también nosotros, ya en esperanza, como nos enseña San Pablo, debemos aprender durante la Cuaresma a asomarnos a la riqueza y a la belleza de la resurrección. Sobre todo, el aspecto de libertad interesa mucho, basándonos en las lecturas de hoy.
El Evangelio, por ejemplo, ha sido tomado del capítulo octavo de San Juan. Es un episodio más de las controversias que aparecen en esos capítulos de Juan como el número siete y el número ocho. Y lo que nos llama la atención de esa controversia es cómo los adversarios de Cristo tratan de limitarlo, tratan de definirlo, tratan de etiquetarlo, encasillarlo de alguna manera, utilizan toda clase de recursos, llegaron a decir en algún momento es un endemoniado. Otros decían, es un profeta, otros decían, es un impostor. Tratan de alguna manera de entenderlo y por eso también le preguntan ¿Tú quién eres? pero al preguntarle tú quién eres en realidad lo que le están preguntando es a ¿qué te pareces de lo que nosotros ya tenemos conocido?. A qué te pareces de lo que nosotros conocemos para que podamos relacionarte con lo que nosotros conocemos y que además controlamos.
Pero así como Cristo un día habría de salir del sepulcro, así también este Cristo se sale continuamente de muchas de nuestras clasificaciones a lo largo de los siglos. De muchas maneras, los enemigos de la fe han tratado de definir a Cristo. Podría decirse, meterlo dentro de un esquema, encuadrarlo y decir es simplemente un maestro espiritual más es el fundador de otra religión, es un revolucionario, un hombre preocupado por por la injusticia es otro preocupado por la injusticia. Lo mismo que Marx, lo mismo que Gandhi. Es un pensador, lo mismo que Confucio, lo mismo que Buda. Fíjate que todos esos que tratan de reducir a Cristo a cosas, a modos, a personas ya conocidas, están haciendo el mismo ejercicio que en su momento hicieron estos fariseos y estas autoridades judías ¿a qué te pareces de lo que nosotros ya conocemos?. Y así como quedaron finalmente desconcertados por la grandeza del ser de Cristo y por la grandeza de sus respuestas, nosotros también hemos de quedar sanamente desconcertados, desbordados por el misterio de Cristo.
Fíjate que en el credo que decimos en la Misa de los domingos, la única manera de referirse a Cristo es el Hijo único de Dios, Nuestro Señor. Esas son las dos únicas expresiones de las cuales va a brotar toda la cristología. Él es el Hijo único de Dios. Él es Nuestro Señor, ¡Qué hermosura, qué hermosura de trato! Él es el Hijo único de Dios. Él es nuestro Señor. Lo que es grande en esas expresiones es que al llamarlo Hijo único de Dios, precisamente estamos diciendo, es incomparable. Y al decirle Nuestro Señor estamos diciendo, está por encima de todo lo que hemos conocido o podemos llegar a conocer.
Esa es la grandeza del humilde profeta de Nazaret. Esa es la grandeza del humilde crucificado que venció a la muerte y que salió de la última de las prisiones a donde quisieron recluirlo, es decir, el sepulcro.

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