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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La primera gran obra de misericordia que Dios hace en nuestras vidas es dejarnos ver la realidad de nuestro pecado.

Homilía k052011a, predicada en 20170404, con 4 min. y 32 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del libro de los Números en el Capítulo Veintiuno. Me parece que la gran lección que nos ofrece esta lectura es muy fácil de sintetizar. La primera misericordia que Dios hace en nuestra vida es dejarnos ver la realidad de nuestro pecado, porque la astucia del pecado, como lo muestra el relato que tenemos ya en el Génesis Capítulo Tres, es como la astucia de la serpiente. La serpiente se mueve de modos inesperados, por eso tiene ese cuerpo, la serpiente se mueve silenciosamente, la serpiente sabe esconderse, sabe acechar hasta el momento preciso. Como la serpiente, así también el pecado se entra en nuestra vida. No es escandaloso cuando llega, sino que más bien parece casi, natural y precisamente con el disfraz de que es algo natural o es algo normal o todo el mundo lo hace, o esto no tiene consecuencias o al fin y al cabo yo tengo derecho.

Con ese ropaje, con ese disfraz, el pecado se mete en nuestra vida discreto, como una serpiente en zona de selva, discreto y silencioso. Y ahí, debidamente preparado, el pecado aguarda para inyectar lo más concentrado de su veneno. Nos damos cuenta de que los israelitas, en el relato este del libro de los Números, estaban pecando. Estaban pecando contra Dios porque habían retirado su fe del Señor y porque estaban murmurando contra Dios, añadiendo además otro pecado, un pecado de desobediencia y un pecado de ingratitud hacia Moisés. Murmuraron contra Dios, murmuraron contra Moisés, fueron desobedientes, fueron ingratos.

Pero resulta que la murmuración, no es un pecado que uno detecte fácilmente, porque al fin y al cabo, el murmullo se parece tanto como un susurro. Y parece que no estoy pecando gran cosa. Quizás estoy destruyendo la honra de una persona, pero todo sucede de un modo tan suave. Todo sucede entre secretos, susurros y risas, y no me doy cuenta de que estoy pecando. Además, parece lógico que si la sed es torturante o si hay grandes dificultades, pues parece lógico que uno proteste. Al fin y al cabo uno es humano, al fin y al cabo uno tiene derecho a hacerlo, al fin y al cabo, pues cualquiera puede quejarse, a cualquiera le puede pasar. Y de ese modo el pecado se nos mete en el alma y de ese modo el pecado adquiere carta de ciudadanía en las escuelas, en las empresas, incluso dentro de la misma Iglesia.

Y por eso se necesita esa maravillosa obra de misericordia, esa obra que es el desnudar el pecado, el mostrar la realidad del pecado. Entonces cuando salieron las serpientes, cuando la serpiente se hicieron visibles y las serpientes empezaron a atacar visiblemente a los israelitas, pues bendita la hora, porque el ataque visible de las serpientes ayudó a descubrir el ataque invisible de los pecados. ¿Te das cuenta? Una desgracia visible les llevó a ellos a despertar, recapacitar y darse cuenta que tenían un pecado que hasta ese momento parecía invisible. Por eso, repito, la primera gran obra de misericordia de Dios en nuestra vida es mostrarnos esa realidad de lo que somos, mostrarnos la realidad del pecado.

Quedan todavía unos días de Cuaresma, días suficientes para que nosotros nos planteemos seriamente, muy, muy seriamente, cómo estamos viviendo y para que le pidamos a Dios que nos revele la verdad de lo que somos. Como dijo el gran San Agustín que yo me conozca, Señor, y que yo te conozca.

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