Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Quien contempla atentamente la cruz de Cristo, recibe la gracia de despertar a su propia conciencia para reconocer la voz del Padre, quien nos lleva a su vez a Jesucristo.

Homilía k052010a, predicada en 20160315, con 4 min. y 40 seg.

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Transcripción:

El pasaje del Evangelio de hoy está tomado del Capítulo Octavo de San Juan. Veíamos en la breve reflexión del día de ayer que los fariseos, adversarios de Cristo, intentan desacreditar su predicación y su misión, diciendo mira, Tú eres el único que habla de ti. Como quien dice: Eres uno de esos locos que se creen cualquier cosa, que se imaginan que son cualquier cosa. El ejemplo típico es el de la persona que está mal de la cabeza y que se cree. Por ejemplo, yo soy Napoleón. Bueno, pues los fariseos intentan desacreditar a Cristo de esta manera. La respuesta de Cristo les exaspera. Cristo habla del testimonio del Padre, pero ellos no le entendieron, porque el testimonio del Padre finalmente supone que uno se reencuentre con lo profundo de su propia conciencia.

Eso no es tan sencillo, porque muchos de nosotros huimos de nuestra conciencia. De hecho, ni siquiera queremos estar en silencio o estar a solas porque huimos de nuestra conciencia. Según eso, ¿Qué solución habrá? Es decir, yo tendría que recibir la voz del Padre en mi corazón para reconocer que Cristo es mi Salvador. Pero Cristo me va a salvar precisamente de aquello que no me deja oír la voz del Padre. Se da como una especie de círculo que nos tiene atrapados. Lo repito, el Padre, Dios Padre, que me ha dado el don de una conciencia moral, me habla a través de esa conciencia y a través de ella me persuade, me invita, me atrae hacia Cristo. Pero Cristo me va a salvar precisamente de aquellos pecados y obstáculos que frenan en mí la posibilidad de reconocer la voz del Padre. ¿Qué salida tiene ese rompecabezas? La salida se llama la cruz, y eso es lo que aparece en el pasaje de hoy.

Es decir, la gravedad, la seriedad del dolor de Cristo en la cruz, dolor infligido sobre su cuerpo a partir de la condición de pecado del mundo, hace que nosotros despertemos a nuestra realidad de pecado. Es decir, la realidad externa de la cruz viene a cumplir ese papel del testigo que le reclamaban los fariseos. Los fariseos decían: Muéstranos un testigo. Pues ese testigo es la cruz, ese testigo es el dolor, el sudor, la sangre, la humillación padecida por el Señor. De modo que quien mira atentamente a la cruz recibe la gracia de despertar su propia conciencia para acoger el impulso de Papá Dios que nos lleva hacia Jesucristo. Esta es la maravillosa realidad de la conversión. Esto es lo que la conversión realiza en nosotros, y este es el lugar incambiable. Este es el lugar intransferible, el lugar único que tiene la cruz, y por eso no se pueden reemplazar.

Por ejemplo, las imágenes de Cristo crucificado no se pueden reemplazar con imágenes de Cristo resucitado así no más, porque las imágenes de Cristo resucitado no tienen la virtualidad de mostrarnos qué es aquello gravísimo que hay en nosotros y que produjo el dolor de la cruz. Y si eso no lo vemos, entonces quedamos atrapados en el círculo del que he hablado. Es decir, yo tendría que recibir la voz de Dios Padre para reconocer a Cristo, pero es Cristo el que puede quitar el obstáculo para que yo oiga la voz de Dios Padre. No hay ninguna solución a eso. La única solución se llama la cruz. Y por eso decía San Pablo, Yo no me avergüenzo de la cruz de Cristo. Pues que ninguno de nosotros se avergüence tampoco.

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