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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
"Yo soy" es nombre divino en el Antiguo Testamento, y Cristo toma ese nombre para sí.
Homilía k052009a, predicada en 20150324, con 5 min. y 34 seg. 
Transcripción:
En el Evangelio del día de hoy, tomado del Capítulo Octavo de San Juan, se destacan una pregunta y una respuesta. La pregunta viene de los adversarios de Cristo ¿Quién eres tú? Y la respuesta viene del Señor: Cuando levanten al Hijo del Hombre, sabrán que yo soy. Hay que observar que el nombre de Dios en el Antiguo Testamento, el nombre que Él le dio a Moisés, fue precisamente ese Yo soy, Yo soy el que soy. Sobre esta expresión tan misteriosa se han hecho muchísimas reflexiones, estudios teológicos. Una de las interpretaciones bellas es la que lleva la línea dominicana, la de Santo Tomás de Aquino y Santa Catalina de Siena. Dios es aquel que subsiste por sí mismo y que es soporte firme, roca de todo cuanto existe. Él es el que es, Él es el que permanece. Nosotros, en cambio, recibimos el ser, somos criaturas. Solo Él es Creador. Nosotros somos obra de sus manos. Y de esta verdad tan profunda y al mismo tiempo tan simple, se deriva todo nuestro comportamiento. Porque, por supuesto, si somos obra suya, entonces nosotros no somos ley para nosotros mismos. El ser humano no puede pretender darse ley a sí mismo, no puede pretender que va a definir por sí mismo qué es lo bueno y qué es lo malo. Si he recibido el ser, también he recibido las condiciones de mi propio ser, es decir, la manera cómo debo vivir. Y de aquí surge la importancia de lo que en teología se llama ley natural los Diez mandamientos, el papel de la conciencia en nuestra vida, todo se deriva de ahí, todo tiene su fuente en que Dios es el que es. Bueno, pues lo asombroso es que Cristo se apropia de este título. Dice: Cuando levanten al Hijo del Hombre, sabrán que yo soy. ¡Está utilizando un título divino! Atención los que niegan la divinidad de Cristo, el título Yo Soy en el Antiguo Testamento es es correspondiente únicamente a Dios. Solamente Dios se presenta diciendo Yo soy. Y este título no solamente está en la predicación o en los escritos de Moisés, aparece también en otros profetas. Dios es el que permanece, Dios es el firme, Dios es el único que realmente es. Los ídolos son caracterizados como nada y vacío, por ejemplo, en la predicación del profeta Isaías. Solamente Dios es solo Él es el que es. Y ese es el título que se aplica a Cristo aquí. Pero dice algo importante que el descubrimiento del verdadero ser, de la realidad más profunda de Jesucristo, ese descubrimiento sólo puede hacerse al pie de la cruz. Solamente ahí levantado en la cruz, el Señor ha revelado la plenitud de su ser. Y eso parece una gran paradoja, porque si el título Yo Soy es un título divino, cómo así que la grandeza de la divinidad de Cristo se hace sentir precisamente allí donde Él está más humillado, allí donde está despojado de todo, allí donde lo ha perdido todo. Allí es donde Él revela su verdadero ser. Pero sabes ¿Por qué? Porque en la Cruz lo que tenemos que ver es el acto de darse ese modo de darse, ese modo de entregarse, ese modo de dar su ser, ese infinito vaciarse. Solo es posible en aquel que es absolutamente dueño de sí mismo y sobre todo aquel que tiene un amor incomparable, aquel que tiene un amor infinito. Ese es el que puede darse así. De modo que, paradójicamente, en el despojo de la cruz, en la nada de la cruz, aparece el ser de Dios por la manera de darse, por el infinito entregarse. Acerquémonos, acerquémonos a ese trono, acerquémonos a ese altar, acerquémonos a la montaña santa del Calvario y descubramos que Cristo es Dios. Cristo es Dios con nosotros.

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