Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El pecado reporta beneficios de los que cuesta desprenderse. Por eso, acoger a Cristo implica rupturas y dolor.

Homilía k052006a, predicada en 20120327, con 4 min. y 10 seg.

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Transcripción:

Hemos llegado al final de esta Cuaresma. Nos queda esta semana y hay que esperar una semana de dolores. De hecho, así se llama en algunos sitios, a estos días. El camino que hemos recorrido con Cristo nos ha mostrado fundamentalmente dos cosas. Primera, que hay una necesidad de cambio en cada uno de nosotros, confrontados con la Palabra de Dios, es decir, con el plan que el Señor tiene para nosotros. Descubrimos evidentemente que necesitamos reforma, humildad, conversión. Pero también descubrimos a un Dios deseoso de perdonarnos, un Dios que con su cercanía y también con el vigor de su llamado, quiere despertarnos de ese letargo, de ese profundo sueño que es una metáfora para decir la manera como nos acostumbramos al pecado.

Pero el pecado no quiere salir de nosotros o nosotros no le queremos dejar salir. El pecado trae sus ventajas, el pecado trae sus beneficios. El que roba no roba porque si, el que fornica no lo hace porque si, el adulterio no se comete porque si, hay siempre un beneficio, un placer, un privilegio, una ganancia. Y esas ganancias y privilegios son los que nos mantienen amarrados al pecado. Por eso, cuando aparece Jesús por primera vez en nuestras vidas, quizás podemos sentir un vivo interés por este hombre tan sabio, por este hombre tan santo. Pero luego este Jesús no está solamente de visita o de paso. Él quiere verdaderamente restaurar en nosotros lo más puro y hermoso de la imagen de Dios.

Y esa restauración forzosamente requiere arrancar ese tumor que ha extendido sus raíces a buena parte de nuestra vida. Y eso duele. Y esa ruptura es la que está asociada con el proceso de la pasión. Esa ruptura se ve escandalosamente en la sangre de Jesucristo. Pero antes de encontrarla, allí la encontramos en la rebeldía y en la resistencia nuestra, en la rebeldía y en la resistencia, especialmente de los dirigentes, de los líderes de aquel pueblo de Dios en tiempos de Jesús. Eran ellos los principales beneficiados por una serie de esquemas de pecado por el orgullo, por la arrogancia, por el egoísmo, por la codicia alrededor del templo, alrededor de la ley, alrededor del poder. Y ellos entonces, que tenían tan bien asegurados sus privilegios, necesariamente tenían que ver con desconfianza primero y con fastidio después la predicación de Cristo hasta declararle verdaderamente su enemigo. Y por eso están estas confrontaciones de estos días.

Por eso tenemos que esperar que durante estos evangelios, muchos de ellos tomados del Capítulo Octavo de San Juan, aparezca como las autoridades se rebelan, cómo las autoridades confrontan al Señor y cómo Él finalmente tiene que mostrar de qué lado está la verdad. Pidamos a Dios que nosotros estemos abiertos a esa verdad. Incluso si para quitar el pecado de nuestras vidas es necesario pasar por algún dolor.

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