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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo y la justicia divina ante la adúltera
Homilía k051016a, predicada en 20200330, con 17 min. y 53 seg. 
Transcripción:
Hermanos, las lecturas de hoy nos hablan de dos mujeres. Una muy virtuosa Susana, de la que nos ha hablado el libro de Daniel en el capítulo trece. La otra mujer aparece sin nombre, pero sabemos que su vida no es exactamente virtuosa. Se trata de una mujer que ha sido pillada en flagrante adulterio. Recordemos aquí lo que hemos dicho en otra ocasión, el Evangelio de San Juan da pocos nombres cuando se trata de situaciones muy particulares.
Por ejemplo, en este texto de hoy, que es del capítulo octavo de San Juan, lo que se nos presenta. Es un pecado, un pecado escandaloso, un pecado vergonzoso, un pecado que lastima el tejido de la sociedad. Porque precisamente lo grave del adulterio está en que destruye a la familia como célula de la sociedad y destruye también la confianza en el matrimonio. Pues bien, no se nos dice el nombre de esta mujer. Y como hemos comentado otras veces, cuando no se dice en San Juan el nombre de la persona, es una buena oportunidad para que cada uno de nosotros ponga su nombre y su persona ahí. Es posible que no hayamos cometido muchos de nosotros no hayamos cometido exactamente el pecado que ella cometió. Pero es que para la Biblia todo pecado es en alguna forma adulterio, porque el amor con el que Dios nos ha amado es un amor que pide, que reclama absoluta fidelidad.
Nos lo dice el primer mandamiento de la ley de Dios. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Por eso los profetas con distintos lenguajes concuerdan, sin embargo, en llamar adulterio, adulterio del alma, adulterio del corazón al pecado. El que utiliza el lenguaje más fuerte, un lenguaje realmente rudo es Ezequiel, que no duda en llamar prostituta al pueblo en el que él vive, a su pueblo de Judá. Dice que el reino del norte, el reino de Israel, se ha portado como una prostituta. Y después de decir estas palabras durísimas que fustigan a Israel, pasa a hablar de Judá. Y ¿qué dice? Peor que Israel eres tú. Y para que no nos escandalicemos, una de las cosas que dice Ezequiel es tú eres peor que una prostituta, porque la mujer que está en la prostitución recibe dinero por lo que hace. En cambio, tú pagas para que te lo hagan porque buscas los ídolos. Y así otros profetas relacionan también el pecado con el adulterio.
Un adulterio tanto más grave cuanto que ofende no a un ser humano, sino a Dios mismo. Por eso, antes de entrar a hablar del pecado de esta mujer, recordemos que nuestro nombre está ahí en la Biblia y que debemos tener un espíritu de conversión, porque como lo muestra precisamente el pasaje de San Juan, somos muy hábiles para ver el adulterio de otros, pero nos faltan ojos para ver nuestro adulterio. Porque recuerdas cuál fue la frase que dijo Jesús El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. ¿Cómo tiene sentido esa frase con el tema de acusación que traían contra esa mujer? Pues para nosotros son dos cosas que están solo levemente conectadas. Pero para un judío esto es perfectamente lógico. Realmente la frase de Jesús es ¿Ustedes la quieren condenar a ella por adulterio? ¿Quién es el que no es adúltero entre ustedes? Ese es el lenguaje de Jesús. Y al hablar del pecado está hablando de quién de ustedes no ha cometido peor pecado que tal vez el que ha cometido ella.
Así que esa reflexión debemos hacer en cuanto al hecho de que no aparece el nombre de esta adúltera. Mi nombre Nelson, está en la Biblia y está en la Biblia para que yo reconozca que cada pecado mío ha sido ofensa contra el Dios que me ha amado sin límite. Pero ahora, ¿cómo relacionamos las dos lecturas? Tenemos dos mujeres. Una inocente. Bendito sea Dios se salvó su vida. Otra culpable y Bendito sea Dios, se salvó su vida. Se salvó la vida de Susana y se salvó la vida de la adúltera. ¿Cómo debemos relacionar eso? ¿Qué enseñanza tiene Dios para nosotros con este contraste?
Podemos decir, mis hermanos, que la Biblia entera es la historia del amor victorioso de Dios, que quiere rescatarnos a cada uno de nosotros. ¿Rescatarnos de dónde? De las garras del pecado. La Biblia entera es la historia del amor victorioso de Dios. Pero esa victoria de Dios sobre el pecado tiene varias fases, varios pasos. Yo mismo tengo una predicación que se llama algo así como veintiún pasos del pecado a la santidad. Dicho sea como invitación y propaganda, la encuentras en mi canal de YouTube y hago propósito de ponerla en la descripción de este video. Cuando se termine de publicar.
O sea que la victoria sobre el pecado tiene muchos pasos. Pero hay dos pasos fundamentales. Y esos dos pasos fundamentales son los que aparecen en las lecturas de hoy. El primer gran paso es separarse de los pecadores, como dice el Salmo número uno. El primero de los Salmos, apartarse de la senda de los inicuos. Ese es el primer paso, separar al justo y al pecador.
Y tener claridad entonces, de qué cosa es el pecado y de cómo hemos de apartarnos de Él. Este fue realmente el propósito de la ley de Moisés. Por eso la ley de Moisés tenía esos castigos terribles contra el pecado, contra muchos pecados, por ejemplo, contra el adulterio. Por qué la ley de Moisés tenía esos castigos, porque quería a toda costa extirpar el mal de Israel. Si leemos la ley de Moisés que empieza a enunciarse como tal en el libro del Éxodo, luego sigue Levítico, Números, Deuteronomio. Si leemos la ley de Moisés, por ejemplo, en el libro Levítico encontramos varias veces esta expresión, así extirparás el mal de tu pueblo. ¿Y a qué se refiere? Se refiere a esta clase de castigos, como es llevar a la muerte, apedrear, ejecutar. Nosotros, por supuesto, no estamos de acuerdo con que se haga algo así en nuestro tiempo, pero hay que situarse en ese tiempo. Hay que situarse en los comienzos de la historia de la salvación.
Mis amados hermanos. Y lo primero es separar a justos y pecadores. Y por eso la ley de Moisés tenía esos castigos brutales. Absolutamente violentos. Toma al que haya blasfemado, tómalo y apedrearlo. Y hay una parte donde dice la ley de Moisés. Si es tu hermano, si es tu hijo, si es tu papá o tu mamá el que ha blasfemado, la primera piedra la tienes que arrojar tú. Entonces, si mi papá resultó diciendo una blasfemia, yo debo denunciarlo ante el pueblo, manda la ley de Moisés y no solo denunciarlo, sino que cuando lo vayan a ejecutar a mi propio papá, yo debo tomar la primera piedra y arrojársela a él. Esas medidas absolutamente terribles que a nosotros nos horrorizan, ¿qué función cumplían? Separar al pecador del justo. Aislar a los que cometen el mal. Extirpar la maldad del pueblo, como dice la ley de Moisés. Esa es la primera fase.
En el fondo, una versión de esa primera fase es la que encontramos en la manera como muchos papás educan a sus hijos. Yo también escuché eso de mi papá y de mi mamá. Siempre nos decían. Mira con quién te juntas. Y por eso también esas advertencias en refranes. Dime con quién andas y te diré quién eres. El que con lobos anda, a aullar aprende. El que anda entre la miel, algo se le pega. Todos esos refranes y otros más. ¿Qué están tratando de decir? Están tratando de decir que uno tiene que apartarse de la gente mala. Esa es la primera fase. Nosotros no llegamos a los extremos terribles de la ley de Moisés, pero entendemos que esto es parte de la educación.
La segunda fase, lo que podríamos llamar el posgrado en la victoria sobre el mal, es la que aparece con nuestro Señor Jesucristo. ¿Y cuál es la característica de esa segunda fase? La característica es que ahora no se trata de separar al pecador del no pecador, sino más bien separar al pecado del ser humano. Es decir, que la ley de Moisés trazaba como con una cuchilla, trazaba el límite entre los buenos y los malos. Cristo, en cambio, tiene una cuchilla diferente, un discernimiento más profundo que pasa por aquí, por el corazón humano. Lo que Cristo quiere no es tanto que nosotros empecemos a clasificar el mundo entre buenos y malos, porque de hecho, todos somos pecadores, sino más bien que aquí, en este corazón, empecemos a separar lo que hay de bueno y lo que hay de malo. De manera que lo que hay que destruir no es al pecador, sino hay que destruir al pecado.
Por eso alguien podría preguntarse en el pasaje de la adúltera ¿se hizo o no se hizo justicia? Y la respuesta de Cristo sería claro que se hizo justicia, se hizo la justicia más perfecta, porque la justicia más perfecta no consiste en separar al pecador del justo, dado que en el fondo todos hemos pecado. Consiste en separar al pecador de su pecado. Esta maravilla que trae Jesucristo estaba, sin embargo, ya anunciada, ya se había anunciado en el Antiguo Testamento. Hay dos o tres pasajes que podemos recordar en este momento.
Fíjate, por ejemplo, cómo en el gran Salmo del arrepentimiento, que es el Salmo cincuenta y uno, fíjate lo que dice David después de cometer pecado de adulterio, homicidio, prevaricación y de todo. Fíjate lo que dice David. Dice crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. Y suplica no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu Santo Espíritu. O sea, ¿qué es lo que está pidiendo David? él se reconoce pecador, pero ¿qué es lo que está pidiendo? Arranca el pecado de mí. No pide su destrucción, porque ya ves que suplica que no lo arroje lejos de su rostro, que no lo arroje a David lejos del rostro divino. Entonces él no pide su destrucción, aunque se reconoce pecador. ¿Qué es lo que él pide? Quita el pecado de mí, que soy pecador. Mire este otro pasaje también en el libro de los Salmos, allá en el número ciento tres, encontramos preciosos elogios sobre lo que es el poder y la misericordia de Dios. Y mira lo que dice ese Salmo ciento tres alabando a Dios, dice Él aleja de nosotros nuestros delitos, como dista el oriente del ocaso. Que eso es como decir lo más lejano en un sentido y en otro, como dista el oriente del ocaso. Así Él aleja de nosotros nuestros delitos. Ahí está la separación entre pecador y pecado. Lo que hace Dios y así lo canta el Salmo ciento tres, es arrancar el pecado del pecador, no arrancar al pecador del pueblo de Dios. Aunque eso era lo que pedía literalmente la ley de Moisés.
Y el último pasaje que quiero recordar está en el profeta Ezequiel. Es una frase, es como un grito, un grito de amor de Dios. Fíjate lo que grita a Dios. Acaso quiero yo la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Más claro no se puede decir. Entonces Cristo lo que está haciendo en este pasaje es justicia, pero justicia en el nivel plus, en el nivel más alto, en el nivel más bello, que no consiste en destruir a la persona, sino en quitar lo que la destruye. Así tenemos que orar también nosotros. Cuando encontremos personas así, nos cause cierta repulsión lo que han hecho esas personas. Y aquí hay que pensar en tantos crímenes terribles. Cuando encontremos personas en esa condición, tenemos que decirle al Señor, tenemos que decirle aparta el pecado de esta persona, quítale el pecado a esta persona.
Por eso el cristiano también puede decir esa frase que con distintas palabras nos enseñan tanto el apóstol Pablo como el apóstol Pedro. No maldigan, no maldigan a nadie, a nadie hay que maldecir, no maldigas a nadie, responde con una bendición porque tú estás llamado a heredar una bendición. Responde con una bendición. Que a mí me maldicen yo no maldigo a nadie. ¿Por qué? Porque lo que yo quiero para que brille la gloria de Dios no es que sea destruido el que me maldice, sino al contrario, que esa lengua maledicente calle sus maldiciones y empiece a pronunciar las alabanzas del Señor y hable con justicia. Es decir, yo lo que quiero es separar al pecador de su pecado para que aparezca la plenitud de la imagen y semejanza de Dios.
Eso es lo que queremos, hermanos. Y por eso es grandioso lo que pasó en la primera lectura. Que se hubiera salvado a Susana, grandioso. Pero es infinitamente más bello lo que pasó en el Evangelio. Hermoso que se haya salvado a Susana. Pero más hermoso que se haya salvado a esa mujer adúltera en la cual, como ya dije desde el principio, cada uno de nosotros, de algún modo, tiene que reconocerse.

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