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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿Qué quería lograr la Ley de Moisés, y qué quiere el Evangelio de Cristo?

Homilía k051011a, predicada en 20150323, con 5 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Las lecturas de hoy nos presentan dos mujeres, una caracterizada por la castidad en el estado matrimonial, es decir, una mujer fiel, consciente de su compromiso pero acusada falsamente. Esa mujer, según el libro de Daniel, se llama Susana. En el Evangelio aparece otra mujer cuyo nombre no se nos dice y que únicamente la conocemos por un pecado en el que fue encontrada esa mujer. Solo sabemos que había cometido adulterio.

Es muy hermoso ver que estas dos mujeres son salvadas. Es muy bello ver que una vida inocente se salva como pasó en la primera lectura. Pero debemos reservar lo mejor de nuestra admiración para el Evangelio en el que se salva, una persona culpable. Y yo creo que ahí está bien resumida la Biblia.

Lo que quiere la ley de Moisés está expresado en el juicio drástico del profeta Daniel, que en esa época era un jovencito, según cuenta el relato. Lo que quiere la ley de Moisés es que caiga todo el peso de la justicia sobre el culpable y que el inocente quede rescatado indemne. Pero lo que quiere la ley de Jesús es que aún el pecador, aún el culpable, se salve. La ley de Moisés podía salvar hasta los inocentes. La ley de Jesús, esa ley de misericordia y de conversión, quiere salvar incluso a los culpables. La ley de Moisés. Por eso va a poner el énfasis en la justicia. La ley de Jesús pone el énfasis en la misericordia que es capaz de llevar a la conversión.

Esta es una lección muy grande porque nos damos cuenta que entonces la ley de Moisés lo que quiere es separar personas. De un lado está Susana, que es inocente y de otro lado están esos ancianos corruptos, lujuriosos y mentirosos que son los culpables y lo que causa admiración a la Asamblea. En la primera lectura es que se logró separar a los buenos de los malos. En cambio, en el Evangelio lo que causa admiración es que, en primer lugar, los que se creen buenos se ve que también tienen de malos. Y en segundo lugar, el que se sabe que es malo tiene una esperanza de volverse bueno.

Es decir, que si en la primera lectura se trata de separar a los buenos de los malos, en el Evangelio de hoy de lo que se trata es de separar el bien del mal. Porque eso es lo que hace Jesús. Lo que hace es separar en aquella persona que conocemos como mala, separarla de su mal. Y esta es una disección mucho más difícil. La otra es más sencilla, aunque probablemente equivocada en muchos casos.

¿De verdad Susana era inocente en todo en su vida? ¿De verdad esos corruptos no tenían ninguna manera de cambiar de vida? Esas dos interrogantes quedan pesando sobre la primera lectura. A pesar de que uno siente un respiro cuando se rescata la vida del inocente. En cambio, en el Evangelio uno se da cuenta que aquellos que se creen tan buenos se ven obligados a reconocer que todavía tienen tarea, todavía tienen terreno que recorrer, y aquella que se ve denunciada y que se tiene que reconocer como culpable, pues se encuentra que el resto de su vida puede ser algo diferente. Vete y no peques más, le dice Cristo. Así que ese es un modo muy bonito de recordar lo que la Biblia contiene.

El Antiguo Testamento es un esfuerzo inmenso de separar a los buenos de los malos. El Nuevo Testamento es una oferta aún mayor de separar el bien del mal. Por supuesto, la lección para nosotros tenemos que tomarla ante todo del Evangelio, y esto será reconociendo que en cada uno de nosotros hay muchas cosas que tienen que cambiar, pero reconociendo sobre todo que Dios puede hacer esa diferencia en nuestra vida. Como ya lo anunciaba proféticamente un salmo que me fascina, Él aleja de nosotros nuestros delitos. Dice el Salmo ciento tres Como dista el oriente del ocaso, así Él aleja de nosotros nuestros delitos. Con esa confianza y alegría sigamos esta Celebración Eucarística.

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