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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La luz conduce a la meta; ayuda a evitar obstáculos; revela la belleza del conjunto; permite reconocer a los que amamos.
Homilía k051007a, predicada en 20130318, con 4 min. y 28 seg. 
Transcripción:
Cuando Jesús nos dice: Yo soy la luz del mundo, nos está indicando que su vida y su Palabra nos muestran el camino y nos ayudan a evitar los obstáculos. Pero también nos está diciendo que con Él la vida se vuelve esplendorosa, se vuelve bella y también que en él podemos reconocernos los unos a los otros. Estas son las cuatro funciones que cumple la luz. Vamos a repasarlas. Primera, la luz muestra el camino hacia la meta. La vida humana tiene un propósito. La vida humana tiene un sentido y llegar a esa meta requiere una luz. ¿Por dónde debo ir? Eso me lo muestra a Jesús. Jesús muestra al mismo tiempo la dignidad de la vida humana, la grandeza de la vocación humana y cómo llegar a ese punto. Ya no somos cualquier cosa, somos hijos del Altísimo y a esa alta dignidad somos llamados para estar en comunión con Él. Y esa es nuestra meta y se llama la santidad. Esa es la primera bondad que trae la luz. El segundo bien que nos hace la luz es que revela los obstáculos. Si entro a una habitación grande que no conozco y está todo apagado, mi gran temor es tropezarme, tal vez lastimarme con algo, caerme, quizás hay una escalera que no he visto y hay que mostrar los obstáculos, porque en la vida también hay muchas trampas, hay muchos engaños. Necesitamos saber cuáles son esos engaños. El demonio no anda con un letrero diciendo: Soy el demonio terrible y vengo a destruirte. No, el demonio se disfraza, se disfraza de alegría pasajera, se disfraza de placer fácil, se disfraza de ganancia inmediata. Entonces hay que mostrar el engaño que hay detrás de cada tentación. Y eso también nos lo da la Palabra de Cristo, y especialmente su sacrificio en la cruz. Ese es el segundo bien. Pero la luz no solamente nos provee cosas útiles, sino que nos permite, por ejemplo, disfrutar la hermosura de un paisaje, la suave tonalidad del amanecer, la hermosura de la rosa. Cuando Cristo llega como faro de nuestra existencia, entonces la vida se vuelve deleitable. Aunque esto pueda parecer extraño a algunos, de hecho, como lo enseñan los grandes místicos, digamos un San Juan de la Cruz, incluso las tribulaciones, incluso las persecuciones, toman sabor, toman sabor de Dios. Porque es muy distinto padecer como un simple aguantar, a padecer sabiendo que de todo ello sale un fruto admirable, un fruto bellísimo. Y eso se logra cuando hay luz, cuando se ilumina el paisaje, se ve la hermosura. Cuando Cristo está en la vida, se ve que todo, hasta lo más pequeño, hasta lo más difícil, todo tiene un sentido, todo tiene un significado. Y por último, la luz nos ayuda a reconocernos. En esa claridad en la que puedo contemplar el rostro de mi hermano, de mi hermana, puedo gozarme en que esa persona existe. Qué agradable es ver a aquella persona que amamos, ¿no? Pues Cristo es la luz que nos permite ver a los demás y reconocer en ellos verdaderos hermanos. Porque somos todos hijos de Dios, renacidos en el amor que palpitó en el corazón de Cristo. ¿Es Cristo tu luz? Estás alumbrado por su Evangelio, por su Palabra, por su gracia. Que Él te bendiga a ti. Que me bendiga a mí. Amén.

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