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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía k051005a, predicada en 20100322, con 35 min. y 21 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, la primera lectura de hoy es una de las más largas que tenemos en el año litúrgico. Está tomada del profeta Daniel y cuenta una historia que parece como una novela con bastante suspenso. Una mujer inocente que es acusada de algo que no ha cometido. Y la razón por la que es acusada es por envidia. Resulta que dos perversos ancianos de Israel, pues querían lograr algún favor de ella. Como no lo consiguieron, intentan vengarse de la peor manera. Pero finalmente esta mujer escapa de las garras de la muerte y de esa estrategia tenebrosa de estos hombres. Un joven, precisamente el profeta Daniel, a quien se sitúa como protagonista de este relato, interviene y con una estrategia bastante inteligente, salva la vida de ella, mostrando que estos dos son unos mentirosos porque ni siquiera tuvieron tiempo de ponerse de acuerdo en su mentira. Por eso Daniel les preguntó por separado. Les preguntó ¿Bajo qué árbol supuestamente había sucedido eso? y uno dijo que debajo de una acacia y el otro dijo que debajo de una encina. Ni siquiera se habían puesto de acuerdo en la mentira. El papel de estos ancianos y el papel de Daniel va mucho más allá de este relato, de esta pequeña novela que hemos oído en la primera lectura. Porque esos dos ancianos vienen a representar algo mucho más serio, algo que va a aparecer en el libro del Apocalipsis, una figura que se llama el acusador, el acusador. el libro del Apocalipsis cuando proclama la victoria del Cordero de Dios, es decir, nuestro Señor Jesucristo, que ha sido degollado y por eso se le llama el Cordero. Cuando el Apocalipsis habla de la victoria del Cordero, dice: Ha sido precipitado, ha sido vencido el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche. La estrategia de estos dos ancianos, que los podemos llamar en lenguaje colombianos, viejos, verdes. La estrategia de estos viejos verdes era vengarse a través del recurso a la acusación. Es decir, ellos estaban quizás sin saberlo, estaban siendo juguetes de algo bastante más serio. El acusador. Así, con artículo determinado, El acusador es lo que se dice con la palabra Satanás. La palabra Satán o Satanás quiere decir exactamente eso el que acusa, el acusador. Y estos ancianos estaban haciendo el papel de Satanás, es decir, acusando para producir la condenación, para producir el desastre, para producir la muerte. Ese es el Satán, ese es Satanás. Eso es lo que el demonio quiere. Y el papel de Daniel es, podemos expresarlo de esta manera. Es algo mucho más de lo que parece. No es simplemente el salvar una vida inocente que ya, por supuesto, vale mucho, sino que él está representando ahí a lo que podemos llamar el advocatus, el abogado. La palabra castellana abogado viene del latín advocatus. Y ahora le voy a contar cómo se dice esa palabra en griego. Y usted inmediatamente va a percibir para dónde voy yo con esta reflexión. En español se dice abogado, en latín se dice advocatus y en griego se dice paracletos. Parakletos; el que es llamado para es decir, al lado. O sea que Daniel está representando al paracletos, al Paráclito. Entonces nos damos cuenta que en esa novela, detrás de estos personajes humanos, hay un mensaje mucho más profundo. Ese mensaje es la lucha entre el Satán y el Paráclito. La lucha entre el demonio y el Espíritu de Dios, la lucha entre el Espíritu del mal y el Espíritu Santo. Y por eso creo que sin dejarnos envolver por los detalles particulares de ese relato, nosotros podemos aprender mucho más, porque lo que en realidad aparece ahí es la victoria del Paráclito sobre el Satán, la victoria del abogado sobre el acusador, la victoria del Espíritu Santo de Dios sobre el Espíritu de las tinieblas. Para que se vea la importancia que tiene esta victoria. Tengamos en cuenta que también nosotros tenemos alguna experiencia de esa acción del espíritu acusador como del espíritu defensor de nuestra causa, es decir, el Espíritu Santo. El acusador. El demonio intenta llevar a la desesperación, intenta llevar a la condenación. ¿Cómo se realiza esa acusación del demonio en nosotros? Yo me voy a apoyar en una doctora de la Iglesia que se llama Santa Catalina de Siena. Ella vivió en el siglo XIV y la llamamos así: Doctora de la Iglesia. La palabra doctor en ese contexto significa el que enseña. Por ejemplo, cuando una persona hace estudios bastante avanzados se dice que ha hecho un doctorado, hizo un doctorado en filosofía, un doctorado en teología. Doctor que en latín pronunciamos doctor significa el que enseña. De manera que Santa Catalina es doctora de la Iglesia, que quiere decir maestra para todo el pueblo cristiano en esa ciencia bendita de encontrar y seguir la voluntad de Dios. Pues bien, Santa Catalina de Siena es maestra de vida espiritual, por supuesto, y ella nos enseña cómo, con qué estrategias el acosador quiere hacer presa de nuestras almas. Así que lo que voy a compartir ahora tiene su origen en la enseñanza de Santa Catalina. Según Catalina de Siena, el demonio utiliza dos estrategias diferentes. La primera la podemos llamar la anestesia y la segunda la podemos llamar el pánico. Según Santa Catalina. El acosador funciona contra nosotros utilizando esas dos herramientas, fundamentalmente la anestesia y el pánico. La anestesia es algo así como una niebla, pero una niebla que ya tiene su propia desesperación, como vamos a ver en un momento. Es una niebla que nos impide mirar dónde está nuestro verdadero bien y que hace que nosotros nos apeguemos a lo que tenemos más cerca. En alguna ocasión tuve que viajar de la ciudad de Cúcuta a la ciudad de Bucaramanga. Es famoso ese recorrido porque por allá en esos altos de la cordillera hay muchísima niebla y el día en el que yo iba viajando junto con otros pasajeros, realmente la niebla estaba espesa. Yo nunca había visto algo así. Parecía que nos estuvieran echando humo por todas partes. A duras penas se alcanzaba a ver un poco más de un metro de distancia. ¡Qué niebla aquélla! El conductor avanzando a una velocidad ridícula. Tres, cuatro, cinco kilómetros por hora. No podía hundir más el acelerador porque nos hubiera puesto en peligro a todos. El conductor iba a una velocidad mínima porque tenía que irse guiando por el borde del camino que a duras penas alcanzaba a ver la niebla. La anestesia que trae el demonio a nuestra vida hace que también uno se agarre a lo que está más cerca. Es decir, uno pierde la esperanza de los bienes futuros, uno pierde la esperanza de lo que significa esforzarse por lo que vale la pena y se agarra a lo inmediato. Y lo inmediato que es. Lo inmediato es gozar de este mundo. La anestesia del demonio hace que a uno le parezca que la virtud, la santidad, el sacrificio, el amor de Dios, el cielo. Todo eso parece remoto, infinitamente remoto. Parece que está lejísimos, parece que no importa. Ni siquiera se sabe si existe. Es una anestesia. Es un sopor que hace que uno pierda la fe en Dios o por lo menos pierda la vitalidad que esa fe debería darle. Entonces, cuando uno remueve de su conciencia la presencia de Dios, y cuando uno remueve la certeza de que Dios remunera a todo bien y castiga todo mal, entonces en esa niebla ¿uno qué hace? Se agarra de las cosas inmediatas. Entonces vamos es a gozar esta tierra. Profeta de esa anestesia es el filósofo anticristiano Federico Nietzsche. Federico Nietzsche tiene como lema de una de sus obras la mayor parte de las cuales son violentamente anticristianas. Tiene como lema, permaneced fieles a la tierra, porque él considera este filósofo ateo anticristiano que murió loco. Entre otras cosas, vivió hace como un siglo. Este filósofo considera que uno tiene que agarrarse a las cosas de esta tierra. Entonces, cuando uno está en esa anestesia, uno está apegado a las cosas de esta tierra y entonces no lucha por la virtud, porque la virtud siempre supone una remuneración que es posterior. Por ejemplo, si una persona va a estudiar de una manera virtuosa, tiene que hacer muchos esfuerzos, pero la recompensa, por ejemplo, el grado que va a recibir todavía tardará en llegar, de modo que la virtud tiene una recompensa pospuesta, mientras que el vicio tiene una recompensa inmediata. Agarro esta botella y me emborracho ya, eso es inmediato o voy a cometer este pecado de impureza. Qué importa que se llame Susana. Qué importa que sea la esposa de otro. Yo cometo este pecado ya. El pecado, el vicio, tiene el atractivo de lo que es inmediato, próximo, la ventaja sensible y a la vista. Todo eso logra el demonio con nosotros anestesiándonos. Pero observemos que en esa anestesia ya hay un pecado contra la esperanza. Porque ese sopor, ese descuido de las realidades últimas y definitivas, como decir la justicia de Dios y su cielo. Es a ese olvido de Dios y de su ley. Ya es un pecado contra la esperanza, porque es como decir quién sabe si exista un Dios. Quién sabe si ese Dios se ocupa de mí. Quién sabe si ese Dios remunera a la gente. Y en ese agnosticismo espantoso uno termina cometiendo toda clase de pecados buscando lo inmediato. Y así la persona se encadena a toda clase de vicios. Busca el camino del vicio porque no tiene confianza en que haya una recompensa, una remuneración posterior. El vicio nos hace inmediatistas, nos hace miopes. Es la acción del demonio que nos anestesia. Pero ahí viene lo más cruel. La vida humana tiene que llegar a un final. Dijimos que el demonio tenía dos estrategias. La una se llama anestesia. La otra se llama todo lo contrario, pánico. Se ve muy bien el caso del pánico en la historia tan triste de Judas Iscariote. Judas Iscariote planea y realiza todo su plan de traicionar a Jesús. Cuando ya tiene las monedas, las treinta monedas de plata, se arrepiente, entra en pánico. ¿Qué hice? He traicionado a un inocente enviado a la muerte a un justo. ¿Qué estoy haciendo? Pero en vez de entrar en arrepentimiento, entra en pánico. Y el pánico es una expresión de desesperación a través del pánico. La persona lo que hace es renunciar a la esperanza de la salvación. Fíjate que en el fondo, tanto la anestesia como el pánico son pecados contra la esperanza. La anestesia es pecado contra la esperanza. Esta anestesia que el demonio nos pone es pecado contra la esperanza, porque es como decir quién sabe si habrá un futuro. Quién sabe si habrá un cielo. Yo como que no le pongo confianza a eso. Más bien me dedico aquí a emborracharme, a pasarla bien con hombres, con mujeres, con lo que sea, porque ahora la gente quiere pasarla bien con lo que sea, lo que se les atraviese. Entonces es un pecado contra la esperanza. Y luego viene el pánico. Y el pánico es otro pecado contra la esperanza, mucho más claro y mucho más terrible. Entonces, la comparación que hace esta amable doctora de Siena es la siguiente: Es como llevar a una persona por un camino, pero llevarla con los ojos vendados de manera que la persona vaya aumentando la velocidad sin darse cuenta y cuando llega al borde del abismo se le quita la venda para que solo vea el abismo, para que el vértigo se apodere de su corazón y para que se arroje y se pierda para siempre. Esa es la estrategia del acusador. El acusador, es acusador tanto en la anestesia como en el pánico. En la anestesia, el acusador lo que está haciendo es repetirnos una y otra vez frases como las siguientes: Y es que tú crees que si vale la pena esforzarse por un Dios que ni siquiera sabe si existe. Es que tú crees que con esa ignorancia, con esa pobreza y con esos pecados que has cometido, te mereces algo. Es que tú crees que con ese corazón tan sucio y con esa mente tan oscura vas a poder lograr algo. Es que tú crees que con esas oraciones mal dichas y con esa alma tuya tan sucia vas a poder esperar algo. Eso será quizás para otras personas. Tú ya estás demasiado sucio, estás demasiado puerco. Termina de mugrarte, goza este mundo y olvídate de esas historias. Es decir, para destruirnos, la esperanza, el demonio primero que todo, nos hunde en la desesperación. La desesperación que en ese caso consiste en; consiste en que yo no merezco la atención de Dios. Yo no merezco el amor de Dios. Yo no merezco la paciencia de Dios. Yo no merezco eso. Yo nada de eso merezco. A través de esa acusación que produce desesperanza, la persona dice: pues yo eso no lo voy a tener, quién sabe si lo tendrán otros. Yo santo no soy, al fin y al cabo ¿qué? venga, pásame esa botella. Movidos por la oscuridad, movidos por una autoestima bajísima, se cometen todo tipo de errores. Una cosa muy interesante que le sucede a uno cuando tiene la oportunidad de tratar a las personas que están metidas en distintos vicios, es que hay un común denominador la autoestima de estas personas está siempre por el suelo. Habla tú con una persona que haya entrado, recién entrado, porque después la gente se vuelve cínica, que está entrando apenas en los caminos de la homosexualidad activa. La persona siente que está obrando mal. La persona sabe que está obrando mal. La persona sabe que por ahí no es la cosa, pero su autoestima está en el suelo. Muchas veces por falta de figura paterna. Muchas veces por falta de familia, muchas veces por humillaciones, desastres afectivos, violaciones, cosas de ese género. Cuando la gente entra en discusiones sobre la homosexualidad, mi respuesta siempre es miremos caso por caso. Y hasta ahora, mis hermanos. Caso por caso les puedo decir. Uno encuentra en qué momento la autoestima de la persona se fue al suelo. En qué momento la persona sintió. A mí nadie me va a poder querer. En qué momento la persona sintió: Yo no merezco la atención de mi papá, porque es sobre todo la falta de figura paterna, lo que produce un mayor impacto en el aumento de homosexuales, tanto hombres como mujeres. No digo estas palabras para que nosotros seamos groseros ni para que entremos a discriminar o a humillar a estas personas. Muchas de las cuales han sufrido ya demasiado. Digo esto para que comprendamos cómo a través de una baja autoestima, a través de una conciencia empobrecida de uno mismo, queda listo el terreno para cometer todo tipo de cosas. Habla tú con un drogadicto. Habla tú con un borracho consuetudinario y verás que es una persona que tiene la autoestima en el piso o bajo tierra. Así que el acusador en el período de la niebla nos mantiene así, engañados. Yo no valgo nada. La vida no vale nada. Al fin y al cabo ¿qué?. Al fin y al cabo se muere uno. Y qué es muy importante para la obra del demonio que uno no crea, que uno no crea en la supervivencia después de la muerte. Al fin y al cabo ¿qué?. Eso no va a quedar nada. Se muere uno y queda ahí como un sapo aplastado. Apenas una persona tiene esa idea de que todo acaba con la muerte inmediatamente siente que todo vale en la vida, si todo va a acabar con la muerte. Y esto ya lo dijo claramente San Pablo comamos y bebamos, que mañana moriremos. Si todo acaba con la muerte, pues ¿qué? a echarla toda, gozarla será. Es un acto de desesperación. En medio de ese frenesí, en medio de ese éxtasis engañoso de los narcóticos o del licor, en medio de esa orgía de los disolutos, lo que hay es una profunda desesperación, mis hermanos. Y la desesperación proviene de la ponzoña del enemigo que le está repitiendo cosas que hunden la autoestima, la gente que le hacen sentir como basura. Yo no valgo nada, o a veces yo sí valía, pero después de lo que me pasó, después de lo que hice, ya no valgo nada, ya Dios no puede fijarse en mí. Esa es la estrategia del enemigo. Me parece que esta hermosa Santa lo describe muy bien. Anestesia y pánico. Así es como se logra que las personas vivan como cerdos y mueran como cerdos. Viven como cerdos revolcándose en su fango. Mueren como cerdos el día de la matanza. Bueno, llegó el turno. Pues ahí me tiró al abismo. Algunos incluso cometen suicidio. Esa es la estrategia de Satanás. Esa es la estrategia del acusador. El acusador hace eso. Está siempre ahí, hundiéndolo a uno siempre. Pero afortunadamente para nosotros, el acusador no es el único protagonista en la historia de Daniel. Hay otro personaje, Daniel. Y Daniel no solamente salvó una vida inocente, sino que se convirtió en cierto modo en un reflejo de lo que hace el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, el Espíritu que da la vida. La mejor manera de descubrir cómo el Espíritu Santo nos salva de las estrategias del demonio es mirar cómo ese espíritu responde a la estrategia diabólica de la anestesia y el pánico. ¿Cómo responde el Espíritu Santo a la estrategia de la anestesia? Despertándonos. El Espíritu Santo nos despierta. Tiene muchos despertadores para despejar la niebla y para que brille la luz, y para que llegue la verdad, porque es el Espíritu que, como dice nuestro Señor Jesucristo, convencerá. Convence al mundo en lo referente al pecado y a la justicia. Qué es lo que hace el Espíritu Santo con respecto a esa anestesia nos despierta. ¿De qué manera? De muchas maneras. Vamos a mencionar unas cuatro o cinco de estas maneras. A veces, a través de la predicación, en estas mismas palabras que yo estoy diciendo, es muy posible que el Espíritu Santo esté obrando, y es muy posible que el Espíritu Santo esté despertando a más de uno que esté diciendo; Oiga, si eso es lo que me pasa a mí, claro, yo estoy cayendo en una trampa. Es el acusador, es el Satanás que quiere adueñarse de mi alma. Uy, yo no me había dado cuenta. A través de la predicación de la Iglesia, el Espíritu Santo se vale de la predicación de la Iglesia. Y así, en la voz de nuestros pastores, el Espíritu nos despierta la conciencia. Hay gente a la que no le gusta que la despierten. No les pasa que en su casa tienen niños o niñas que cuando toca despertarlos para ir al colegio lo primero que hacen es quejarse y hacer mala cara. ¿Conocen niños así o solo lo sabían mi familia? A muchos niños no les gusta que los despierten. Va el papá a despertarlo. A ver, mijito, despierte. Hoy lo primero que hace arrugar la cara.- Ay, papá, A los niños no quieren ser despertados así también. Muchas personas no quieren que la voz del espíritu los despierte. Quieren seguir en su sopor. Quieren seguir en la niebla. Quieren seguir engañados. No les gusta que los despierten. Pero el Espíritu Santo de Dios tiene que despertarnos. Cuando a uno le corresponde este hermoso oficio de predicar el evangelio, uno se da cuenta que muchas personas rechazan la Palabra y rechazando el mensaje, muchas veces rechazan al mensajero. Por ejemplo, el Espíritu Santo nos ha regalado en la Iglesia Católica a un gran maestro, un gran predicador, un hombre a quien considero verdaderamente sabio. Se llama Benedicto décimo sexto. Usualmente decimos Benedicto dieciséis, nuestro Papa, el Santo Padre. ¡Qué hombre sabio! Verdaderamente lo es. Pero ¿Qué pasa? Que la palabra de él es muy mal recibida, especialmente allí donde el orgullo, la incredulidad y el vicio institucionalizado han hecho ya camino. Entonces se rechaza la palabra del Papa. Hay un rechazo continuo al Papa, hay un rechazo continuo a su enseñanza y es hacer burla del Papa en cualquier cosa y no hallan cómo atacar y no hallan cómo desacreditar al Papa, porque saben que si se llegara a oír verdaderamente la voz del Pontífice, muchos, muchos se convertirían. Quieren que les enumere todo lo que el demonio se ha inventado para tratar de callar la voz de Benedicto dieciséis. Nada más lo eligieron. Empezaron a decir no muy viejo, muy viejo ese viejito, bueno, ahí durará dos o tres días y ya pondrán a uno que sí sea de verdad. Lo desacreditaron por anciano. Resulta que tiene más salud que muchos de nosotros. ¡Bendito sea Dios! Y aquí siempre oramos por el Papa. Ese hombre tiene una salud maravillosa y así lo conserve Dios. Después, como ya vieron que el hombre, el hombre, es el Papa Benedicto dieciséis, como vieron que el hombre cuida su salud, se alimenta bien, lleva una vida ordenada y el Señor lo va llevando con buena salud. Entonces ya dejaron de decir lo de la salud y de que era muy viejo y empezaron a decir es alemán. Ese tiene que ser nazi, ese tiene que ser discípulo de Hitler. Ese no sirve. Ese tiene que ser cuadriculado, ese no entiende nada. Cuando ya se dieron cuenta que el primero que condenaba el nazismo era él mismo, Benedicto dieciséis, entonces cambiaron de estrategia. Viste el discurso ese que dijo en Ratisbona atacando a los musulmanes. Ese no sabe nada de tolerancia, ese no entiende las religiones, ese no sabe del mundo moderno, no sabe cómo desenvolverse, no sabe cómo hablar. Termina ese escándalo. Viene el otro escándalo. Ese es demasiado europeo. Ese no entiende aquí a Latinoamérica, no sabe nada de África. Vive únicamente centrado allá en su mundo. Solo entiende de la curia. Termina ese escándalo. Resulta que han aparecido muchos casos espantosos, dolorosos, de sacerdotes que han cometido faltas de pederastia, algo abominable. De una vez el Papa es un encubridor. El Papa debería renunciar. Que se quite ese Papa de ahí. Señores y señoras, no seamos tontos, por favor. ¿Quién está detrás de todas esas acusaciones? ¿Quién? ¿Quién es el que está detrás tratando de que no oigamos a Benedicto dieciséis? ¿Quién es el nombre de él? Es muy sencillo. Y ya lo he mencionado en esta homilía. Es el acusador. Pero el Espíritu Santo, el Espíritu Santo de Dios y toda la gente que ora, los que oramos por Benedicto, ahí lo tenemos y bendito sea Dios. El hombre, o sea, Benedicto sigue hablando, no se ha callado. El Espíritu Santo a través de la voz de nuestros pastores nos habla con claridad. Ah, pero es que eso que él dice, eso nadie le hace caso. Esas enseñanzas que Él tiene sobre el dinero, nadie las entiende. Lo que dice de la sexualidad nadie lo obedece. ¿Y qué quieres entonces, que el Papa empiece a decir lo que le gusta a tus oídos o que hable lo que le gusta a Dios? El Espíritu Santo se vale de la voz de la Iglesia para despertarnos, y nosotros tenemos que dejarnos despertar. Es que la vida no es como yo la quiera vivir. Imagínate que uno fuera por una autopista. Y uno dice no, yo voy a manejar como a mí me guste, por el carril de la izquierda, por el de la derecha, yo paso el carro que yo quiera. Yo hago lo que yo quiera. Pues te vas a destruir tú y vas a destruir a otros. El carro de tu vida vale más que cualquier automóvil. Tú no puedes vivir tu vida como a ti se te dé la gana. Hay caminos, hay señales, hay normas. Cuando la Iglesia dice, por ejemplo, no al aborto, cuando la iglesia dice las relaciones prematrimoniales se terminan volviendo en contra de la mujer y la destruyen, inmediatamente todos, !no! cómo va a decir eso, eso es imposible. Esas son las ideas de por allá. Unos curas pederastas. Es que el celibato no lo deja pensar. Cualquier cosa, dirán, con tal de que no se escuche el despertador. Pero el Espíritu Santo de Dios es poderoso y nosotros no nos dejamos engañar. Además, el mismo Espíritu que nos habla a través de nuestros pastores es el espíritu que despierta tu conciencia. Porque esa mujer que está teniendo relaciones con su novio y que todas las mañanas y todas las noches se dice esta disculpa, -Ah, pero es que nos queremos mucho. En el fondo de su corazoncito, esa mujer sabe que está diciendo una mentira porque sabe perfectamente que si se acaba esa relación con su novio, entonces que después de que le entregué todo a Andrés, le entrego todo a Ricardo y después le entrego todo a Carlos. Pero no se me entusiasme Carlos, que tengo que entregarle todo a Antonio. Entonces ¿Cuantos todos tiene su mercedes, señorita? Yo le entregué mi todo a Andrés y mi todo. A Carlos y a Juan también, sin olvidarnos por supuesto de Pedro, al que le entregué todo. ¿Cuantos todos tiene usted? -No es que nos queremos mucho, nos queremos bastante. Si señora. Cuando se haya acabado ese desorden en el que usted está viviendo con su novia, viene aquí y entonces me explica cómo era que se querían mucho. Cuando usted lo vea paseándose con otra que también le está entregando todo, entonces me dice si eso era amor. En el fondo la gente sabe, la gente sabe. Y lo que hace el Espíritu Santo es despertar esa conciencia para que salgamos de ese sopor. A través de la Biblia, el Espíritu Santo nos grita la verdad de Dios. El Espíritu Santo nos habla muchas veces a través de nuestros padres, a través de los amigos rectos, buenos. Hay amigos muy malos, pero hay amigos que también saben dar buenos consejos. El acusador tiene como segunda estrategia el pánico. Cómo nos ayuda el Espíritu Santo a vencer esa segunda estrategia, de la siguiente manera. Imprimiendo en nuestro corazón el recuerdo de la verdad del amor de Dios, imprimiendo en nuestro corazón la verdad de la misericordia. Es decir, contra la anestesia esa que hace que nos apeguemos a nuestros vicios. El Espíritu Santo nos despierta y contra el pánico el Espíritu Santo nos consuela. Por eso se llama también espíritu de consuelo. Este es el Espíritu de la verdad que nos despierta y el espíritu del consuelo que no nos deja desesperar. Y por eso, mis hermanos, hoy hemos podido aprender un poquito sobre cómo obran estos dos espíritus. El espíritu acusador ya sabes cómo obra, ya no puedes decir que no sabes, primero lo marea y luego garrotazo, es decir, primero anestesia y luego pánico. Ese es el acusador, ese es el Satanás. Y el Espíritu Santo, en cambio, ¿qué hace? Primero nos despierta y luego, aunque el peso de nuestras culpas nos humilla y nos preocupa y nos oprime, el Espíritu Santo nos consuela y nos da la esperanza de la salvación en Cristo. Vamos a seguir esta celebración. Tengamos en cuenta que está muy cerca ya la Semana Santa. Hay que hacer una buena confesión, hay que despertar la conciencia, hay que dejarse de bobadas y de estar uno diciendo que porque soy yo no pasa nada. Hay que arrepentirse de los pecados, hacer una buena confesión y tener una dulce confianza en el amor de Dios que no nos va a defraudar. Y así en nuestra vida, lo mismo que sucedió en la historia de Susana, triunfará finalmente la verdad. Brillará finalmente la luz. Amén.

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