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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En la Cruz de Cristo hay poder suficiente para separar a cualquier pecador de cualquier pecado.

Homilía k051003a, predicada en 19990322, con 7 min. y 29 seg.

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Transcripción:

En el relato del profeta Daniel se hizo un juicio y en el relato del evangelio de Juan otro juicio. Ambos juicios tienen su fuente en Dios, pero son distintos. Y es más perfecto el que nos presenta Jesucristo que el que nos ofrece la profecía de Daniel. ¿En qué consistió el juicio hallado Daniel? Consistió en separar al inocente del culpable. ¿En qué consistió el juicio de Jesucristo? En separar al culpable de su culpa. Son dos momentos en la revelación. Es importante separar al inocente del culpable para que no se vea impunidad, para que aparezca la justicia. Pero es importante separar al culpable de su culpa para que aparezca y para que se manifieste la misericordia.

En realidad, la forma suprema de la justicia no es el castigo del culpable, sino la separación del culpable de su propia culpa. Es esta una disección mucho más fina. Este es un discernimiento más hondo. Esto es un juicio más profundo. San Pablo utiliza muchas veces la expresión justificación para referirse a la obra con la que Cristo nos comunica los bienes de su cruz y de su Pascua. Somos justificados. ¿Y en qué consiste la justificación? No es, como pretende el protestantismo, una declaración extrínseca no consiste en que Dios hace de cuenta que nosotros no hemos hecho nada. No es una especie de ficción fantasiosa, como si no hubiéramos pecado. Es una obra la más eficaz de todas. Me atrevo yo a llamarla así. Es la obra más eficaz del poder de Dios. Obra tal que toma a un ser, en este caso al ser humano, y lo desprende, lo libera, lo suelta de aquello que le oprime, de aquello que le desfigura. Es como separar a la fealdad del feo, es como separar a la ignorancia del ignorante. Es una disección que solo puede hacerla Dios, porque solo Dios tiene el designio original, el plan original para cada uno de nosotros.

El día de nuestro bautismo, la potencia de la cruz de Cristo, la potencia de ese amor, hizo esa separación en nosotros, separándonos entonces así para él, reservándonos para él. Como somos pecadores, como lamentablemente por nuestra fragilidad mal educada, caemos en el pecado. El amor inagotable de Jesucristo quiso dejarnos también ese tribunal de misericordia, que es el sacramento de la confesión. Y a través de la confesión, Cristo pronuncia sentencia. Es un juicio como lo que se le iba a hacer a la adúltera. Es un juicio que Cristo pronuncia, y en ese juicio Cristo nos separa a nosotros pecadores, nos separa de nuestros pecados de manera que sea castigado solo lo malo que es el pecado y quede salvado aquello que Dios quiso. Es la obra más maravillosa del poder de Dios. Que sea castigado solo lo malo, solo lo malo. Cuando el pecador es apedreado como los ancianos corruptos de la primera lectura es por lo menos sentimos que se salvó una vida inocente, como dice el texto bíblico. Pero ahí se hundió el pecador con su pecado. Algo bueno, lo que Dios quería para esos ancianos, algo bueno se perdió. La disección más profunda es la de separar tan completamente el bien y el mal que sea castigado solo lo que es malo, es decir, solo el pecado.

Y efectivamente, en la cruz de Cristo hay poder suficiente para separar a cualquier pecador de cualquier pecado. Es doctrina común en la Iglesia desde los primeros siglos que la gracia de la Pascua de Cristo tiene eficacia para perdonar todos los pecados. Porque precisamente en esa balanza que es la cruz, fue pesado el amor que se manifiesta en la sangre de Cristo y fue encontrado ese amor más valioso y de mayor peso que cualquier culpa del universo. Esto significa que todo pecador, todo pecador, puede ser perdonado y que la única manera de condenarse es por un acto voluntario, persistente, absurdamente persistente en la maldad. La única manera de condenarse es persistiendo en adherirse a aquello que Dios, por la cruz de Cristo, ha hundido en la tiniebla. Desde esta perspectiva, entendemos por qué la Iglesia no declara condenada definitivamente a ninguna persona. Lamentablemente, podemos admitir la posibilidad de que haya gente en el infierno. Podemos, tenemos que admitirla. Sabemos que esa posibilidad es también real, incluso para nosotros. Dios nos libre.

Pero lo más importante de esta enseñanza es que comprendamos en qué consiste la justificación que nos viene por la Pascua de Cristo y que comprendamos el poder tan grande de Dios y lo cercano que está a nosotros ese poder. ¡Cuán fácil, cuán fácil de recibir! Casi le parece a uno estar escuchando ese salmo que dice: Abre tu boca, y yo la saciaré. Casi nos parece escuchar los gritos del poeta Isaías cuando dice: Venid todos, también los que no tenéis dinero. Comer sin pagar manjares suculentos vinos de solera. Venid, comed sin pagar. Está ahí. Está ahí. Está atento a todos. Está abierta a todos. ¿A qué se necesita esa fe por la que nosotros nos abrimos? Al poder de Dios, a la gracia y al amor de Dios. No desesperemos, entonces, de nuestro propio camino. Recibamos con gratitud el haber sido bautizados y recibamos con mayor gratitud cada vez que Dios nos concede confesarnos. Pero pensemos también que con esta intención y con esta enseñanza, tenemos motivo para rogar por todos, especialmente por los más endurecidos pecadores, con la bondad de Dios. Una cosecha inmensa, la cosecha de la cruz florecerá en los cielos para gloria de su nombre y para gozo de todos nosotros.

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