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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios Padre no juzga, porque Él es infinito y nosotros limitados. Jesús es quien juzga, porque es Hombre como nosotros; y al morir nos mostrará lo que hizo por nosotros y nos preguntará si acogimos su salvación.
Homilía k043022a, predicada en 20260318, con 7 min. y 30 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo quinto de San Juan, y habrás notado si has estado atento en la Santa Misa, que los textos de la Cuaresma toman mucho, pero mucho de San Juan. Efectivamente, tanto la Cuaresma como la Pascua, y también un poco en el tiempo litúrgico de Navidad, son las partes del año en las que más escuchamos a este Evangelio. Y, así como hay pasajes que son relativamente fáciles de asimilar, de comprender, de aplicar, también hay pasajes que nos cuestan bastante trabajo. Por ejemplo, hay un par de afirmaciones, o mejor dicho, una afirmación repetida un par de veces en el Evangelio de hoy, y a mí no me parece que sea tan fácil de entender lo que allí se dice. Pero con la ayuda del Espíritu Santo vamos a acercarnos a esos pasajes y vamos a buscar qué es lo que el Señor quiere decirnos.
El primero de esos pasajes, o la primera vez que aparece esa afirmación es cuando Cristo dice que el Padre, Dios Padre no juzga, pero que le ha dado al Hijo la potestad para juzgar. El Padre no juzga, pero le ha dado al Hijo, es decir, al mismo Cristo, la potestad para juzgar. Y esta frase, que luego se repite con palabras muy semejantes, es la que se convierte como en un desafío, tratar de entender esto, lo cual significa dos cosas, ¿por qué se dice que el Padre no juzga? Y luego, ¿cómo podemos entender que este Cristo misericordioso, este Cristo compasivo, este Cristo tan generoso, es al mismo tiempo el Juez de todos nosotros? Digamos, ¿cómo se une aquello de que Cristo es a la vez nuestro Salvador, pero que también es nuestro juez? Eso es lo que necesitamos entender, y con la ayuda de Dios podremos avanzar algo.
Entonces, primero ¿por qué se dice que no es Dios Padre el que juzga, sino que es Cristo el que nos juzga? En esto hay una maravillosa explicación que tomo de antiguos autores cristianos, los llamamos los Padres de la Iglesia, gente como San Agustín, como San Juan Crisóstomo, gente como San Basilio, como San Gregorio Nacianceno, gente como San Ambrosio, como San Jerónimo. Todos esos nombres y otros más son los grandes autores, muchos de ellos obispos, otros sacerdotes, a los que consideramos los doctores de la Iglesia, es decir, los grandes maestros de la fe.
Y una explicación muy bonita que hay sobre esta frase del Evangelio de hoy es que, Dios Padre que, por supuesto, nos supera infinitamente en sus perfecciones, en su sabiduría, en su poder, en su omnipotencia, claro, en su omnipresencia, Dios, que nos supera tan completamente, pues por supuesto, difícilmente puede ser una medida para nosotros, porque Él es eterno y nosotros somos temporales, porque Él es infinito y nosotros somos limitados, porque Él lo sabe todo y nosotros, con dificultad, vamos aprendiendo una verdad tras otra.
Entonces, ¿cómo podría ese Dios infinito, cómo podría juzgarme a mí, que soy tan tremendamente limitado? Esa es la idea fundamental. Entonces este Dios infinito, este Dios inconmensurable, pues no es un Dios con el que yo me pueda medir, no es como como una vara de medida, como una regla de medida para mí, porque, porque me supera, porque me trasciende tan completamente. En cambio, Cristo es verdadero hombre como yo. Él conoce el dolor, conoce la soledad, conoce el hambre, la sed, el cansancio, conoció la tentación. Dios Padre no conoció la tentación, no conoce la tentación. En cambio, Dios Hijo sí, la conoció y la venció. Entonces es Dios Hijo, el Dios encarnado, el Verbo encarnado, el que realmente puede juzgarnos. Esa es la primera parte.
La segunda parte es la que tiene que ver con, bueno y ¿cómo articulamos eso de que Cristo es mi Salvador y que Cristo es mi juez? Y yo debo reconocer, amigos queridos, yo debo reconocer que durante un tiempo me parecía como muy difícil juntar estas dos ideas, porque yo decía bueno, el Salvador es aquel que manifiesta su compasión, su misericordia, es el que dice: se me conmueven mis entrañas. En cambio, la idea que uno tiene de un juez es más bien la de una persona absolutamente imparcial, una persona que no se deja mover por las emociones, una persona que permanece completamente neutral, racional y que, por consiguiente, simplemente mira y pesa la evidencia en un sentido o en otro. Entonces la imagen del juez imparcial, que fácilmente uno lo puede mirar como un juez implacable, pues como que reñía en mi mente con la imagen del Cristo compasivo, el Cristo Buen Pastor, el Cristo buen amigo.
Pero luego uno va aprendiendo, uno aprende de los predicadores, uno aprende de otros sacerdotes, uno aprende de los libros, uno aprende de los santos. Y entonces, al fin como que se me aclaró y es lo que quiero compartir con ustedes. ¿Sabes por qué tu Salvador es también tu juez? Porque ese Cristo que tú te vas a encontrar a la hora de la muerte, ese Cristo que va a juzgar de tu vida, en realidad no tiene que decir muchas palabras, basta con que Él muestre todo lo que ha hecho por ti. Ese es todo su argumento, esa es toda su argumentación, todo lo que Él ha hecho por ti, es decir, la sangre que derramó, el dolor que padeció, los caminos que recorrió, eso es lo que Cristo muestra. Y eso fue todo lo que yo hice por ti, y la única pregunta del juicio es: ¿Lo aceptaste, lo aprovechaste, lo agradeciste, lo pusiste a trabajar? Te das cuenta cómo el Salvador es el mismo juez, mostrando su salvación, mostrando su misericordia misma, ahí tienes el juicio. ¿Qué hiciste con todo lo que yo te di?, ¿qué hiciste con todo el tiempo, la paciencia, el amor, la misericordia misma que tuve contigo?, ¿la aprovechaste o la desperdiciaste?
Así de sencillo, y por eso Cristo, nuestro Salvador, es también nuestro juez. Y por eso también nosotros tenemos que tomar conciencia, especialmente en el tiempo de Cuaresma, tenemos que tomar conciencia de todo, todo lo que hemos recibido para no dejarnos engañar pensando que el tiempo es infinito. Hay que aprovechar la hora presente y hay que vivir en honestidad y vivir en pureza y vivir en oración. Como dice uno de los prefacios de Adviento, para que cuando Él venga, nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza. Así sea.

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