Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Recordemos que Jesucristo es nuestro juez, no para vivir en pánico sino para traer a nuestra mirada la realidad de que Él nos trae la verdad, el plan, el orden de Dios a nuestra vida ahora y en la eternidad.

Homilía k043020a, predicada en 20240313, con 6 min. y 47 seg.

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Transcripción:

El verbo juzgar tiene un lugar bien importante en el Evangelio de hoy. Estamos en el capítulo quinto de San Juan, y con la ayuda del Espíritu Santo, queremos entender un poco qué significa este verbo en la Biblia y qué significa eso de que Cristo es aquel que juzga. Dice, por ejemplo, una de las frases en donde está este verbo, dice: «El Padre ha entregado al Hijo el juicio». El que juzga es el Hijo, y yo creo que cuando nosotros pensamos en todo lo que Cristo hace por nosotros, todo lo que Cristo hace por la humanidad, tal vez el verbo juzgar es de los que menos nos atrae, pero resulta que es un verbo importante, es un verbo bien importante, que Cristo es el que juzga.

A nosotros nos gustan otras afirmaciones sobre Cristo, seguramente las preferimos. Afirmaciones como, por ejemplo, que Cristo es el salvador, que Cristo es el amigo, que Cristo es el médico, que Cristo es el Buen Pastor. Todas estas imágenes son ciertas, todas estas comparaciones y símbolos son perfectamente ciertos, y es así. En efecto, Cristo es nuestro abogado, nuestro pastor, Él es nuestro Salvador, nuestro amigo, todo eso es totalmente cierto. Pero fíjate que, de las palabras que menos consideraríamos para referirnos a Cristo es que Él es nuestro juez. O a veces se puede mencionar que Cristo es nuestro juez, pero en un tono que podríamos llamar exagerado, exacerbado, nervioso.

Se cuenta, por ejemplo, que Martín Lutero, el iniciador de la reforma protestante, Martín Lutero temblaba cuando oía hablar de Cristo, el solo nombre de Jesús le producía pánico. Él entraba en angustia de sólo oír el nombre de Jesús, porque él asociaba a Jesucristo con el juicio, con el juicio final y sobre todo con aquella frase que está en el capítulo 25 de San Mateo: «Id malditos al fuego eterno, preparado para el diablo y sus secuaces». Él ya como que sentía que esa frase ya estaba aquí en su oído y que ya se la iban a decir. Pero, ¿eso es lo que significa ser juez? Es decir, ¿es correcto omitir completamente el hecho de que Cristo es nuestro juez? Claramente no, y lo demuestra la lectura de hoy de la Misa. ¿Es correcto entonces, vivir en pánico o tratar de producirle como pánico a la gente, para que viva así en el terror de que me va a juzgar Dios? Tampoco, o sea que tenemos ahí un bache de ignorancia. Tenemos, como en eclipse, esa parte de nuestra fe cristiana y católica,

Cuando se habla de que Dios es juez, de lo que se está hablando es de que Él trae orden, Él trae su orden. Su sabiduría, bondad y poder se hacen presentes en el mundo, cuando Dios juzga, el Señor juzga a las naciones. Es decir, el Señor pone orden entre las naciones y dentro de las naciones. Creo que una de las maneras más hermosas de entender este verbo juzgar es eso, es traer el orden de Dios, es traer el orden de la verdad y la bondad y la justicia, traer todo eso, traer todo eso y hacerlo realidad, hacerlo realidad, eso es hacer justicia.

Entonces el Hijo es el que juzga, ¿qué quiere decir eso? Quiere decir que, puesto que en Cristo hemos recibido toda oportunidad de salvación, lo que nosotros hagamos con todas las oportunidades de salvación, eso define nuestro destino eterno, y por eso se entiende que Cristo, que es nuestro Salvador, es también nuestro juez. Porque lo que nosotros hagamos con las ofertas de salvación que Él nos da, eso define nuestro destino eterno. Y en ese sentido, la verdad de Dios se cumple en nuestra vida, sea para salvación, como lo decía Cristo, o sea, para condenación. Si nosotros rechazamos su obra de salvación.

Hay una comparación muy infantil, pero que es muy útil en esto. Piensa tú, por ejemplo, en aquella persona que se está ahogando porque hubo una inundación terrible en su pueblo y el agua sube, sube y sube, y este hombre está ahí en el tejado de su casa, y entonces se acerca la lancha, una lancha de salvamento y le dice: -Súbase. Y él dice: -No, no me quiero subir. -Señor, que se suba, que el agua va a seguir ascendiendo, que no me quiero subir. Finalmente muere ahogado. Entonces, fíjate que, al rechazar la oferta de salvación, él ha definido lo que su propia condición.

Lo mismo sucede con Cristo. Cristo es nuestro Salvador, en Él está toda nuestra esperanza de redención. Pero al rechazar a Cristo, al rechazar su oferta de amor, su oferta de salvación, al rechazarla, ¿qué estamos haciendo? Pues estamos definiendo nuestro destino eterno en un sentido completamente negativo. Si nosotros, por el contrario, acogemos esa obra de salvación, pues estamos definiendo nuestro destino eterno en una clave totalmente distinta. Qué importante volver a esto, de que Cristo es juez, no juez para que vivamos en pánico, pero tampoco juez para que escondamos lejos de nuestra mirada, esa realidad. Él es juez porque Él es el que trae la verdad, el plan y el orden de Dios a nuestra vida en el tiempo y en la eternidad.

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