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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No existe oposición entre Antiguo y Nuevo Testamento, Dios en el Antiguo no era un Dios terrible. Démonos cuenta de cómo la compasión del Señor se hace providencia.
Homilía k043019a, predicada en 20230322, con 5 min. y 45 seg. 
Transcripción:
En la primera lectura de hoy, tomada del capítulo número 49 de Isaías, indudablemente destaca la compasión. Como decía hermosamente el Papa Benedicto, fallecido no hace mucho, ese rasgo tan propio de la mujer que es la ternura, aparece especialmente en el texto de hoy: «Es que, ¿puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo jamás te olvidaría». Es toda una declaración de amor. Y yo quiero anotar dos cosas sobre esta declaración de amor, declaración de ternura divina.
Primera, a ver si por fin, a ver si por fin se nos acaba esa idea que tienen algunas personas de que en el Antiguo Testamento era el Dios terrible, el Dios castigador, el Dios justiciero, mientras que en el Nuevo Testamento es el Dios dulce y amoroso, el Dios comprensivo. Esa oposición entre Antiguo y Nuevo Testamento, llevada al extremo es incluso, una herejía que se llama el marcionismo. Pero los textos no avalan semejante mirada, semejante interpretación, no la avalan, porque los textos nos muestran que hay muchísimas muestras de amor, de dulzura, de ternura en el Antiguo Testamento. Mira ese texto de hoy, el Señor se define como el Compasivo y tiene esas declaraciones de ternura como la que ya he mencionado.
Por otra parte, en el Nuevo Testamento tampoco es que las cosas sean una especie de dulzura sin límites, porque como bien destacaba un estudioso de la Biblia, el personaje de la escritura que más habla de la condenación eterna es Jesucristo. Así que, por favor, seamos serios con el tema de la Biblia. Seamos serios y dejemos esas oposiciones y esas simplificaciones de que en el Antiguo Testamento todo era rigor, dureza y crueldad, y en el Nuevo Testamento todo es dulzura, sonrisa, compasión y buenismo. Bueno, eso por una parte.
Pero, por otra parte, hay un aspecto que me llamó mucho la atención de esa primera lectura, y es de esos detallitos que a uno le pueden pasar desapercibidos, dice: «Hasta por los caminos pastarán». Si uno conoce un poquito de la tierra de Jesús, de la Tierra Santa, uno sabe que grandes extensiones son bastante duras para la alimentación, son prácticamente tierra de pedregales, tierra de desierto y encontrar alimento por el camino, se entiende que sobre todo alimento para los ganados, pues no es cosa fácil. Esa es la promesa que Dios hace desde su corazón compasivo, esa es la promesa que Dios le hace a su pueblo, hasta por el camino encontrarán con qué alimentarse.
¿Por qué me llama la atención esto? Porque Dios está prometiendo el retorno a la Tierra Prometida, ese es el caso de los israelitas. Dios está prometiendo que llegarán, y que llegarán bien, lo cual está muy bello, está muy hermoso, pero hasta por el camino, por el camino los irá alimentando. Recuerda que el camino en la Biblia, es siempre una comparación de la vida humana, porque la vida es camino y nuestro destino, nuestro punto de llegada, es la gloria del cielo. Alimentados por el camino, un camino en el que somos alimentados.
¿Esto de qué nos habla? De cómo la compasión de Dios se vuelve providencia. En medio de este caminar, con todas las dificultades que tiene la vida, con todos los sinsabores que nos encontramos, con todas las frustraciones, las enfermedades, las traiciones, los imprevistos, los accidentes, en medio de todo eso, hay un Dios que nos va dando el pan de cada día, un Dios que nos va alimentando por el camino. Un Dios que no deja de cuidarnos en las más diversas circunstancias, de manera que su compasión es al mismo tiempo afectiva, porque nos ama, pero también es efectiva, porque provee para nosotros.
Entonces, dos enseñanzas claves de la primera lectura de hoy. Primera, dejar la oposición, esa tonta, entre Antiguo y Nuevo Testamento, y sobre todo esa idea de que el Dios del Antiguo Testamento era terrible, eso se tiene que acabar y se tiene que acabar hoy. Segundo, darnos cuenta de cómo su compasión, se vuelve providencia. Providencia que experimentamos, que vivimos, que saboreamos y que debemos también agradecer.

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