Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Una interpretación superficial del verbo juzgar considera que los cristianos tenemos prohibido opinar del comportamiento de otras personas aunque se trate de graves errores o pecados; la enseñanza de la Biblia es mucho más profunda, hermosa y fecunda.

Homilía k043017a, predicada en 20210318, con 12 min. y 45 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, la última parte de la Cuaresma trae abundantes pasajes del Evangelio según San Juan. Vamos a encontrar textos como el de hoy, que son textos de confrontación, discusiones tensas entre Jesús y los judíos, dice así en general el Evangelio de Juan. Estos pasajes no son fáciles para nuestra meditación ni para la predicación. Son densos y, como dije, conflictivos. Hoy, por ejemplo, nos damos cuenta de ese deseo de eliminar a Cristo y el motivo que se da «tenían ganas de matarlo porque se hacía igual a Dios». Y efectivamente, en casi todo el texto que hemos leído aparece que la obra que realiza Dios Padre es la obra que realiza Jesús, el Hijo no puede hacer nada sino lo que ve hacer al Padre. Y luego nos dice: «Así como el Padre tiene vida en sí mismo, le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo». Por supuesto, estos son los textos que sirvieron para elaborar el Tratado de la Trinidad, son la base del Tratado de la Trinidad. Todo es igual entre el Padre y el Hijo, excepto que es el Padre el que le ha dado al Hijo todo lo que el Hijo tiene.

De modo que se da un paralelo entre las acciones del Padre, las acciones del Hijo, menos en un verbo, que es el verbo juzgar, dice: «el Padre no juzga a nadie, ha confiado al Hijo todo el juicio». Esa es la única diferencia, y en esa diferencia les invito a que nos centremos por unos minutos, porque creo que uno de los verbos peor entendidos actualmente es el verbo juzgar. Muchas personas, sacando de contexto aquella frase famosa del Papa Francisco, nos repetirán ¿quién eres tú para juzgar? La manera como se entiende el verbo juzgar actualmente, por lo menos en ese contexto, es que cualquier opinión que se dé sobre el comportamiento de otra persona es un juicio y es algo prohibido por la Biblia. Esa es la idea como se suele entender el juzgar, particularmente cuando se trata de la conducta privada y muy particularmente, la conducta sexual de las personas. No juzgues, no juzgues, no juzgues. Pero la pregunta que nos hacemos es ¿se está entendiendo lo que es el verbo juzgar?

El mismo Santo Tomás nos dice que, pues al comienzo de la Suma Teológica dice, que en la Sagrada Escritura los textos relevantes para comprender una acción de Dios aparecen siempre explícitamente. Y por lo mismo, hay que tener en cuenta todos los textos explícitos para llegar a entender lo que significa, por ejemplo, en este caso el verbo juzgar. Por ejemplo, mire esto, la gente dice, no juzgues, no juzgues. Pero Cristo nos habla de corrección fraterna. ¿Cómo puedo yo dar una corrección fraterna? O ¿cómo puede alguien corregirme a mí si no es porque ha formado una opinión sobre mi comportamiento? Si alguien ve que soy perezoso, o soy hipócrita o soy obsceno, esa persona cómo logra hacerme una corrección fraterna, pues porque se da cuenta de que estoy obrando mal. Si la Biblia prohibiera cualquier opinión sobre el comportamiento de otra persona, la corrección fraterna sería imposible. Si la Biblia admitiera esa versión del verbo juzgar, que consiste en que uno jamás puede opinar del comportamiento de otra persona, entonces los superiores y los legítimos pastores nunca podrían corregir a nadie, porque si alguien me va a corregir de algo, yo le diría simplemente, escudando ese falso verbo diría, no juzgues, no juzgues y ya se acabó. Esa es una manera cómoda pero irresponsable de tratar la Biblia.

Y, por último, démonos cuenta que este mismo mundo que dice que no se puede juzgar, evidentemente hace juicios sobre acciones específicas. Por ejemplo, hoy tiene mucha importancia y no me quejo de eso, hoy tiene mucha importancia a toda la cuestión ecológica. Si nosotros estamos maltratando el medio ambiente, seguramente habrá personas que nos corrijan y está bien que nos corrijan, pero ahí si no se aplica aquello de que no juzgues. Entonces hay que salir de esa idea superficial y acomodaticia del verbo juzgar.

El juzgar en la Biblia es algo muy profundo que nos remite hasta el misterio mismo de Dios. Hacer justicia en la Biblia significa poner las cosas en su orden. Todavía mejor, traer el orden de Dios, recuperar el orden de Dios, eso es lo que significa juzgar. Y aquí es donde aparece la gran diferencia entre el verbo juzgar, como está en la Biblia y como nosotros lo entendemos. Para nosotros, los juicios tienen que ver con tribunales, con apelaciones, son acciones que se repiten y son acciones que están sujetas en ocasiones a corrupción. Hay jueces venales, hay jueces corruptos. Nada de esto aparece en el juicio cuando se trata de Dios, básicamente, el juicio de Dios es la sentencia definitiva, irrevocable, que Él pronuncia sobre una vida, sobre una situación. Porque si justicia significa el orden de Dios y hacer justicia es recuperar el orden de Dios en una situación, eso no tiene ni apelación ni tiene cambio, sino que es algo definitivo, lo cual nos ayuda a entender aquella frase de Cristo, cuando Cristo dice: «no juzgues», lo que está diciendo es, tú no puedes pronunciar sentencia definitiva sobre nadie.

Yo puedo darme cuenta de que otra persona está obrando mal y es mi deber ayudar a corregir lo que esa persona está haciendo mal. Pero juzgar, en el sentido fuerte, quiere decir pronunciar sentencia, es decir, definir el destino de esa persona. Y eso no puedo hacerlo yo, porque yo puedo ver que la persona se está equivocando hoy, como cuando Saulo de Tarso perseguía a los cristianos, yo puedo darme cuenta de que él estaba obrando mal, pero ¿cuál será el destino definitivo de esa persona? Yo no lo sé. Puede convertirse, seguramente me aventajará largamente en su camino hacia Dios.

Entonces, juzgar tiene que ver con esa sentencia definitiva. Y en ese sentido nosotros no hemos de juzgar, porque solo Dios sabe qué va a pasar con la otra persona. Si se trata de acciones específicas, yo debo tener claridad sobre lo que es bueno y es malo. Y si yo mismo, lo digo aquí con mis hermanos de comunidad, si yo mismo estoy obrando mal en algo, yo sí quiero que, en ese sentido, me corrijan y, por consiguiente, entre comillas me juzguen, porque si no me corrigen no voy a mejorar. Esta aclaración es clave.

Ahora solo nos falta, ¿por qué el Padre no juzga y por qué el Hijo sí juzga? ¿Por qué todo el juicio está en Cristo? ¿Por qué no dice Él que juzga el Padre? Pues resulta que Cristo, como enseña con tanta claridad San Gregorio de Nacianzo, ha asumido todo lo nuestro. De San Gregorio Nacianceno es aquella frase que se ha convertido en un eslogan de toda la cristología: «Lo que no fue asumido no fue redimido. Y como ha sido redimido el ser humano en su integralidad, entonces todo lo humano ha sido asumido por el Hijo de Dios». Por eso, Cristo es aquél frente al cual todas mis disculpas se derrumban, porque Él ha asumido todo lo que yo soy, verdadero hombre hasta lo más profundo de su ser, Jesucristo es aquel que ha conocido, ha padecido todo lo que es la naturaleza humana, menos aquello que es inhumano, que es el pecado. El pecado no es humano, el pecado deshumaniza.

Entonces, Jesucristo es aquel que acaba con mis disculpas, porque frente a Dios Padre, que no se ha encarnado, frente a Dios Padre, yo siempre podré decir: -Ah, pero es que tú lo sabes todo, pero es que tú lo puedes todo, es que tú eres infinito, tú eres eterno. A ti no te duele, porque es imposible causarle dolor a Dios Padre, para más detalles hay que ver el curso de Cristología. Entonces, Dios Padre no padece, de hecho, una herejía es el Patripasianismo. Dios Padre no padece propiamente, no padece, eso es para otro día explicarlo despacio. Pero, Dios Padre no padece, el Hijo sí padece.

En el Hijo está todo el sufrimiento, en el Hijo está toda la experiencia, mi naturaleza, frente a Cristo todas mis justificaciones, mis disculpas, mis excusas caen. Frente a Cristo y particularmente, el Cristo desnudo en la cruz, yo no tengo nada que hacer, sino presentar la desnudez de mi vida, y por eso en Cristo está el juicio, por eso frente a Cristo compareceremos. Pero terminemos con un pensamiento consolador, el mismo que será mi juez y que me dejará sin disculpas, es el que hoy se presenta a mí como Salvador. Él es mi Salvador hoy. Hoy es mi Salvador el que un día dirá ¿qué hiciste con la salvación que yo te ofrecí? Y en realidad ese es todo el juicio de Cristo, todo el juicio de Cristo es ese, ¿qué hiciste con todo lo que yo di para ti? Y es ahí donde nuestras disculpas caen. Pero para que no haya que disculparse, hay que recibir hoy el don precioso de su salvación.

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