|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los corazones ignorantes y obstinados se conquistan para Cristo a través del testimonio de nuestra conversión, humildad, servicio, caridad y predicación.
Homilía k043013a, predicada en 20170329, con 7 min. y 28 seg. 
Transcripción:
En los pasajes del Evangelio según San Juan que hemos ido encontrando esta semana, hay una idea que se ha venido repitiendo, los milagros de Cristo tienen un propósito, son señales que apuntan en una dirección, y la vida y el ministerio de Cristo es revelación plena de Dios nuestro Padre. El hecho de que Cristo sea la revelación definitiva y perfecta del Padre, es una noticia muy bella para nosotros. Pero no hay que pensar que todos reciben esta noticia con la misma alegría. Reconocer que Dios es nuestro Padre es un motivo de gozo, pero admitir que Dios se ha mostrado así, que se revela de un modo decisivo y definitivo en la persona de Cristo, eso es algo que ya requiere bastante más de nosotros.
Recibir milagros, los quiere recibir, creo que todo el mundo, a quien no le gusta ser curado de una enfermedad, a quien no le gusta una ayuda tan providencial, tan bondadosa y tan oportuna, esas cosas nos gustan. Pero, reconocer en la persona de Cristo, la revelación plena de Dios es algo que no resultaba sencillo para sus contemporáneos, para sus hermanos de raza, y que, si lo pensamos bien, tampoco resulta sencillo para nosotros.
¿Cuál es la dificultad en admitir que Cristo es la revelación plena de Dios? Es decir, ¿cuál es la dificultad en admitir que Cristo es verdaderamente Dios, como el Padre? Es algo que sigue costando trabajo también en nuestro tiempo. Y eso, incluso aunque hay pasajes de la Biblia que son tan, tan claros, como el de hoy, así, por ejemplo, hemos escuchado en el evangelio de hoy que Cristo dice: «Para que todos honren al Hijo como honran al Padre». Esas palabras no dejan duda sobre qué está diciendo Cristo sobre sí mismo, o lo que encontramos también en otro pasaje de San Juan, cuando dice al comienzo, en el prólogo: «En el principio existía la Palabra, la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». Esas palabras no dejan discusión.
También hay otros pasajes que podríamos recordar, como por ejemplo cuando Cristo dice: «El Hijo del Hombre es Señor del sábado». Si miramos en el Antiguo Testamento, nos damos cuenta que el sábado es una institución religiosa que afecta toda la vida del pueblo elegido y que viene directamente de Dios, tanto que, guardar el sábado era para los judíos una especie de sinónimo de ser verdaderamente fiel, verdaderamente religioso, verdaderamente unido a Dios. Y Cristo dice: «Yo soy Señor del sábado». ¿Quién puede decir eso? Refiriéndose a un mandato que viene de Dios, quién puede decirlo, si no es alegando que Él es Dios.
Vuelve a aparecer también, en el pasaje de hoy, aquello que explica muy bien el Evangelio según San Juan, los judíos, dice, lo detestaban porque llamaba a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios. El centro del rechazo a Jesucristo está en eso, ¿por qué te vas a hacer igual a Dios? Y, ¿por qué resulta tan difícil reconocer que Cristo es Dios? Mucha gente lo sigue negando hoy, de muchas maneras, de muchas maneras se niega la divinidad de Jesucristo. Aunque es una enseñanza tan clara en la Iglesia Católica, todo un concilio de la Iglesia, el Concilio de Calcedonia, proclamó y profesó en el siglo V, que Cristo es verdadero Dios como el Padre, y que es verdadero hombre como nosotros. Es decir, la verdad de la naturaleza divina y de la naturaleza humana de Cristo.
Sucede lo siguiente. Sucede que, si nosotros reconocemos a Cristo como verdadero Dios, tenemos que sacar una consecuencia, y esa consecuencia es, lo que expresa el apóstol San Pedro, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, allá en el capítulo cuarto: «No hay otro nombre por el cual podamos ser salvos». Si de verdad hay uno en el que se revela plenamente Dios, entonces tenemos que decir que ese uno y único que es Jesucristo no tiene comparación posible con ningún otro. Y ese pensamiento causa rechazo en muchas personas, porque entonces dicen, ¿y las otras religiones, en qué quedan? Y, los otros esfuerzos humanos por mejorar el mundo ¿en qué quedan? Y las otras propuestas ¿dónde quedan? Es decir, si de verdad Cristo es Dios, esto lo hace absolutamente único.
Esta es una pretensión que, definitivamente, deja por fuera todo lo que se pueda decir de filósofos o de líderes religiosos. Mahoma no dijo que él era Dios, Buda no dijo que él era Dios, Lao-Tsé no dijo que él era Dios, ni mucho menos los filósofos de distintas corrientes. Y eso, tal vez, es lo que más nos cuesta trabajo. Al proclamar la divinidad de Jesucristo, estamos proclamándolo a Él, no como un camino, sino como el camino.
Pero, afirmar que Cristo es el camino, supone que los que van por otros caminos, de alguna manera, o están en ignorancia, o están en obstinación, y la única manera de conquistar a los que están en ignorancia o en obstinación, es a través del testimonio de nuestra santidad, humildad, servicio y predicación. Y eso, por supuesto que, pone a la Iglesia en la ruta, en la ruta misionera, que siempre es una ruta, en primer lugar, de conversión de nosotros mismos. Eso cuesta mucho trabajo, nos llevaría muy lejos examinar todas las razones posibles por las que tantas personas siguen rechazando a Cristo como verdadero Dios.
De lo que podemos estar seguros, es que la Biblia no tiene dudas en esto, y que el camino no es negar la divinidad de Cristo, el camino es afirmar que por esa divinidad, nosotros hemos quedado infinitamente en deuda de amor con Él, infinitamente en deuda de proclamar esa santidad, no a través de la soberbia, sino a través de la humildad, no a través de la imposición, sino a través del testimonio y la predicación, no a través del triunfalismo, sino a través del servicio y de la caridad.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|