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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Tomemos las palabras de Cristo frente a sus adversarios como dardos de su amor que quieren desprendernos del poder del pecado.
Homilía k043008a, predicada en 20130313, con 5 min. y 4 seg. 
Transcripción:
Uno de los propósitos de la Cuaresma es que nosotros lleguemos a darle un sentido a la muerte de Cristo. La Cuaresma, evidentemente, mira hacia esos días centrales de nuestro año litúrgico, lo que llamamos el Triduo Pascual. De lo que se trata en la Cuaresma, es de preparar nuestros ojos para que, al contemplar a Cristo crucificado, podamos leer lo que Papá Dios quiere que leamos y entendamos. De lo que se trata en la Cuaresma, es de preparar los oídos y el corazón, de manera que cuando llegue el momento de la Cruz, nosotros escuchemos el testimonio del amor que Jesús nos da y recibamos en nuestro corazón ese amor, de modo que seamos transformados, y así como Él se levanta glorioso del sepulcro, así también nosotros salgamos de nuestros antiguos pecados y tengamos vida en su nombre, esa es la Cuaresma.
Entonces es vital que nosotros lleguemos a comprender un poco más cada vez por qué muere Cristo, cuál es el sentido que hay que dar a la muerte de Cristo. Si uno no hace esta preparación, entonces lo único que ve en la muerte de Cristo es un episodio más de la crueldad humana. Hay tantas crueldades en esta tierra, que la muerte de Cristo se convierte en una crueldad más. Tanta gente que ha sido desaparecida, tanta gente que ha sido torturada, tanta gente que ha sido desplazada por la violencia, entonces Cristo sería uno más. Por supuesto que, sabiendo que Cristo es el Hijo de Dios, el encontrarle tan solidario de nuestras desgracias no es pequeño consuelo, pero es que la muerte de Cristo no es simplemente un abrazo de consuelo en nuestro dolor, la muerte de Cristo es proclamación y es realización de nuestra redención, es salvación para nosotros. Entonces, hay que entender hacia dónde va, hacia dónde va el ministerio de Cristo, el servicio de Cristo. Y ese es el servicio que nos está prestando el capítulo quinto de San Juan que ya empezábamos a leer el día de ayer.
Si alguien quiere realmente profundizar en este misterio de por qué muere Cristo, yo creo que tiene que irse a ese capítulo quinto del Evangelio de Juan. Es ahí donde encontramos al Señor en esas discusiones con las autoridades judías, pero el énfasis hay que ponerlo, no simplemente en el judaísmo, porque aquí no se trata de favorecer ninguna tendencia antisemita, no se trata de quitarnos nosotros nuestra responsabilidad y decir, ese pueblo, el pueblo judío es el pueblo deicida, esos son los que mataron a Dios, ese es el pueblo perverso. Eso tiene que estar lejos de la boca del cristiano, ese lenguaje es un lenguaje ajeno a la intención de la Iglesia y a la predicación de los apóstoles.
Pero, lo que sí hay que encontrar en esas discusiones es cómo, a través de esas distintas personas, las personas de su propio pueblo, es el poder de las tinieblas el que quiere sacar su garra y quiere destruir a este inocente y justo que se llama Jesús de Nazaret. Y hay una frase central en el texto de hoy, capítulo quinto de San Juan, querían matarlo, no solamente porque se manifestaba superior al sábado, sino porque se consideraba hijo de Dios. Este es el lenguaje que resulta imposible de digerir por aquellas autoridades judías, pero, sobre todo, es el lenguaje que le fastidia al poder de las tinieblas, ¿cómo así que, hijo de Dios?
Y al mismo tiempo, ahí está la gran noticia de lo que nosotros hemos de considerarnos, es que el que se sabe hijo de Dios, es indestructible, y por eso, el enemigo trata de quitar esa certeza, de quitar esa alegría. Ahí está una de las causas, si no la causa más profunda de la muerte de Cristo. En esa relación íntima con el Padre está algo que el enemigo malo no puede aguantar de ninguna forma, y por eso tratará de separar a Cristo del Padre y, finalmente, buscará su muerte. Preparemos nuestros ojos, nuestro corazón, nuestros oídos, para los grandes acontecimientos de la Pascua, que ya está cada vez más cercana.

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