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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor de Dios será más tuyo cuanto más lo entregues a los demás.
Homilía k043006a, predicada en 20110406, con 13 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Por el tono de las palabras de Cristo en el Evangelio, nos damos cuenta que va bien avanzada la Cuaresma. Me refiero a que la Cuaresma es un camino que nos conduce finalmente hacia el drama de Cristo en Jerusalén. Y este camino es como una pedagogía que tiene la Iglesia para que cuando llegue la hora de la muerte de Cristo, nosotros tengamos bien claro que no se trata de un accidente, la muerte del Señor es la culminación de todo este proceso que estamos viendo día por día.
Por ejemplo, estas controversias que Jesús tiene principalmente con las autoridades judías, hasta cierto punto, van a explicar la animosidad de estas mismas autoridades contra el Señor. Entonces vemos que la autoridad de Cristo sobre el sábado y su manera de hablar del Padre resulta tremendamente fastidioso para aquellos judíos. Y así vamos entendiendo que se da como un rompimiento progresivo, un rompimiento entre este judío, Jesús, y estos otros judíos que cada vez lo miran con mayor desconfianza, con mayor distancia y después con verdadero odio. O sea que hay un valor pedagógico en todo esto que vamos leyendo. Se trata de que comprendamos qué es lo que diferencia y qué es lo que distancia y qué es lo que termina produciendo la exclusión de Jesús de en medio de su pueblo. Así como Él fue crucificado fuera de la ciudad, así también lo habían sacado primero de sus corazones, lo habían expulsado primero de su asamblea, lo habían sacado de su corazón y por eso, después lo sacaron de la Ciudad Santa.
Es grande el contraste entre el Evangelio y la primera lectura, porque la primera lectura nos habla de las cualidades del amor de Dios, el Evangelio, en cambio, nos presenta ese amor en el contexto complejo, polémico, que se suscita cuando ese amor se revela en Jesucristo. Miremos brevemente las características de ese amor en la primera lectura del capítulo 49 de Isaías. Es un amor irrevocable, inagotable, vigoroso, misericordioso. Son éstas las cuatro notas más sobresalientes del amor divino en Isaías 49. Amor irrevocable que no se echa atrás ni siquiera por el pecado del pueblo. Amor inagotable, exuberante en cierta forma, que cubre todos los aspectos de la vida de estos pequeños, de estos desamparados, como los llama el texto. Amor vigoroso que allana los caminos. Amor compasivo que se vuelve con ternura hacia los suyos. Qué bueno, por ejemplo, ya que estamos empezando el día, llevarnos estas cuatro palabras para que acompañen nuestra jornada, el amor de Dios es irrevocable, es inagotable, es vigoroso y es compasivo.
¿Por qué ese amor, entonces, entra en conflicto?, ¿por qué ese amor puede resultar tan tremendamente fastidioso y como odioso para estas autoridades del tiempo de Jesús? Es una pregunta que uno no deja de hacerse. Si Jesús lo que hace es sanar enfermos y predicar la cercanía y bondad de Dios. Si Él es el testigo por excelencia de ese amor que acabamos de ver, que es incomparable, ¿por qué resulta rechazado? Esta es la gran pregunta que uno tiene que hacerse en Cuaresma y en Semana Santa, ¿por qué ese amor único, delicioso, poderoso, resulta tan rechazado?
En el texto del Evangelio de hoy no aparecen las objeciones de los judíos, pero sí se dice esto: «No solo abolía el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios». Es decir, en Cristo Dios se ha hecho tan cercano que esta revelación resulta, no solo sorprendente, sino incluso como inaceptable. Y ¿por qué es inaceptable?, ¿por qué molesta este Dios tan cercano, tan infinitamente próximo, en la persona de Jesucristo? Porque entonces, todos los que tenían autoridad y todos los que obtenían importancia, presentándose como mediaciones de Dios, quedan descartados, quedan desuetos. El Dios que se da gratuita y abundantemente en Jesucristo, deja como desuetos, como inútiles, no solo las instituciones, sino incluso las personas.
La inmediatez de Dios hace que toda pretensión humana estorbe. Y eso, precisamente, es lo que molesta a fariseos y saduceos, a herodianos, a escribas, porque cada uno de ellos obtenía su relevancia social, cada uno de ellos tenía su importancia, precisamente como una especie de mediación del Altísimo. El escriba, por ejemplo, se ve muy claro, tiene ese conocimiento, es el intérprete autorizado de la ley y hay que pasar por él para llegar al texto de la Alianza y, por consiguiente, para llegar al Dios de la Alianza. Pero cuando Jesús derrama su sabiduría con abundancia y gratuidad, presentándonos la verdad de Dios con toda esta claridad y cercanía, ya no se necesitan muchos escribas, ya toda esa arrogancia del saber queda descartada y desueta. Los fariseos se habían convertido como en los porteros de la casa de Dios, eran ellos los que se supone que sabían quién podía estar en el recinto sacro, eran ellos los que se supone que conocían la voluntad de Dios, porque además, dominaban todas esas teorías e interpretaciones de la ley, hasta el punto de sobrecargar el texto con las tradiciones humanas que se pasaban unos a otros.
Pero llega Jesús con la abundancia de sus milagros, con ese amor que brilla para todos y toda la abigarrada explicación y toda la complicada burocracia religiosa de los fariseos, sencillamente sobra. Es decir, el Dios cercano hace que, prácticamente, todo sobre. Y por eso, la única actitud ante el Dios cercano es reconocer en Él, la fuente de la vida y del perdón, de la gracia y la sabiduría, del poder y de la santidad. Entonces hay un precio muy alto que se paga por recibir a Cristo, y es que toda gloria humana y toda arrogancia humana tiene que caer por tierra. Y eso, precisamente eso, es lo que molesta a estas autoridades, a estos que se sentían grandes, se sentían importantes. Podemos decir que les convenía un Dios lejano, porque el Dios lejano significa que nosotros podemos presentarnos como mediadores suyos. El Dios inmediato, el Dios infinitamente generoso, el Dios gratuito, el Dios de Cristo es, entonces, un enemigo de toda pretensión humana, de toda gloria humana, de toda idolatría. Y entonces Cristo se convierte en un enemigo.
¿Qué aplicamos de este texto a nosotros? Que estamos invitados a recibir esta abundancia descomunal de amor. Pero hay un precio que pagar y el precio es dejar pasar esa misma abundancia a los hermanos. El precio es no levantarse uno con soberbia y pretender decir: -Ahora yo soy el mediador de este río gratuito de amor. Hay que recibirlo, hay que beneficiarse y saciarse en él y hay que dejarlo pasar, y todos verán la revelación de Dios y todos recibirán de su amor. Es exuberante, es abundante este amor, estamos invitados a recibirlo y estamos obligados a dejarlo pasar. Y así se cumplirá que amamos a Dios sobre todas las cosas y que amamos al prójimo como a nosotros mismos. Se trata de la transparencia, como el cristal que es invitado a recibir toda la luz que quiera al precio de dejarla pasar, tenerla toda y darla toda. Y el primer modelo de esta transparencia es el mismo Cristo, que para eso dice en el pasaje de hoy: Yo no hago nada por mí mismo. Yo lo que recibo del Padre, eso es lo mismo que doy, la vida que recibo del Padre, esa misma entrego, el juicio que escucho del Padre, ese mismo tengo. A imagen de Cristo, transparencia y revelación del Padre, el cristiano también ha de recibir con abundancia y dejar pasar, entregar con abundancia.

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