Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los cristianos vivimos siempre alegres porque tenemos nuestra mirada fija en la meta, en el Cielo, en el encuentro con Dios.

Homilía k043004a, predicada en 20030402, con 10 min. y 9 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Amados hermanos, la primera lectura está tomada del profeta Isaías en el capítulo 49, y es una visión profética del retorno del destierro. Recordemos que en el libro del profeta Isaías se pueden distinguir como varias partes, hasta el capítulo 39, hay como un cierto lenguaje y unos temas. A partir del capítulo 40, empieza un estilo diferente que llega más o menos hasta el 54 o 55, y de ahí hasta el final, hay otro estilo y otros oráculos. Por eso, algunos hablan de el primer Isaías, el segundo Isaías y el tercer Isaías. Es decir que esta lectura de hoy pertenece al segundo Isaías, que es una de las porciones más bellas del Antiguo Testamento, porque está lleno, ese segundo Isaías, está lleno de cantos, de esperanza, de alabanza y de consuelo por todas las obras que Dios realiza, especialmente por una obra muy grande que es, devolver a los judíos a su tierra después de que habían sido sacados por Nabucodonosor, lo que se llama el destierro a Babilonia. Entonces, el tema principal del segundo Isaías es cómo Dios va a manifestar de una manera única su gloria, devolviendo a los judíos a su tierra.

Con esto claro en nuestra mente, podemos comprender mejor qué es lo que se nos cuenta aquí. Dice la lectura: «Te he defendido y constituido alianza del pueblo para restaurar el país, para decir a los cautivos, salid, a los que están en tinieblas, venid a la luz». Esos cautivos eran los que estaban cautivos en Babilonia, y esos que estaban en tinieblas eran los que habían sido desterrados a Babilonia. Bueno, ¿cómo podemos aplicar este texto a nuestra vida? Ya entendemos que el tema general es que los judíos estaban desterrados y que el profeta ve hacia el futuro, que Dios los va a recuperar y los va a devolver a su tierra, y esa es una gran alegría.

¿Cómo aplicamos esto a nuestra vida? Es muy interesante ver la descripción tan poética, tan primorosa que hace el profeta describiendo ese camino de vuelta. Por ejemplo, dice aquí: «Por los caminos pastarán, tendrán praderas en todas las dunas, no les hará daño el bochorno ni el sol». Pero cuando uno mira dónde quedaba Babilonia, y dónde quedaba Jerusalén, y mira ese camino, ese camino es espantoso, es un desierto terrible. Pero mira la visión tan positiva que da el profeta, tendrán praderas en todas las dunas, no pasarán hambre, ni sed, ni calor van a sentir. Y repito, si uno mira por donde pasaron y qué camino tuvieron que recorrer, era un camino durísimo.

Aquí veo yo una enseñanza para nosotros, la vida está llena de cosas duras, como este desierto, pero cuando uno va de camino a Jerusalén, lo duro se vuelve amable. Cuando uno va para la casa, cuando uno lo han sacado de la cárcel y va para la casa, descubre toda la belleza del camino, que no es sino la belleza de la meta que uno espera. Y esto se puede aplicar a cosas tan sencillas, como la persona que sale del trabajo y tiene que meterse en un bus o buseta o transmilenio, lleno de apretujones, seguramente tiene que estar de pie y estar cuidando que no le vayan a robar nada. Va cansado, va sudado, pero va para la casa. Qué distinto es el que va para la casa, que el que no tiene a dónde ir. El que va para la casa pasa por encima de esas incomodidades, de esos estrujones, de esos peligros, porque ya le parece sentir la voz del hijo que le va a saludar, el abrazo de la niña de sus ojos, el beso de su esposa. Se siente feliz, ya está cerca, ya va a llegar. Y por decirlo de alguna manera, no siente el camino, aunque el camino es duro.

Pero pensemos otra persona que va para el trabajo en ese mismo bus o en esa misma buseta o en ese mismo transmilenio, y tiene que hacer todo ese recorrido y no va para la casa, sino va a trabajar. Este siente mucho más duro el camino y el que no tiene a donde ir, este siente muchísimo más duro ese camino.

La vida es el camino, la vida nuestra es el camino y Jerusalén, nuestra casa, es el cielo. Y por eso uno encuentra gente que vive quejándose y vive sufriendo y vive amargada: ¡Ay, esta vida mía, ay! Y otro, que vive en la misma casa o en la casa de al lado tiene que pagar el mismo arriendo, tiene que sufrir las mismas incomodidades, las mismas inseguridades. Vivimos en la misma ciudad, vivimos en el mismo mundo, pero hay dos maneras de vivir. Una es, vivir solamente mirando el camino: -Que porquería de desierto, que calor tan horrible, Qué cantidad de moscos. Ese está mirando solo el camino. Isaías nos invita a mirar la meta, el que va enamorado de la meta y que ya siente que va a llegar a Jerusalén, el que siente que esa es su casa, no siente el calor, no siente el hambre, no siente la sed. Este es un mensaje muy grande, porque ustedes encontrarán que hay gente que en todo encuentra lo negativo y hay gente que en todo encuentra lo positivo y los dos viven en el mismo mundo y pasan por las mismas calles y trabajan en la misma empresa. Y hay uno que a todo le ve la amargura y a todo le ve el problema. Y hay otro que deja pasar muchas cosas.

¿Cuál es la clave de la gente feliz? La clave de la gente feliz no es que no tenga problemas, todos tenemos problemas, a todos nos llegan enfermedades, a todos se nos mueren parientes y amigos, a todos nos traicionan personas que no esperábamos, a todos nos decepciona gente que queríamos, a todos nos llega, si no visitantes, la muerte, la vejez, la enfermedad, la soledad. Esa es la porción que todos recibimos. Todos caminamos por el mismo desierto, pero hay unos que caminan mirando a Jerusalén y los que caminan mirando a Jerusalén no sienten la misma hambre, ni sienten la misma sed, ni sienten el mismo sol, porque saben a dónde van. Un cristiano es así. Un cristiano es el que sabe a dónde va, es el que ya siente la reunión con los amigos, es el que ya presiente el abrazo de Cristo, es el que ya siente la sonrisa de la Virgen, es el que ya, ya casi escucha los cantos de los ángeles, es el que quiere, es el que quiere darle ese abrazo de amigo a Domingo, a Francisco, a Martín de Porres, a Clara de Asís. Es el que quiere sentarse a la mesa con todos ellos, es el que ya se muere por entrar en esa danza y celebrar para siempre al Dios del cielo.

El que vive eso, igual tiene que pagar arriendo, igual le da peritonitis, igual le botan el hijo del colegio, igual le pueden pasar muchas cosas, pero el sol no le hace daño, ni siente hambre, ni siente sed y permanece, y permanece alegre porque deja pasar el sol, deja pasar esa hambre, deja pasar esa peste, deja pasar, todo eso lo deja pasar porque sabe que todo va a pasar. Si todo va a pasar, lo bueno y lo malo, ¿por qué nos vamos a amarrar a lo malo? Todo va a pasar, ¿por qué nos vamos a amarrar? No, no nos amarramos a nada, ni siquiera a lo bueno, todo va a pasar. Nuestra mirada está en el cielo.

La carta a los Hebreos, con una expresión que me gusta repetir, dice: «Tenemos nuestra ancla en el cielo». Como el barco que ya está anclado, algo se mueve, pero ahí se queda, así nosotros ya tenemos ancla en el cielo y algo nos mueven y nos sacuden las tribulaciones y los problemas, pero estamos firmes en nuestra esperanza. Sigamos el camino de la Cuaresma alabando a Dios y aprendiendo a vivir con felicidad. Porque si nos quedamos solamente mirando la arena, y solamente mirando el mosco que me picó y mirando el sol que me está quemando, no vamos a llegar a nuestra meta, y sí vamos a hacer pesado el camino a nuestros hermanos. Nosotros nos fijamos en el final, nos enamoramos de nuestra casa y desde ya cantamos la alegría del encuentro.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM