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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo es el misterio de Dios a nuestra escala, a nuestro tamaño.
Homilía k043003a, predicada en 20010328, con 15 min. y 40 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, ayer escuchábamos en el Evangelio sobre un milagro que hizo nuestro Señor Jesucristo. Un milagro debería ser motivo de gozo, pero en este caso el milagro, aunque le trajo alegría sobre todo al hombre que fue curado, le trajo problemas a Cristo, le trajo discusiones. Ustedes pueden buscar en sus Biblias en el capítulo quinto del Evangelio según San Juan, allí se encuentra el milagro del que estoy hablando. Un paralítico que estaba postrado cerca de una piscina en la que sucedían cosas extrañas. Jesús curó al paralítico y le dijo: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar». Y el paralítico, con esta sola palabra del Señor quedó curado, tomó su camilla y echó a andar. Y entonces, empezaron las alegrías para ese paralítico, pero también problemas para Cristo. Fue un milagro que le trajo problemas a Cristo, porque ese día era un día sábado, el día de descanso según la ley de Moisés. Y como Jesús le había dicho al paralítico que caminara con la camilla, entonces las autoridades religiosas de la época y los que se consideraban muy instruidos en la ley de Dios, dijeron: -Aquí está el motivo para acusar a ese tal Jesús. Ahí es donde se ve que ese señor no puede venir de Dios, porque si viniera de Dios no estaría mandando que se quebrara, que se quebrantara el día sábado, y luego ese hombre no viene de Dios.
Así razonaban aquellos fariseos, aquellos judíos de esa época. Y empezaron los problemas para Cristo, eso es lo que hemos escuchado en el Evangelio de hoy, que es continuación del de ayer. El día de ayer terminaba de la siguiente manera el texto: «Los judíos acosaban a Jesús porque hacían tales cosas en sábado», porque hacía tales cosas en sábado, ¿cómo se le ocurre quebrantar el sábado? Y mientras estaban alegando, entonces Jesús dijo la frase con la que empieza el Evangelio de hoy, esa es la relación que hay entre la lectura de ayer y la lectura de hoy. Por eso, dijo Jesús esa frase que nos parece rara: «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo». Esa frase la dice Cristo el sábado: «Mi padre sigue actuando y yo también actúo». Dios no se da vacaciones nunca, por eso, yo también actúo. El sábado es el día del descanso, pero el descanso no es una especie de pequeña muerte, el descanso no debe ser una oportunidad para el pecado ni para el egoísmo. El descanso es el tiempo para volver nuestra mirada hacia Dios, para reconocer en la contemplación y en el amor a Dios, nuestro verdadero descanso.
Desde luego que, para nosotros ya esa ley no rige en esos términos. Para nosotros el día importante no es el sábado que servía de memoria de la Pascua como salida de Egipto, para nosotros el día grande es el domingo, porque el domingo es el día de la Pascua como salida de la muerte. Cristo resucitó el domingo, no el sábado, por eso es el día importante para nosotros es el domingo. Cristo entonces, ya discutiendo con estos judíos, les dice un momento, mi Padre sigue actuando y yo también actúo, y eso sí que fue más grave todavía. ¿Cómo así que Dios siga actuando? Y claro que Dios sigue actuando, porque Dios conserva todas las cosas en el ser, que Dios siga actuando bueno, vaya y pase, pero que tú digas Dios sigue actuando, mi Padre sigue actuando y yo también actúo. Entonces, ¿qué es que te vas a hacer igual a Dios o qué es lo que pasa?
Esa es la discusión que se presenta en el Evangelio de hoy, ¿te vas a hacer igual a Dios? Por eso los judíos, nos explica el evangelista Juan, tenían más ganas de matarlo, porque ya no solo tenían la acusación de que abolía el sábado, sino también, que se hacía igual a Dios. Esta acusación, esta acusación tan fuerte de los judíos, sin embargo, Cristo no la desmiente, te estás haciendo igual a Dios, Cristo no desmiente eso, ese dato es importante. Fíjate eso, la acusación es: -Tú te haces igual a Dios. Y Cristo no dijo que no, no dijo que no. Eso es importante, Cristo no dijo que no. ¿Te haces igual a Dios? ¿Llamas a Dios Padre tuyo? ¿Es que te estás creyendo que eres Dios? Y Cristo no dijo que no, porque Él era Dios, Dios y hombre.
Pero Cristo no se puso a alegar con ellos en esos términos de que yo sí soy Dios. No, dijo: «El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace y le mostrará obras mayores que esta para vuestro asombro». Cristo no desmintió de lo que lo estaban acusando, que ahora te vas a hacer igual a Dios, no negó eso, sino que dejó abierta una rendija para que nosotros, más que esos judíos que lo estaban acusando, nosotros nos asomáramos al misterio de la unión de amor entre el Hijo y el Padre. Cristo no entró en una discusión, que sí soy igual a Dios, qué sí, que no. Cristo no entró en eso, simplemente como en una maravillosa, como en una sublime parábola, siguió hablando del Hijo y del Padre y dejó abierta una rendija, como decía Él: «El que tenga oídos para oír, que oiga». Dejó abierta una rendijita. El que quiera mirar, que mire la unión de amor, la unión de obra, la unión de voluntad, la unión de naturaleza, diríamos nosotros, que hay entre el Hijo y el Padre, ¡qué maravilloso es Jesucristo! Con estas palabras le atacan, le insultan y Él deja ver, en medio de esa nube de insultos, deja ver un poquito de su misterio.
Seguramente los que estaban discutiendo con Él, no entendieron nada. Seguramente ese lenguaje les parecía un trabalenguas, que el Hijo ve al Padre y el Padre y al Hijo, el Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, ¿quién iba a entender eso? Para ellos, eso se quedó en un trabalenguas. Pero ahí dijo Cristo esas palabras, no tanto para ellos, sino para nosotros, para que nosotros, asomándonos por esa rendija, viéramos la unión que hay entre Cristo y el Padre, el Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al padre. El padre es la referencia, el modelo, la fuente del Hijo y el Hijo, en obediencia y en unión de obra con el Padre, es la presencia del actuar del Padre en medio de nosotros, ¡qué tremenda enseñanza!
Seguramente los que estaban ahí discutiendo con Él no le entendieron nada. Pero nosotros, no somos enemigos de Cristo, somos sus amigos. Y estas palabras no las dijo Cristo para sus enemigos, más las dijo para nosotros, para sus amigos. Y nosotros tomamos estas palabras hoy, y aunque no entendemos muchas cosas, no nos portemos como enemigos que se quedan ante un trabalenguas, portémonos como amigos que tratamos de sacar un poquito de fruto, de remedio, de hermosura, de alimento, de lo que nos dice Jesús. Por lo menos, quedémonos con sola esta frase: si el Padre es la referencia, la medida, el criterio, la fuente del Hijo, y si el Hijo hace lo que hace el Padre, entonces el Hijo es la presencia del obrar del Padre entre nosotros. El Hijo hace lo que ve que hace el Padre. La presencia del Hijo que yo puedo ver me muestra el sentido, la potencia, la sabiduría que yo no puedo ver del Padre. El Hijo es la manifestación, como dice la carta a los Colosenses, es la imagen de Dios invisible. El Hijo nos muestra el actuar del Padre, el Hijo revela al Padre, quien mira a Cristo está mirando al Dios invisible. «El que me ve a mí, ve al Padre», le dijo después Cristo a alguno de sus apóstoles, a Felipe.
Mirar a Cristo, conocer a Cristo, contemplar a Cristo, adorar a Cristo. Eso es conocer al Padre, adorar al Padre, amar al Padre. Con la diferencia de que a Cristo, al Hijo lo vemos, al Padre no lo vemos, pero el actuar del Hijo nos manifiesta la obra del Padre. Y, por eso se entiende lo que luego viene, el Padre no juzga a nadie, ha confiado al Hijo el juicio de todos. Ha confiado al Hijo, el juicio de todos. ¿Por qué? Porque al Padre yo no lo veo, porque Dios Padre me desborda, me rebasa, es infinito. Yo no puedo con el Padre, pero el Hijo, Jesucristo está a mi tamaño, a mi medida. Lo puedo ver, lo puedo aceptar o lo puedo rechazar, lo puedo imitar o me puedo olvidar de Él, lo puedo amar o lo puedo excluir de mi afecto, ¿te das cuenta? El hijo es la imagen del Padre, es la presencia maravillosa de aquel que no podíamos ver. Pero eso significa que aquel que sí puedo ver, es decir, el Hijo, es el que me juzga porque el Hijo es de mi tamaño, porque el Hijo tiene una naturaleza como la mía y por eso el que juzga es el Hijo y no el Padre.
Hermanos, hay queda una rendija, el que quiera conocer a Dios Padre, acérquese a esa rendija. El que quiera saber de Dios, acérquese a Cristo, mírelo profundamente, amorosamente, mírelo con fe plena y descubra en Cristo el misterio de Dios. Cristo es el misterio de Dios a nuestra escala, es el misterio de Dios a nuestro tamaño. Y el que quiera entrar por la puerta que es Cristo, se encontrará con el Dios vivo y verdadero. A él honor, poder y alabanza. Amén.

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