Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Ningún pecado, aunque sea prolongado, tiene la última palabra ante el poder de Cristo. Jesús nos llama a dejar la postura de víctimas y asumir con esperanza el camino de conversión.

Homilía k042025a, predicada en 20260317, con 5 min. y 54 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy, tomado del Capítulo Quinto de San Juan, nos presenta una curación. Es Cristo que junto a la piscina de Betesda, le otorga la salud a un hombre que llevaba treinta y ocho años paralítico. El hecho de que el evangelista nos dé esta cifra yo creo que es significativo, porque está indicando que ni siquiera el mal prolongado, el mal al que tal vez incluso nos hemos acostumbrado, debe tener o puede tener la última palabra. Hay una expresión que se utiliza en mi país y supongo que en muchos otros lugares, cuando algo es demasiado complejo, demasiado difícil. Cuando ya perdemos la esperanza, entonces decimos que es un caso perdido.

Y cuando una persona lleva treinta y ocho años paralítica, pues quién le apostaría a una posible sanación. Quién diría se puede hacer algo por ese paciente, por ese hombre. Tal vez nadie lo diría, pero Cristo tiene algo que decir, Cristo tiene algo que contar. Y por eso la primera enseñanza de este evangelio es: No importa cuánto tiempo se haya repetido un pecado en tu vida, porque el pecado es la gran parálisis del alma. Cristo es poderoso, y el que levantó a este paralítico te puede levantar a ti de ese pecado.

Hace un tiempo estaba escuchando la confesión de un señor que decía: Son cerca de cuarenta años que estoy repitiendo este pecado, cerca de cuarenta años. Y también me decía con lágrimas en los ojos: Yo no quiero morir así. Me llamó la atención la coincidencia entre lo que decía ese señor y lo que aparece en el Evangelio de hoy. Porque ese hombre decía, son cerca de cuarenta años. Pero ¿Qué dice el Evangelio de hoy? Que el paralítico llevaba treinta y ocho años. Es decir, Cristo tiene algo para darte. Cristo tiene algo para decirte, aunque haya pasado mucho tiempo y aunque te sientas completamente prisionero.

Lo segundo que creo que hay que destacar, y tal vez lo hemos mencionado en otra oportunidad, es que hay que dejar la posición de víctima. Recuerda esa palabra, esa pregunta que Cristo le dice a aquel paralítico. ¿Quieres quedar sano? ¿Quieres quedar sano? Parece una pregunta inútil, por supuesto. O sea, se supone que la persona quiere quedar sana. No lo supongas tanto. A veces nos acostumbramos a la comodidad de ser víctimas por muchas razones. Por ejemplo, si soy víctima, toda la responsabilidad de lo malo que suceda en mi vida la tienen otros, yo no. O sea que uno puede hacerse víctima para esquivar responsabilidad. Uno puede hacerse víctima para comprar afectó en forma de compasión. Hay ciertas maneras, hay ciertos modos de infantilismo que conducen precisamente a un victimismo. Es decir, mientras yo sea una víctima chiquitita, entonces todos tienen que tratarme como si yo fuera un niñito, como si yo fuera una niñita. Hay que tener cuidado con eso. Uno puede preferir ser víctima, pues, porque quiere de alguna manera comprar afecto.

Ya lo dije en forma de misericordia, en forma de lástima de otras personas. En otras oportunidades, a veces uno quiere mantenerse en posición de víctima, para justificar. Óyeme esto para justificar los deseos de venganza. Así, por ejemplo, el marxismo tomó a la clase sufriente de su tiempo, es decir, los trabajadores pobres, sobre todo en la Inglaterra del siglo XIX. Y el mensaje de Marx para aquella gente era: Ustedes son los que siempre han sufrido. Entonces necesito la rabia de ustedes para golpear el sistema. Entonces quiero que te sigas sintiendo víctima. Quiero que siempre tengas a quien echarle la culpa, porque si la culpa la tienen otros, entonces tú tienes derecho a tener rabia. Tú tienes derecho a vandalizar los espacios públicos. Tú tienes derecho a incendiar el país. Tú tienes derecho a matar, a secuestrar. Tú tienes derecho a reclutar niños, como ha hecho la guerrilla, por ejemplo, aquí en Colombia. Tú tienes derecho a todo. ¿Por qué? Porque eres la víctima.

Entonces uno puede creerse víctima o uno puede afianzarse en su posición de víctima como una manera de asegurar el derecho a la violencia. La pregunta de Cristo ¿Quiere salir de ahí? Es una pregunta que no es obvia, porque es una pregunta que nos está invitando a dejar la postura de víctima y a darnos cuenta que sí podemos hacer muchas cosas. Son las dos enseñanzas que en esta oportunidad he querido destacar de este Evangelio. Primero, que para Cristo ningún tiempo es vencedor cuando se trata del pecado, no después de treinta y ocho, de cuarenta o de sesenta años, Cristo tiene todo su poder, lo sano y fuerte para transformar tu vida. Y segundo, dejemos ya la postura de víctimas y empecemos a trabajar por lo que merece la pena. Así sea.

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