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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Queremos que Jesús se acerque pero la conciencia del pecado nos lleva a sentir que estamos muy lejos de Él y que nuestra fe es imperfecta; pero Cristo también le da una mano a quien tiene una fe imperfecta.
Homilía k042021a, predicada en 20220329, con 4 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Si yo tuviera que resumir la enseñanza del Evangelio de hoy que fue tomado de San Juan, esta sería la frase. También una fe imperfecta puede hacer un camino. Es que sabes lo que pasa cuando uno empieza a caer en cuenta de lo mal que ha vivido, de los errores que ha cometido y empieza a descubrir paralelamente un poquito de la grandeza de Dios, de la santidad de Dios, de la hermosura de Dios. Uno puede tener una sensación de distancia, una sensación de que es imposible acercarse a ese Dios. Esto no me lo invento yo. Esto aparece en la Sagrada Escritura. Recordemos cuando el profeta Isaías estaba en el templo y tuvo lo que podemos llamar una experiencia de Dios, una una teofanía maravillosa. Y al contemplar él toda la grandeza, toda la santidad de Dios dijo ay de mí, estoy perdido, estoy perdido. Soy un hombre de labios impuros, habito en un pueblo de labios impuros. Se sintió perdido. Y lo mismo Pedro, el apóstol, cuando aquella pesca, la pesca milagrosa, cuando él vio que todos esos peces, por decirlo de alguna manera, acudían al llamado de Cristo, cayó de hinojos ante el Señor y le dijo. Oye estas palabras. Apártate de mí, porque soy un pecador, porque soy un pecador, apártate. Y realmente lo que necesitaba Pedro es lo mismo que necesitamos nosotros. Acércate, Señor. Lo que necesitamos no es que Cristo se aleje, sino que Cristo se acerque a nosotros. Eso es lo que realmente necesitamos. Pero repito, la conciencia del pecado muchas veces nos lleva como a esa sensación de que estamos muy lejos de Él y que nuestra fe es muy imperfecta.
En otro pasaje del Evangelio recordamos a aquel hombre que tenía un hijo que estaba enfermo y poseso. Las dos cosas enfermo y poseso. Y este hombre escucha que Cristo le dice todo es posible para el que tiene fe. Y entonces el hombre dice yo sí creo, pero ayuda a mi poca fe. O sea, la fe de él era imperfecta. Y lo más bello de ese pasaje, que es lo mismo que aparece en el Evangelio de hoy en San Juan, es que Cristo también le da la mano al que tiene una fe imperfecta. Mira esa frase, por favor, y aplícala a tu vida. Cristo también le da la mano al que tiene una fe imperfecta. Por qué menciono esto, porque en aquella piscina había una especie de superstición de que cuando el agua se sacudía era que había bajado el ángel de Dios y ese era el momento de las curaciones. Pero este pobre hombre paralítico, cómo se iba a acercar al agua que se mueve si precisamente su problema es que era paralítico. Cómo iba a llegar allá. Ese era su problema. Fíjate que había una fe imperfecta, porque era una fe que estaba mezclada como de cierta magia, como de cierta superstición. Agua que se mueve. Entonces esa es agua como mágica. Pero Cristo en su piedad, Cristo en su inmensa misericordia, hace el milagro. Luego de haber curado a la persona, le dice no peques, no sea que te suceda algo peor, no peques más, no sea que te suceda algo peor. Eso le dice. Pero Cristo acepta una fe imperfecta.
Seguramente tu fe, lo mismo que la mía, es una fe a la que le falta mucho. Pero mi hermano, mi hermana. No nos desanimemos. También una fe imperfecta puede ser un camino, y Cristo está ahí para levantarte. La gloria para Él.

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