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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
De Cristo, el nuevo Templo, brota agua de vida
Homilía k042019a, predicada en 20200324, con 12 min. y 18 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, las lecturas de hoy tienen dos elementos en común. La primera está tomada de uno de los capítulos finales del profeta Ezequiel. Y la segunda, el Evangelio, está tomado de San Juan. Y en ambos casos se nos habla del agua y se nos habla de la salud.
En el profeta Ezequiel el agua tiene un origen el templo. Del templo brota esta agua, agua que va aumentando su volumen, que va aumentando su fuerza y que tiene capacidad para hacer maravillas. Y las vamos a describir en un momento. Agua, que sale del templo. En el Evangelio, el agua está relacionada con la piscina de Betesda. Pero no es el agua de Betesda la que logra el milagro. Es la palabra, es el amor de Cristo. El milagro sale de Cristo. Vas viendo para dónde se encamina esta reflexión.
En el profeta Ezequiel, el agua sale del templo. En el Evangelio el milagro sale de Cristo. Pero detengámonos un momento. ¿Qué significaba el templo para Ezequiel? El templo era el lugar de la gloria de Dios. Ezequiel fue profeta en circunstancias muy difíciles. Es el tiempo del destierro a Babilonia. Es el tiempo de la gran humillación. Pero antes de que vinieran los ataques exteriores, en este caso por parte de los caldeos que vinieron a Jerusalén y atacaron a Jerusalén, capitaneados por Nabucodonosor antes de que eso sucediera ¿qué pasó? Pues antes de que eso sucediera, ya había un ataque interno. Antes de la ruina exterior producida por los caldeos, estaba la ruina interior y la ruina interior es el pecado.
Ya hemos mencionado en nuestra predicación de ayer como el pecado se había adueñado del pueblo elegido. Todo tipo de pecado, pecado social, de injusticia, pecado sexual, de prostitución, fornicación, adulterio, pecado de hipocresía, pecado de abuso de autoridad, pecado de mentira. Entonces, en una de sus primeras visiones, Ezequiel contempla cómo Dios abandona su casa. Como Dios abandona su templo, Dios se fue. La gloria de Dios se marcha. Huye de ese templo, porque ese templo ya no es su casa. Ese no es el lugar donde Él quiere habitar. Esto sucede en las primeras páginas del profeta Ezequiel y en las últimas páginas de donde es tomado este texto de hoy. En las últimas páginas se habla del nuevo templo y se habla del retorno de la gloria de Dios y se describe con mucho detalle, pero sobre todo con mucho amor. Se describe todo lo que sucede en ese templo y como parte de las maravillas de ese templo, el templo nuevo en el que sí habita la gloria de Dios, está el hecho de que el agua brota del templo. El templo se convierte en una fuente y es decir que la bendición que está en el templo no se queda en el templo, sino que sale a recorrer las calles. Sale a recorrer los campos y sale a vencer al agua ponzoñosa, al agua salobre. Agua que sale a vencer. Otra agua. Agua limpia que además purifica y que va a limpiar otra agua. Estas son las maravillas del templo que vio Ezequiel.
Agua que va a limpiar otra agua. Nosotros sabemos que eso no es posible. Llamémoslo así, físicamente hablando, eso no va a suceder. Si yo tengo agua que está decimos en Colombia picha que está dañada, yo tengo agua dañada y le echó agua limpia. Pues perdí mi agua limpia. Evidentemente, el agua limpia no tiene capacidad de limpiar el agua sucia. En cambio, el agua sucia sí tiene capacidad de ensuciar al agua limpia. Pero Ezequiel nos está diciendo algo maravilloso y es que esa agua inservible, esa agua estéril, esa agua salobre que es la propia del Mar Muerto, va a recibir el torrente que viene del templo, del templo nuevo, con la gloria nueva va a recibir ese torrente. Y cuando recibe ese torrente, ese mar muerto va a rebosar de vida. Es decir, por el poder de Dios, no va a ser ahora que el agua dañada va a dañar al agua limpia, sino que el agua limpia va a limpiar al agua dañada, y ese es Cristo.
Muchas veces hemos oído aquel refrán de que una manzana podrida daña a todas las manzanas de la caja. Pero si toda la caja, si toda la humanidad está llena de podredumbre, entonces ¿quién es el que va a sanar esa podredumbre, a quitar esa podredumbre? Pues Cristo es la manzana buena que es tan buena que es capaz de sanar a las manzanas dañadas.
Ese es el mensaje que nos da Ezequiel, y es un mensaje absolutamente precioso, porque a veces nosotros sentimos que esta humanidad es como un pozo de corrupción. A veces nosotros sentimos que esta humanidad es como un estanque de agua pútrida. A veces uno puede sentir de su propio corazón, a veces uno puede sentir mi vida, mi vida es un asco, mi vida es un desastre. Yo soy un desastre. Eso puede sentir uno. Mi vida es un desastre. Eso se puede sentir. Pero ¿sabes una cosa? el agua que brota del nuevo templo y el nuevo templo es Cristo. El agua que brota del nuevo templo, si cae en cascada de bendición sobre ti, esa agua que estaba dañada. Ese amor que estaba dañado en tu corazón, ese dolor que padecías, cuando recibes agua bendita, se limpia, se sana. Ese es el gran mensaje que nos tiene Ezequiel. Esta agua tiene fuerza, tiene fuerza creciente.
Es tan bella esta imagen del agua que sale del templo, porque a ver si hay agua que está corriendo, pues el caudal que sale, el caudal que corre es el mismo caudal que salió. Pero fíjate que el río que vio Ezequiel es muy raro porque es como si este río se fuera alimentando él solo. Es como si este río cada vez se fuera volviendo más grande. Es como si este río cada vez fuera tomando más fuerza por sí mismo. Esa es la obra de la gracia. Esa es la obra del Espíritu. Esa es la obra del amor de Dios en ti y en mí. Esta gracia llega a nosotros y nos dice Cristo se convierte en manantial que salta hasta la vida eterna. ¿por qué? porque es agua viva. Esa agua viva y vivificante es agua capaz de restaurar incluso al agua muerta.
Así que si nuestras familias se sienten muertas, que se abran, por favor, y que caiga con abundancia el agua de Dios. Que venga la bendición de Jesús. Y si la familia aprovecha este tiempo para recibir bendición y bendición de Dios, el agua dañada se acaba. El fruto bueno viene. Si tú sientes que tu vida ha sido estéril, este es el momento para recibir esta agua. Agua nueva, agua viva. Agua que viene del nuevo templo y ese es Jesús.
Terminemos esta reflexión con una pequeña palabra. Terminemos esta reflexión simplemente con esta inquietud ¿Por qué Jesús le hace esa pregunta al hombre que estaba enfermo? treinta y ocho años postrado. Y qué le pregunta a Jesús, ¿quieres quedar sano? estoy seguro que muchos de nosotros sentimos que es una pregunta absurda. No lo es. En Cristo todo es luminoso y nada es absurdo. Sabes ¿por qué esa pregunta tiene sentido? porque el pecado es como una cadena. Pero a veces uno ama sus cadenas y uno no quiere salir de ellas. Qué tal que Jesús nos preguntará, hace mucho tiempo te veo con un resentimiento terrible. ¿Quieres salir de ese resentimiento? esa es una buena pregunta. Tú tienes un afán de venganza, ¿quieres liberarte de ese afán de venganza? Tú sabes que ese afán de venganza es agua podrida de tu corazón. Tú sabes que eso apesta. ¿quieres salir de eso?. ¿Te has vuelto adicto a la impureza? ¿Te has vuelto adicto a la pornografía? ¿Te has vuelto adicto a la masturbación? ¿Te has vuelto adicto a la fornicación? Es una cadena. Hay estudios muy serios que hablan, por ejemplo, del daño que está haciendo la pornografía y entre otras cosas, en estos tiempos de cuarentena. Algunos de la industria de la pornografía están aumentando sus ofertas para que la gente consuma más.
Mis hermanos, la pregunta es ¿quieres liberarte de esa cadena? ¿quieres salir de eso? Y este hombre, aunque no respondió directamente, pues respondió con la manera de describir su tragedia. Él si quiere. Y es importante que nosotros queramos. Porque esto qué significa, que Dios no va a derribar la puerta. Él toca, pero no va a derribar la puerta. Te corresponde a ti. Me corresponde a mí decirle aquí te abro, Jesús. Aquí abro la puerta de mi vida y quiero recibir, quiero recibir tu bendición, quiero recibir tu sanación, quiero recibir tu amor.
Así nos lo conceda el Señor por su misericordia. Amén.

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