|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos al Señor que nos dé ojos para reconocer en qué tiempo vivimos y un corazón sensible a este tiempo para que las manifestaciones de su gracia no se pierdan.
Homilía k042014a, predicada en 20170328, con 5 min. y 14 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy ha sido tomado del capítulo quinto de San Juan. Nos presenta un milagro, una obra de misericordia y poder de nuestro Señor Jesucristo. Esto no es extraño cuando nos acercamos a los evangelios, pero hay que tener en cuenta que el Evangelio de San Juan, como lo hemos dicho en otras ocasiones, mira a los milagros de Cristo, no solamente como muestras de su bondad y de su poder, sino como señales que apuntan hacia la revelación definitiva de Dios.
En Jesucristo tenemos la plena, la perfecta, la definitiva revelación de Dios nuestro Padre. Es uno de los propósitos del Evangelio según San Juan. Con esa claridad. Volvamos al texto que se nos ha presentado hoy. Encontramos a un hombre que lleva mucho tiempo enfermo, pero que no logra sanarse. Está junto a una piscina que llaman Bethesda y no logra sanarse porque había una especie de tradición de el agua que se movía. Se supone que el movimiento de esa agua indicaba la cercanía del ángel de Dios, y la primera persona que se acercaba a la piscina quedaba curada. Eso tiene algo, podríamos decir, de religiosidad popular. Quizás podría ser discutible, quizás podría despertar escepticismo. Pero el relato del Evangelio no va tanto a que examinemos esa tradición popular de ese lugar, sino más bien a que nos demos cuenta cómo el que se encuentra con Cristo, en Cristo encuentra el tiempo exacto.
Aquí conviene recordar dos modos de hablar del tiempo que existen en la línea. En la lengua griega se puede hablar del tiempo como cronos, de ahí viene cronómetro, de ahí viene cronología, de ahí viene crónica. El tiempo, como cronos, es el tiempo que puede ser reportado por un medio repetitivo y físico, como por ejemplo un reloj. El movimiento repetitivo del péndulo, por ejemplo, sirve para marcar espacios iguales de tiempo. Ese es el cronos. Es inexorable. En cambio, hay otro modo de hablar de tiempo que se traduce a partir de la palabra kairos. Kairos es el tiempo, pero no el tiempo como cantidad, sino el tiempo como cualidad. Así como cuando se dice hay tiempo para llorar, hay tiempo para reír o cuando se dice este es un momento precioso para tal o cual cosa. El tiempo cualificado, el tiempo que es oportunidad, el tiempo que abre una puerta en tu vida. Ese es el kairos. Tiempo como cantidad es cronos, tiempo como calidad, tiempo cualificado es kairos.
Y lo que nos está mostrando el Evangelio de hoy es que Cristo es nuestro kairós. Este pobre hombre que estaba enfermo y que dependía de esa especie de tradición, quizás una leyenda sobre el agua que se mueve. Ese pobre hombre como que nunca tenía su oportunidad, como que nunca llegaba a tiempo, no había un tiempo favorable para él. En cambio, cuando aparece Jesucristo en su horizonte vital, cuando Cristo llega a su vida con Cristo llega su kairos. El verdadero tiempo no lo marca un reloj. El verdadero tiempo hay que leerlo en aquello que Jesucristo precisamente llama los signos de los tiempos. Cuando aprendemos a leer el tiempo, aprendemos a descubrir que hay momentos que son realmente favorables.
Así, por ejemplo, Jesucristo, al final del pasaje de la samaritana, dice a sus apóstoles levanten los ojos, este es el tiempo. Tiempo para la cosecha, lo cual significa aprovechen la oportunidad que hay en este momento para la evangelización.
Pidamos dos cosas al Señor. Pidamos que nos dé ojos, ojos para reconocer en qué tiempo vivimos y pidamos al Señor que nos dé un corazón sensible a ese tiempo para que las oportunidades y manifestaciones de su gracia no caigan en el vacío. Así sea.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|