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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una razón principal por la que no queremos de corazón curarnos del daño del pecado es por las ventajas, aunque engañosas, que trae el mismo pecado.
Homilía k042011a, predicada en 20150317, con 6 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Hay varias cosas que podemos aprender del Evangelio del día de hoy, tomado del Capítulo Quinto de San Juan. Se trata de una escena de curación, se trata de una señal, según el lenguaje de Juan, un milagro que realiza nuestro Señor Jesucristo. Qué hay que destacar en esta ocasión, varias cosas. Primera, qué tal esa pregunta que le hace Jesús al paralítico, ¿Quieres quedar sano? Siempre me ha llamado la atención esta pregunta porque uno diría que la respuesta es obvia, es un paralítico, se supone que quiere quedar sano. Pero Jesús lo pregunta. Jesús no lo da por supuesto, lo pregunta. Es posible que frente a un hecho de parálisis, nosotros sintamos que es una pregunta que sobra, pero como hay muchas formas de estar paralítico y como hay muchos males que paralizan la vida y que paralizan el alma, quizás la pregunta de Jesús no es una pregunta tan obvia como nosotros creemos. Hay personas que aprenden a amar sus desgracias, sus odios. Hay personas que aprenden a amar sus vicios y sus malas compañías. Y esas personas si recibieran la misma pregunta que Cristo hizo hoy a este paralítico, tendrían que decir la verdad. La verdad no me interesa curarme. Cuántas personas que están viviendo en el pecado, realmente no quieren apartarse del pecado y por eso yo creo que vale la pena que nos detengamos en esta pregunta y vale la pena que la dirijamos a lo profundo de nuestro ser. ¿Quieres quedar sano? ¿Quieres que Dios te libre de lo que te está encadenando? ¿Quieres que Dios te saque de la ignorancia en la que has vivido? ¿Quieres que Dios rompa esa cadena y abra para ti una historia nueva? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué nos encadenamos a nuestros pecados? La razón obvia es que el pecado también tiene sus ventajas. Es evidente que una persona, por ejemplo alcohólica, está destruyendo su casa, eso es verdad. Pero también es verdad que esa persona está experimentando un cierto placer. El placer que le produce beber, y es el placer de la bebida. Es el gusto, el gustico de la bebida, el que lo mantiene encadenado. Lo mismo sucede con la persona que está viviendo en adulterio. Es el gusto, el gusto que encuentra en esa pareja lo que le mantiene en el pecado. O sea, nosotros no esperamos que el pecado se justifique desde la maldad. El pecado se justifica, es decir, hunde sus raíces y se ensaña en nuestro corazón por las cosas gratas, por las cosas agradables que trae, si no fuera así, nadie pecaría. Y por eso la pregunta de Cristo, esa pregunta ¿Quieres quedar sano? En realidad es más profunda de lo que pensamos, porque esa pregunta quiere decir sabiendo que tus cadenas te traen alguna ventaja sabiendo que tus vicios te traen algún provecho. Quieres tanto, quieres tanto la libertad que eres capaz de superar el gustico de tu cadena. Quieres tanto una vida según Dios que eres capaz de romper con ese vicio. Alcanzas a imaginar tu vida sin ese vicio, sin ese pecado, sin esa ventaja con la que el mal ha logrado enlazar tu libertad. El tiempo de Cuaresma es tiempo para dejar que esta pregunta de Cristo resuene, retumbe en nuestros oídos. ¿De verdad quiero ser libre? ¿De verdad quiero la luz? ¿De verdad quiero la verdad? ¿De verdad quiero lo que Jesús me propone? ¿De verdad lo quiero? Esa pregunta tenemos que hacerla y vamos a descubrir algo. Y es que ese querer también tiene que dárnoslo Dios. San Pablo lo dice expresamente Dios es el que da el querer y el obrar. O sea que uno tiene que pedirle el querer a Dios, el querer de todo corazón, ser liberados del pecado. Eso hay que pedírselo a Dios, hay que pedirle al Señor que nos desate, pero lo primero que tiene que desatar, es desatarnos del gusto que el pecado trae. Y Dios, que es grande en su amor, que es grande en su piedad, ciertamente nos dará esta primera libertad. Y cuando nos da la libertad de desear la verdadera libertad, luego llega y revienta esa cadena, y experimentamos la grandeza de su amor y de su poder. A él la gloria por los siglos. Amén.

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