Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El mundo ayuda más al que necesita menos; aquí está Cristo, con una idea muy diferente de amar y de ayudar.

Homilía k042010a, predicada en 20140401, con 10 min. y 40 seg.

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Transcripción:

Puedo asegurarles, queridos hermanos, que esto no ha sido planeado. Llevamos un día de retiro reflexionando sobre sanación y la lectura que hemos oído. El evangelio que ha sido proclamado es un ejemplo precioso de la sanación que realiza Jesús. Es una de esas coincidencias que mejor debemos llamar Diosidencias. Bendito sea el Señor, que de esta manera nos permite concluir nuestro día de retiro con la certeza de que Él es el que nos sana, Él es el que nos libera. Hay varios detalles que comentar en este texto del Evangelio. Llama la atención el número treinta y ocho, no es un número que resulte familiar ni para nosotros ni en la Biblia.

Pero resulta que en el Evangelio de Juan se menciona dos veces el número treinta y ocho una vez es en este pasaje, Capítulo Quinto de San Juan, y otra vez es cuando Jesús dice; Que si destruyen ese templo, Él lo puede reconstruir en tres días, y los adversarios de Cristo le dicen treinta y ocho años llevamos construyendo este templo y tú dices que lo vas a reconstruir en tres días. De nuevo, esa no es una coincidencia. Treinta y ocho años llevaban ellos construyendo el templo y treinta y ocho años, este hombre olvidado de todos en su parálisis, es tan triste la expresión que él utiliza. No tengo a nadie que me lleve a la piscina cuando se mueve el agua. Es que aquella piscina de Betesda tenía una historia muy bonita, un poco extraña. Se decía que el ángel de Dios bajaba en ciertos momentos a esa piscina y el agua se movía como sola y cuando el agua se movía era la señal de que estaba la bendición de Dios, como a disposición de todos.

Y entonces, cuando ese fenómeno se presentaba, los enfermos acudían prestamente para meterse a la piscina, y muchos habían dicho que habían sido curados de esa manera. Se suponía que era el poder de Dios el que daba esa señal, el del movimiento del agua. Pero fíjate la situación tan triste en la que está este paralítico. Para curarse de su parálisis tendría que no ser paralítico, porque para curarse su parálisis tendría que llegar hasta la piscina y no puede llegar a la piscina porque paralítico. Es decir, se presenta una situación chistosa como la de algunas personas. Que son muy cortas de vista, como me pasa a mí, que soy miope, y entonces cuando uno no tiene las gafas, pues tampoco las encuentra. Porque para encontrar las gafas tendría que no necesitarlas, tendría que tener buena vista. O lo mismo que le pasa a otras personas que son muy pobres y necesitan que el banco les preste dinero, pero van donde el banco y lo primero que les dice el banco es ¿Cuánto dinero tiene usted? Y entonces él dice, pues es que no tengo, pues si no tiene, no le prestamos. Entonces dice uno: Pero así como se va a curar de su pobreza ese hombre si para que le presten necesita del dinero, entonces nunca le van a prestar. Estos no son juegos de palabras. Hay algo serio aquí, el mundo nos trata de esa manera.

Tenemos una solución para tu problema, si no tienes problema, tenemos una solución para tu pobreza si no eres pobre y tenemos cómo puedes encontrar las gafas si no las necesitas. Entonces hay soluciones para los que no tienen problemas y hay problemas para los que no tienen soluciones. Así funciona el mundo y por eso el pobre es cada vez más pobre y por eso el enfermo es cada vez más enfermo y por eso el triste es cada vez más triste, porque las soluciones están para el que no tiene problemas y el dinero está para el que no lo necesita. ¿Cómo se va a romper esa paradoja? ¿Cómo se va a romper ese ciclo? Jesús es el que rompe ese ciclo. Jesús es el que llega para darle vida al que no la merece, para darle perdón al que no lo merece, para darle ayuda al que no tiene con qué pagarla, para darle consuelo al que no tiene cómo argumentarlo. Y ese dar al que no merece, ese prestar al que no puede pagar, ese ayudar al que no tiene cómo defender su causa. Eso se llama amor de gracia, regalo de amor, ese es Jesús.

Y esa es la confianza grande que nosotros tenemos, que Jesús es capaz de dar al que no tiene. Cómo justificarse que Jesús tiene, cómo ayudar al que no tiene, cómo explicarse y que Jesús sabe apoyar al que no tiene cómo defenderse. Que el amor de Cristo es distinto a lo que hace el mundo, porque el mundo quiere ir sobre seguro y como el mundo quiere ir sobre seguro, no le da el dinero al que lo necesita, sino que le da dinero al que ya lo tiene. Jesús nos da amor de gracia, es decir, el criterio para Jesús no es el mérito sino la necesidad.

El criterio para Jesús no es la seguridad de que le podemos pagar, sino la seguridad de que lo requerimos a él. Y esa es la bondad infinita que hace que nosotros podamos acercarnos a Él y podamos confiar en Él durante treinta y ocho años, aquellos judíos estaban edificando hermosamente un templo y durante treinta y ocho años estaban olvidándose de este templo de Dios que es el ser humano. Así que van dos enseñanzas. Primera, no nos olvidemos del hermano, no nos olvidemos del que está cerca. No nos olvidemos del que necesita una mano para recibir la bendición de Dios. Y segunda enseñanza, La grandeza del amor de Cristo es que es capaz de amar al que no lo merece, al que no lo puede explicar, al que no lo puede justificar, al que no tiene con qué pagarlo. El amor de Cristo es amor de misericordia. Y una última enseñanza para hoy le dice Jesús cuando se lo vuelve a encontrar allá en el templo. Has quedado sano, no peques más, no sea que te ocurra algo peor.

Es la segunda ocasión en el Evangelio en que aparecen los pecados de los paralíticos. Acuérdate cuando Cristo sana a un hombre al que tienen que bajar por medio de una camilla. Tuvieron que quitar una parte del techo de la casa donde estaba Jesús y por medio de una camilla lo bajaron hasta donde estaba Jesús. Y ¿Qué fue lo primero que le dijo Jesús a ese hombre? Tus pecados son perdonados. Este también era paralítico. Y ¿Qué le dice Jesús? No peques más. Está afirmando implícitamente, acuérdate que eres un pecador y acuérdate que ya has ofendido bastante a Dios, por eso le dice no peques más.

Bueno, y ¿Qué podemos aprender de eso? Podemos aprender dos cosas. Primera, que no por el hecho de que la condición de una persona sea desventurada, eso lo hace inocente. Hay a veces la idea de que la persona que ha sufrido por su sufrimiento es inocente, o la persona que es pobre por su pobreza es inocente. Hay lenguajes, a veces demagógicos, que se utilizan al hablar de los pobres o de los excluidos, queriendo presentarlos, queriendo presentarlos como personas buenas. Como quien dice, el pobre, porque es pobre, es bueno o el enfermo porque es enfermo es bueno, o el que ha sufrido simplemente porque ha sufrido es bueno. Cristo no trata a los enfermos como personas buenas, los trata como pecadores. Lo que le dice a este paralítico es acuérdate que has pecado ya bastante, ya no peques más. No es el sufrimiento lo que nos limpia de pecado por si solo. No es la pobreza lo que nos hace inocentes por sí solo. Es verdad que la riqueza puede corromper nuestro corazón, pero también es verdad que la pobreza puede envenenar el alma, así que no hay que declarar bueno al que es pobre porque es pobre, ni hay que declarar bueno, al que ha sufrido porque ha sufrido. Eso nos lo enseña Cristo.

Y en segundo lugar, nos muestra que la primera misericordia que todos necesitamos y la primera sanación que todos necesitamos es siempre el perdón de los pecados. Pidamos entonces al Señor que conserve en nosotros un corazón arrepentido y que así, abiertos a su infinita gracia y misericordia, experimentemos amor y podamos irradiarlo a los hermanos. Amén. Amén.

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