Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

He aprendido en 20 años de sacerdocio: (1) Somos administradores de la Sangre de Cristo; (2) Permanente conversión; (3) Felicidad en Cristo; (4) No es un oficio sino una vida; (5) Lo primero es la fe.

Homilía k042007a, predicada en 20120320, con 18 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Cuando era estudiante en este mismo convento, una de las cosas que más apreciaba era que la gente mayor de aquella época, algunos de los cuales todavía viven, otros ya han muerto, comentaran de su experiencia y de su vida de fe. No necesariamente para repetir lo que otros han hecho. Si por algo se caracteriza nuestra vocación dominicana es porque deja un amplio espacio para que cada uno haga su propio camino, su propia historia. Así que no con afán de imponer ningún molde, sino de compartir una experiencia. Permítanme tomar estos veinte años de ordenación sacerdotal para contar un poco qué he aprendido, porque espero haber aprendido algo en ese tiempo. Para no divagar, trato de centrarme en palabras específicas.

Siendo novicio, encontré la biografía y los escritos de Santa Catalina de Siena que, como saben, me han marcado profundamente. Entre los muchos pensamientos de esta doctora de la Iglesia que me han iluminado y que creo que me han servido, es su manera de ver el sacerdote. Para Catalina, el sacerdote es el administrador de la sangre de Cristo. Una definición poco convencional, sumamente gráfica y por lo menos en mi experiencia, de gran utilidad. Administrador quiere decir que no es dueño de la sangre de Cristo, quiere decir de un gran tesoro. Y si es de Cristo, es de aquel que entregó completamente su existencia. Es de aquel que con la donación de su propia vida nos dio salvación.

Entonces el sacerdote, en las palabras de esta santa, queda definido como aquel que está orientado siempre a la salvación, a su propia salvación, por supuesto, pero también a la de los demás. Es un estándar muy alto y por consiguiente, ahí viene la segunda palabra. Como se dieron las cosas para que la ordenación sacerdotal de mis compañeros y mía fuera en Cuaresma. Quiere decir que en mi mente yo no puedo recordar la ordenación, sin acordarme de la Cuaresma. Tiempo por excelencia de conversión, tiempo también de penitencia, tiempo de búsqueda de intimidad y compañía con Cristo. Yo creo que eso ha impregnado la manera como entiendo mi propia vocación en términos de sacerdocio. Porque entonces entiendo que la conversión es parte de nuestra tarea.

Nosotros no somos simple o solamente rectores, o profesores, o regentes, o pintores o misioneros, sino que para hacer todo eso, primero tenemos que volvernos continuamente hacia Jesús. Por supuesto, en esa mirada de Cristo y en esa luz de Cristo, muchas veces, la mayoría de las veces uno se descubre profundamente deficiente. Uno descubre también, primero con sorpresa y después con resignación, que el tema de la misericordia lo practica Dios, lo practica, la Iglesia, lo practica la orden. Pero no existe mucha más misericordia en esta tierra. Es decir, los errores nuestros y el que les habla, ha cometido errores lamentables. Los errores nuestros nos los cobran caro, muy caro. Si algo tengo que pedir perdón y dejar en las manos de Dios es las veces que como sacerdote he decepcionado, porque mi experiencia es que la persona que se decepciona de nosotros ni siquiera vuelve a decirnos hasta dónde ha sido su frustración.

Es un tema un poco sombrío para recordarlo en una ordenación, pero repito, cuando yo era joven quería que me hablaran concreto y real. Entonces, la experiencia mía en veinte años es que hay vidas a las que no les hice mayor bien y esas personas realmente desaparecieron de la historia. Simplemente quedan en la oración y uno le pide a Dios que otros por otros caminos les puedan hacer bien. Entonces llevo dos palabras, la palabra administrador de la sangre de Cristo y la palabra conversión.

La tercera palabra es pasar un poco la página, a ver si esto resulta. La palabra felicidad, es necesario, está escrito en nuestro corazón, o como se dice hoy, está en nuestros genes. La búsqueda de la felicidad como estudiante de teología me marcó muchísimo, el comienzo de la Prima Secundae en la Suma Teológica de Santo Tomás. El otro santo que me ha ayudado demasiado, me ha iluminado. Dice Tomás que lo primero, lo último en la ejecución, es lo primero en la intención y lo primero en la intención es la felicidad. De modo que no hay manera de vivir esta vocación si no es desde la felicidad. Pero, por supuesto, no cualquier felicidad sirve, porque hay muchas felicidades o modos de felicidad, que van a entrar en colisión con el primer punto que dije lo de ser administradores de la sangre de Cristo.

Por decir algo sencillo, si el sacerdote se aficiona a uno cualquiera de tantos vicios que hay, ese vicio va a entrar en colisión frontal con la administración de la sangre de Cristo. Amarrados por los vicios, nuestra voz pierde alcance, pierde fuerza. Nosotros recordamos con gozo a Antonio de Montesinos y Pedro de Córdova y Luis Bertrán, y tenemos una letanía hermosa de santos, santos valientes. Pero esa valentía necesita una coherencia hasta el cimiento. Y en la medida en que cualquier tipo de pecado se adueña, hace presa en nosotros. La voz se debilita. Como me decía una vez un dominico con el cual me confesé hace ya bastantes años. Cuando uno falla en alcanzar el ideal, la tentación es bajar el ideal y eso pasa muchísimo.

Entonces, ¿Qué hacemos? Si por una parte nuestro corazón reclama felicidad, pero por otra parte esa felicidad, si no la encontramos o no la sabemos buscar, nos va a apartar de nuestra misión y de nuestra vida. Pues es un camino, deseablemente, un camino de convergencia. En este punto de mi historia miro mi vocación como dominico y como sacerdote, como un camino de convergencia. Yo trato de que mi camino se acerque al de Jesús. Así como Jesús quiso caminar por mis caminos, así como él se acercó tanto. Y la parte más pesada le tocó a él. Pues yo trato de acercarme a él y creo que en la medida en que se va dando esa convergencia, entonces uno también tiene momentos de inexpresable gozo.

Cuando por fin se tocan esas dos líneas, cuando uno puede ser feliz en Jesús, cuando al comulgar o al dar la comunión, cuando al arrepentirse o al dar la absolución, cuando al predicar uno experimenta que la voz que sale de uno viene de arriba y de más allá de uno mismo, y eso produce una alegría sublime, una alegría tan grande que hace que yo, lo mismo que la gran mayoría de los sacerdotes que conozco, pueda decir no me imagino en otra vida, no puedo desear otra vida. Me siento muy feliz en lo que estoy, aunque soy consciente que falta todavía mucho camino para que realmente se entrelacen, para que realmente se fundan la línea de Jesús y la mía. Administrador de la Sangre de Cristo en continua conversión, modelando nuestra vida en la vida del Señor.

Es fácil saber cuál es el cuarto punto de lo que he aprendido. Y aquí, como dice el Salmo, si tomo una actitud paternalista, voy a decir estas palabras; Venid, hijos, escuchadme, os instruiré en el temor del Señor. Esto sí que quisiera yo, que especialmente nuestra gente más joven lo tomara y lo acercara a su corazón. No miren ustedes, hermanos, ni su vocación religiosa, ni su vocación sacerdotal desde el esquema de un oficio o profesión como lo entiende el mundo. Esto es muy difícil porque la gran mayoría de la gente nos mira como funcionarios con un horario y de hecho tenemos que tener horarios, horarios en los colegios, horarios, en las parroquias, horarios en el santuario, horarios de clase.

Pero el verdadero secreto está en que cuando termina la clase no termine mi vocación, cuando termina la misa, no termine mi sacerdocio, cuando termine la predicación y a veces terminen los aplausos, no termine mi deseo de ser y de caminar por la senda de Jesús. Porque cuando se cae en la tentación de mirar al sacerdocio como un oficio más, como una profesión más, de inmediato eso entra en colisión con el anterior punto que dijimos. Porque entonces tu felicidad va a ser cuando no eres religioso, cuando no eres sacerdote, cuando descansas de tu consagración. Y por supuesto, esa clase de descansos pueden resultar extremadamente caros, extremadamente dañinos. Y los ejemplos están a la vista. Así que necesitamos en la vivencia, en la práctica de nuestra vocación. Necesitamos luchar contra esa manera como nos mira el mundo.

Tengo un hermano que es psicólogo, por dar un ejemplo. Tengo la alegría que me acompaña además aquí, y entonces para muchas personas es así. Tu hermano escogió ser psicólogo, el otro escogió ser ingeniero, el otro escogió ser odontólogo, tú escogiste ser sacerdote. Pero el verdadero misterio, la verdadera entrega, no funciona así. En este caso, nosotros nos parecemos más al esposo y la esposa. El esposo lo es todas las horas del día y de la noche, y en las vacaciones, y en el trabajo y en todas partes. Pero hay una razón más profunda, y es que el sacerdocio recupera su identidad más honda. Cuando el sacerdote mira la hostia consagrada como un espejo. ¿Me parezco a esta hostia, sí o no? Esa es la pregunta. Y resulta que eso significa que la mejor manera de vivir el sacerdocio es volvernos nosotros mismos, ¡Hostias! Es decir, que nuestras carencias o sufrimientos, pero también nuestras alegrías y la fecundidad que nos da el espíritu, sean ofrenda, sean sacrificio agradable a Dios. Esto no es para que la gente nos tome como héroes.

Esto es simplemente lo que San Pablo dice en el Capítulo Doce de Romanos para todo el mundo, que nosotros vivamos en clave sacrificial y de ofrenda. Pero aplicado al caso nuestro, eso significa la experiencia de ser en todo tiempo, en todo tiempo, ofrenda. Y el último punto para seguir con las enseñanzas de la doctora de Siena o para terminar con ella misma, es el tema de la fe. En alguna ocasión dice Catalina que lo primero que hay que pedir cuando se ora por un sacerdote es que tenga fe. Y este es el único punto que voy a relacionar con las lecturas de hoy, pues en contra de mi costumbre, no he hecho mayor alusión a los textos.

La primera lectura nos ha presentado a un sacerdote y profeta, atención a eso, sacerdote y profeta Ezequiel, que tiene una visión, es la visión del nuevo templo. Y en ese nuevo templo hay agua que sale del altar, un agua maravillosa que parece crecer en torrente ella sola, que es capaz de vencer al agua dañada. Cuando se ha visto eso, que el agua sana, corrija o sanee al agua dañada, eso no se ve nunca. Pero el agua que sale de la casa de Dios sí que puede hacerlo y es agua que produce esos frutos en la vegetación de las orillas, frutos maravillosos de salud y de gracia. Pero Ezequiel en su oficio sacerdotal, el que le tocó a él. Él nunca vio esa agua, esa agua no estaba en ese templo. Y aquí, a pesar de que a veces hay goteras, tampoco sale demasiada agua. Entonces se necesita a Ezequiel. Se necesita la mirada de este profeta sacerdote visionario.

Cuando el sacerdote ve que en su humilde y frágil y a veces roto ministerio, hay agua de vida que está saliendo, entonces subsiste como sacerdote. Y más allá de sus limitaciones, avanza incluso con júbilo y es capaz de decirle a otro, esto vale la pena. Pero eso depende de que vea esa agua de vida. Y lo propio de la fe está en la visión. Digamos que la fe es la máxima perfección del entendimiento, por tomar la frase de Santo Tomás que me fascina. Si el sacerdote puede ver lo que está haciendo Dios con su humilde humanidad, a veces raquítica, a veces rechoncha humanidad. Si el sacerdote puede ver lo que Dios hace con Él y a través de Él. Si puede ver esa agua que cambia la historia de gente. Ese sacerdote, aunque caiga una o muchas veces, se levantará cada vez con mayor convicción, y podemos tener firme esperanza de que alcanzará la corona que no se marchita. Así, les comparto, hermanos, algo de lo que he podido aprender estos años.

Termino contándoles que un sobrino mío ha querido también ser sacerdote. Por supuesto, yo quise persuadirlo de que ingresara a nuestra comunidad. Él ingresó, sin embargo, donde los agustinos, no en este país, sino donde él vive en Estados Unidos. Lo que le deseé en su momento a mi sobrino, que cada vez se acerca más al momento de su propia ordenación. Eso mismo deseo a cada uno de mis queridos frailes aquí en Santo Domingo, especialmente, por supuesto, los que están en formación. Sean ustedes mejores que nosotros, sean ustedes más coherentes, más de Cristo, sean ustedes más convencidos servidores del reino que nosotros. Esa también será parte de nuestra alegría.

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