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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El río que brota del templo es señal de cómo las bendiciones de Dios llegan vivas y victoriosas, fecundas y múltiples, al corazón de los creyentes.
Homilía k042005a, predicada en 20110405, con 23 min. y 51 seg. 
Transcripción:
No cabe duda que en el Antiguo Testamento descuella el profeta Ezequiel por lo vívidas de sus visiones. Este es el mismo hombre que nos cuenta la visión de los huesos secos, por ejemplo. Una de las más impresionantes del Antiguo Testamento. Cómo no se le va a quedar grabado a uno en el corazón y en la mente esa multitud de huesos que, sin embargo, al poder de la palabra y al soplo del Espíritu se convierten en una multitud viva que canta las alabanzas del Señor. Hoy tenemos otra imagen del templo, del zaguán del templo brota agua. Esa agua se vuelve un río. Y lo que hacemos a lo largo de este pasaje es seguir el camino de esa agua. Conviene detenerse en dos o tres aspectos de lo que nos dice el profeta sobre este río, porque no es un río ordinario. Obsérvese que no se dice en ninguna parte que reciba afluente alguno, y sin embargo, es un río que va creciendo, un río que crece solo, ahí está el primer mensaje. Eso no sucede ordinariamente, por supuesto. Si tenemos un hilo de agua que decimos, pues no esperamos que eso se vuelva gigante, tiene que llegarle más agua para que eso crezca. Pero este río crece solo y crece solo porque está vivo. Una idea semejante nos presenta Jesús en el Capítulo Cuatro del Evangelio según San Juan, en su diálogo con la Samaritana. Allí dice Jesús que el que recibe el agua que él da, recibe también un manantial. Esta es agua que se vuelve manantial. Eso tampoco sucede con el agua ordinaria, pero sí que sucede con el agua que Cristo da. Esa agua que da Cristo, uno la recibe y se vuelve manantial dentro de uno. Es decir, agua que produce más agua. Pues eso es lo que sucede con el río que contempló Ezequiel. Agua que al avanzar se vuelve más fuerte al correr, más poderosa. ¿Y esa agua será signo de qué? Pues como vemos que viene del templo, indudablemente es signo de la bendición del Señor. Y entonces empieza a hacer sentido lo que estamos oyendo. Es que efectivamente, las bendiciones del Señor, unas preparan a otras, unas son fuente de otras. La bendición de la humildad produce la bendición de la oración. por ejemplo, muy fácilmente y la bendición de la oración aumenta la bendición de la fe y junto con la fe, el entendimiento y la acogida a la voluntad de Dios, y así sucesivamente, de modo que las bendiciones de Dios se ayudan y multiplican mutuamente, y el río crece y crece solo. También Jesús en el Evangelio de Marcos nos habla de otra realidad que crece sola. Esta vez se trata de la semilla que siembra un hombre en un campo. Es una parábola brevísima que la tiene solo el Evangelio según San Marcos. Y nos dice Jesús, Este hombre, sea que esté despierto o dormido, sea que se esfuerce mucho o que descanse. De todas maneras, pues tiene su semilla que crece y un día está lista la cosecha. Esa obra de la gracia que va creciendo en nosotros, la conocen, por ejemplo, los que entran en la vida religiosa. Cuando a uno le preguntan cuándo empezó la vocación, pues uno cuenta normalmente aquellos hechos más relacionados con el ingreso al convento o monasterio. Bueno, no sé si esto le pase a todo el mundo, pero por lo menos en mi caso, me ha sucedido que a lo largo de los años, cada vez que me preguntan sobre mi vocación tengo que empezar la historia más atrás. Es decir, cada vez me doy cuenta que Dios venía preparando el camino desde antes y desde antes. Así que ya casi no me extraña cuando leo en la Biblia de algunos personajes que se dice desde el vientre materno te había escogido. Se llega a esa conclusión por un proceso regresivo. Uno empieza a contar su historia y de pronto se da cuenta que antes de una bendición ya venía otra que la preparaba. Pero esa otra bendición estaba ahí, como escondida, como silenciosa. Llegaba como esa semilla que en el silencio de la noche va creciendo. Un día está madura para la cosecha y en ese momento uno dice lo lógico, lo que sigue aquí es que yo entre en religión, pero es que esa semilla llevaba creciendo desde la niñez, desde la adolescencia y de verdad que es una semilla que crece sola, porque en muchos de nosotros la semilla fue sembrada, por ejemplo, en tiempo de infancia y quizás uno en la juventud pasó hasta por períodos de ateísmo, de indiferencia, de agnosticismo, frialdad. Y sin embargo la semilla seguía creciendo y seguía creciendo porque la semilla tenía vida en sí misma. Como esta agua tiene vida en sí misma. Otro aspecto de esta agua, es que puede sanar la tierra. Esta es otra cosa que tampoco realiza el agua ordinaria. Cuando la tierra, cuando el suelo ha sido bañado abundantemente con agua salada, agua salobre queda perdida para la agricultura. La sal tiene esa característica, es como incompatible con la vida, por lo menos con la vida propia de la siembra y la siega. Por eso también utilizamos la sal, en toda la humanidad se utiliza la sal para conservar alimentos. Porque la sal impide que prospere la vida, en ese caso, la vida de los microorganismos. Mucho antes de que existieran heladeras, refrigeradores, neveras, como las quieras llamar. La sal se utilizaba para preservar alimentos. Y repito, la razón es que cuando el alimento está salado abundantemente, pues esa otra forma de vida que son los microorganismos, no puede prosperar. O sea que la sal es un freno a la vida, a esa forma de vida. Pues aquí tenemos un río que cura la sal, un río que cura la tierra herida por el agua salobre. La razón por la que se suelen dañar los suelos precisamente es por eso, porque ha habido corrientes de agua. El agua pasa por lugares donde hay depósitos de sal y así se sala la tierra y resulta ya inútil para la agricultura. Entonces, lo que lo que estamos aprendiendo aquí es que este río cura al otro río. La tierra se suele dañar cuando una corriente de agua salobre la empapa. Y queda perdida prácticamente, pues no dice uno para siempre, pero por muchísimo tiempo. Entonces, en esta imagen de Ezequiel está implícita también la imagen del otro río. Fíjate que queda solo sugerido y muy, muy implícitamente. Pero es que esa tierra, esa tierra perdida, y esa agua, ese mar de agua salada que es el Mar Muerto, en el caso de la lectura de hoy, han corrido antes. Entonces esta visión en realidad es visión de dos ríos. El río de agua salada que va esterilizando todo a su paso, ese que corrió hace mucho tiempo, cuyo recuerdo tal vez se perdió, pero dejó como herencia, muerte y esterilidad, y ahora este otro río que va sanando. Entonces esta es la historia de dos ríos, y de ese otro río, el río que lo esteriliza todo, también conocemos. De hecho, nos damos cuenta que hoy corren ríos de esterilidad en Europa y en el mundo. Nos damos cuenta, por ejemplo, cómo la indiferencia religiosa se propaga. Nos damos cuenta cómo el irrespeto al amor y el irrespeto al cuerpo y el irrespeto a la pureza corren y van esterilizando. Y precisamente porque lleva tanto tiempo corriendo el río de agua muerta, precisamente por eso nos encontramos con una situación que hará crisis pronto o ya está haciendo crisis literalmente esterilidad, miles, que ya no sé si son millones de jóvenes españolas, no quieren saber nada de hijos, las ha tocado, las ha alcanzado el río de la esterilidad. El río de la esterilidad ha llegado a las farmacias en forma de píldoras abortivas. El río de la esterilidad ha llegado a los cinemas, a las salas de cine, en forma de egoísmo, violencia, pornografía. El río de la esterilidad ha llegado a los colegios. Ese río lo empapa todo y los corazones quedan vacunados contra Cristo. Quedan como tierra muerta y no quieren saber nada de Dios, no les interesa orar. Hay una avalancha de esterilidad que está programada este año, el Jueves Santo, una procesión blasfema que está programada para que se haga el mismo Jueves Santo. Hay una asociación que no sé cómo se llama, que ya está convocando simplemente para insultar la fe, para hacer burla de todo. No porque España sea España, sino porque los tiempos son malos. Cuando decía cuando predicaba el apóstol San Pedro. En alguna ocasión decía a la gente, convertíos porque los tiempos son malos. Entonces en mi país que se podría pensar que Sudamérica está algo mejor y quizás en algo que se nota menos los problemas. Pero entonces en mi país un fotógrafo se le ocurre hacer una exposición en la cual el tema general es sacerdocio y pederastia, y eso lo publica una revista de enorme circulación en mi país, regando por todas partes el río de la esterilidad. El propósito es claro, el propósito es afianzar en la mente de la gente una asociación estrechísima entre sacerdocio y pederastia. De modo que cada vez que veas a un sacerdote, tu primer pensamiento sea ahí va otro degenerado, ahí va otro pervertido, ¿Qué llevará el depravado ese? Se trata de eso, se trata de hacer estéril, se trata de matar lo que pueda haber en el corazón o la mente de la gente. Y a veces uno siente desaliento cuando crece tanto el ateísmo, cuando tantos monasterios cierran, cuando se quedan sin vocaciones los seminarios, es la esterilidad. Es que ha pasado la riada de la sal, ese desaliento. Sin embargo, tiene que verse temperado ante la lectura de hoy, porque la lectura de hoy nos está diciendo que hay otro río más fuerte, otro río que puede curar la esterilidad. Nos interesa muchísimo el río de hoy. Nos interesa muchísimo este río que puede curar lo que fue dañado por el otro río. Finalmente, este río no solamente cura al agua y no solamente cura la tierra, sino que ofrece salud en sus hojas, es decir, las hojas de toda esa exuberante vegetación que crea que crece a sus orillas. Crecerán toda clase de frutales, no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán, darán cosecha nueva cada luna. Bueno, esto, entre otras cosas, se cumple en el trópico. Sucede que tenemos allá algunos árboles que en cualquier época del año dan fruto. Es una cosa impresionante. Pero en la mayor parte del mundo no sucede así, la mayor parte del mundo, pues hay un tiempo de cosecha, hay un tiempo de dar fruto. También es así en la Tierra Santa, hay un tiempo de cosecha. O sea que lo que aquí se cuenta es excepcional y milagroso. ¿Y dónde está el milagro? Pues el milagro aquí es que adonde llega el río de la vida, el río que salió del templo, hay cosechas siempre. Y eso ¿Qué quiere decir? Quiere decir que el que está alimentado del río de Dios, vence a las estaciones. En más de una ocasión, Dios se ha valido de ese milagro para mostrar su presencia. La Iglesia de Santa María, la Mayor en Roma, cuenta un milagro de esos, floreció en invierno. El lugar donde está Santa María, la mayor en Roma, fue un lugar donde en plena nieve, pues florecen, florecen unas rosas, entiendo yo. Mostrando, así pues, obviamente, una cosa que es imposible, una señal de la presencia divina y de la hermosura de María. Un milagro parecido se cuenta en la historia de Nuestra Señora de Guadalupe en México. También allí no era tiempo de rosas, y entonces la Virgen le dice a Juan Diego, este indiecito le dice que como señal de que es ella quien lo está mandando a él donde él obispo le lleve unas rosas, y no era tiempo de rosas, y entonces Juan Diego recoge esas rosas y las lleva en esa manta, esa tilma que tenía, va donde el obispo y al extender el manto caen las rosas y aparece también pintada la imagen de la Virgen que no es pintada, ese es otro misterio del que habrá que hablar otro día. Nadie sabe de dónde viene el color de la Virgen de Guadalupe, porque cuando examinan eso en detalle, la tela al microscopio no parece pigmento alguno. Entonces no se sabe en dónde se produce el color, en qué momento. O sea, es como un milagro continuo, Guadalupe. Dar fruto cuando no es la estación de dar fruto, esto es propio del río de la vida. Así como el río de la vida vence la esterilidad, así también el río de la vida vence la época muerta. El siglo XIV, por mencionar una santa entre muchas, Santa Catalina de Siena. Era un tiempo de muerte. Muerte por la peste negra, muerte porque falleció una tercera parte de Europa, muerte porque quedaron vacíos los conventos. Y no era que no llegara gente, sino que el que llegaba se moría, muerte por todas partes. Y junto con la muerte física, la corrupción de las costumbres. Porque resulta que en algunas partes tomaron la malísima idea de que para no dejar desocupados los conventos, recibamos a cualquiera. Eso no se puede hacer, no se puede recibir a cualquiera, pero eso hicieron. Y entonces la vida religiosa se volvió un desastre, pero desastre de desastres. Y en esa época tan corrupta, de tanta desesperación, pues encontramos Santos como la misma Catalina al final del XIV, Vicente Ferrer, Raimundo de Capua, estos son santos de un siglo que no debía dar santos. Yo me imagino que lo mismo hace Dios en un monasterio como este. Mientras todo el mundo habla de la era postcristiana, el ateísmo rampante, Dios no viene al caso, hoy la gente no cree en nada, la secularización ganó esta partida, todo está muerto y Dios haciendo sus santos. Dios está haciendo santos aquí entre nosotros. Los está haciendo, que no es tiempo de santos. El tiempo lo hago yo, eso es lo que quiere decir esto. Esta agua lleva todo por dentro, el tiempo lo hago yo, los santos los hago yo. Yo soy el Señor, yo soy quien hace el tiempo, yo soy quien da la vida. Tú no me vas a decir a mí cuándo tengo que hacer santos y cuándo no. Yo hago santos cuando quiera y los hace. Y son frutos maduros, frutos deliciosos, frutos que traen salud y que traen vida. El río no se ha agotado, el río sigue manando del altar. Cristo, en el Evangelio, reemplaza esa especie de piscina milagrosa, la reemplaza con su sola palabra. Él es el templo, él es el altar, él es el manantial, de él sale la vida, de él sale el río. Ese río que presenció San Juan cuando rompieron el costado del Señor y salió sangre y agua. El río no se ha detenido. Y de ese río, de esa vida, nos alimentamos nosotros en la Eucaristía.

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