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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús trae la vida a los enfermos.
Homilía k042003a, predicada en 20010327, con 7 min. y 17 seg. 
Transcripción:
La primera lectura, hermanos, nos ha presentado un agua que podríamos llamar milagrosa. El profeta Ezequiel vio que del templo salía un arroyito, pero ese arroyo iba creciendo, creciendo y se convertía en todo un río, y ese río daba vida, un río que sanaba las aguas salobres, aguas imposibles de beber las limpiaba y además producía vida por todas partes. Un río milagroso, un río de milagros, de bendiciones. Eso es lo que sale de la casa de Dios. Un río de bendiciones para curar las enfermedades, para sanar las tristezas, para hacer fecunda la vida. Río que lleva la vida, río de agua viva que sale de la casa de Dios. En el Evangelio vuelve a aparecer el agua. Había una piscina, la piscina de Betesda. Y en esa piscina a veces el agua se movía extrañamente y la gente creía que se trataba como de una visita de Dios, como un ángel de Dios que movía el agua. Y la gente creía que cuando se movía así, el agua era que iba a suceder algún milagro y se metían a la piscina cuando se movía el agua y parece que mucha gente se había curado. Pero era un agua, el agua de esa piscina era un agua que curaba a pocas personas porque nadie sabía cuándo se iba a mover esa agua y porque solo se curaba el primero que se metía. Y esto es un enfermo del que nos habla el Evangelio, era un enfermo paralítico. ¡Qué triste situación la de este pobre hombre! Como estaba paralítico podía ver el movimiento del agua, podía ver como alguien aprovechaba esa agua, pero no podía aprovecharla él, porque precisamente a causa de su enfermedad no podía meterse en la piscina, cuando se movía el agua. Estaba condenado a una especie de cárcel, su enfermedad era como una cárcel que le tenía imposibilitado de la salvación. Y entonces aparece Jesús. Y Jesús sana a este enfermo con una palabra; levántate, toma tu camilla y echa a andar. Jesús sana al enfermo, le trae vida al enfermo. Y el enfermo que antes no se podía mover para meterse a la piscina, entonces ya puede caminar, ya puede andar. El poder de Jesucristo lo ha sanado. Cristo es más fuerte, es más grande, es más generoso que ese fenómeno extraño de esa piscina donde el agua de pronto se movía. El mensaje que nos quiere traer la Iglesia en el día de hoy es Cristo, es el que trae verdaderamente un río de bendiciones. Porque esa piscina apenas podía sanar a una persona. En cambio, Cristo es un río de bendiciones y todo lo que toca Cristo lo limpia, lo sana, lo restablece, lo consuela. Nosotros vamos a acercarnos a Cristo, venimos heridos, venimos cansados. Por los problemas, por las traiciones, por las crueldades. Necesitamos que el agua de Cristo, que el paso de Cristo sane nuestras vidas. Necesitamos la bendición de Cristo, ponernos cerca de Cristo y decirle, lávame con el agua de tu consuelo, sáciame con el agua tuya que da la vida, perdóname con el agua tuya que limpia, dale vida a mi vida, porque me he quedado como muerto. Jesús, a nombre de esta asamblea, especialmente a nombre de las familias que vienen con más dolor en esta tarde. Aquí hay gente que tiene el corazón despedazado por el dolor. Yo te pido, Jesús, que con misericordia tu pases por esos corazones, tú eres el único que puede traer un poco de consuelo, que puede traer salud, perdón, vida a nuestras vidas. Deja caer con abundancia el agua de la vida, el torrente de las bendiciones, el río de la misericordia. Haz que salga de este altar para toda esta asamblea, especialmente para quienes se sienten más tristes, más solos, más cansados, más desesperados. Pronuncia tu palabra Jesucristo, y ayúdanos a levantarnos de la postración en que nos ha dejado la enfermedad, la crueldad humana, la soledad. Ten piedad de nosotros, Jesús. Amén.

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