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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El agua verdaderamente viva proviene de la fe en Jesucristo.
Homilía k042001a, predicada en 19980325, con 15 min. y 42 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos. El sentido general de las lecturas que nos regala la Iglesia en este martes de Cuaresma es claro, podemos decir. La primera lectura nos ha presentado un agua maravillosa que sale del templo y que tiene la capacidad incluso de limpiar al agua sucia del Mar Muerto. Es un agua que hace dar fruto y es un agua que alimenta de tal manera a las plantas que las hojas se vuelven medicinales. Es un agua viva que sale del templo de Dios y que va creciendo en fuerza, que va creciendo en fecundidad, que va creciendo en gracia. Este es el cuadro que nos ha presentado la primera lectura. Y en el Evangelio está también esta agua. Resulta que había una piscina, un lugar, un lugar medio pagano, una piscina que tenía cinco soportales. Entre paréntesis, este dato es interesante porque los judíos nada construían con el número cinco y las excavaciones arqueológicas encontraron este sitio de los cinco soportales. Y por eso ha sido como una comprobación externa pero histórica de los datos que ofrece el Evangelio de Juan. Es un lugar sumamente extraño para el judaísmo, algo que tenga cinco puertas o cinco entradas. Y este lugar que aparece aquí ha sido encontrado por la arqueología en este siglo. Eso era un paréntesis. El hecho es que en ese sitio había agua que se movía, agua que tomaba vida y había una creencia un poquito supersticiosa de que cuando el agua tomaba movimiento, cuando el agua se empezaba con la miseria moverse adquiría un poder sanador. Entonces ahí había como muchos enfermos, esperando a que sucediera ese hecho extraño, prodigioso, para echarse a esa agua y así quedar sanos. Luego los judíos entonces transformaron un poco esa creencia supersticiosa diciendo que era el ángel del Señor el que movía esas aguas. Y que por consiguiente, pues era como una obra de Dios. Ahí, en todo caso, se trata de un lugar donde la fe no estaba como muy clara. La extraña construcción ajena al judaísmo y luego esa creencia de un agua que se mueve, eh, hacen ver que se trataba de un lugar donde la fe no estaba como muy clara. Y sabe que eso suele suceder. Es que la enfermedad debilita la pureza de la fe. ¿Cuántas veces lo hemos visto? Una persona bien enferma que le digan, mire que hay un señor que cura, pues yo me voy para allá. Pero ese señor es gnóstico, es nueva era, es mago, es brujo, es sacerdote, es cristiano, es lo que sea, pero que me cure. La enfermedad no solo debilita el corazón, la enfermedad agrieta la fe. Y Jesús se acerca a este lugar donde la fe puede estar agrietada, así como está agrietada la salud de las personas. De manera que el sentido general de la lectura es que el agua verdaderamente viva, que el torrente de agua viva, proviene de la fe en Jesucristo. Eso es como la enseñanza básica que Jesús tiene, esa agua que otorga la verdadera sanación, la verdadera salud, la salud integral. Pero junto a esa enseñanza central sustancial, no dejemos pasar otras enseñanzas. Por ejemplo, a ustedes no les parece que esa pregunta que hace Jesús es demasiado extraña. Llega a ese lugar, está este hombre postrado en su enfermedad, es un lugar para enfermos y a este se le ve que está enfermo y sin embargo le pregunta ¿Quieres quedar sano? pregunta, diría uno con algún atrevimiento, pregunta doblemente superflua, porque no solo se le notaba que estaba muy enfermo, sino que Jesús además sabemos bien que tiene esa capacidad para penetrar las historias y las vidas de las personas. Jesús tenía que saber, desde luego, que tenía que saber el estado de esa persona. ¿Por qué Jesús establece ese diálogo? Porque Jesús con ese diálogo, se diferencia de un poder mágico. Si miramos este pasaje junto con muchos otros, nos daremos cuenta que aunque Jesús hacía más milagros que cualquiera, a Él le interesa siempre que la persona no se quede en el solo milagro, sino que tenga un encuentro personal con él, un encuentro personal con él. Acuérdate, por ejemplo, aquella mujer que padecía flujos de sangre. Ella se acercó como buscando un poder mágico, si toco me sano, la magia a la que es muy fácil de dar cuando uno está desesperado por la enfermedad o por el desempleo o por cualquier otra cosa. La magia tiene ese atractivo, ¿no? Si yo hago esto, consigo esto. Pero Jesús no llega a ese lugar donde no había fe, una fe definida, clara, sino que era un lugar medio, medio mágico, medio supersticioso. Jesús no llega a ese lugar simplemente a agarrar de la mano a la persona y levantarla. Jesús no quiere ser un poder, quiere ser una persona y quiere que la persona sepa que ha sido salvada por el amor de un alguien que lo ha tratado como persona. Esa es una explicación de por qué hace esa pregunta. Pero hay otra explicación. Obsérvese la respuesta que le sale a este señor al enfermo. Dice el enfermo, Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua, para cuando llego yo, otro se me ha adelantado. ¿Qué está diciendo este hombre con su respuesta? La enfermedad del cuerpo se le notaba, estaba ahí tirado. ¿Pero qué muestra esta respuesta? El estado de su alma. No tengo a nadie que me meta en la piscina. Cuando el agua se remueve, cuando llego yo, otro se me ha adelantado. Esto quiere decir que la situación de este hombre es como la situación de tantos enfermos y desesperados en esta tierra. La situación de aquel que solo está concentrado en lograr su objetivo. Que me curen, que me curen, que me curen como otro está concentrado en decirme esto es plata, plata y plata, si yo pago unas deudas, después lo que sea, pero necesito pagar unas cuantas deudas. Jesús con esta pregunta logra que la persona vea, exprese, exteriorice su propia situación. Jesús no hace esta pregunta para saber Él, sino para que el hombre sepa cuál es su situación. Así nos enseña San Agustín, como lo hemos comentado otras veces. San Agustín dice que Dios quiere que uno le pida y le pida expresamente y le pida a veces hasta con detalles. No tanto, porque Dios ignore, Dios no hará nada, Dios sabe todo. No es para que Dios aprenda, cuál es el problema mío. Dios ya lo sabe. Dios, sí lo sabe mejor que yo. Es para que yo conozca mi verdadera situación y para que desde mi verdadera situación yo pueda humillar toda soberbia y pueda poner mi confianza en él. Esto fue lo que hizo este hombre. Y Jesús le dice: Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Lo la camilla, ese es otro detalle de esta lectura. ¿Cómo es De cómo es de sabrosa la Palabra de Dios? es inagotable ¡La camilla! Si uno lee el pasaje, este pasaje está al principio del Evangelio de Juan en el Capítulo Quinto. Si uno lee el pasaje, no dice, ¡Ay, la camilla, y los judíos, esos que eran problemáticos con el sábado! No, la Biblia no tiene palabras de sobra. Hay que escrutar, amar, discernir, escuchar, contemplar, adorar. Y de pronto Dios, pues, nos puede ayudar a entender más. Por ejemplo, esto de la camilla. Ah, eso de la camilla es muy hermoso y yo le doy gloria a Dios. Cuando fue esclareciendo poco a poco el misterio de esa camilla. Piense usted en lo que es la silla de ruedas para un paralítico. Piense usted en lo que es el lecho de enfermo para un cuadrapléjico. Piense usted en lo que es la muleta para un lisiado. No es solamente un instrumento físico, es la señal visible externa de su problema, es la señal de su problema. Y esto se nota especialmente con la camilla, más que con la silla de ruedas o cualquier otra cosa. La camilla de un paralítico, es un lugar sucio, necesariamente sucio, gastado, remendado, pobre. Esa camilla es la señal misma de todo lo que la persona no es. Cuando uno visita a los enfermos pobres, la cama del enfermo pobre está sucia. Y a menudo utilizando los verbos que tenemos que decir, hiede por razones obvias. El desaseo que acompaña a la pobreza y a la enfermedad, de manera que la camilla no es simplemente el lugar donde está el enfermo, en la camilla es la señal de la enfermedad misma. Estar en una camilla es estarle mostrando a todo el mundo y si se dan cuenta, ¿Quién soy yo? Si se dan cuenta lo pobre, lo enfermo, lo vaciado que está y si se dan cuenta. La camilla es la exteriorización, la exteriorización del fracaso, de la enfermedad, del problema. Jesús hubiera podido decirle a este señor; Levántate y echa a andar, y más bien deja aquí la camilla que le puede servir a algún otro. Toma tu camilla, esa camilla estaba sucia, remendada, seguramente pobrísima, seguramente. Si este hombre no tenía ni siquiera quien lo llevara a la piscina unos pasos, quiere decir que no tenía a nadie. Esto quiere decir que él no tenía sino su camilla, sino su pobreza, sino su enfermedad, su nada. No tenía nada ni a nadie. Y Jesús le dice: Toma tu camilla. Esa camilla había sido el mundo, por así decirlo. Está enfermo, él vivía en un mundo chiquito, el mundo de una camilla, ese era todo su mundo, una camilla. Jesús le dice, Levántate y coge tu mundo, viejo, agarra tu mundo, viejo, llévate tu mundo, viejo. Pero ¿Qué pasa? Sucede un acontecimiento maravilloso. Este hombre se levanta, pero ese no es el gran milagro. El gran milagro está en la camilla. Lo grande no es ya el grandísimo que se había levantado. Pero lo más grande no es eso. Lo grande es que haya podido coger su mundo viejo y que haya podido trastearlo y llevarlo y mostrarlo. ¿Para qué Jesús quería que llevara su camilla? ¿Para que la devolviera a la casa, para que la devolviera el que se la había prestado? No. Toma tu camilla, es, dale gloria a Dios. Toma tu camilla es, muéstrale a todos lo que Dios ha hecho por ti. Usted se imagina este señor con su camilla me lo dice aquí y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Van unidas las tres cosas, quedar sano, tomar la camilla y echar a andar. Eso es, Dios me ha perdonado, yo puedo levantar mi mundo viejo y voy a darle gloria a su nombre. Esos son los tres verbos. Me ha perdonado, yo tomo mi mundo viejo, y esa que era la señal de mi derrota, ahora es la señal de mi victoria. Porque este señor que camina con una camilla ¿Qué está diciendo? Yo era el que estaba aquí. Le está dando la gloria a Dios, Le está dando la gloria a Dios. Está diciendo; Este era yo y este soy yo. Esa camilla es mi pasado, lo que yo era. Piense cada uno ¿Cuál sería su camilla? Esta camilla es lo que yo era, si esto era lo que yo era. Esto que apesta, que hiede, que está roto, remendado, que no se sostiene. Esto que era mi ataúd y todo mi mundo, mírelo aquí está y está vencido. Y este que está aquí, este soy yo, este soy yo. O sea que Jesús no solamente sanó a este enfermo, sino que lo puso a dar gloria y alabanza al poder de Dios, lo puso a glorificar al Señor, lo puso a glorificar a Dios. Efectivamente, hay una ley por allá en el Deuteronomio, en el Levítico, que dice que el sábado no es día para estar trasteando cosas, el sábado es un día para descansar, pero el sentido de ese descanso no era no hacer nada. El verdadero sentido de ese descanso era deja tus intereses personales, deja tus asuntos y dedícate a los asuntos de Dios. Ese era el sentido original del sábado. Los fariseos habían hecho del sábado una cadena pesadísima, porque para ellos el sábado se convertía, se convertía en unas prescripciones peores que las de de los días que no eran sábado, porque el sábado era el día en el que tocaba guardar no sé cuántos preceptos y no se podían caminar no más que tantos pasos y etcétera, etcétera. Se había perdido el sentido original del sábado. El sentido original del sábado no era simplemente quedarse quieto, sino el sentido original del sábado, es el sábado será el día en el que tú descansas de tus cosas para dedicarte a las cosas de Dios. Por eso Jesús no estaba desobedeciendo a la ley, más bien estaba obedeciendo al verdadero sentido del sábado. Es el verdadero sentido del sábado es darle la gloria a Dios. Pues qué más gloria que cargar lo que yo era y mostrarlo y decir, esto es lo que yo era, y esto es lo que yo soy.

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