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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo espera, a la vez, muy poco y muchísimo del corazón humano; descubre la paradoja.
Homilía k041005a, predicada en 20140331, con 6 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Podemos decir, mis hermanos, que el rostro de Jesucristo que aparece en el Evangelio de hoy, tomado del final del Capítulo Cuarto de San Juan, no es el más simpático. Hay imágenes de Cristo, hay facetas de su personalidad que resultan particularmente atrayentes. Verle predicar con gran elocuencia, por ejemplo, o ver cómo sana a los enfermos, cómo expulsa los demonios, cómo acoge a los niños, cómo acepta los dones de los pobres, cómo multiplica el pan para las multitudes. Estos son algunos ejemplos de facetas de Jesucristo que resultan muy atractivas. En cambio, el pasaje de hoy nos presenta a un Jesús que podemos llamar escéptico o incluso pesimista. Lo que él anticipa al volver hacia Galilea, está haciendo el recorrido Judea, Samaria, Galilea. Es decir, va de sur a norte. Y lo que Cristo anticipa en ese momento es que: un profeta no es bien recibido en su propia tierra. Esta expectativa, llamémosla negativa, queda luego contradicha. Por lo menos así parece por los hechos, porque los galileos le recibieron bien nos dice el texto del Evangelio. Pero yo quiero destacar la actitud de Cristo. Su actitud es de desconfianza, tal vez de escepticismo, de distancia. Nos puede parecer incluso un poco pesimista, y es bueno llegar a estos pasajes del Evangelio. Es bueno desromantizar el Evangelio porque fácilmente uno puede quedarse con un Cristo únicamente en la faceta que a uno le gusta, la faceta que a uno le agrada. Y resulta que el misterio del Hijo de Dios hecho hombre siempre nos rebasa y es bueno sentirnos rebasados. Es bueno sentirnos que no es tan fácil entender qué hay en su corazón, por qué sufre cuando sufre, qué le disgusta, cuando es evidente que algo no le ha gustado. Entonces el primer aspecto es que Cristo nos parece escéptico, desconfiado, un poco pesimista. Parece que no espera mucho de la gente. Pero luego un funcionario real le pide un milagro, uno de sus hijos está muy mal, está muy enfermo, está muriéndose y le pide a Cristo que vaya. Y entonces Cristo dice: Mientras no veáis signos y prodigios, no creéis. Y ahí parece que Cristo está esperando muchísimo más, porque da la impresión de que Él está esperando una fe muy pura, una fe que ni siquiera necesita pruebas, ni señales, ni demostraciones. Y por eso digo este pasaje del Evangelio es bastante, bastante extraño. Por una parte, parece que Cristo no espera mucho, pero por otra parte, parece que Cristo espera muchísimo. Digo que no parece que espere mucho porque va con esa actitud como de cepticismo y de pesimismo a Galilea y con un lema en sus labios: Un profeta no es bien recibido en su tierra. Pero luego parece que espera muchísimo porque espera una fe muy alta, una fe muy perfecta. Una fe que no requiere ni siquiera el apoyo de señales de milagros o de demostraciones. Y entonces uno se pregunta ¿Al fin con qué nos quedamos? Cristo espera mucho o espera muy poco. Y las dos cosas, en cierto sentido, son verdaderas. Cristo espera muy poco de nosotros, en el sentido de que Él sabe la devastación que el pecado ha causado en nosotros. En ese sentido, espera muy poco. Pero luego Cristo espera mucho, porque el don de la fe, que finalmente es un don que viene de lo alto, es aquel que nos levanta para que podamos recibir y para que podamos conquistar los grandes tesoros que Él viene a darnos. Yo creo que una buena comparación es la que se puede hacer con el médico en el campo de batalla. Lo que espera un médico en un campo de batalla es gente herida, fracturada, agonizante. En ese sentido no espera mucho. Pero si es un buen médico y si tiene grandes recursos, y si sabe qué calidad de tropas tiene, entonces en realidad espera después muchísimo, porque espera que muchos, muchos, ojalá todos lleguen a recuperarse. Así es Cristo con nosotros. Él sabe cómo nos encuentra. Él sabe en qué condición estamos, en qué condición vamos a estar cuando Él nos encuentra. Pero él sabe también a qué altura nos puede llevar. Sabe dónde estamos y sabe a dónde quiere que lleguemos. Sabe en qué condición está nuestro presente, pero sabe también a dónde quiere que esté nuestro futuro. Dejémonos guiar por él, dejémonos sanar por él.

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