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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El extraño realismo de Cristo, que parece pesimismo sobre la raza humana, es sólo conciencia del poder e impacto del pecado, para después vencerlo.
Homilía k041004a, predicada en 20130311, con 4 min. y 48 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy, empezando apenas esta cuarta semana de Cuaresma, está tomado del Capítulo Cuarto de San Juan. Y yo no sé si le sucederá a todo el mundo o solamente a mí. Pero con frecuencia este cuarto evangelio, el de San Juan, me deja desconcertado. Por ejemplo, lo que pasa en el texto de hoy. Jesús tiene que dirigirse hacia Galilea y hace una predicción más bien sombría. Dice: Ningún profeta es bien recibido en su tierra. Pero luego parece que sus palabras son contradichas por los hechos, porque el mismo Evangelio dice, que cuando llegó a Galilea lo recibieron bien. Entonces no se ve dónde está la lógica entre lo que esperaba Jesús y lo que le ofreció la gente. Y luego, cuando le piden un milagro, nuevamente Jesús podríamos decir con un aspecto sombrío, dice: Si ustedes no ven signos y prodigios, no creen. Pero de todas maneras hace el milagro que le piden la curación de ese hijo de un cierto funcionario. ¿Qué podemos aprender de esta actitud que podríamos llamar pesimista, sombría, casi melancólica de parte de Cristo? Especialmente quienes estamos cercanos a la obra de la evangelización, podremos aprender algo de este Cristo que hace semejantes predicciones y que tiene expectativas tan bajas. Pues observemos que en el mismo evangelio de Juan, hacia el final del Capítulo Segundo, se nos dice que Cristo no se fiaba de la gente. Es decir, este evento, esto que encontramos en el evangelio de hoy, no es un hecho aislado, es más bien una actitud de vida. Se puede decir que Cristo conoce bien el barro del que estamos hechos, y se puede decir que su actitud mental de tener bajas expectativas no es algo accidental. No es que ese día estaba de mal humor o ese día se alborotó la nostalgia por la ciudad de Nazaret. No es eso. Es algo que es mucho más profundo. Es el reconocimiento de que la naturaleza humana verdaderamente está herida verdaderamente está afectada por el pecado. Y yo creo que esto es bueno, porque también en la Biblia hay toda una tradición que muestra que cada vez que ponemos demasiada confianza en el ser humano, lo único que vamos a encontrar es desilusión, es decepción. Y esto vale también para la obra de la evangelización. A veces uno cree que el entusiasmo de las personas significa que ya abrazaron completamente la fe. A veces uno cree que la amistad que la gente tiene con nosotros es automáticamente amistad con Jesucristo. Lamentablemente, no es así. Parece que lo que nos está enseñando el Señor aquí es que nosotros debemos recordar siempre que el ser humano, hasta lo más profundo de su ser, ha sido herido por el pecado, y que esta condición de pecado está implicando que no podemos esperar demasiado del hombre de Dios, y lo podemos esperar, y de lo que Dios hará en la gente podemos esperarlo todo, y del poder de Dios en los corazones podemos esperarlo todo. Pero que el ser humano por sí mismo, dé gran cosa. Esto es bastante dudoso. Y lo otro que nos enseña también este evangelio es la manera como Cristo quiere ser recibido. Diríamos que las cortesías exteriores, las buenas maneras, la sola urbanidad, no es algo que realmente convenza demasiado a Cristo. Lo que Él está esperando de lo que Él está cediendo es de nuestra fe. La manera como Él quiere ser recibido es esa, con un corazón que cree en Él, que acoge su Palabra. Acuérdate ese pasaje de Marta y de María. Marta tenía muchas cosas que ofrecerle a Cristo desde el punto de vista externo, pero la manera como Cristo quería ser acogido era sobre todo en la manera de María, María de Betania, es decir, a través de la escucha, la escucha creyente, recibir su mensaje, poner la fe en Él. Eso es lo que Cristo quiere de nosotros. Lo demás tiene un cierto valor, pero no va a ser demasiado ante sus ojos. Que el Señor nos ilumine y que podamos recibirlo como Él quiere ser recibido.

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