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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Isaías anuncia un nuevo paraíso, propio de la nueva creación. La fe nos abre acceso a esa realidad no desde la ilusión sino desde la cruz gloriosa.
Homilía k041003a, predicada en 20110404, con 9 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Hay unas promesas maravillosas que se encuentran en la primera lectura de hoy. Promesas que parecen de fantasía. Se habla de un gozo perpetuo, de una alegría que no acaba. No habrá gemidos ni llantos. Construirán casas y las habitarán. Plantarán viñas y comerán sus frutos. Se trata de un nuevo paraíso. Recordemos que, según la Biblia, Dios crea todo, pero reserva un lugar especialísimo para el ser humano. Y ese lugar, que es la suma de todos los bienes, es el Jardín del Edén, es el paraíso. El Capítulo Sesenta y cinco de Isaías nos está hablando de eso, un nuevo paraíso. Por supuesto, si hay un nuevo paraíso es porque hay una nueva creación. Así que estas promesas tienen sentido si nosotros las leemos desde la nueva creación. Seguramente los primeros oyentes de este oráculo de Isaías se imaginaban algo que habría de suceder literal y materialmente, como está dicho aquí. Seguramente ellos se imaginaron una oleada de prosperidad que habría de llegar para su tierra. Se sabe que cuando los judíos del tiempo de Jesús pensaban en el reino de Dios, tenían en mente esta clase de imágenes. Para ellos, el reino de Dios era la recuperación de la independencia como nación y por consiguiente, era abrir un espacio para que Dios hiciera llover todas sus bendiciones. Según aquello del Deuteronomio, la tierra que mana leche y miel, ellos imaginaban así el reino de Dios y seguramente imaginaban también este paraíso en esos términos. Pero las cosas cambiaron cuando llegó Jesucristo. Sucede que Jesucristo es el comienzo de la nueva creación, un comienzo inesperado. Un comienzo que fue difícil de reconocer para la gente de su tiempo y también para nosotros. No es tan fácil saber qué es exactamente lo que cambia a Cristo. Y pienso que a la edad que tenemos la mayoría de los que estamos aquí seguramente hemos oído esta réplica, este reproche más de una vez. ¿Qué es eso tan bueno que ha traído Cristo? Porque vemos que la humanidad no mejora. Sigue habiendo robos, injusticias, arrogancia, crueldad. ¿Qué es lo que ha traído Cristo? Cuando ese reproche lo hacen otras personas o cuando lo hemos hecho incluso nosotros mismos, nos damos cuenta que no es tan fácil reconocer la nueva creación y por consiguiente, no es fácil reconocer cuál es este paraíso del que aquí se habla. Si ese paraíso era algo tan concreto y casi al alcance de la mano en la mentalidad de los judíos. Para nosotros es algo distinto. ¿Qué puede ser un nuevo paraíso si esa nueva creación resulta tan difícil de reconocer? El texto del Evangelio de hoy enfatiza el aspecto de la fe. Parece que la fe es la puerta para descubrir la nueva creación. Parece que la fe es la que hace posible que acontezca esa nueva creación. Y parece que es ella también la que nos introduce en ese nuevo paraíso. Pero la fe no es una sugestión. La fe no consiste en que uno apriete los ojos para no ver lo que está pasando en el mundo y empezar a imaginarse que las cosas van bien. Eso sería una alienación mental, eso sería un escapismo. Nuestra fe no aprieta los ojos para evitar ver el mundo con toda su dureza, sino que nuestra fe abre los ojos y encuentra en ese mundo la rudeza más espantosa que tiene su vértice más terrible en Cristo mismo crucificado. Es decir, el crucificado es el que nos muestra en toda su amplitud espantosa la dureza del mundo. Nuestra fe no cierra los ojos, sino que los abre, pero los abre para ver a Cristo. Y al ver a Cristo, y al ver sus llagas, y al ver su final espantoso, ahí descubrimos hasta dónde llega el desastre, la tragedia del mundo. Pero ahí también empieza el paraíso. Porque esas mismas llagas que están contando y denunciando el pecado del mundo, están cantando y anunciando la misericordia de Dios. Por eso nuestra vida entera está ahí, en la cruz. Nuestra vida cristiana entera está en la cruz, porque la cruz es al mismo tiempo el resumen del desastre del pecado del mundo y el resumen de la noticia jubilosa de la compasión de Dios, de la misericordia de Dios y el comienzo de la nueva creación. Entonces, resumamos la lectura de Isaías Capítulo Sesenta y cinco, nos habla de un nuevo paraíso. Había gente que esperaba eso por un cierto camino. Como quien dice, va a llegar un tiempo fantástico de prosperidad. Ese camino no sucedió. Además, ese camino tampoco sirve, porque cuando llegan esas oleadas de prosperidad ya sabemos lo que le pasa al corazón humano. Se vuelve mimado, caprichoso, egoísta, arrogante, duro e incrédulo. Al ser humano no se les sacia nunca, ni se les salva nunca con oleadas de prosperidad. Eso no es suficiente. Entonces, el verdadero sentido de esa lectura lo encontramos nosotros en el paradójico comienzo nuevo que se da en Cristo. Y a ese comienzo se llega a través de la fe. Pero la fe no es una ceguera. La fe requiere que tengamos los ojos grandes para ver todo el dolor, pero también ver todo el amor en Jesucristo. Y cuando se ve el dolor y el amor al mismo tiempo en Cristo, entonces uno entiende que el amor sí que ha visitado esta tierra y sucede un milagro dentro de uno. Entonces el paraíso empieza dentro de uno y se vuelve alabanza y se vuelve adoración. Y ahí es donde los santos ven cosas que los demás tardamos en ver o no vemos, porque hay una canción adentro, porque hay una fuente adentro, porque hay una maravilla que está sucediendo adentro. Y precisamente porque esa maravilla sucede adentro, nadie nos la puede arrebatar. Ese paraíso exterior se daña como se dañó el de Génesis, Capítulo Tres. La prosperidad exterior sube y baja con los bienes y males de la economía. Pero el paraíso que Cristo crea adentro, la victoria que Él consolida en el corazón, esa no nos la arrebata nadie. Y a ella llegamos cuando ejercemos fe en el Hijo de Dios, muerto por nuestra salvación.

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